
La
Colmena de
Cela:
contextualización histórica a través de su temática
Gaspar
Sánchez Salas*
* Doctor en Filología Hispánica por la Universidad
de Alcalá de Henares, Madrid, España. Discipulo, asistente personal
y colaborador directo del Premio Nobel, Camilo José Cela, en la última
etapa de su vida. Correo electrónico del autor: gasparss@terra.es
"En
La Colmena no trato de denunciar nada, lo único que hice fue dejar
constancia de una situación de hecho, y no hay que darle más vueltas,
hombre", esto fue lo que me dijo Cela en esa primera conversación
que mantuve con él en la cuál hablábamos, entre otras cosas,
de la narrativa de posguerra, y aludíamos al lugar fundamental que él
mismo ocupaba, sin lugar a dudas, dentro de dicha narrativa, con obras tan consagradas
como la que tratamos; y es que esta novela no es ni más ni menos que
un reflejo de la sociedad española que le tocó vivir al escritor,
esa época de la inmediata posguerra, la época de la persecución,
del hambre y de la miseria.
Cela comienza a escribir La Colmena hacia
1944, si bien no fue publicada hasta 1951 en Buenos Aires y hasta 1955 en España,
edición en la que ya el autor, en su primera nota arriesga una definición
de su libro, diciendo: "Esta novela mía no aspira a ser más
cosa ni menos ciertamente que un trozo de vida narrado paso a paso,
sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre,
exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos". La obra, no
obstante, trasciende con creces el cierto naturalismo con el que parecía
conformarse su autor: ciento sesenta personajes en poco más de doscientas
cincuenta páginas bullen en ella con precisión y entidad inolvidables.
La aparición de La Colmena supone un nuevo cambio de registro,
y un cambio radical respecto a las obras anteriores. En esta novela se ha señalado
la influencia de Manhattan Transfer, especialmente en lo que atañe
a la construcción, en las escenas independientes, los personajes aislados
y su fragmentarias apariciones; a ello responde el autor diciendo que él
no había leído esa novela para la fecha de composición
de La Colmena. De lo que no cabe duda alguna es que en La Colmena
se percibe un foco fijo el café de doña Rosa, bajo
el cual van pasando los personajes; este foco se ha fijado y cosificado: sólo
ilumina (y desnuda) a quien pasa bajo su luz, pero cuando no pasa no existe,
como tampoco existen quienes no acuden al brillo de esa luz. De esta forma,
hay una serie de escenas, de entradas y salidas, de momentos fugaces y vanos
en la vida de estos seres que son las que quedan registradas; el resto es oscuridad,
no existe.
El efecto que produce esa técnica es el
de un continuo pulular de insectos urbanos, como el bullir de una colmena, aunque
cabe, quizá, preguntarse por el sentido del título, porque si,
en efecto, está expresivamente ajustado al contenido, no es menos cierto
que sólo aparecen en esa colmena los zánganos, faltan las abejas
obreras o sólo aparecen de soslayo. La interconexión de los personajes
nos da la clave para descubrir al verdadero protagonista: la ciudad, Madrid.
Los personajes, manteniendo su individualidad y su subjetividad, sin convertirse
en seres anónimos (o tipos), junto a los locales, cafés, prostíbulos
y las calles madrileñas, se convierten en un ente colectivo con vida
propia. El Madrid, como un organismo vivo que acoge en sí a esa gente
que llena sus calles, que nace, vive y muere en sus edificios, de gente que
a veces es feliz y a veces no; son los años, como dejamos dicho, del
hambre, de racionamientos y de estraperlo (N de la R: venta clandestina,
falluca), de lucha por la supervivencia diaria, de miseria y de suministros;
años de Auxilio Social, de gas que escasea y de tuberculosis; de los
rojos, de denuncias y cárceles; de represión policial y jefes
de casa; de cultura exaltada por el Régimen que encumbraba "virtudes
patrias" y "esencias españolas"; de las películas
y música censurada; de la mitología oficial del nacional catolicismo
que hablaba de ser "la reserva espiritual de occidente", de la Iglesia
católica que hizo de la guerra civil "una cruzada religiosa",
que sacaba dinero de las pobres beatas para alimentar sus misiones en África
y Asia "bautizando chinitos para que no se vayan al limbo..."
