
La distinción entre educación pública y privada
María
Guadalupe García Alcaraz*
* Investigadora del Instituto Superior de
Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM) de la Secretaría
de Educación de Jalisco (SEJ) y del Departamento de Estudios en Educación
(DEE) de la Universidad de Guadalajara (UDG).
Este trabajo
forma parte de mi interés por entender el origen, desarrollo y problemática
de la educación privada. En el presente documento me centro en dos puntos
de reflexión: a). La escuela pública y la escuela privada como
un binomio cuya construcción histórica se edificó de forma
paralela e indisoluble; b). Los rasgos que distinguen a uno y otro sector en
el siglo XX.
La educación pública se representa actualmente
como laica, gratuita y obligatoria y la educación privada se caracteriza
por sostenerse con fondos no gubernamentales y por añadir materias, contenidos
o un "valor agregado" a la enseñanza. Sobre estas bases expongo
a continuación aspectos muy generales en torno a cómo se construyeron
históricamente estas distinciones.
El nivel educativo que hoy conocemos como primaria tuvo
como antecedentes las escuelas de primeras letras, la escuela elemental y el
trabajo desarrollado por los "maestros de primeras letras" y por los
preceptores particulares.
La escuela debe ser entendida aquí, como una
institución especializada, paulatinamente normalizada y que cumple con
la función de instruir, formar e introyectar conocimientos y normas comunes,
además de valores y tradiciones propias de un grupo social. Esta doble
función de la educación la de ser una y múltiple,
en palabras de Durkheim constituye la dimensión en la que se insertan
las tensiones entre el poder público y el poder privado, y entre lo que
se considera el bien común y los intereses particulares desde la perspectiva
del Estado.
La concreción de la escuela primaria significó
un largo devenir del siglo XV al XIX. Durante este período se generaron
las condiciones que más tarde le dieron vida. Algunas de estas condiciones
llegaron a América, procedentes de Europa, a través de los colonizadores.
De entre ellas podemos destacar las siguientes:
a). Durante el siglo XV hay huellas de que en países
como España y Francia ya se enseñaba a leer y escribir en lengua
vernácula. El desplazamiento es significativo en tanto se dejó
el aprendizaje del latín para los estudios avanzados y se empezó
a enseñar la lectura y la escritura en la lengua materna. En las colonias
españolas, específicamente en la Nueva España, lo anterior
se reflejó en las acciones emprendidas por algunos misioneros para enseñar
el catecismo en lengua nativa.
b). En Europa desde el siglo XVI existían preceptores
de escritura quienes recibían a los alumnos en su casa o bien, acudían
al domicilio de éstos. En esencia eran "particulares" aunque
en ocasiones organizados en gremios que tenían cierta autonomía
con respecto a las autoridades municipales y religiosas. En algunas regiones
hubo preceptores itinerantes que recorrían pueblos y pequeñas
comunidades ofreciendo sus servicios.
c). Los maestros de escritura fueron comunes entre los
siglos XVII y XIX, incluso coexistieron con las escuelas elementales y de primeras
letras organizadas por los ayuntamientos y por la iglesia. El éxito de
estos maestros revela un cierto nivel de demanda por la alfabetización,
la cual se presentaba principalmente en las ciudades. Este hecho puede interpretarse
como "una secularización de la cultura y de la enseñanza",
pues la instrucción ya no era únicamente del interés de
la elite, ni de la sola competencia de la Iglesia, ni tenía como fin
único internalizar los dogmas religiosos.
d). Lo que socialmente se estaba generando era una mayor
atención hacia la alfabetización.1
Esto permitió a un sector de preceptores especializarse, hasta llegar
a la figura del maestro de niños. Con la especialización de quien
alfabetiza, se hizo necesario un local más amplio o por lo menos
fijo donde laborar y el establecimiento de convenios con los padres de
familia, con el cabildo municipal o con el párroco para el pago del servicio.
Al especificarse la actividad surgieron normas y reglas para regularla. (Laspalas,
1993: 30-60).
