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Género, jóvenes y procesos de cambio

Felícitas Valdivia Alatorre*
* Alumna de la Especialidad en Estudios de Género y Educación en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara.

1. La categoría de genero

"La categoría de género
permite delimitar con mayor claridad y precisión
cómo la diferencia cobra la dimensión de desigual".
Marta Lamas

A partir del uso que ha tenido la categoría de género en las ciencias sociales, las investigaciones que se han desarrollado en base a esta perspectiva han logrado introducir una visión del mundo que rompe con lo que hasta entonces parecía obvio, fijando la atención en todos aquellos fenómenos y situaciones relacionados principalmente con la condición de las mujeres y en general con las relaciones de subordinación entre los sexos, ante lo que persistía una actitud de "lo natural", y han revelado su carácter configurado socialmente en una serie de pautas no sólo diferenciales sino discriminativas.
    Esto se refleja en ese desarrollo desigual en el que por un lado se enseña y promueve en las mujeres una serie de valores, actitudes, comportamientos, creencias y expectativas de vida en un sentido, mientras se limita, prohibe y castiga otras tantas, lo mismo sucede con los hombres, de manera que antes de aprender a ser, sentir, pensar, actuar como seres humanos, como personas, se restringe y canalizan hacia una forma determinada las posibilidades de significación y vivencia del ser mujer y ser hombre.
    A partir del aporte de la categoría de género la discusión acerca de la diferencia entre los sexos sale del terreno biológico para ubicarse en el terreno simbólico.1 La influencia de la conceptualización de la mujer y el hombre en la organización de la vida cotidiana y en la vida política ha generado una riqueza de debates, propuestas y transformaciones en la vida social.
    A partir de los movimientos feministas se ha puesto en discusión el papel que la mujer ha jugado en la historia y múltiples movimientos se han dado como respuesta a la situación de opresión que, justificada búrdamente por el sexo (en tanto condición biológica) han padecido hombres y mujeres, porque si bien es cierto que ha persistido un modelo de dominación masculina en el que la vida social parece ser conducida por los hombres, mientras que las mujeres ocupan lugares subordinados, esta situación de desigualdad tiene implicación para ambos como señala Breilh:2

Una mirada al género desde lo humano nos hace ver que, a pesar de que las mujeres llevan la peor parte en cuanto a la subordinación y la discriminación, tanto las mujeres como los varones somos en realidad víctimas de la incompletud e irracionalidad que se producen y reproducen en las sociedades construidas sobre toda forma de dominación.

    Este sentido de incompletud se manifiesta en dos formas: una en que se establecen las reglas del juego para unos y para otras, limitando la capacidad de desarrollo potencial de los seres humanos y restringiendo sus posibilidades a formas predeterminadas de expresión, otra en tanto la discriminación y la injusticia despojan de humanidad a la manera como refiere Freire de la relación opresores-oprimidos, distorsionando lo que él llama la vocación de ser más.3

2. Acerca del sistema de dominación masculina

"El concepto patriarcado designa una estructura social
basada en el poder del padre elevada a categoría política y económica y generalizada
a todos los ámbitos por ampliación y analogía de ese dominio masculino
sobre las mujeres a la sociedad en general."
Ma. Angeles Cremades

