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Sexualidad, poder y comunicación

Felícitas Valdivia Alatorre*
* Alumna de la especialidad en Estudios de Género y Educación que imparte la Unidad 141, Guadalajara, de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

La sexualidad humana constituye un proceso intra/interactivo que se desarrolla en un contexto social, económico y político determinado y por lo tanto está en constante transformación.
    El estudio de la sexualidad precisa de un planteamiento que nos permite ubicarla como una construcción simbólica, como una creación y recreación intersubjetiva, que ha sido mediatizada por el proceso sociohistórico que la ha ido estructurando y significando. En este sentido el sexo constituye la base biológica de la sexualidad que nos da pertenencia y diferencia (seres sexuados) pero en las relaciones humanas se trasciende lo exclusivamente biológico y reproductivo en lo simbólico y lo histórico, generándose dimensiones específicas de lo humano: lo genérico y lo erótico como formas de comunicación, como sexualidad humana.

La sexualidad en tanto construcción simbólica es un proceso de comunicación intra/interindividual, generado en la interrelación de lo genérico y lo erótico, que si bien innegablemente parte del dato biológico se constituye humana en la práctica social cotidiana y en las formas específicas que ésta adquiere, transcendiendo lo puramente biológico en lo simbólico.1

    El sexo es el dato biológico evolutivo en lo ontogenético que nos distingue como hombres y mujeres desde la concepción (genotipo/fenotipo) y en la pubertad nos coloca como sujetos reproductivamente complementarios (anatomía y fisiología).
    Lo genérico implica la simbolización y vivencia de lo masculino y lo femenino en la práctica cotidiana de cada persona, establecido a través de lo que el grupo social define y asigna.
    Lo erótico considera la expresión del placer sexual y la sensualidad, expresión mediatizada en gran medida por las consideraciones éticas y morales de cada sociedad.
    Pablo Fernández
2 concibe la comunicación como un proceso politizador, esto es, un proceso a través del cual se construye la realidad en base al diálogo, al intercambio de símbolos y significados generados en la colectividad ; a diferencia de la información, la que dice es un proceso de ideologización en tanto trasmite verticalmente verdades hechas, datos que no dejan la posibilidad de trasgredir o cuestionar lo que el poder establece.
    En este sentido, lo genérico y lo erótico en tanto componentes esenciales de la sexualidad, corresponden a formas culturales creadas y vividas en cada situación particular como construcciones histórico biográficas que se pueden mover en dos sentidos:
    1). Como un proceso informativo (ideologizante) que restringe al ser humano sus posibilidades de expresión genérica y erótica, en base a estereotipos culturales y normas hegemónicas y represivas de regulación moral.
    2). Como un proceso comunicativo (politizador) mediante el cual se reconstruye y se acuerda permanentemente el significado y el sentido de la realidad involucrando la participación de todas y todos.