La Iglesia también contribuyó a especificar
la función escolar. Desde el siglo XVI tuvo la intención de unir
la catequesis con la alfabetización, ambas como la instrucción
a desarrollar en los niños y jóvenes. Para las órdenes
docentes que resurgieron a raíz de la Reforma, quedó muy claro
que el fundamento de la instrucción elemental sería la enseñanza
religiosa. Con el Concilio de Trento, y como parte de la estrategia para el
rescate y permanencia de los fieles dentro de la Iglesia Católica, se
afianzó la idea a favor de una enseñanza religiosa letrada.
Este conjunto de necesidades, ideas, prácticas
e intereses formaron parte de la influencia que la Nueva España recibió
de Europa a lo largo del período colonial y constituyó la base
que motivó los proyectos de instrucción elemental que se desarrollaron
durante este período.2
Durante la época colonial la Iglesia desempeñó
un papel protagónico en la instrucción elemental. A ella se deben
las primeras escuelas en suelo americano, además de los colegios de infantes.
Sin embargo, ante la complejidad, estratificación y diferenciación
de la sociedad novohispana, los proyectos de la Iglesia fueron insuficientes.
Para la mayor parte de la población lo más común era no
ir a la escuela. Los deberes, los comportamientos y los saberes propios del
estrato y del sexo al cual se pertenecía se aprendían informalmente,
en la vida diaria, a través de procesos de socialización dentro
del grupo familiar, comunal y étnico. Gonzalbo señala que la existencia
de pocas instituciones formales no fue obstáculo para la difusión
de ideas y para la hechura de un nuevo entramado social con distintas tonalidades
regionales. (Gonzalbo, 1996).
Al arribar el siglo XVII se presentaron cambios cualitativos
importantes. Algunos de los colegios y escuelas de primeras letras, sostenidas
por la Iglesia o controladas por alguna de las congregaciones, empezaron a incluir
a seglares como maestros; algo similar ocurrió en las parroquias. También
hubo particulares que atendieron la incipiente demanda de instrucción
en la Ciudad de México y en otras ciudades importantes de la Nueva España:
preceptoras, preceptores y "amigas" instruían en la lectura
y la escritura siguiendo el Silabario del San Miguel, enseñaban
a contar y el Catecismo de Ripalda (Tanck, 1977).
Durante la Colonia fue común que autoridades
civiles y eclesiásticas compartieran el control de las escuelas de primeras
letras; sin embargo, con la secularización gestada desde España
a través de las reformas borbónicas se emitieron disposiciones
encaminadas a instaurar escuelas gratuitas, controladas y vigiladas sólo
por los ayuntamientos. En los primeros años del siglo XIX, y bajo la
influencia de las Cortes de Cádiz, los municipios ampliaron su participación
en la instrucción elemental, con facultades para promover, fundar y vigilar
escuelas y maestros. (Castañeda, 1984: 238-241).
Sobre estas bases, ¿podemos preguntar sobre las
fronteras entre educación pública y privada en períodos
anteriores al siglo XIX?, ¿qué referentes se hacen necesarios para
especificar uno u otro ámbito? Por lo pronto podemos anotar que en el
período colonial, la esfera de lo público no se definía
a partir de un Estado que se ostentara como representante del "pueblo"
y encargado del bien común. En todo caso, el referente del bien común
estaba mediado por la religiosidad católica y se limitaba a alcanzar
la salvación, preservar el orden y dar continuidad a una estructura social
de profundas diferencias. En este sentido, el propósito de unir la instrucción
religiosa con la instrucción elemental era coherente, pues con ello se
garantizaba formar a los fieles y transmitir valores como la obediencia y el
temor. Tanto la Iglesia como la Corona reconocieron en la escuela de primeras
letras un medio eficaz para este fin, la escuela tuvo así una función
social bastante clara. Ésta es una de las razones por las que la instrucción
dejó de ser un privilegio de elite y, aunque de manera escasa e insuficiente,
se presentó en la forma de escuelas "públicas" y "gratuitas".
En estas escuelas tenían cabida niños y niñas de diferente
estrato social. Otra razón por la que aparecieron escuelas de este tipo
se relaciona con cómo la alfabetización se convirtió en
una necesidad social, pues con ella era posible ubicarse en algún empleo,
realizar operaciones de compra y venta o, tener acceso a los materiales de lectura
que comenzaron a circular con la introducción y difusión de la
imprenta. En este período se gestó en México la escuela
elemental, como una institución diferenciada, medianamente especializada
y con cierto grado de autonomía.