La generación de modos de vida que reproducen un orden social determinado y sobre el que la persona ordena, transforma y asume el mundo, se relaciona de manera significativa con las formas que cada grupo humano tiene de concebir lo masculino y lo femenino, lo que le permite a la gente apropiarse del mundo desde los atributos del ethos particular en que configura sus procesos histórico biográficos.
    Josep-Vicent Marqués4 utiliza el concepto patriarcado, o para ser más descriptivo la fórmula sistema-de-dominación-masculina, para referirse a un conjunto de prácticas de dominación o simulación de dominación de los varones respecto a las mujeres, una serie de pautas respecto de sí mismos y a la relación con los demás varones, así como una visión de las mujeres en relación a sus vidas en el terreno corporal, de identidad personal, educacional, laboral, sexual, político, maternal y espacial.
    El autor diferencia el término de otros como machismo y sexismo, de los cuales menciona que "sugieren mas a la ideología o la práctica individual que no las estructuras y su carácter de sistema, sistema en que se articulan las prácticas y la ideología, a la vez que el proceso de construcción social de hombres y de mujeres y la reproducción del sistema mismo".5
    Un sistema en el cual persiste un desequilibrio de poder entre los sexos como una de las muchas manifestaciones de la subordinación de un grupo a otro en la vida social, entre las cuales resaltan las dimensiones de clase, etnia, nación, generación,6 categorías que son igualmente esenciales en tanto elementos a revisar si se pretende asumir un compromiso en la comprensión, explicación y transformación de las circunstancias de los grupos sociales que se han visto excluidos y sometidos a alguna forma hegemónica del poder.
    La desigualdad de género y otros elementos de discriminación por pertenencia-diferencia a ciertos grupos sociales (clasismo, racismo, adultismo, etc.) coexisten y se complementan inundando el ámbito de lo privado y lo público, matizando las historias personales y colectivas, estableciendo las reglas que mediatizan la conformación de procesos sociales en los que la visión hegemónica se adjudica la autoridad de lo posible y promueve la construcción de relaciones permeadas por la dominación.

3. Género e identidad

"Cada grupo social, en cada momento histórico, crea y reproduce un orden significativo,
que da cuenta de su identidad
[...] al apropiarse del mundo, ordenarlo, transformarlo
y consumirlo, se reproducen a sí mismos como colectivos diferenciados. En otras palabras,
se apropian del mundo material y simbólico, reproduciendo su identidad particular".
7

Entendiendo la identidad no solo como una experiencia individual, sino como una construcción social que es mediatizada por un sistema económico, político y cultural y que tiene su sentido y expresión en lo histórico-biográfico, es decir, como el "...ámbito en el que se materializa la cultura a través de prácticas concretas",8 en este sentido, la especificidad de la identidad en el contexto de género, esto es, la identidad de género, implicaría en tanto experiencia subjetiva que matiza la experiencia social concreta, un referente propicio para indagar cómo se materializan los paradigmas imperantes de lo masculino y lo femenino en la vida cotidiana, realidad última y primera.
    Las vivencias y prácticas cotidianas configuran y son configuradas en una cierta subjetividad a partir de la significación que se otorga a determinados elementos de la realidad a los que la persona se adhiere y que le dan pertenencia y diferencia, esto es, se trata de alguna forma de una construcción del sí en relación a un otro, relación que implica el riesgo y la tendencia a excluir la alteridad. Esta aseveración, referida al género implica un proceso en el que se establece:
    a). La diferenciación y oposición de uno frente a la otra.
    b). La relación de semejanza entre iguales de un modo casi absoluto (hombre y mujer como categorías esenciales).
    c). La relación de subordinación de una hacia el otro.
    En una concepción así, la identidad es definida como una evidencia, como lo que es, sin posibilidad de cuestionamiento, y para ello existen una serie de pautas que bien podríamos considerar rituales, en tanto representan la síntesis del tiempo y del espacio cultural de un grupo y, considerando que "...la reproducción cultural de los grupos subalternos y su subordinación a la clase hegemónica se hace posible en función del uso, la organización y el control que se ejerce sobre el tiempo y el espacio social",9 los rituales establecidos en un sistema de dominación masculina serán los contenedores y contenidos donde se organizan las prácticas sociales y los significados culturales de dichas prácticas en la vida social.
    Es así entonces que desde la visión androcentrista los espacio-tiempos posibles para las mujeres difieren considerablemente de los espacio-tiempos asumidos para los hombres: el espacio público y tiempo protagónico será lo que desde lo ritual y lo cotidiano se establezca como dominio masculino, mientras el espacio privado y el tiempo simbólico10 es asignado a lo femenino.

