
Las
palabras y las cosas de la participación, notas para la
reflexión y el debate
(Este texto es un extracto de un capítulo de mi libro:
La escuela vista de afuera. Lucerna/Diogenis, México)
Emilio
Tenti Fanfani*
* Profesor titular ordinario de la Facultad de Ciencias Sociales
de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Investigador independiente del
Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y
Coordinador del Area de Diagnóstico y Política Educativa del Instituto
Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE) de la Organización
de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO),
en Buenos Aires.
En materia
de participación es mucho más lo que se habla y dice que lo que
efectivamente se hace y experimenta, en especial en al ámbito de la educación
escolar.
Con la participación, al igual que con otras
palabras se hace uso y abuso. Existe una especie de inflación en cuanto
a la circulación de ciertos términos que les hace perder valor
y fuerza expresiva.
Algunos dicen que se pueden hacer cosas con palabras,
que el lenguaje tiene un efecto performativo, es decir, que el lenguaje, dadas
ciertas condiciones produce efectos y construye la realidad que enuncia. Con
el lenguaje no solo describimos la realidad, sino que también podemos
construirla. Todos hacemos cosas con palabras: algunas sirven para causar daño,
hacer sufrir, otras producen una felicidad inmensa. Cuando el juez le dice a
una pareja de novios: los declaro marido y mujer, dicho y hecho, como
dice la gente, convierte a la pareja allí presente en marido y mujer,
los convierte en esposos.
Pero también existen las palabras estériles,
que se agotan en la pronunciación, que, como dice la gente "se las
lleva el viento". Cuando hablaba de la inflación del lenguaje, me
refería, entre otras cosas a este fenómeno de esterilidad, ineficacia
y vaciamiento de significado de ciertas expresiones y palabras.
En cuestiones de organización social, ahora todo
tiene que ser participativo. La participación es como una especie de
ingrediente que tiene que estar en toda política en toda institución
que pretenda ser "moderna", "progresista", "democrática"
o "actualizada".
Decir que la escuela (o el hospital, el partido político,
la iglesia, la asociación de vecinos, el sindicato, etc.) tiene que ser
participativa es como una declaración de fe. Ahora todos somos participativos
y queremos la participación. Yo sospecho de estas unanimidades y consensos
fáciles. Se trata de esas creencias que se vuelven tan comunes que escapan
a la reflexión. En estos casos el lenguaje se convierte en una especie
de mecanismo automático y no se sabe si el que habla sabe lo que dice
o es hablado por el lenguaje, como diría Lacan.
Ésta es la primera constatación que quería
formular aquí. La segunda, tiene que ver con una contradicción:
la profusión del discurso participacionista se contradice con la realidad
de las instituciones y las prácticas sociales, por lo general poco participativas
y democráticas, en especial en el contexto sociocultural latinoamericano,
cuyas tradiciones son más bien próximas al autoritarismo, el elitismo,
la monopolización del poder y los recursos sociales estratégicos,
etc. En síntesis, mucha participación en el lenguaje, poca participación
en las cosas de la realidad.
Por eso conviene tomar al lenguaje y las cosas de la
participación como objeto de reflexión y no de celebración.
Para hacer alguna claridad al respecto me referiré
a la participación en las instituciones y prácticas educativas.
Comenzaré por distinguir tres dimensiones de la participación.
1. Primera dimensión. Esta es una dimensión
que yo calificaría de estructural y no voluntaria. La educación
y el aprendizaje constituyen procesos necesariamente participativos en este
sentido: el que aprende interviene, pone lo suyo, contribuye en su propia educación
o apropiación del saber. Bien mirada, esta es una verdad de perogrullo,
pero muchas veces pasa inadvertida por muchos especialistas y expertos de la
educación. Con la educación sucede lo mismo que en otros servicios
personales, como los servicios de producción y reproducción de
la salud de las personas. Uno no compra su educación o su saludo como
algo hecho. Uno, es decir, el paciente o el aprendiz participa inevitablemente
en la producción de su aprendizaje o de su salud. Si él no hace
lo que tiene que hacer (estudiar, hacer los ejercicios, leer, producir textos,
participar en experimentos, poner en práctica lo que está aprendiendo,
etc., o bien, cuidarse, tomar los remedios, alimentarse como es debido, etc.)
no se produce ni la curación ni el aprendizaje. Si el aprendizaje se
produjo es porque el aprendiz hizo lo que tenía que hacer. Por eso, en
el caso del los servicios personales, cuyos efectos se producen en el cuerpo
y la subjetividad de las personas, éstas son parte del equipo de producción
y no meros consumidores o clientes, como sí lo somos la mayoría
de las veces cuando compramos cosas hechas tales como camisas, zapatos o bicicletas.