En el siglo XVIII es posible identificar rasgos de lo
público y lo privado, los que adquirieron un mayor nivel de especificación
en los siglos XIX y XX. Dentro de éstos se cuentan la presencia de los
preceptores(as) y "amigas" como agentes seculares, encargados de la
tarea de instruir, junto con el incremento en la demanda de alfabetización,
en un movimiento que involucró primero a la élite y después
a los grupos medios, siguiendo una trayectoria de la ciudad hacia el campo.
Es de suponerse que frente al limitado número de escuelas gratuitas,
gran parte de esta demanda fue atendida por los "particulares". Al
respecto, José María Luis Mora consideraba que a pesar del poco
desarrollo de la instrucción pública a principios del siglo XIX,
"el pueblo mexicano continuaba recibiendo muy grandes (adelantos) en los
pupilajes o pensiones de los particulares".3
Es importante reconocer también el enorme peso que la instrucción
no "formal" tuvo en la sociedad colonial, pues dependiendo del estrato
social de la familia, de la casta, del sexo, de sí las familias vivían
en el campo o en la ciudad, era el tipo de instrucción al que niños
y niñas accedían.
El proceso que aceleró la diferenciación
entre lo público y lo privado en educación se inscribe dentro
de una dinámica más amplia relacionada con las transformaciones
estructurales que, al nivel político, social y económico, se produjeron
entre las últimas décadas del siglo XVIII y durante el XIX. Primero
con las reformas borbónicas y después con la Independencia se
inició un largo camino orientado a separar las esferas de competencia
entre Estado e Iglesia.
El Estado moderno se erigió sobre una nueva concepción:
como un cuerpo político cuyo poder emanaba del "pueblo"; el
pueblo era la suma de las voluntades individuales, lo anterior bajo el supuesto
de que el individuo participaría, racionalmente, en la toma de decisiones.
Sobre estas bases se pensaba que el Estado sería ahora el encargado del
bienestar colectivo y el organismo regulador de las relaciones individuales.
Para los liberales del siglo XIX el Estado imaginado, por el que se luchaba
en la prensa y en los frentes de batalla, era un Estado secular, separado de
la Iglesia, a quien intentó limitar por todos los medios. Con Juárez
y Lerdo de Tejada, la legislación mexicana redujo a la Iglesia y a la
religión al espacio de lo privado, de las decisiones individuales. La
Iglesia fue así marginada legislativamente del campo educativo,
político y asistencial. El cambio no resultó sencillo y encontró
una oposición constante, pues el clero no estaba dispuesto a que su poder
se viese minado.
Las confrontaciones bélicas que se sucedieron
a lo largo del siglo XIX tuvieron como fin la construcción de la nación
independiente, con una forma de gobierno específica y un proyecto económica
y social. Los avatares que se articularon a este proyecto impidieron que se
concretaran y ampliaran los espacios de educación elemental. Por lo menos
hasta los años setenta del siglo, la lógica estuvo marcada por
las escuelas parroquiales, municipales y de particulares. Es hasta los años
ochenta que los gobiernos de los Estados contaron con las condiciones políticas
y financieras necesarias para poner en práctica el ideario educativo
liberal, abriendo y sosteniendo un número importante de escuelas. El
gobierno federal solo creó escuelas en la capital del país y en
los territorios. (Newland, 1991).
El papel central que la educación desempeñaba
en la construcción nacional se hizo evidente para los liberales desde
Mora hasta Juárez. El enemigo a vencer era la Iglesia, quien había
mantenido "el monopolio de la educación" por más de
tres siglos.4 Las imprecisiones
del juicio de José María Luis Mora saltan a la vista, pues dentro
del conjunto de escuelas que operaban, no todas estaban directamente sancionadas
por la Iglesia.
Lo que trataban los liberales de hacer era modificar
el basamento ideológico de la instrucción y sustituirlo por otro
secularizado. Este cambio se gestó a partir de considerar el potencial
de la escuela como formadora de conciencias y como un instrumento civilizatorio.