Parece precisamente esa omnipresencia de lo bélico,
el miedo, la lucha para sobrevivir, lo que une a todos los que viven en el Madrid
de la novela, y a esa presencia hace el autor referencias a lo largo de la obra,
con pequeñas alusiones implícitas pero incesantes. Dice Raquel
Asún que: "frente a la retórica oficial La Colmena
ofrece un panorama desmitificador: el texto evidencia el hambre, la miseria,
la soledad [...] El objeto de la novela no es el de argumentar una actitud antifranquista,
pero la voluntad de reflejar lo que vida es hace del libro una nítida
expresión de denuncia aunque ésta no sea política sino
moral", y añade que: "Cela no desarrolló un arte tendencioso.
Pero al querer ser fiel a la historia había que reflejar el fantasma
común a todos los seres que habitaban el Madrid de los años cuarenta:
la posguerra y sus secuelas, que constituye el fondo de la narración,
aunque este fondo por sí mismo no justifique la pobreza moral de los
seres representados".
Los personajes de La Colmena no son más
que unos infelices que pasan las horas muertas pensando "vagamente, en
ese mundo que, ¡ay!, no fue lo que pudo haber sido", en ese mundo
en el que todo ha ido fallando poco a poco, sin que nadie se lo explicase, a
lo mejor por una minucia insignificante y sus vidas trascurren marcadas por:
El aburrimiento: causado por "no salir
el trabajo que merezca la pena", según don Jaime, que "aburrido
de estar sin hacer nada, mirando para el techo y pensando en vaciedades",
pasea su mirada por los clientes del café, donde "Dos niños
de cuatro o cinco años juegan aburridamente, sin ningún entusiasmo,
al tren por entre las mesas [...] que juegan al tren aunque se aburren como
ostras, porque se han propuesto divertirse y, para divertirse se han propuesto,
pase lo que pase, jugar al tren toda la tarde"; de la señorita Elvira
que "lleva una vida perra, una vida que, bien mirado, ni merecería
vivirla, que no hace nada, eso es cierto, pero por no hacer nada ni come siquiera.
Lee novelas, va al café, se fuma algún que otro Tritón
y está a lo que caiga..."
El hambre y la pobreza... de Sonsoles,
la mujer de Seoane, "que de recién casada estaba gorda, hermosa,
reluciente, daba gusto verla; pero ahora, a pesar de no ser vieja aún,
está hecha una ruina. A la mujer le salieron mal sus cálculos,
creyó que en Madrid se ataban perros con longaniza, se casó con
un madrileño y ahora que ya las cosas no tenían arreglo, se dio
cuenta que se había equivocado. En su pueblo era un señorita y
comía hasta hartarse; en Madrid era una desdichada que se iba a la cama
sin cenar la mayor parte de los días". De aquella Sonsoles que tiene
los ojos rojos de repasar la ropa, a la que Seoane quiere comprar unas gafas,
pero por no tener más que tres duros no se las puede comprar, por lo
menos no unas que sirvieran para algo.
La pobreza de Martín que, cuando Celestino
quiere que le pague las deudas, se enfurece: "¡Usted es un mísero
pequeño burgués! [...] ¿Pégueme si quiere, no me importa!
No tengo dinero ¿se entera? ¡No tengo dinero! ¡No es ninguna
deshonra! [...] y cuando tenga esos cuatro duros y pico, se los traeré
para que pague la contribución y se quede tranquilo. ¡Allá
usted con su conciencia!" O el milagro de aquel gitanito de seis años
que se gana la vida cantando por las puertas de los locales, que "tiene
una cara de sucia bestia, de pervertida bestia de corral"; "su cara
tiene una bella expresión estúpida, una expresión de no
entender nada de lo que pasa. Todo lo que pasa es un milagro para el gitanito,
que nació de milagro, que come de milagro, que vive de milagro y que
tiene fuerzas para cantar de puro milagro" y "que vive con algo parecido
a una familia gitana, que se moja cuando llueve, se hiela si hace frío,
se achicharra en el mes de agosto, mal aguarecido a la escasa sombra del puente..."
