
Esos labios
Gabriela
Torres*
* Ganadora del segundo lugar (noviembre de 2001), en el Primer Certamen de
Narrativa Breve "Ramón Rubín", convocado por el Centro Cultural "La
Mutualista".
Edgardo sabe que esos labios lo están
llevando de vuelta a los días de escuela. El pelo castaño que ahora alisa con sus dedos
le hace convivir de manera inevitable con algunos elementos antiguos: como la joroba del
licenciado que les daba economía, el tartamudeo del maestro de estadísticas, las
colectas con los amigos para las cervezas de los viernes, las impresiones sobre los
primeros empleos, y, de manera especial y nostálgica, la mano pequeña y tibia de Estela
entre las suyas, el árbol viejo del patio de la escuela con la cabeza dormida de ella
recostada en uno de sus muslos, su mirada solidaria y resuelta cuando a él le daba por
buscar sus ojos. Por la ventana se cuelan algunas líneas de aire frío que penetran de un
solo golpe en su garganta. Tose mientras cierra una por una las ventilas, entonces escucha
un murmullo y vuelve junto a la cama. Una maleta amarilla reposa sobre la mesa junto a un
vaso de agua. Los labios han dicho algo, un mensaje abreviado, dos o tres sílabas
cortadas por una pausa flemosa que se atraviesa de pronto, por la nariz que se estremece y
libera un pequeño río de moco, por los ojos que no pueden abrirse pero que parecen
hablar debajo de los párpados.
Miró por la ventana, el estacionamiento de la universidad estaba
al tope, vio como algunos llegaban apresurados a la clase de las cuatro, fijó entonces la
vista en Estela, a cuatro bancas de la suya, con sus lentes pegados a la hoja, aferrada a
la pluma con obsesión infantil, con el cabello largo amarrado en una trenza. Ella
levantó la cabeza y ambos se sonrieron. Edgardo sabía que al terminar la clase ella
retrasaría su salida hasta que él se encaminara a la puerta. Los que siempre preguntaban
algo al maestro hicieron rueda frente al escritorio, Estela guardó sus cosas,
intercambió dudas con una compañera, se amarró las cintas de una de sus botas y miró
hacia las bancas traseras. Después ella y Edgardo hicieron planes para verse más tarde,
las opciones podían ser reposar durante el receso bajo el árbol, o comer algo en la casa
de ella, o juntarse en el departamento a ver una película.
Parecen hablar y Edgardo los mira como si entendiera, les pasa una
yema y tiene la impresión que es un corazón que palpita, que intenta demostrar algo con
pequeños saltos bajo la piel de sus dedos, algo, lo que sea. Respira profundo y se deja
caer sobre el asiento acolchado de una silla. Se pellizca el borde de una uña con otra,
se acaricia los muslos cansados en el pantalón verde, se pasa una mano por el pelo, por
el remolino que se le forma en el centro de la nuca, intenta aplacar cuatro pelos
rebeldes. Suspira pensando con qué endemoniada lentitud transcurre el tiempo.
Prepararon palomitas, pusieron la película. Como tantas veces no
se enteraron del final porque acabaron uno arriba del otro, después exhaustos, con una
pierna de ella enredada en uno de sus muslos, se fumaron un cigarro sobre el colchón y
después dormitaron un rato mientras daban las siete, fue cuando ella dijo te
quiero entonces él escondió el sostén y ella encuerada se puso a buscarlo por
todos lados haciéndose la enojada, después el le envolvió una pierna y luego la otra
con el pantalón de mezclilla y terminaron de cara a la ventana, Estela sentada en una
silla, Edgardo a su espalda, tejiéndole la trenza. Ese día les dio por hablar de la
muerte y lo último que Estela dijo fue qué tontos somos, tú y yo siempre vamos a
estar juntos.
El tiempo parece atorarse en el tubo que sale de su estómago, por
otro que sale de adentro de sus piernas. Mira a la ventana y después a esos labios que se
siguen moviendo, que dicen cosas que su cabeza enredada por los últimos acontecimientos
no logra entender. Ahora dejan de moverse y se pliegan uno sobre el otro como si se
entregaran a una acompasada, rítmica respiración. El insoportable silencio le produce un
roce que no entiende, pero que lo hace aproximarse a la ventana, abrir una ventila, cerrar
los ojos, acariciarse los párpados cerrados.
Esa mañana las clases estaban por comenzar, la banca de Estela
estaba vacía, llegaron todos menos ella. Edgardo pensó en llamarla después de la clase,
supuso que se había quedado dormida o que había llegado tarde a la parada del camión.
Después de media hora llegó alguien y dijo algo al maestro, éste fijó la vista en unos
apuntes en su mano, después en el suelo, en unos segundos todos hablaban al mismo tiempo,
preguntaban, unos gritos no, no es posible, de pronto eran todos menos Edgardo
que seguía pegado en su banca de la fila trasera, mordiendo el borrador de un lápiz,
mirando a uno y a otro, Estela se fue, se nos fue con las suelas de los
zapatos adheridas al suelo viendo televisión con sus papás, y de pronto, se le
aflojó el cuerpo las uñas clavadas por dentro de los puños cuando todos se le
fueron encima, le dijeron lo siento mencionaron algo de Dios y él no dijo
nada pero pensó para qué carajos iría a servirle un Dios entonces. Sintió como si
muchos corazones le palpitaran dentro pero no pudo llorar ni gritar, se limitó a vagar
con los ojos perdidos durante muchos días, mientras la figura de Estela asumía el brillo
de todos los que mueren, mientras la escuela entera la cubría de gloria.