4. Género, escuela y proyecto de vida

"Sobre el dato inicial de haber nacido niña –mi cuerpo sexuado–, se incorporó la historia
de las mujeres que heredé y la experiencia en la que crecí. Estas tres cosas –el cuerpo, la historia
y la experiencia hacen diferentes a las mujeres de los hombres–".
Maite Larrauri

"Los símbolos, y por extensión, el sentido y el valor que se les acuerda, no están aislados, sino que forman parte de conjuntos complejos, frente a los cuales el individuo define ‘su papel’..."11 y su participación en los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, estructurando a partir de los paradigmas vigentes, definiciones y elecciones de su ser y hacer en el mundo, es decir, según la versión que se ha promovido (símbolo concreto) acerca del ser mujer y del ser hombre en cada entorno y cada época las personas definen sus proyectos de vida y se van conformando sus historias.
    El lugar de la escuela en tanto institución de reproducción social es sutil e impactante, al respecto Marina Subirats12 hace un recuento de algunos de los estudios y trabajos acerca de las mujeres en el sistema escolar, planteando al pensamiento feminista y la sociología de la educación como dos corrientes de pensamiento substanciales en el develar de esta problemática y que confronta la visión androcéntrica de los análisis en educación.
    La incorporación de las mujeres en la universidad y el énfasis puesto en las chicas como objeto de estudio revelan la relación entre sexo y genero como una situación de discriminación y subordinación de las mujeres respecto de los hombres, así como las manifestaciones de sexismo en el sistema educativo: el protagonismo de los varones, el papel secundario de las niñas, el desprestigio y devaluación de los valores considerados femeninos, la desigualdad de oportunidades académicas y laborales, el aprendizaje de la masculinidad como sinónimo de violencia, la legitimación de los valores masculinos en detrimento de lo femenino, etc.
    La división que se presenta en cuanto al tipo de carreras o disciplinas que son elegidas por mujeres y por varones, muestran preferencias muy marcadas , en las que además se presenta una tendencia a la feminización de ciertas carreras que se han visto afectadas por la recesión del mercado de trabajo, lo cual marca a su vez una tendencia importante de segregación al nivel de contrato y de trabajo.13
    Las mujeres muestran mayor preferencia por disciplinas como las de letras, lenguas, formación pedagógica, artes y salud, disciplinas que son precisamente las más propensas a perder valor en términos de saber o de mercado de trabajo, es decir, se da una feminización y devaluación de una gama de carreras, sobre todo del área de humanidades, al mismo tiempo que las carreras en las que la presencia femenina es aun escasa (matemáticas, ciencias físicas, industriales) suelen ser más apreciadas en el mercado de trabajo y con mayor prestigio en términos sociales.
    Esto da pie a que se argumente que "...a medida que las jóvenes y mujeres salvan una barrera y dan un paso hacia una mayor igualdad, las ‘reglas del juego’ cambian de tal modo que hay que hacer frente a nuevas barreras"14, de manera que ya no es suficiente un diploma universitario para tener mejores perspectivas a futuro sino que además se tiene que avalar con una carrera de prestigio, una carrera "masculina".
    Esto da claras muestras de cómo la discriminación por género permea el ámbito educativo, que desde el diseño de programas y planes de estudio hasta el curriculum oculto van delineado una realidad académica que al ser llevada al ámbito del mercado laboral se convierte en un elemento que fomenta la desigualdad de oportunidades, misma que se aparenta en una actitud de indiferencia o negación ante la misma, al suponer que no hay tal desigualdad, argumentando que estadísticamente no hay mucha diferencia en la presencia de mujeres y hombres, al menos hasta ciertos niveles escolares, y al atribuir a decisiones de carácter totalmente personal la elección de carrera y las posibilidades de incorporación al mercado de trabajo.
    El ámbito laboral y el educativo son terrenos de la vida social que, en tanto espacios de la vida cotidiana, estructuran a las personas, le dan sentido a su realidad y son de gran influencia en la configuración de la identidad. La identidad como un elemento mutable que se desplaza y reajusta según los tiempos, espacios y actividades, en ese sentido podemos hablar de la identidad potencial o posible en oposición a una identidad no sólo vigente sino la que se pretende dominante.
    Como bien señala Maite Larrauri "El sujeto no deja de estar inmovilizado por las reglas del discurso que le preexisten, por los órdenes históricos en los que se inscribe, por los relatos familiares que se construyen casi antes de su nacimiento. Pero existe un juego posible, no todo está dicho nombrando la serie de determinaciones por las que un sujeto deviene como tal".15