La monotonía y la repetición...
de Pablo dándose cuenta que "Laurita es muy mona, muy cariñosa,
incluso muy fiel, pero muy poco variada", del guardia y del sereno que
"tiene desde hace ya varios meses una conversación que les gusta
mucho a los dos, una conversación sobre la que vuelven noche a noche",
de don José que "en el café de doña Rosa pide siempre
copita, habla siempre con mucha propiedad..." o de don Trinidad que "se
iba todas las tardes con su nieto al café, le da de merendar y se estaba
callado oyendo la música o leyendo el periódico, sin meterse con
nadie", de don Roberto que "camina todos los días de la oficina
a casa", y doña Rosa "que todos los días va a la misa
de siete". Y de los músicos, "el violinista y el pianista"
que "con resignado gesto de colegiales, rompen el tumulto del café
con viejos compases tantas veces ¡ay Dios! repetidos y repetidos".
Lo que lleva a la sexualidad, muchas veces
brutal... frente a la moral pública del nacional catolicismo escandalizado
o la omnipresencia del pecado en relación hombre/mujer y defendiendo
lo malos que son los cines y las piscinas, como en el diálogo que tiene
doña Pura, la señora de don Pablo, con su amigo "gruesa,
cargada de bisutería, que se rasca los dientes de oro con un palillo";
"Mientras haya hombres y haya mujeres, habrá siempre líos;
¡Yo no sé a dónde vamos a parar!", dice una, y le responde
la otra "Sí, a mí también me parece que hay poca decencia.
Eso viene de las piscinas; no lo dude, antes no éramos así...
Y los cines yo creo que también tienen mucha culpa. Eso de estar todo
el mundo tan mezclado y a oscuras por completo no puede traer nada bueno".
Pues frente a esa moral el sexo se convierte en
diversión preferida y barata de "miserables" y en el caso del
erotismo conyugal de don Roberto y Filo, y de parejas jóvenes enamoradas.
La sexualidad que, como consecuencia de familias dispersas y arruinadas, termina
en prostitución: desde Petrita "que le gustan los hombres",
Victorita que se prostituye por amor por salvar a su novio tísico
o Purita que tiene que alimentar a cinco hermanos, hasta el prostíbulo
de doña Jesusa y de la Uruguaya que es "una golfa de lo peor, una
golfa tirada, sin educación, sin gracia, una golfa que, por no ser nada,
no es ni cobista; una mujer repugnante que ni tiene conciencia, ni vocación
ni amor al oficio, ni discreción..." y hasta la casa de doña
Celia que se ha convertido en una casa de citas, donde "los angelitos saben
que el que entre un señor con una señorita del brazo, significa
comer caliente al otro día, y la relación amorosa, homosexual,
entre el señor Suárez, la fotógrafa y Pepe, el Astilla..."
Y todo ello combinado con el determinismo fatalista,
la indolencia, la inercia... Los clientes de los cafés "creen
que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a
nada, en el de doña Rosa todos fuman y los más meditan, a solas,
sobre las pobres, amables, entrañables cosas que les llenan o les vacían
la vida entera...", "y acordaos sobre el viejo, sobre el costroso
mármol de los veladores, ven pasar a la dueña, casi sin mirarla
ya, mientras piensan, vagamente, en ese mundo que, ¡ay!, no fue lo que
pudo haber sido, en ese mundo en el que todo ha ido falleciendo poco a poco,
sin que nadie se lo explicase..." El tiempo pasa sobre ellos adquiriendo
un aire de fatalidad, de regularidad, de monotonía y sólo
se dan cuenta de ello cuando a veces les incita a luchar, a moverse en la vida
por dos razones mayores: el hambre, o sea la necesidad de sobrevivir,
y el sexo.
Con la resignación de Filo, que
espera "sólo que los hijos crezcan, seguir envejeciendo y después
morir", de don Ramón, el panadero que "abrió la tahona,
se casó, tuvo doce hijos, se compró el calendario y se sentó
a ver pasar el tiempo". De don Jaime Arce, que "es un hombre honrado
y de mala suerte, de mala pata en esto del dinero, que se hubiera puesto a trabajar
en cualquiera cosa, en lo primero que saliere, pero no salía nada que
mereciese la pena y se pasaba el día en el café con la cabeza
apoyada en el respaldo del peluche, mirando para los dorados del techo";
don Jaime "que no solía pensar en su desdicha, que en realidad no
solía pensar nunca en nada", y de Seoane, que "es un hombre
que prefiere no pensar, lo que quiere es que el día pase corriendo, lo
más deprisa posible, y a otra cosa".