Cuando el que piensa en la educación y las cosas del aprendizaje tiene
conciencia de que esta participación del que aprende (y su familia, cuando
se trata de niños) es un ingrediente no simplemente deseable, sino ineludible
para el éxito de esta operación, su modo de ver y hacer las cosas
cambia radicalmente. En este primer sentido, la educación es participativa
o no es educación. Pero sospecho que quienes usan y abusan del discurso
de la participación, cuando hablan no están pensando precisamente
en esta primera dimensión de significado.
2. Pasemos ahora a la segunda dimensión.
Esta tiene que ver con una cuestión más delicada. Tiene que ver
con las cosas del poder. Aquí la participación supone un escenario,
actores con intereses y estrategias y procesos donde se construyen problemas,
se arman agendas y se toman decisiones en relación con reglas y recursos,
es decir, con definición de normas que regulan las prácticas y
con asignación de recursos (de diverso tipo). En una institución
como la escuela, interactúan diversos agentes individuales y colectivos:
el director, los maestros, los estudiantes, las familias, las organizaciones
comunitarias, las empresas, las iglesias, etc. En síntesis, la mayoría
de las instituciones democráticas contienen a una gran diversidad de
agentes que tienen distintas posiciones, recursos, intereses y por lo tanto
también distintos puntos de vista, expectativas, demandas, opiniones,
actitudes, etc. Por lo tanto, estas interrelaciones no siempre son pacíficas
sino que muchas veces están atravesadas por el conflicto y la lucha entre
intereses y puntos de vista divergentes, opuestos, enfrentados, etc. Al mismo
tiempo, todos decimos preferir las instituciones democráticas a las autoritarias,
autocráticas, oligárquicas o monocráticas. Por lo tanto,
en una escuela democrática todos los miembros de esta comunidad deberían
tener voz y voto en la definición de las cuestiones básicas de
la vida institucional. Aun cuando reconocemos que cada estamento o grupo tiene
un papel o una función particular en la vida del conjunto, todos deberían
tener derecho a participar en los procesos decisionales donde se definen cosas
tales como los objetivos básicos, las estrategias, las reglas, la orientación
de los recursos, etc. En verdad, la cosa es más complicada, pues para
cada grupo habría que definir un campo, una esfera y un peso especifico
de participación. Mientras que los padres pueden llegar a tener el mismo
peso que los maestros en materia de uso de los recursos financieros de la escuela,
no pueden tener el mismo peso en otra esfera, como la que tiene que ver con
ciertas cuestiones técnico-pedagógicas, por ejemplo, cuya resolución
requiere de un conocimiento previo propio de los especialistas. Pero aquí
no nos interesan estas sutilezas, sino rescatar este segundo e importante significado
de la participación, el que tiene que ver con el poder. Y el poder, por
lo general no se distribuye, sino que más bien se conquista. Como podrán
observar, esta hipótesis no deja de tener un cierto carácter crítico
acerca de algunas propuestas participativas. Pero completemos el cuadro de las
significaciones elegidas.
3. La tercera dimensión tiene que ver
con la participación como contribución. En mi opinión este
es el sentido más recurrente con el que se usa el discurso de la participación,
en especial en el campo de las políticas sociales en general y educativas
en particular. Cuando quienes diseñan y llevan a la práctica programas
educativos buscan que la comunidad participe en las instituciones escolares
(existen múltiples ejemplos de programas educativo con este ingrediente
en América Latina) en realidad están esperando que las familias
y la comunidad provea una serie de recursos que se consideran necesarios para
la eficacia de la acción escolar. En verdad, y esto es en cierta medida
paradojal, se tiende a pedir más (dinero, trabajo, tiempo, etc.) a quienes
menos tienen. De modo que una comunidad es participativa cuando contribuye a
la construcción de las aulas o a su mantenimiento mediante materiales,
trabajo, herramientas, etc.
Recapitulemos. Muchas palabras y tres sentidos posibles.
Razonemos ahora acerca de sus interrelaciones. Pero antes, quizás no
esté demás insistir en el valor de la participación en
cualquiera y en todos los sentidos arriba explicitados como una característica
deseable de las sociedades e instituciones democráticas. No todos coinciden
en esta valoración. Desde ciertas perspectivas liberales, el mecanismo
de intervención de las personas en los procesos de producción
de bienes y servicios sociales es el mecanismo de la compra. En otras palabras,
el economicismo plantea una clara y neta distinción entre oferta y demanda.