1). La sexualidad como proceso informativo
Al hablar de un proceso ideologizante nos referimos a la manera de Fernández a un proceso donde la comunicación ha perdido espacio, es decir, donde las posibilidades de crear y compartir los símbolos que acuerden el sentido de la realidad colectiva están ya no en la colectividad sino en el poder, un poder que se ejerce verticalmente y que usa como herramienta la información.
    El poder (dominante) maneja el discurso de lo posible (en el saber, en la autoridad y la identidad legítimos) y la significación de la sexualidad en este contexto de poder obedece a esquemas y verdades oficiales; los modelos de interacción son aprendidos desde la socialización temprana y reforzados permanentemente, conformando una visión del mundo que, tanto colectiva como individualmente se sostienen como realidad válida.
    De aquí se desprenden los planteamientos de la ideologización en lo genérico. Podemos leer por ejemplo en Ana María Fernández
3 como ‘sexo y clase’ son dos variables fundamentales en toda historia de discriminación que, desde Grecia antigua, se nos hereda en tanto discurso legitimante de la inferioridad. La visión de Aristóteles acerca de la civilidad establece la vida en la polis como superior (he aquí uno de los elementos de la hegemonía) y al ser los ciudadanos –sujetos libres, adultos y varones– quienes participan en ella, por ende son seres superiores en relación a los no ciudadanos –mujeres, niños, niñas, esclavos, trabajadores– lo que justifica que los primeros sean naturalmente gobernantes y los segundos son sólo condiciones necesarias para el ciudadano y naturalmente gobernados.
    Asimismo Evelyn Kelly
4 afirma que la división arbitraria que históricamente se ha hecho del "mundo femenino" y el "mundo masculino" justifica la exclusión de las mujeres de la ciencia y se genera una profunda división, "entre el amor y el poder" lo personal y lo político.
    Es así que la ciencia y el espacio público han evolucionado bajo la mirada masculina y más específicamente de una mirada de hombre blanco de clase media, desde la que se borra por consiguiente todo lo otro, lo que no sea ni hombre ni blanco ni de clase media; al mismo tiempo, sostenida en una ideología objetivista, la ciencia y los asuntos públicos se desarrollan como una práctica que excluye al sujeto, que proclama el desinterés y la impersonalidad, en una pretendida neutralidad científica y "desapasionamiento" en asuntos oficiales, esto es, la ropa sucia se lava en casa y los afectos son parte de lo privado.
    La realidad se divide y los fragmentos de la "levedad" (afectividad, feminidad, inconsciencia subjetividad, sentimiento o cualquier otra mitad que no se considere "de mucho peso") son remitidos a la esfera de lo doméstico, la tierra del silencio, mientras los fragmentos "pesados" (masculinidad, razón, consciencia, objetividad) pretenden ser realidades totales y universales que se validan en su presentación pública, mediante discursos que (en los distintos ámbitos de la vida social: económico, político, social, cultural, científico, sexual) se pretenden "incluyentes-excluyentes" de la alteridad, incluyentes en tanto se conciben representantes y propietarios de lo otro, excluyentes en tanto se establecen categorías con que se clasifican de superiores o inferiores ciertos contenidos y formas culturales, se legitiman las relaciones de dominación y se distribuye y permite el acceso a tipos de espacios y conocimientos dispares de acuerdo a criterios hegemónicos.
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    La forma relacional asimétrica se reproduce la vida cotidiana y en todos los ámbitos sociales como realidad natural e incuestionable y la experiencia humana se concibe como repetición de características dimorfas prefijadas y relaciones jerárquicas.
    Esta realidad tipificada ha creado asimismo una serie de discursos emitidos desde el espacio público y legitimados por las instancias del poder, que definen los límites del placer, los simbolismos del cuerpo, las interacciones legítimas, los valores éticos y estéticos, en fin uno de los grandes discursos hegemónicos de la sexualidad: el erotismo oficial.
    La fórmula "Relación heterosexual genital entre adultos bajo contrato con fines reproductivos" es la expresión acabada del erotismo oficial, que si bien es ésta su forma más extrema y se sostiene y defiende íntegra aun por algunos sectores de la sociedad, se flexibiliza ante algunos elementos de la misma dependiendo de los actores (doble moral), a veces incluso en un silencio cómplice del poder. He aquí la ideologización de lo erótico: la sujeción del placer, pero ¿cuáles son los hechos en que se manifiesta esta sujeción?
    Hay toda una discusión desde lo científico, lo ético, lo político y lo cotidiano, respecto al concepto de normalidad en el terreno de lo sexual, que sin entrar en detalles podemos resaltar la dicotomía natural-perverso como la síntesis de esta discusión que se polariza y sostiene en su forma más radical en la equiparación de la sexualidad como reproducción (recordemos la parte de la fórmula "...con fines reproductivos"), en este sentido el placer mismo sería algo perverso.
    El placer es sinónimo de peligro desde la mira del poder, porque si no es creación desde lo biológico (reproducción), implica entonces la posibilidad de creación desde lo simbólico y como señala Fernández Christlieb al poder le interesa la repetición, la información, no que las personas se pongan a crear e intercambiar símbolos; pero como los seres humanos se aburren fácilmente con lo repetitivo es necesario sustentar las verdades trasmitidas con argumentos que no sólo impacten en las prácticas (porque a pesar de la censura y la estigmatización, siempre hay un margen amplio de oposición) sino en la manera en que se viven esas prácticas (culpa, vergüenza, miedo, angustia).
    Se presentan algunas vías de legitimación:
    • El deseo como un ausencia omnipresente.
    • El cuerpo como objeto del pecado.
    • El placer como monolito de lo fálico.
    En la fórmula que mencionamos ni las niñas, niños, adolescentes, adultos mayores son sujetos del erotismo, por lo que se asume que el placer es exclusivo de los adultos, que no de las adultas, porque aunque se pueda reconocer la presencia del deseo en las mujeres, se considera como un mal que debe ser controlado, un apetito que las mujeres deben aprender a controlar en sí mismas y a evadir-resistir en el otro.
    La división de la madre-santa-asexual en oposición a la mujer-seductora-pecadora sostiene el principio de negación del deseo en las mujeres, a la vez que en los varones es parte importante, junto a la violencia, del aprendizaje y la expresión de la masculinidad.
    Así se cumple la triple función de sujeción, manipulación y encubrimiento del juego erótico. El poder insiste en degradar todos los placeres a través de su placer ideologizado: la dominación.
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    La definición del erotismo oficial y las formas de relación estructuradas por el poder, se presentan como verdad ideologizada, creada de repeticiones que se legalizan a través de una moral rígida y en una visión dominante de la realidad.
    El diálogo, la creatividad, lo lúdico son divididos, lanzados al silencio y desde ahí pueden emerger con sus lenguajes metafóricos con sus ganas utópicas de nombrar el mundo.
    De estas ganas se desprende la necesidad de reunir estos lenguajes, de politizar la sexualidad, lo genérico y lo erótico, es decir, concebirla como comunicación.

