
Por los caminos de la laicidad educativa: un encuentro con sus raíces
Ana
Cecilia Valencia Aguirre*
* Asesora de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN),
Unidad 141, Guadalajara.
Época
extraordinariamente feliz
en que es lícito pensar como se quiere
y decir lo que se piensa.
Tácito
La aplicación
del concepto de laicidad, principio y valor fundamental de la escuela pública
mexicana, ha suscitado grandes polémicas como lo corrobora la propia
historia de la educación. Desde el siglo XIX, la educación en
México fue considerada, por el grupo liberal, parte de un proyecto político
fundado en la libertad, la dignidad humana y el progreso; dichos valores se
lograrían sólo a través de un "laicismo basado en
la ciencia y combatidor de los prejuicios y los fanatismos religiosos".1
Estas ideas movieron el espíritu de los
constituyentes, donde los proyectos liberales de Mora, Gómez Farías,
Juárez, Ocampo, Ignacio Ramírez, Barreda, Sierra, entre otros,
encontraron un espacio de debate plasmado en las distintas interpretaciones
y consecuencias del concepto en torno a la educación en su artículo
3º.
En este contexto es importante preguntarnos: ¿Dónde
surge el laicismo como propuesta liberal-racional? ¿ Cuáles son
sus fundamentos filosóficos? ¿Qué implicaciones tiene para
la educación de nuestros tiempos? ¿ Por qué debe replantearse
con asiduidad el tema de la laicidad en la educación pública actual?
¿Qué valores implicaría asumir la laicidad no sólo
legal sino, además, como actitud frente al mundo?
El propósito de este ensayo es, precisamente,
responder a estas interrogantes a partir de una reflexión basada en la
historia de las ideas en occidente. Parto del supuesto de considerar que la
Educación Pública es un proyecto surgido de los espíritus
liberales y de una modernidad entendida, desde una dimensión filosófica,
como la actitud que promueve la razón como base y vía del progreso
humano, haciendo a un lado los prejuicios que no sean los basados en la propia
actividad racional2 de ahí
que el espíritu laico surge en medio de este contexto histórico.
Un breve
recuento histórico
Históricamente, haciendo un recuento de la historia del pensamiento
occidental, el espíritu laico comenzó a gestarse desde fines del
siglo V de nuestra era, el dualismo ya iniciado por Agustín de Hipona
y algunos cristianos de la patrística, planteaba dos tipos de ordenes:
los intereses espirituales y de salvación eterna resguardados por la
organización clerical y los intereses temporales o seculares que correspondían
a las autoridades civiles y seculares.
Dicha concepción fue autorizada por el papa Gelasio
I y se denomina "doctrina de las dos espadas" o de las dos autoridades,
aceptada en la primera parte de la edad media. Sin embargo, cuando se generan
las disputas y rivalidades entre el papado y las monarquías, ambos bandos
se ven obligados a replantear sus posturas:
En cuestiones doctrinales el emperador debe subordinar su voluntad al clero y tiene que aprender mas bien que presumir enseñar. Se sigue con ello que la iglesia por intermedio de sus jerarcas y ministros, tiene que tener jurisdicción sobre todas las materias eclesiásticas, ya que es indudable que de otro modo no puede ser una institución independiente y autónoma.3
Lo anterior significa, en primer lugar, la necesidad de plantear la autonomía para asegurar un desarrollo independiente, pero también implicó la primacía de una entidad política sobre la otra:
La aplicación dada hasta ahora de las ideas políticas de San Ambrosio y San Agustín, subraya la autonomía de la iglesia en cuestiones espirituales (...) Tal posición implica la independencia de la iglesia pero también la del gobierno secular.4
Si
bien es cierto, que Agustín de Hipona jamás acuñó
el concepto de laicidad ni se asumió como tal, en su obra "La Ciudad
de Dios" marcó distancias significativas entre los gobiernos civiles
y el gobierno de Dios "la iglesia cristiana", esta última,
considerada la única sociedad realmente perfecta y por tanto superior
al estado civil. Dicha distinción marcará el inicio de la dualidad
entre ambos gobiernos y señalará la necesidad de la lucha por
su autonomía y su definición de no sometimiento la una a la otra.