A través de la instrucción elemental se lograría que los
niños y los jóvenes se apropiaran de los valores liberales y se
les inculcaría el gusto por el trabajo, se les normalizaría bajo
los gestos, actitudes y valores sociales de un nuevo modelo, ampliamente divulgado
en los catecismos políticos y en los manuales de urbanidad. Así,
se pensaba, la religión dejaría de ser el núcleo integrador
de la identidad nacional.
Sobre este entramado el Estado Nacional concibió
la educación como cuestión de interés público y
por tanto ámbito de su competencia. Consecuentemente, se buscó
la forma de afinar el espacio escolar por medio de normas y reglamentos encaminados
a uniformar y unificar la educación y se establecieron controles cada
vez más estrictos sobre establecimientos y maestros. Los particulares,
se vieron obligados a someterse a la vigilancia del Estado. Estas acciones fueron
lentas y de eficacia mínima en el siglo XIX; su instauración implicó
reconocer una realidad diversa y plural. Aún con el triunfo republicano,
fueron los particulares y la Iglesia quienes participaron activamente en la
ampliación del número de escuelas y fueron los gobiernos de los
estados quienes avanzaron en la expansión de la escuela llamada
indistintamente oficial o pública. A pesar de los muchos discursos
y las insuficiencia de oportunidades de acceso a la instrucción, hacia
los años ochenta de ese siglo, las leyes de educación de la mayoría
de los estados del país ya incluían los tres principios básicos
que le atribuimos a la escuela pública: laica, gratuita y obligatoria.
En ese tiempo, el laicismo era un precepto a tono con
la libertad de creencias consagrada en la Constitución de 1857, era un
laicismo "neutro". La gratuidad implicaba legislativamente
que cualquier nivel de gobierno que sostuviese escuelas (federal, estatal o
municipal) debería hacerse cargo del pago del maestro o maestra, la renta
y reparaciones del local, compra de materiales y textos escolares. Con la obligatoriedad
se hacía alusión a que los niños deberían de cursar
por lo menos la escuela elemental (en la que solo se incluían aprendizajes
básicos) y a que los padres o tutores deberían enviar a los niños
a la escuela, de no hacerlo se hacían acreedores a multas y encarcelamiento.
Esta idea de la obligatoriedad se desplazó, en el siglo XX, hacia el
Estado, en tanto agente encargado de ofrecer el servicio educativo en función
de las demandas sociales.
Para el siglo XX el período que va de 1910 a
1940 es especialmente rico en acontecimientos relacionados con la educación.
Uno de los puntos en cuestión, y que llegó a grados de violencia,
fue la participación de la Iglesia en las cuestiones políticas
y en los problemas sociales y educativos. Lo anterior debido a que ésta
había recuperado terreno gracia a la permisividad del clima político
del porfiriato; también había logrado reorganizar a amplios sectores
de católicos, mediante frentes "civiles," bajo las orientaciones
de la Doctrina Social (Ceballos, 1991). La reglamentación y las acciones
que pretendían someter a las escuelas particulares la mayoría
católicas al control público se volvieron especialmente
coercitivas en estos años. Primero fue el laicismo en educación
que se hizo extensivo a las instituciones particulares a partir de 1917. Para
1921 con la creación de la Secretaría de Educación Pública
se concretaron las bases institucionales para uniformar y lograr la unidad de
un modelo pedagógico y administrativo al nivel nacional. En el marco
de la Rebelión Cristera y durante el período de gobierno del presidente
Lázaro Cárdenas, la educación volvió a ser espacio
de tensiones y de conflicto entre los límites y las competencias del
poder público, frente a los intereses de grupos religiosos o no, que
defendían el principio de la libertad de educación y el derecho
de los padres de instruir a sus hijos de acuerdo a sus convicciones. Para las
escuelas particulares no católicas, el fantasma del socialismo y de los
bolcheviques eran una poderosa razón para desconfiar de la política
educativa cardenista. Para 1940, con el llamado a la "unidad nacional"
y con la promesa de respeto a la iniciativa privada, las escuelas particulares
surgieron e iniciaron un período de crecimiento muy importante: en 1934
había 2,872, para 1940 quedaban 1555, y en 1970 ya habían logrado
duplicar su número para llegar a 3,280. (Torres, 1993: 330). Para estas
escuelas, la reforma de ley que les permitió la enseñanza de la
religión, no fue sino un reconocimiento a una realidad. Bajo el cobijo
de espacios extracurriculares como "valores", "desarrollo humano",
etc., la instrucción religiosa fue una práctica común en
los planteles privados a partir de 1940, lo anterior a pesar del laicismo.