Y el conformismo de la señorita
Elvira, que "se conforma con poco, pero ese poco casi nunca lo consigue.
Ahora se conforma con no ir al hospital, con poder seguir en su miserable fonducha;
a lo mejor, dentro de unos años, su sueño dorado es una cama en
el hospital, al lado del radiador de la calefacción". El conformismo
del guardia Julio García Morrazo que "era hombre de buen conformar
y tampoco quería complicaciones: Mientras que me den de comer caliente
todos los días y lo que tenga que hacer no sea más que pasar detrás
de las estraperlistas..." (N de la R: falluqueros) o de una
de las dos pensionistas "pintadas como monas" que, cuando el niño
de los recados trae los periódicos, comenta: "yo no sé para
qué querrán enterarse tanto de todo lo que pasa. ¡Mientras
aquí estemos tranquilos!"
El determinismo, la resignación y el
conformismo que el autor no problematiza, pero sí los cuenta con
ironía, hacen que esos hombres vulgares y mediocres vivan unas pasiones
de corto alcance, que vivan una vida desesperada, sin imaginación
y sin rebeldías... A Martín le gustan los paseos solitarios
por la noche, cuando "la ciudad parece más suya, más de hombres
que, como él, marchan sin rumbo fijo con las manos en los vacíos
bolsillos en los bolsillos que, a veces, no están ni calientes,
con cabeza vacía, con los ojos vacíos, y con el corazón,
sin que nadie se lo explicase, un vacío profundo e implacable".
Victorita está convencida de que "hace falta suerte. Todo lo demás
lo puede poner uno, pero la suerte no; la suerte viene si le da la gana, y lo
cierto es que no le da la gana casi nunca..." En cuanto a la reforma del
mundo piensa doña Visi que "una de las formas más eficaces
para alcanzar el mejoramiento de la clase obrera, es que las señoras
de la junta de damas organicen concurso de pinacle (N de la R:
baraja inglesa, póker). Los obreros piensa también
tienen que comer, aunque muchos son tan rojos que no merecerían tanto
desvelo..."
Y Martín que sí tiene otras ideas,
tampoco introduce alternativas, pues lo que quiere él es comer: "¡Esto
es para volverse uno loco! ¡Éste es un mundo de locos! ¡De
locos de atar! ¡De locos peligrosos! ¡Je, je! A mi hermana le hacía
falta un diente de oro. Si tuviera dinero, mañana le regalaba un diente
de oro a mi hermana. ¡Je, je! Ni Isabel la Católica, ni la Vicesecretaría,
ni la permanencia espiritual de nadie. ¿Está claro? ¡Lo que
yo quiero es comer! ¡Comer! ¿Es que hablo en latín? ¡Je,
je! ¿O en chino? Oiga, póngame aquí un diente de oro. Todo
el mundo lo entiende. ¡Je, je! Todo el mundo. ¡Comer! ¡Y quiero
comprarme una cajetilla entera y no fumarme las colillas del bestia! ¿Eh?
¡Este mundo es una mierda! ¡Aquí todo Dios anda a lo suyo!
¿Eh? ¡Todos! ¡Los que más gritan se callan en cuanto les
dan mil pesetas al mes!"
"La vida piensa es esto. Con
lo que unos se gastan para hacer sus necesidades a gusto, otros tendríamos
para comer un año", opina parado ante un escaparate de una tienda
de lavabos, "¡Está bueno! Las guerras deberían hacerse
para que haya menos gentes que hagan sus necesidades a gusto y pueda comer el
resto un poco mejor. Lo malo es que, cualquiera sabe por qué, los intelectuales
seguimos comiendo mal y haciendo nuestras cosas en los cafés. ¡Vaya
por Dios!" A Martín Marco "le preocupa el problema social.
No tiene ideas muy claras sobre nada, pero le preocupa el problema social. Eso
de que haya pobres y ricos dice a veces está mal, es mejor
que seamos todos iguales, ni muy pobres ni muy ricos, todos un término
medio. A la humanidad hay que reformarla. Debería nombrarse una comisión
de sabios que se encargase de modificar la humanidad. Al principio se ocuparían
de pequeñas cosas, enseñar el sistema métrico decimal a
la gente, por ejemplo, y después, cuando se fuesen calentando, empezarían
con las cosas más importantes y podrían hasta ordenar que se tirasen
abajo las ciudades enteras para hacerlas otra vez, todas iguales, con las calles
bien rectas y calefacción en todas las casas. Resultaría un poco
caro, pero en los bancos tiene que haber cuartos de sobra". Pero todas
sus ideas revolucionarias las termina "una bocanada de frío que
cae por la calle y a Martín le asalta la duda de que va pensando tonterías".