Esta visión política no se da de manera
aislada, se refleja en el mundo de la cultura, de la filosofía y de la
ciencia. Concretamente en el plano de las ideas, emerge la postura que señala
dos caminos para avanzar: el camino de la fe y el camino de la razón,
sus metas son distintas, asimismo sus fuentes y formas: El camino de la razón
sólo puede asegurar la existencia de un mundo ordenado a partir de las
categorías puestas por el entendimiento racional, el conocimiento científico
es su meta o fin, a través de la razón no se pueden afirmar supuestos
metafísicos, sino es por el camino de la fe, única vía
que acepta los dogmas o verdades absolutas aceptadas independientemente de la
demostración racional-científica.
Fe y razón se oponen, este es el rasgo distintivo
y constante de la modernidad surgida en Occidente desde el siglo XVI, donde
Renato Descartes, representante máximo de la modernidad, señala
que el camino para lograr la verdad es el método guiado por la razón
y el entendimiento. La verdad, por otra parte, es aquella que se muestra al
espíritu racional, como lo claro y lo distinto, la claridad se
expresa en la representación y la distinción del objeto
esta en la demostración matemática: por tanto todo objeto verdadero
tiene que ser representable y demostrable matemáticamente. Toda ciencia
tiene que plantearse como camino el método y la demostración causal
a través de la matematización y la experimentación, como
lo había señalado Bacon, Galileo, Newton, y el propio Descartes,
cada uno a su manera, como es obvio.
Esta situación de las ciencias del siglo XVI,
exigía una mayor autonomía en las universidades, lugares donde
se gestaba precisamente el espíritu crítico basado en una ciencia
autónoma. No es gratuito que en los países donde se da el desarrollo
de las ciencias, sean aquellos donde se dan los primeros movimientos liberales
o las monarquías constitucionales y representativas. El caso ejemplar
es Inglaterra en el siglo XVI, y John Locke, su primer filósofo constitucionalista
y padre del gran movimiento empirista británico, que tanto motivó
las mentes brillantes de su tiempo.5
El ejemplo y la lección histórica,
nos muestran que la laicidad más que una norma que surja de un afán
de conflictuar las relaciones entre el clero y los recién inaugurados
estados modernos o monarquías representativas, surge ante un afán
propio del espíritu humano, por señalar que la vía del
progreso espiritual, científico, artístico y cultural es proyecto
y obra de la razón. De una razón que exige autonomía, esto
es, libertad para asegurar un desarrollo y un progreso planificado racionalmente.
En pocas palabras, los asuntos políticos, culturales,
científicos, artísticos, son asuntos humanos cuyo instrumento,
falible y sujeto al acuerdo, a la aprobación pública, a la comprobación
o demostración científica, según se trate, es la propia
razón y su facultad de entendimiento. Los asuntos de la fe, pertenecen
al orden de la creencia personal, son religiosos, y están en el orden
privado; en cuanto al clero, institución dedicada a instruir conciencias
en el plano de la fe, ésta debe dedicarse a tratar su misión de
manera autónoma sin inmiscuirse en los asuntos de la política
y de sus instituciones: la educación pública es una institución
política.
El proyecto
laico, ¿moderno, racional o progresista?
Cuando hablamos de modernidad suponemos que lo moderno es lo actual, lo
que está de moda o en boga, sin embargo, en el apartado anterior señalamos
que la modernidad es un movimiento filosófico que se da desde el siglo
XVI, algunos autores señalan visos de un pensamiento moderno en el período
Escolástico tardío.6
Lo importante es entender que "ser moderno"
en este contexto, significa entender que existen dos caminos: el de la razón
y el de la fe, ambos tienen rutas y metas distintas: el camino de la fe se basa
en la existencia de un ser superior, entidad que conlleva a la existencia de
una autoridad en el pensar y en obrar. El camino de la razón basa sus
posibilidades en el conocimiento humano, esta sujeto al método de la
ciencia (única vía para llegar al conocimiento).