Se acaricia un párpado y siente cómo la pupila se le mueve
inquieta. No quiere moverse de ahí, le tiemblan los dedos de la mano izquierda y el
contacto con ese pelo castaño que duerme a mechones sobre la almohada los aplaca un poco.
Después los pasa por el cuello y sube lentamente hasta detenerse en los labios. Pequeños
fragmentos de piel seca están a punto de desprenderse. Toma entonces un trozo de papel
higiénico y lo moja en un vaso de agua, se aproxima de nuevo y empapa la sequedad de esos
labios que ahora responden con una leve contracción. Edgardo la agradece.
Los amigos se dieron cuenta que no era un tipo para compadecerlo,
algunos respetuosos lo dejaron a solas con su duelo, se acostumbraron a sus evasivas
cuando se mencionaba a Estela, a su fortaleza fuera de serie por no haber aflojado ni una
lágrima; otros entrometidos le hacían preguntas hasta que dejaron de hacerlo después
del primer impacto con sus pupilas quietas y apagadas, con su impávido gesto indiferente.
Luces y música en la fiesta de graduación, tres años habían
sido suficientes para que se desvaneciera la figura de Estela, para que su presencia se
volviera etérea, para que pareciera que la humanidad de Edgardo era incapaz de
compartirse con alguien. Por eso no dejó de sorprender el que llegara acompañado, con
una casi Estela que le apretaba la mano, se le acostaba en el hombro, le hablaba al oído.
Las cosas parecían haber cambiado salvo elementos inamovibles como la mirada quieta y
apagada que se limitaba a situarse sobre la frente de la sucedánea de Estela mientras una
sonrisa mediocre le cuarteaba al rostro.
Edgardo agradece esa pequeña vibración, esa debilitada respuesta
debajo de sus yemas. Los pasos mudos de una enfermera se acercan a la cama, dos dedos de
él presionan suavemente el trozo de papel húmedo sobre los labios de ella, después lo
retira, lo arroja al cesto, observa a la enfermera hacer su trabajo. Mira cómo revisa,
apunta en una libretita, mide mililitros en una bolsa, inyecta algo lechoso al suero.
Edgardo busca un indicio, pregunta en silencio con su mirada interrogante pero termina
despidiendo a los zapatos blancos con ojos de desconcierto.
La sucedánea lo esperó a la salida del trabajo e hicieron
planes. Poco después entraron al departamento, prepararon palomitas, acercaron a la
mesita dos vasos con hielo, agua mineral, cigarros, pusieron una película. El final los
sorprendió como otras veces, desnudos en la cama, con la pierna de ella enredada en un
muslo de él, medio cigarro aplastado sobre una corcholata, restos de hielo y agua en los
vasos. Un quejido de la sucedánea llegó al oído izquierdo de Edgardo, abrió los ojos y
ella ya estaba sentada en la cama, con las manos en el ombligo, los muslos apretados, el
pelo revuelto que él intentó peinar con los dedos, pero ella se quejó en voz baja
me duele, me duele mucho separó tres partes iguales de cabello castaño y se
le sentó por detrás, su pecho hizo contacto con la espalda desnuda de ella, que empezó
a llorar, Edgardo como si no escuchara, atrapando su espalda y tejiéndole una trenza.
Entonces un temblor de ella lo obligó a ponerse de pie, a mirarle los ojos aguados, a
tentarle el cuerpo caliente, a lavarle con trapos húmedos los senos, las axilas, el sexo.
Le limpió los ojos y le ayudó a vestirse. Ella ya no dijo nada pero temblaba, no se
quejó más pero Edgardo la sintió caliente al abrazarla y bajar con ella las escaleras
hacia el auto, las escaleras hacia la sala de urgencias, las escaleras, ya sin ella, hacia
el departamento por sus cosas y no pensaba nada mientras metía dentro de una maleta
amarilla, cepillo de dientes, calzones, piyama, pero sentía mientras le llevaba un libro
por si acaso, un peine, su desodorante.
Piensa qué falta le hace un indicio ahora que está ahí, con su
casi Estela entre agujas, tubos, bolsas de plástico, sondas. Suda un poco y se acomoda el
doblez de la camisa en su cuello. Se rasca una comezón húmeda cerca de la boca. La
sucedánea quiere decir algo, se nota que le cuesta un trabajo enorme, quiere moverse y
tampoco lo consigue, está amarrada por tantas cosas encima. Edgardo se le acerca y una
gota de sudor resbala por su boca y cae en la de ella, se la limpia con un dedo y su yema
siente como se mueven ésos labios, lastimosamente, pero se mueven y le dicen te
quiero, te quiero, él siente como si muchos corazones le palpitaran dentro, es
cuando se da cuenta de que no suda sino que está llorando y mientras llora le pide a su
Cristo negado que la quiere viva, al mismo tiempo que por fin llora por la mañana aquella
en que llegaron y dijeron se ha muerto , por la mañana esta en que los labios
dicen cosas que no tienen sonido, pero dicen y seguramente es otro te quiero
porque de pronto él también lo dice en lo que tienta el pelo castaño desparramado en la
almohada, en lo que detiene los ojos en la línea delgada de sol que se introduce por una
ventana, también porque tiene que reconocer que Estela se ha equivocado, que siempre
estuvo equivocada, que la muerte se la llevó con todo y la obsesión infantil de sus
ojos, con todo y sus senos encima de su cuerpo, con todo y los dedos de él tejiéndole
una trenza. Que está más muerta que todas esas tardes, que todos esos muslos con su
pierna encima, que el siempre, en definitiva, no existe.