Los usuarios de los servicios son la demanda. Ellos intervienen y "participan"
en el servicio comprando o dejando de comprar. Si uno no está satisfecho
con la escuela donde envía a sus hijos, pues no tiene más que
una salida: precisamente "salirse" de esa institución y elegir
otra. Mediante este mecanismo de la elección, envía una señal
de insatisfacción al productor, quien podrá tenerla en cuenta
o no y por lo tanto modificará consecuentemente el modo de hacer las
cosas. En esto y sólo en esto consiste el "poder" del cliente
o consumidor, en su capacidad de comprar o dejar de comprar, permanecer o salirse
de una determinada relación de prestación. Pero la historia muestra
que existen otros mecanismos eficaces de participación sustantiva. El
cliente o usuario (en verdad deberíamos decir el "coproductor")
además de la salida, puede emplear el mecanismo de la "voz",
es decir, puede demandar o exigir un cambio en el servicio con el fin de que
se adecue a sus necesidades y expectativas. Es más, puesto que por lo
general los "coproductores" (padres de familia, alumnos de un establecimiento,
representantes de una comunidad, etc.) no están solos pueden hacerse
oír en forma organizada.
Reducir a los hombres a clientes sólo capaces
de comprar o no comprar, "entrar" o "salir" de un producto
o servicio supone una concepción muy pobre de las capacidades humanas.
Los alumnos y sus familias no son clientes, sino coproductores del servicio
y deberían estar en condiciones de hacer oír su voz en las instituciones
para acercar sus procesos y productos a sus necesidades e intereses.
En las escuelas es más común que cada
alumno o cada padre haga llegar sus sugerencias, críticas o demandas
ante las instancias pertinentes, y esto en muchos casos tiene sentido. Pero
cuando se trata de demandar mejoras en los procesos y productos escolares, como
por ejemplo, mejorar el clima institucional, la enseñanza de las matemáticas
o de la lengua, integrar más la escuela a la comunidad, el trámite
individual no es el camino más adecuado. En estos casos lo más
conveniente es que alumnos, maestros o padres de familia lleven a cabo acciones
colectivas, es decir, actúen en forma coordinada. Ahora nos interesa
dejar esta idea: la participación de la que hablamos puede ser individual
(cuando se trata de reivindicaciones o situaciones particulares o bien colectiva,
cuando se trata de intervenir sobre ciertas dimensiones estructurales de la
vida institucional. Esta es la participación que hace más democráticas
a las instituciones.
Pero la acción colectiva no es un resultado automático
de la vida institucional. Para que un conjunto de sujetos actúen, como
suele decirse, "como un solo hombre", se requieren determinadas condiciones,
que pasamos a desarrollar en forma sintética.
En efecto, la acción colectiva requiere sujetos
colectivos. Un conjunto de individuos que tienen determinados intereses comunes,
o que comparten una situación determinada no hace a un actor colectivo.
Estos son el resultado de determinadas condiciones históricas. Muchas
familias que padecen situaciones de injusticia o necesidad, muchas veces tienen
dificultades para actuar en forma coordinada. Lo mismo pasa con los maestros,
los alumnos o las familias de los estudiantes.
Diremos que para convertir a una suma aritmética
de individuos que comparten determinadas características objetivas comunes
en un actor colectivo se necesita resolver el doble problema de la representación.