5. Jovenes y procesos de cambio

"...Cuando se desea algo
se desea un conjunto, un mundo entero".
Maite Larrauri

El género es un campo en el que, como se ha señalado desde muchos movimientos, se recrea la dominación en una pretendida naturalidad que está por demás cuestionada y desmentida, pero es también su análisis y develación un espacio propicio para generar alternativas de relación, de significación y vivencia del humano.
    Lo alternativo en tanto oposición a un discurso de poder desigual implica ciertas formas de resistencia y de lucha que buscan crear formas nuevas de participación y de decisión, y que mediante una serie de acciones colectivas generan una resignificación de lo femenino y lo masculino, no como polaridades irreconciliables, sino como elementos de lo humano que se crean y recrean igualmente legítimos.
    La consideración de un enfoque coeducativo que promueva el protagonismo de las niñas, las jóvenes y las mujeres en la vida escolar, y por ende en la vida social y que favorezca el despliegue de la subjetividad y la construcción de la autoridad femeninas, es una de las apuestas de la pedagogía feminista en una lucha por lograr que las diferencias sexuales no sean el origen de la desigualdad sociocultural de las personas y es una de las formas posibles de implementar una propuesta alternativa que busque "conjugar el derecho a la diferencia con la igualdad en los derechos".16
    Una diversidad de opciones se despliegan desde lo "no oficial": la educación popular, la participación comunitaria, la educación del tiempo libre, el arte y la creatividad como espacios alternativos de resistencia activa e inclusiva en los que se pueden implementar procesos educativos y culturales tendientes a promover la equidad y reconocer la riqueza del respeto a la diversidad.
    Reconocemos la fuerza y trascendencia de diversas luchas de los grupos excluidos para obtener derechos políticos, económicos, sociales, sexuales; la denuncia de la feminización de la pobreza, el despertar de las mujeres y los hombres ante su condición de género como movimientos que generan procesos de cambio en la cultura. Sin embargo, el problema es complejo y la historia de desigualdades que tenemos como ceñida a la piel, se repite una y otra vez como metáfora muerta que ya no alcanza a decir lo que somos, aunque lo siga recitando con un discurso conservador-patriarcal "modernizado".
    A esta situación se van sumando una serie de condiciones que contribuyen a consolidar una realidad social, que difiere en muchos aspectos a la de hace tres décadas y que tiene un impacto sustancial en la vida de las gentes, de manera muy particular en las jóvenes y los jóvenes, quienes están participando de esta movilización político-cultural y enfrentando cotidianamente un conjunto de contradicciones, una diversidad de propuestas que ponen en entredicho la visión de la realidad y la legitimidad o no de valores, prácticas y concepciones del mundo de la generación que les antecede.
    Los significados y sus símbolos son trastocados por este devenir, la juventud no es excepción; los jóvenes y las jóvenes se involucran en esta construcción de su realidad y su identidad en una suerte de convergencia de posturas que les permitan legitimar su propio significado.
    Para dar cuenta de esto en la realidad, podemos consultar la recopilación y análisis que Gabriela Rodríguez (1997) hace de una serie de investigaciones sobre la sexualidad juvenil, que si bien atiende a una temática muy particular, nos presenta elementos interesantes respecto a las distintas formas de significación y vivencia que las y los jóvenes en distintos puntos del país manifiestan en un ámbito de su vida misma que puede darnos elementos para descubrir: a). La dimensión política y moral de la sexualidad en la que se ponen al descubierto situaciones de desigualdad fundamentadas en la edad y el género; b). Que hay una creciente contradicción entre los ideales de abstinencia y la autonomía sexual, que repercute no sólo en las prácticas sexuales sino en distintos ámbitos de la vida; y, c). La presencia de ideas hegemónicas de lo masculino y lo femenino que estructuran las decisiones y actos de las y los jóvenes en su vida cotidiana.
    Estos resultados plantean de entrada la necesidad de investigar en este terreno para generar propuestas educativas que atiendan a la situación de la gente joven y les permitan estructurar, a las jóvenes: un proyecto de vida que contemple un mayor protagonismo, autonomía y decisión, y además validar formas y estilos de vida en los que no tenga que ser obligatoriamente la maternidad y el trabajo doméstico, la única opción o el elemento central de sus vidas; por otro lado, la posibilidad de promover en los hombres: un desarrollo de capacidades y validación de la afectividad y la ternura como formas de relación, el aprendizaje de habilidades para el cuidado de los otros y la corresponsabilidad en el ámbito doméstico. Asimismo implicaría una formación en la ciudadanía de modo que estas jóvenes, estos jóvenes participen activamente en la transformación de sus condiciones de vida hacia condiciones más dignas y justas para todas y todos.
    Considerando la reflexión que hace Brito Lemus cuando menciona que "es en la juventud cuando mas posibilidades hay de romper la cadena de reproducción social", podemos reconocer a la gente joven como "un sector estratégico, participativo y protagónico, que cobra relevancia en los procesos de cambio social, transformación productiva y fortalecimiento democrático que está viviendo nuestra sociedad". (Brito, 1996).
    Esta población conlleva el desafío de enfrentar una resignificación de sus relaciones y vivencias desde lo tradicional y lo moderno, rescatando y potenciando aquello que puede mejorar sus condiciones de vida, entendiendo y transformando las estructuras de desigualdad e injusticia hacia opciones más plurales donde se reconozca y respete la diversidad y se promueva la equidad.