Ambos caminos poseen metas distintas: El camino de la
fe nos conduce a aceptar la existencia de una entidad superior "Dios",
a través de aceptar verdades fuera de la razón "metafísicas"
aceptadas por un convencimiento interior "fe".
El hombre moderno, elige el camino de la razón,
una razón limitada al conocimiento de lo sensible, como lo señaló
Inmanuel Kant, en La Crítica de la razón pura; una razón
que plantea que las posibilidades de desarrollo humano, de felicidad y de progreso
están determinadas por el camino de la razón, una razón
no sólo especulativa, sino práctica, instrumental, con arreglo
a fines, a normas y a acuerdos: una razón comunicativa.7
Este sapere aude (atrévete a pensar)
proclamado por el autor de La Crítica de la razón pura,
considera que la razón es un camino que puede llevar al hombre no sólo
a la verdad sino al desarrollo y al progreso. La razón tiene su método,
sus límites y debe estar sometida sólo al tribunal de la razón
misma.
Es precisamente en el seno de la modernidad, donde surge
el proyecto de los liberales, quienes proponen la libertad de pensamiento y
de ampliación de las posibilidades del desarrollo y felicidad humana
basándolo en el libre examen propio de los espíritus críticos
y racionales:
Los hombres serían felices, o al menos no tan desgraciados, si los actos del entendimiento fuesen parte de una elección libre.8
Asimismo promueven, una libertad de pensamiento y expresión, como parte ineludible del proyecto racional:
No es posible poner límites a la facultad de pensar: no es asequible, justo ni conviene impedir se exprese la palabra o por escrito lo que se piensa.9
Esa
libertad de pensamiento, propuesta por los liberales, es el valor clave de la
laicidad; ser laico significa ser libre en el pensar y en el expresar el pensar,
siempre y cuando dicho actuar se base en los postulados de una razón
concretizada en instituciones como son: las normas, el derecho, las leyes, las
instituciones y el propio Estado. Ya que estas son concreción de una
razón social y por tanto son instituciones racionales y modernas al estar
guiadas por el entendimiento, el acuerdo, el consenso basado en una razón
que busca el progreso humano, clave del desarrollo social.10
Si bien estas ideas adquieren un tono distinto
en Locke, Rousseau, Voltaire, Hegel, etc., es claro que, independientemente
de las distancias históricas de sus propuestas, coinciden en apostarle
a la racionalidad como base de la superación social. En tal sentido,
los liberales incluidos Mora, Juárez, Ocampo, Barreda y Sierra
son modernos y por antonomasia liberales. Ellos coinciden en centrar la posibilidad
de desarrollo y progreso social a través de una racionalidad, propia
de la autonomía, libre de las actitudes confesionales de las escuelas
dirigidas por el clero, entonces la formula modernidad, liberalidad y racionalidad
van de la mano con el progreso, el avance y el desarrollo propios de un espíritu
laico.11
¿Ser
laico es ser antirreligioso, ateo o anticlerical?
Es obvio, pues la historiografía nos demuestra, que muchos de los
grandes modernos fueron creyentes, sin embargo, también es cierto, que
una cosa es tener una creencia en un Dios personal, a tener una noción
de autoridad en Dios con relación a la explicación de los hechos
sociales o de orden público. Aquí cabría entonces señalar
la necesaria separación entre los asuntos de carácter público
y los asuntos de carácter privado, ser laico implica entender las dos
dimensiones y asumir una autonomía con respecto a ambos órdenes.
Por mencionar ejemplos, Locke, era creyente, sin embargo,
esto no le prohibió el reprobar en su Universidad de Oxford, el dogmatismo
de sus enseñanzas al reproducir el modelo de un escolasticismo degradante.
Newton, otro gran creyente, no dudó en suponer que el espacio y el tiempo
seguían leyes capaces de ser explicadas en el orden matemático,
excluyendo a Dios de su explicación, su resultado fue indudablemente
el surgimiento de leyes que explican la física del espacio tiempo desde
la demostración científica. Kant, también creyente, señaló
el valor de una escuela pública y de una educación basada en la
ciencia, guiadora del espíritu humano hacia su permanente perfección.