El primero tiene que ver con el fenómeno de la representación
o representaciones entendidas como conjunto de ideas o de imágenes acerca
de determinadas cosas. Así, decimos que cierto conjunto de individuos
comparten una serie de ideas acerca de lo que son (es decir, comparten una identidad),
en tanto que habitantes de una determinada comunidad, oficio, clase de edad,
etnia, comunidad religiosa, etc., también pueden tener la misma percepción
de sus intereses, que se convierten en intereses comunes y acerca de la necesidad
de defenderlos en ciertos espacios institucionales (el municipio, la dirección
escolar, la supervisión, etc.). Las representaciones en este primer sentido
se relacionan con la subjetividad colectiva. Determinado conjunto de individuos
tienen que verse y sentirse como formando parte de un grupo que comparte, repito,
características, situaciones e intereses comunes. Estas ideas que tienen
que ver con la pertenencia y la identidad de un grupo a veces tienen una expresión
muy formal y toman la forma de las "ideologías", "doctrinas",
"culturas", que muchas veces existen en forma escrita. Producir estas
representaciones formales de los grupos es un trabajo que requiere de los buenos
oficios de ciertas personas competentes. Los intelectuales en sentido amplio,
es decir todos aquellos que tienen la capacidad de ponerle nombre a las cosas,
juegan un papel fundamental para construir a los actores colectivos. Estas ideas
acerca de los grupos, para ser eficaces tienen que encarnarse, interiorizarse
en cada uno de sus miembros. Cada uno tiene que verse a sí mismo con
las categorías producidas por esos intelectuales en sentido amplio. Estas
se producen y difunden en procesos complejos que la mayoría de las veces
lleva tiempo. No bastó que existieran obreros, es decir, una masa de
productores desposeídos de los medios de producción para que existiera
la clase obrera como grupo actuante. En las primeras fases del capitalismo occidental,
europeo, el marxismo constituyó el sistema de ideas y representaciones
que sirvió como espejo donde los obreros se vieron a sí mismos
y pensaron sus relaciones con los patrones y con el conjunto de la sociedad.
Todos los movimientos sociales han tenido que construir
y difundir determinados sistemas de representaciones acerca de lo que son, de
cuáles son sus intereses, de cuál es su historia y su misión,
etc. Con las comunidades pasa lo mismo. Algunas tienen una identidad fuerte,
muy estructurada y con historia, otras son más un agregado o suma aritmética
de individuos que un actor colectivo.
Pero no basta compartir visiones o representaciones
comunes para desarrollar acciones colectivas. Para ello es preciso resolver
el segundo problema de la representación. Aquí la representación
tiene que ver con la constitución de representantes. Para que un grupo,
generalmente numeroso, participe como un solo hombre en ciertos procesos donde
se toman decisiones que les interesan, tienen que elegir representantes que
hablen y decidan en nombre de todos. Esta es la segunda dimensión de
la representación, aquella que tiene que ver con el hecho de dotarse
de una organización. Una organización es un sujeto colectivo que
agrega o articula intereses y que los defiende en ciertos espacios decisionales.
En cuanto tal, es una creación o construcción social. Las organizaciones
representativas nacen, crecen, se desarrollan y muchas veces desaparecen.
Como en el caso de la representación como sistema
de ideas, la representación como organización no es un proceso
pacífico. En ciertos casos existen diversas ideologías organizadas
que reivindican la representación de determinados intereses (los intereses
de la comunidad, de los padres de familia en la cooperadora escolar, etc.).
Habrá que decir que cuanto mejor resuelven los grupos el problema de
su representación más probabilidades tienen de realizar o conseguir
los objetivos que se proponen.
Uno debería entonces preguntarse quienes son
los que tienen más probabilidades de ganar en las luchas por conquistar
la representación de los grupos. La experiencia y el análisis
indican que, la mayoría de las veces, se eligen como representantes a
aquellos individuos que tienen determinadas características. Por lo general,
éstas tienen que ver no sólo con la voluntad y el interés
en ejercer la representación, sino también con la disposición
de determinados recursos tales como dinero, tiempo y sobre todo, capital lingüístico.
Por lo general el representante tiene la capacidad de decir lo que otros sólo
piensan o intuyen. Uno se siente representado por ese que le pone palabras a
nuestras percepciones o intereses. Muchas evidencias indican que aquellos que
saben hablar en público son los que tienden a monopolizar la representación.
Este capital expresivo no es innato, sino que es aprendido. Y aquí la
escuela tiene una importancia fundamental. Nótese que cuando hablamos
de esta capacidad de ponerle palabras a las cosas, no estamos hablando sólo
de lenguaje, sino de cultura expresiva, es decir, de conocimiento en el sentido
más amplio. El saber tiene que ver con la probabilidad de participar
ejerciendo la representación colectiva. Pero también determina
la probabilidad de participación individual. Existen muchas evidencias
al respecto. La simple probabilidad de contestar a la pregunta de un cuestionario
en una situación de encuesta está fuertemente asociado con una
relación entre el carácter de la pregunta o tema o determinadas
características de quienes son invitados a responder. Cuando la pregunta
tiene que ver con ciertas cuestiones complejas de carácter más
técnico por ejemplo: si el transporte público debería
pagarse con cospeles (discos de metal) o boleto electrónico, o
si es mejor una evaluación sumativa simple o ponderada, las personas
con menor escolaridad se abstienen más de contestar. En cambio, cuando
se trata de participar u opinar sobre cuestiones que tienen un contenido más
ético-moral que técnico (como por ejemplo acerca del largo deseable
de la falda en el uniforme escolar de las chicas), la probabilidad de la participación
es más elevada. Esto quiere decir que en un mundo que cada vez es más
complejo y donde los problemas tienen soluciones técnicas que requieren
una cierta competencia, la probabilidad de la participación dependerá
cada vez más del capital cultural de las personas.