Notas
1. Lamas, Marta. "La antropología feminista y la categoría Género", en: El Género : la construcción cultural de la diferencia social. Marta Lamas (comp.). PUEG. México, 1996.
2. Breilh, Jaime. Género, poder y salud. Aportes críticos a la construcción (intergenérica) de una sociedad sin subordinaciones. Ibarra Ediciones/CEAS-UTN. 1994. p. 14.
3. Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. México, 1983. [30a edición].
4. Marqués, J-V. y Osborne, R. Sexualidad y sexismo. Fundación Universidad-Empresa. Madrid, 1991.
5. Idem. p. 31.
6. Apple, Michael. Maestros y textos. Una economía política de las relaciones de clase y sexo en educación. Paidós. España, 1997. [1ra. Reimpresión)].
7. Aguado, J. y Portal, A. "Identidad, ideología y ritual", en: revista Texto y contexto, núm. 9, UAM. México, 1992. p. 43.
8. Idem. p. 11.
9. Idem. p. 67.
10. Acunó, Sara (coord.). Coeducación y tiempo libre. Ediciones popular. Madrid, 1995. La autora concibe el tiempo simbólico como contextualizado en un mundo con y hacia el otro.
11. Idem. p. 47.
12. Subirats, Marina. "Género y escuela", en: Carlos Lomas (comp.). ¿Iguales o diferentes? Género, diferencia social, lenguaje y educación. Paidós Educador.
13. Cfr. Rodríguez, Beatriz y Corrales, Antonio: "La participación de la mujer en la educación bajo la perspectiva de género", en Género y ciencias sociales. Rodríguez, B. y Corrales A. (Comps.). México, 1999.
14. La educación de lo femenino. Estudio internacional sobre las desigualdades entre muchachas y muchachos. OCDE. (Traducción de Caterina Molina). Aliorna, Barcelona, 1987. p. 34.
15. Laurrauri, Maite. "¿Iguales a quién? Mujer y educación", en: Carlos Lomas (comp.). ¿Iguales o diferentes? Género, diferencia social, lenguaje y educación. Paidós Educador. p. 36.
16. Lomas, Carlos. Op. cit.

Bibliografía
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RODRÍGUEZ, Beatriz y Corrales, Antonio. "La participación de la mujer en la educación bajo la perspectiva de género", en: Género y Ciencias Sociales. Rodríguez, B y Corrales A. (Comp.). México, 1999.
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VIO Grossi, Gonzalo. "Cómo se construye identidad: una experiencia con la juventud rural chilena", en: I Seminario Latinoamericano de Investigación Participativa. CEEAL. Brasil, 1988.