Otros
temas que se tratan en La Colmena son:
La hipocresía... de los personajes que, cada uno a su manera, tratan
de aparentar algo que no son, jugando al juego de las apariencias, a pesar de
que cada uno sepa que en este mundo todo se sabe. La hipocresía de doña
Rosa que se pasea por entre las mesas, sonriendo a los clientes, a los que odia
en el fondo; de don Leonardo, que "es un punto que vive del sable y de
planear negocios que después nunca salen. A los acreedores los trata
con patadas; y los acreedores le sonríen y le miran con aprecio, por
lo menos por fuera." O de Julita que presume de virginidad y apunta sus
encuentros amorosos en un librito. Y "la gente es cobista por estupidez
y, a veces, sonríen aunque en el fondo de su alma sientan una repugnancia
inmensa, una repugnancia que casi no pueden contener. Por coba se puede llegar
hasta al asesinato; seguramente que ha habido más de un crimen que se
ha hecho por quedar bien, por dar coba a alguien".
La hipocresía acompañada del poder
que da el dinero: "Don José, una vez, hace ya para dos años,
poco después de terminarse la guerra civil, tuvo un altercado con el
violinista. La gente, casi toda, aseguraba que la razón la tenía
el violinista, pero don José llamó a la dueña y le dijo:
o echa usted a puntapiés a ese rojo irrespetuoso y sinvergüenza
o yo no vuelvo a pisar el local. Doña Rosa, entonces, puso al violinista
en la calle y ya no se volvió a saber más de él. Los clientes,
que antes daban razón al violinista, empezaron a cambiar de opinión,
y al final decía que doña Rosa había hecho muy bien, que
era necesario sentar mano dura y hacer un escarmiento..." Victorita, que
se prostituye por amor, piensa "El dinero cambiaría la vida. Ya
es sabido: los tísicos pobres pringan, los tísicos ricos, si no
se curan del todo, por lo menos se van bandeando (N de la R: sobreviviendo),
se van defendiendo".
El poder económico crea otro más
sórdido: La tiranía de unos sobre otros y el mutuo desprecio...
de lo que es buen ejemplo la relación entre doña Rosa y los camareros.
Ella es "Enlutada, nadie sabe por qué, desde cuando casi era niña,
hace ya muchos años, sucia y llena de brillantes que valen un dineral,
engorda y engorda todos los años un poco, casi tan deprisa que amontona
los cuartos (N de la R: dinero). La mujer es riquísima
[...] jamás perdonó un real a nadie y jamás permitió
que le pagaran a plazos", y humilla a sus empleados todo el santo día,
conque estos tampoco opinan de ella nada bueno. Mauricio Segovia, uno de los
clientes casuales del café, que "es un hombre bondadoso que no puede
aguantar injusticias", piensa: "Yo no sé quién será
más miserable, si esta foca sucia y enlutada o toda esa caterva de gaznápiros
(N de la R: torpes). ¡Si un día le dieran entre todos
una buena tunda! Si él preconiza que lo mejor que podían hacer
los camareros era darle una somanta (N de la R: tunda) a doña
Rosa, es porque ha visto que doña Rosa los trataba mal; así, al
menos, quedarían empatados uno a uno y se podría empezar
de nuevo". O el caso del impresor Mario de la Vega que ofreció trabajo
de corrector al bachiller Rubio Antofagasta, "se puso un poco pesado en
la taberna y le explicó que a él le gustaba tratar bien a sus
subordinados, que sus subordinados estuvieran a gusto, que sus subordinados
prosperasen, que sus subordinados viesen en él a un padre, y que sus
subordinados llegasen a cogerle cariño a la imprenta [...] Usted entrará
cobrando dieciséis pesetas; pero del contrato de trabajo, ni hablar.
¿Entendido?"
De todos estos rasgos está compuesta la
vida de los personajes, donde no cabe la imaginación, porque los deseos
no tienen futuro, y sólo poca sensibilidad; donde escasean el arte y
la solidaridad.