En síntesis, el desarrollar la participación
de la sociedad en cada una de sus instituciones más relevantes no es
una simple cuestión de buena voluntad. No basta pregonar o "exigir"
la participación, sino que es preciso garantizar ciertas condiciones
sociales que tienen que ver con su producción.
Así pues, si se quiere incorporar nuevos actores
sociales en la vida de las instituciones escolares, en especial los propios
niños y jóvenes, los padres de familia y la comunidad, no basta
con desearlo y exigirlo en los marcos legales y normativos. Es preciso garantizar
que existan las condiciones sociales necesarias. Y estas no pueden decretarse.
Cuando quienes planifican y diseñan programas escolares parten de una
concepción ingenua o voluntarista de la participación, sus planes,
por lo general, se quedan a mitad de camino y los técnicos se sorprenden
con los pobres resultados alcanzados, no entienden por qué los grupos
no "quieren" o no están dispuestos a participar.
Creo que existen dos razones básicas que explican
la mayoría de los fracasos: la primera tiene que ver con el sentido de
la participación. Muchos programas educativos esperan una participación
contributiva en comunidades que, justamente, se caracterizan por vivir situaciones
de necesidad y exclusión social. En muchos casos, exigir contribuciones
a los más pobres, no sólo es irreal, sino incluso injusto. En
nuestras sociedades, cada vez más desiguales, los más ricos tienen
recursos más que suficientes para comprar la educación de sus
hijos, mientras que los más pobres, muchas veces sólo pueden contribuir
con su trabajo para garantizar condiciones mínimas de educabilidad de
sus hijos. Distinta sería la cuestión si se buscara, efectivamente,
incorporar a las comunidades en los procesos de toma de decisiones, es decir,
en la estructura de poder de las instituciones.
El segundo conjunto de razones tiene que ver con el
voluntarismo. En muchas situaciones los grupos convocados no tienen interés,
ni tiempo, ni condiciones sociales mínimas para participar. En especial,
no tienen esos recursos expresivos que resultan imprescindibles para tomar decisiones
en colectividad. Actuar como un solo hombre requiere de capacidad de negociación,
discusión, regulación de conflictos, articulación de intereses,
liderazgo, iniciativa, etc., que son cualidades que no están igualitariamente
distribuidas en la población. Por el contrario, mientras más carenciados
son los grupos sociales, más monopólicos son los mecanismos de
la representación. En el extremo, los grupos más excluidos tienen
que recurrir a representaciones externas (ONGs, iglesias, intelectuales,
políticos, etc.) en la medida en que no están en condiciones de
generar sus propios representantes. Es más, la privación extrema
coincide muchas veces con la desintegración social, la desconfianza y
la consecuente debilidad e inestabilidad de las organizaciones que representan
sus intereses.
Para
concluir
1. Los educadores deben tener conciencia de que el aprendizaje es estructuralmente
participativo. Hay ciertas cosas que sólo los aprendices y sus familias
deben hacer para que el aprendizaje tenga lugar. Esta participación supone
recursos (familia estructurada, necesidades básicas satisfechas, etc.)
que la sociedad y el Estado debe proveer para garantizar la educabilidad de
las nuevas generaciones.
2. La participación contributiva debe equilibrarse con la participación
política, que tiene que ver con el poder para participar en los procesos
de toma de decisiones. Pero la participación política no se decreta,
sino que se conquista.
3. Por último, habrá que recordar que la participación
supone determinadas condiciones sociales. Para participar hay que disponer de
recursos de diverso tipo: tiempo, dinero, conocimientos, capacidades expresivas,
etc., y estos no están igualitariamente distribuidos en la población.
Una política no se vuelve más democrática porque multiplica
la palabra participar, sino porque distribuye más equitativamente aquellos
recursos sociales estratégicos que hacen posible la acción colectiva
y la incorporación de dosis crecientes de deliberación y reflexividad
en la vida de las instituciones básicas de la sociedad.