El sector de escuelas particulares que se estructuró
a lo largo del siglo XX es diverso y complejo: una parte muy importante siguen
siendo las escuelas de orientación católica, bien sean atendidas
por profesores laicos o por congregaciones religiosas; pero junto con ellas
están, por ejemplo, los colegio extranjeros (Torres, 1993 y 1997) y las
escuelas que ostentan un modelo pedagógico innovador. (Chavoya, 1997).
Una característica de las escuelas particulares en este siglo es que
se ha expandido también ha partir de atender los niveles educativos que
el gobierno ha sido incapaz de cubrir cabalmente: educación inicial (sobre
todo guarderías infantiles), preescolar, primaria, secundaria y, actualmente
educación media superior y superior. Es innegable que en todos los casos,
las escuelas particulares orientan su oferta educativa a sectores sociales con
los cuales se identifican cultural y socialmente. Los padres de familia que
acuden a estas instituciones pagan por un servicio que esperan supere a las
escuelas públicas y que le otorgue un "valor agregado" a la
formación de sus hijos. Sin embargo, en este mercado educativo de ofertas
y demandas diversas, el libre juego de fuerzas, aunado al relajamiento sobre
la vigilancia de las escuelas particulares, procura las condiciones necesarias
para el fraude; cuando éste se da es doblemente reprobable, pues además
de no cumplir con el servicio por el que los padres de familia pagan, se trafica
de manera mercantil con la formación de seres humanos.
La escuela pública es resultado de un conjunto
de impulsos y demandas sociales que se han originado tanto en las élites
políticas e intelectuales como en los movimientos sociales. Su carácter
público, laico y gratuito es lo que ha permitido un consenso básico,
en cuanto a un basamento cultural común, que permite mantener ciertos
niveles de cohesión social; pero también la defensa de estos principios
es la defensa de valores tan importantes como la tolerancia y el respeto a la
diversidad, e implica la conservación de un lugar de acceso a la educación
para amplios sectores de la población. La tensión actual sobre
la escuela pública radica en que, con el adelgazamiento de las funciones
del estado sustentado en lógicas de racionalidad técnica e instrumental,
el financiamiento se ha venido recortando; cada vez más, se responsabiliza
a los padres de familia y a los maestros del sostenimiento escolar y de la eficacia
y eficiencia de los resultados educativos.
Notas
1. Laspalas utiliza los
estudios de Dominique Julia, de Chartier y de Viñao Frago para explicar
que este interés por la alfabetización fue producto de una demanda
que tomó dos vías: a). En atención a la funcionalidad de
la educación, se concatenaron fuerzas internas y externas al individuo.
Las externas provinieron de la Iglesia y del Estado, quienes vieron en la educación
un medio para moralizar, o tener un mayor control social; las fuerzas internas
constituyeron el móvil que los individuos tuvieron para alfabetizarse.
b). La segunda vía se refiere a como se entendió la instrucción:
¿demanda o inversión? (Laspalas, 1993, 46-47).
2. Véase, entre otras, las siguientes
publicaciones: Castañeda, Carmen (1984); Gonzalbo, Pilar (1985); Tanck,
Dorothy (1999).
3. José María Luis Mora: "Mejora
del estado moral de las clases populares, por la destrucción del monopolio
del clero, por la difusión de los medios de aprender y la inculcación
de los deberes sociales, por la formación de los museos, observatorios
de artes y por la creación de establecimientos de enseñanza para
la literatura clásica, la ciencia y la moral", en: Staples, 1985:
68.
4. Anne Staples (1985), elaboró una
excelente antología sobre los discursos educativos que se generaron en
la primera mitad del siglo XIX.
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