Que en esa vida no se le da cabida a la sensibilidad,
lo señala el hecho de que apenas consigue sobrevivir, en las gentes retratadas,
algún gesto de afecto y de ternura, que se consigue ahogar inmediatamente
en mundo vulgar, marcado por la inercia. Así muere el gesto amoroso de
Petrita (quien pretende pagar la deuda de Martín, ofreciéndole
su cuerpo al tendero del bar); la voluntad de Victorita de ayudar a su novio
termina en los propósitos de la alcahueta doña Ramona; y la ternura
de Purita, mostrada en la noche con Martín, en un cine oscuro y con cualquier
chamarilero (N de la R: ropavejero). Pero de todos modos Victorita
quiere ayudar a su novio, Seoane quiere comprar las mejores gafas para su mujer,
los esposos González todavía se quieren, Filo también quiere
mucho a su hermano Martín Marco y le ayuda cuando puede. Y Petrita, aunque
se prostituye, lo hace para poder dar de comer a sus cinco hermanos menores.
En esa vida, donde no importan ni la imaginación
ni el afecto, en esa vida de mezquindad, donde todo se reduce a los gestos,
palabras y apariencias, tampoco tiene sentido ninguno la elaboración
más que superficial, fotográfica, de los personajes. Es que lo
que está detrás del vestido, de la cara y del portamonedas, detrás
de los ademanes no importa.
Y así, la falta de contenido interior,
no es sino otro rasgo significativo de la colectividad en la que no hay tiempo
para meditar, porque hay que llenar el estómago.
Mediante el tono irónico que acompaña
a los libros que leen doña Rosa y Elvirita, al comentario que hace Martín
Marco de los dramaturgos oficiales, los hermanos Álvarez Quintero, se
denuncia otra característica de esa vida: la escasez de la literatura
y del arte verdaderos, a lo que alude también el poema largo que
está componiendo el joven poeta en el tumultuoso café. El poema
se llama "Destino" y el poeta "tuvo dudas sobre si debía
poner El destino, pero al final, y después de consultar con
algunos poetas, pensó que no, que sería mejor titularlo Destino,
simplemente. Era más sencillo, más evocador, más misterioso.
Además, así, llamándose Destino, quedaba más
sugeridor, más... ¿cómo diríamos? más impreciso,
más poético. Así no se sabía si se quería
aludir al destino, o a un destino, a destino incierto, a destino fatal o destino
feliz o destino azul o destino violado..." Esta actitud del poeta es idéntica
a las búsquedas estéticas del arte ahistórico y acrítico
de la posguerra inmediata, al que se oponía Cela.
Es una vida marcada también por lo absurdo,
como lo absurdo de aquel hombre que estaba enfermo y sin un Real, pero se suicidó
porque olía a cebolla.
Y la insolidaridad, o más bien la
escasa solidaridad que aparece muy pocas veces, limitándose en general
al préstamo de unos duros o a la oferta de lo más necesario. Los
personajes parecen como si frecuentasen los cafés para compartir sus
soledades, son individualistas que raras veces cooperan en la vida, aún
los parientes entre sí. Victorita no se comunica mucho con sus padres,
pero lo haría todo para ayudar a su novio tísico. La solidaridad
se limita al gesto humano del camarero que echa en la calle a Martín
(que no ha podido pagar su consumición), pero no le pega, desobedeciendo
así la orden de doña Rosa, a Pablo Alonso que "deja que en
la cama turca del ropero pase las noches Martín Marco, bajo la condición
de salir hasta las nueve y media y no volver hasta pasadas las once de la noche,
de no meter nadie en la habituación y no pedir jamás una peseta",
y a la preocupación que comparten los amigos y conocidos de Martín
al final de la novela con él, hasta su cuñado don Roberto, aunque
no se soportan.
En fin, en aquel Madrid las viviendas se convierten
en prostíbulos, en casas de citas; el trabajo se trasforma en hambre
o en asuntos clandestinos, a las tardes libres las reemplaza el aburrimiento
o la incesante repetición de los mismos gestos, de las mismas palabras
y vacías reflexiones que suelen acabar en nada, por eso Cela termina
así su Colmena:
La
mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones
de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo,
sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás
descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana eternamente
repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese
sepulcro, esa cucaña, esa colmena.
¡Que Dios nos coja confesados!