Por tanto, laicidad no es antirreligiosidad, es reconocimiento
de los límites y del actuar con base en una razón autónoma,
es atenerse a la responsabilidad de asumir los retos y consecuencias de dicha
razón. Tampoco es ateísmo, en todo caso, el espíritu laico
no considera que los problemas cotidianos se resuelvan a través de desatenderse
de éstos y achacarlos a lo divino. Asume una responsabilidad ante los
asuntos humanos: el ejercicio de la política, las causas de la pobreza,
los asuntos del orden público, la impartición de la justicia,
el proyecto de la educación, la planificación económica,
etc.
Debemos entender que las disputas en torno a las diversas
interpretaciones de laicidad que se dieron en el congreso constituyente de 1917,
obedecen a posturas ideológicas distintas que convergen en un mismo espacio
histórico. El artículo tercero constitucional al incluir este
valor en la educación mexicana, tiene que aclarar el sentido de éste,
puesto que la educación es un proyecto político, debe establecer
el acuerdo entre sus diversos actores sociales.
La búsqueda del consenso se centró en
diferenciar la noción entre laicismo neutral y laicismo combativo, noción,
esta última, que señala el tipo de laicismo que se tendría
que acuñar de acuerdo al momento histórico del país como
lo señala acertadamente Bremauntz.12
Asimismo, el concepto fue comprendido como antidogmático
y contrametafísico, al sostener que la educación debería
sostener una actitud ajena al espíritu religioso basado en una enseñanza
alejada de toda actitud dogmática y, por tanto, debería construir
la verdad y desengañar el error inspirándose en un criterio rigurosamente
científico, libre de prejuicios y ajeno a una aceptación de verdades
más allá de los límites de la razón. En pocas palabras
negar el carácter de la escuela como espacio confesional.13
Por tal razón, al defenderse y triunfar
en el congreso del 17 la interpretación del laicismo combativo: "Se
consagraron la libertad de enseñanza, la gratuidad en la educación,
alejando al clero de la instrucción y educación públicas,
es decir, consagraron las conquistas por las que lucharon los liberales de las
generaciones anteriores".14
Este laicismo combativo contra los prejuicios
religiosos, asume una actitud activa como lo exigía el momento histórico:
La lucha, en realidad, es la lucha de una conciencia laica frente a una mentalidad eclesiástica tradicional. En estas condiciones, la crítica liberal del clero en sus dos vertientes (como organismo corrompido y como casta monopolizadora del pensamiento) se ha traducido poco a poco en la reivindicación de un principio caro al liberalismo militante: el laicismo.15
Desde
la perspectiva de Francisco López Cámara, este laicismo, no implica
sólo la neutralización del clero sino además, la defensa
del libre examen, traducida en la defensa de la libertad de conciencia para
la discusión de toda clase de cuestiones.16
No es que el liberal niegue su creencia en una
entidad superior, puede aceptar la existencia de Dios, pero: "su Dios es
un Dios que "permite" al hombre una cierta libertad para trabajar
por su felicidad o por su desgracia, para que sea acreedor de premios o deudor
de sus delitos. El liberal le reconoce a Dios su poder y su autoridad; pero
éste, a su vez, le reconoce al hombre su libertad" 17
La
laicidad ahora, sus retos y sus perspectivas
Es importante señalar que la laicidad del discurso político,
reflejada en nuestra legislación tiene que traducirse a una laicidad
pedagógica, entendida como la práctica que se construye desde
la dimensión escolar. Ya que es precisamente, esta última la que
imprime con mayor significación su impronta en la conciencia de los sujetos
que conforman el escenario escolar.
Asimismo, el reconocimiento de nuestra pluralidad no
sólo religiosa y sociocultural conformante de la compleja geografía
humana, la diversidad de cultos, la noción de espacio cultural, una nueva
concepción de género así como el reconocimiento de un currículum
diverso que promueve el regionalismo y una nueva vivencia de la democracia,
nos llevan a replantear conceptos como: nacionalismo, identidad, patriotismo
e historia, éstos nos obligan a discutir necesariamente la noción
de laicidad.
