
Reflexiones en torno a la desaparición de Pierre Bourdieu
Sergio
Lorenzo Sandoval Aragón*
* Investigador del Instituto Superior de Investigación
y Docencia para el Magisterio (ISIDM).
"Hemos
perdido no sólo al científico, sino también al amigo",
declararon innumerables intelectuales y luchadores políticos de Francia
y otros países, ante la fatídica noticia del fallecimiento del
sociólogo Pierre Bourdieu, el pasado 23 de enero del 2002. Las apologías
y "reacciones" no se hicieron esperar, los elogios surgieron de los
amigos, como Roger Chartier e incluso de otros sociólogos que fueron
sus adversarios teóricos, como Jürgen Habermas, quien declaró
que "aún admira la generosidad de su inteligencia".
Y es que en estas circunstancias, uno se debate entre
el deseo de hablar de la persona y la obligación de hablar del científico;
del Pierre Bourdieu que era capaz de escucharlo a uno con infinita paciencia
y que no escatimaba los consejos y las opiniones o que se preocupaba por poner
la voz del intelectual reconocido al servicio de los marginados y los explotados;
pero también de aquel que fue capaz de iniciar una verdadera "revolución
simbólica" en el campo de las ciencias sociales.
Esta colaboración podría sumarse a los
innumerables textos que se han escrito a raíz de su deceso, haciendo
el consabido résumé biográfico y bibliográfico,
pero prefiero plantearlo en otros términos, más acordes con sus
propias ideas (como se recordará, él no era partidario de las
biografías consagrantes, que tanto gustan a los intelectuales). Después
de todo, y como Roger Chartier lo recuerda, para Bourdieu nada estaba "fuera"
de la teoría, ni siquiera la muerte, pues "el hombre es y se sabe
mortal", "un ser sin razón de ser", idea que "le
resulta insoportable e imposible" y por lo tanto busca desesperadamente
una justificación de ser en la sociedad o en Dios (quien es a fin de
cuentas, retomando a Durkheim, sólo una representación de la misma
sociedad). En este punto, Bourdieu traía a colación a Pascal,
quien decía que, al negarnos a aceptar nuestra finitud, "demostramos
valorar más la estima de los hombres que la búsqueda de la verdad".1
Estas reflexiones me permiten afirmar dos cosas: primero,
que teniendo estos hechos como verdadero fundamento de su teoría, resulta
comprensible que durante su vida sus ideas no hayan sido aceptadas por la generalidad
de los científicos e intelectuales y que no sepamos hasta cuándo
serán aceptadas. Y segundo, que está bien claro que al menos trató
de buscar la verdad y no tanto el aprecio de los demás; por lo que escribir
una apología biográfica y sentimental sería la manera más
eficaz de traicionar sus ideas (lo cual no significa que su muerte no sea un
triste suceso).2
Así pues, resulta necesario hablar de lo que
este hombre preclaro logró instituir, incluso más allá
de las fronteras francesas, entre investigadores y organizaciones sociales,
a saber, una forma de pensamiento no disociada de la práctica, una teoría
social tan potente, que incluye entre sus principios el análisis de su
propia posibilidad.
Al igual que los personajes que identificó como
grandes revolucionarios del orden simbólico (Kant, Pascal, Durkheim,
Manet, Baudelaire o Virginia Wolf), a la vez "productos" y productores
de sus respectivos campos de producción intelectual, Bourdieu mismo puede
ser visto como uno más que, situado frente a los límites que el
pensamiento sociológico se imponía a sí mismo, se aventuró
a "pensar lo impensado". Y sus conferencias de los últimos
años en el Collège de France sobre esas revoluciones simbólicas,
a pesar de tratar de otros personajes y otros campos, nos dejaron claro que
bien podrían referirse a él mismo.
Ahora bien, una teoría científica, si
es tal, debe poder "marchar sola", como lo han demostrado las teorías
de Einstein, Darwin o Freud. Es decir, la teoría de Bourdieu está
allí: incólume construcción de su genio y de la colaboración
con sus colegas, contribución insoslayable al conocimiento de la humanidad.
Teoría, por decirlo así, ya independiente del que la enunciaba,
no sólo porque éste, Bourdieu, ya no existe en tanto individuo,
sino también porque siempre tuvo claro e hizo todo lo que pudo, para
que así fuera. ¿Para qué publicar las ideas, si no
es para darles autonomía?3
Pierre Bourdieu, el amigo y científico, ya no está. En su lugar
queda lo que, paradójicamente para nosotros, siempre buscó imponer
antes que a sí mismo: su contribución a la verdad.
Notas
1. Cfr.
Pierre Bourdieu: Meditaciones pascalianas. Anagrama. Barcelona, 1999.
pp. 315-316.
2. En virtud de ésto, me guardo para
mí lo que significó haberlo conocido.
3. No se puede dejar de advertir, que la
circulación y recepción de esta noticia siguió los patrones
de la divulgación descritos por el mismo Bourdieu en su obra, especialmente
en La distinción y Sobre la televisión.