Por otro lado, definir los límites de lo público
y lo privado, no es tarea fácil, sobre todo cuando las tradiciones, de
carácter inicialmente privado y religioso, pasan a conformar parte de
las prácticas públicas: ¿hasta dónde tolerar o hasta
dónde marcar límites?
Obviamente, en estos momentos no podemos mantenernos
en una perspectiva semejante a la que imperó en el laicismo político
de la primera mitad del siglo XX, nuestro laicismo actual no puede ni debe ser
combativo o excluyente, un nuevo modelo de convivencia nos exige construir las
bases de un diálogo basado en la tolerancia, pero desde dentro, desde
la dimensión de las prácticas cotidianas en el escenario de la
relación escolar.
Sabemos que la escuela no puede construir una cultura
ajena a la cultura de los propios sujetos que la conforman, esto nos conduciría
a un dualismo: las prácticas escolares de carácter hegemónico
y las prácticas culturales de la comunidad, generalmente contrahegemónicas.
Sin embargo en la escuela, como espacio público,
coexisten diversas culturas, cada una con una concepción de mundo distinta,
donde, algunas veces, la cultura de los docentes choca con la cultura de los
alumnos o viceversa: ¿Cómo establecer la posibilidad de un diálogo
constructivo en estas dimensiones? ¿La escuela implicaría, entonces
asumir una práctica cultural ajena a la visión de mundo de los
grupos sociales que la conforman?
Recuerdo que hace algunos años, siendo maestra
en un grupo de segundo grado de primaria en una escuela del área metropolitana,
cuando refería el suceso histórico del 12 de Octubre de
acuerdo a la versión historiográfica oficial, los alumnos espontáneamente
señalaban que el 12 de octubre era "día de la romería
zapopana" diversos comentarios y un sinfín de situaciones vivenciales
se gestaron sobre esta moción; en este sentido es importante reconocer
que los eventos significativos para los sujetos, son aquellos que viven desde
la dimensión de la práctica cotidiana, no los que se imponen desde
el discurso solemne de la escuela.
Esta anécdota, y otras muchas que nos es posible
referir, es compartida por la mayoría de los docentes, quienes finalmente
tenemos que construir desde el espacio de la vida escolar un nuevo estilo de
convivencia basado en el respeto, la tolerancia, la igualdad, el reconocimiento
y el valor de la historicidad de nuestros escolares frente al discurso hegemónico
oficial.
Como vemos, replantear la laicidad debe ser un imperativo,
no únicamente en términos políticos o legislativos, sino
además en términos de convivencia sobre una base de respeto, tolerancia,
reconocimiento, apertura y crítica:
El concepto de laicidad escolar está condicionado por ciertas convicciones comunes que varían en el tiempo, como el significado de la identidad nacional, la importancia pública del hecho religioso, los derechos de las minorías, la tolerancia o la aceptación del pluralismo social.18
Sin
embargo, la enseñanza que nos deja la propia historia y evolución
del concepto, nos deja claro el valor fundamental de la libertad; sólo
en la libertad es posible asumir una autonomía de la razón y al
mismo tiempo una responsabilidad con respeto a nuestros hechos racionales. No
es gratuito que el espíritu científico se haya formado en lugares
donde se practicó no sólo la libertad política sino también
la libertad individual y, por tanto, la posibilidad crítica y creadora.
Libertad que, sin embargo, debe vivirse y construirse desde el aula y la escuela,
entendida como el espacio público donde se gestan las relaciones más
profundas y significativas de la conciencia humana.
La historia nos muestra que las crisis traen como consecuencia
el replanteamiento de los valores. Dicha crisis se da, de alguna manera, en
el nuevo orden globalizador mundial, en la existencia de nuevas variables que
redefinen la convivencia y por tanto una nueva reconceptualización de
la laicidad política y escolar.19
Entonces los conceptos que mejor pudieran definir
la laicidad en estos momentos son los de libertad, tolerancia, respeto, apertura
y crítica. Sin embargo, habría que trabajar en el sentido de construir,
siguiendo a Latapí, la laicidad como forma de vida con respecto al mundo,
al propio sujeto y a los otros, una "laicidad abierta". Esto sigue
siendo tarea ineludible y reto de los educadores y educadoras de la escuela,
concebida como espacio público: transformar el proyecto político
de la laicidad en proyecto pedagógico que permita la construcción
de una convivencia basada en el respeto a la diferencia y en el reconocimiento
del valor positivo de ésta.
Notas
1.
Guzmán, Martín Luis. "Escuelas Laicas", en: Textos
y documentos. Empresas editoriales, S. A. México, DF, 1948.
2. Llamo progreso material a una posibilidad
de pasar de un nivel inferior a otro superior. Idea moderna presente en el pensamiento
de filósofos clásicos como Kant, Hegel y Marx.
3. Sabine, George H. Historia de la teoría
política. FCE. México, 1980. p. 244.
4. Ibid. p. 236. (Los puntos suspensivos
son míos).
5. Sin embargo, hay que reconocer que Locke
estudio en Oxford, universidad en la que predominaba el escolasticismo, él:
"la concibió una gran aversión, considerándola
perdida en términos obscuros y problemas rebuscados". Cfr. Copleston,
Frederick: Historia de la filosofía. Vol. V. Ariel. Barcelona,
España. p. 70.
6. Algunos historiadores de la filosofía
como Abbagnano señalan que Guillermo de Ockham (1290-1308) es "la
primera figura de la Edad Moderna". Cfr. Abbagnano, Nicolás:
Historia de la filosofía. Tomo I. Edit. Montaner y Simon. Barcelona,
España, 1978. p. 533.
7. Aquí considero la idea de Habermas,
que sostiene que la razón no sólo produce conocimientos sino que
permite las relaciones intersubjetivas, es también acción comunicativa:
"He llamado acción comunicativa a aquel tipo de interacciones en
las que todos los participantes conciertan sus planes de acción individual".
Cfr. Habermas: Teoría de la acción comunicativa.
Cátedra. Madrid, 1989. p. 395.
8. Mora, José Ma. Luis. "Discurso
sobre la libertad del pensar, hablar y escribir" (Obras sueltas, tomo II),
en: El clero, la educación y la libertad. p. 144.
9. Ibidem. p. 143.
10. Habrá que plantear no sólo
la visión moderna del ejercicio político señalado por Maquiavelo
en El Principe, sino también la noción de contrato en el
estado autoritario de Tomas Hobbes, la noción de democracia en Hegel,
el Contrato social de Rousseau, y la visión de las leyes en los
ilustrados ingleses y franceses.
11. En tal contexto habrá que recordar
la propuesta del diputado Luis G. Monzón, que señaló en
el Congreso Constituyente de 1917: "Yo propongo que se sustituya laico
por el término racional para expresar el espíritu racional del
presente siglo", en: Guzmán, Martín. Textos y Documentos.
Op. cit. p. 254.
12. Bremauntz, Alberto, señala en
su obra "La educación socialista en México", que esta
perspectiva de laicidad responde al momento histórico, en: Guzmán,
Martín, Textos y documentos. Op. cit.
13. Sobre este punto cfr. Discusión
del dictamen sobre el artículo tercero, en: UPN, Política Educativa,
Vol. 2. México, 1979. pp. 28-34.
14. Ibid. p. 290.
15. López Cámara, Francisco.
La génesis de la conciencia liberal en México. UNAM. México,
1977. p. 282.
16. Ibidem. p. 282.
17. Ibidem. p. 284.
18. Latapí, Pablo. La moral regresa
a la escuela. UNAM-CESU-Plaza y Valdés. México, 1999. p. 113.
19. En este sentido Latapí, señala
que la laicidad política se refleja como laicidad pedagógica cuando
los valores políticos se arraigan en convicciones personales incluso
de orden moral. Ibidem. p. 128.