2. La sexualidad como proceso comunicativo
Para no quedarnos en esa crítica a la ideologización y caer en el error de considerar a las personas como entes pasivos, sino plantearnos en una crítica propositiva y esperanzadora, habremos de entender que las personas participan activamente en la cultura dominante acomodando, negociando o resistiendo a las formas culturales.
    En relación al discurso hegemónico de la sexualidad, una propuesta alternativa se resiste a esas formas que establecen modos acabados de la experiencia humana: estereotipos de género, "fórmulas" para el erotismo, relaciones de dominación que derivan, aunque con distintas consecuencias, en relaciones de objeto (no importa de que lado se esté).
    Una propuesta que se opone a esta visión ideologizada de la sexualidad, implica una concepción alternativa que lejos de asumir la sexualidad hegemónica como natural, la considera como una construcción que se ha estancado en la historia, en un compendio de "metáforas muertas" que han perdido su sentido colectivo, lúdico y creador.
    Desde este otro discurso, lo genérico y lo erótico se constituyen en procesos comunicativos, mediante los cuales se reconstruye y se acuerda permanentemente la significación y vivencia de las sexualidades, de los géneros, del placer, del cuerpo, del poder, involucrando la participación de todas y todos.
    Un discurso en relación a otro, al que en muchos aspectos se resiste y opone, fundamentalmente en la posición que se asume ante el poder y la forma de ejercerlo "lo alternativo es, en cierta forma una anticipación de lo otro, de lo que todavía no es. En este sentido, la resistencia se liga a la utopía".
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    Se resiste por que existe una utopía: construir un mundo donde se viva la equidad, se reconozca el derecho al placer y se democratice el poder en todas las áreas de la acción humana.
    Construir este mundo implica reunir los fragmentos de la realidad que el poder dominante ha separado e incluir los símbolos diversos en un espacio común, un lugar para el "tercer espíritu", o como lo diría Fernández Christlieb,
8 "...un espacio múltiple donde quepan tolerantemente, gentilmente, todas las gentes, todas las actividades, todos los proyectos, que saben aceptarse unos a otros porque saben reírse de sí mismos".9
    Si el poder dominante maneja el discurso de lo posible e implícitamente determina lo no posible; la resistencia maneja el planteamiento de lo alternativo, lo participativo y lo democrático.
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    En la medida que se cuestionan los planteamientos dominantes, los roles estandarizados de ser hombre y ser mujer, las restricciones al ejercicio del placer, se está ya alterando el orden, propugnando por el cambio en las esferas del poder y en la vida cotidiana.
    Los movimientos sociales generados desde la militancia feminista, lésbica y gay y desde la procesos de la sociedad civil organizada son un ejemplo de la actividad social de resistencia y lucha que manifiesta el deseo de romper la imposición de discursos excluyentes y prácticas dominantes.
    Estos movimientos no han surgido de la nada, sino que son parte de un proceso social donde se ha generado conciencia y compromiso personal y colectivo con una causa que recoge los anhelos de quienes han vivido alguna forma de discriminación y se pretende generadora de un cambio social, de manera que se instituya desde todos los órdenes una nueva cultura, incluyente, respetuosa de la diversidad, justa y equitativa. Esto es, realmente alternativo.
    A un proceso así se llega cuando la gente pasa de ser objeto a ser sujeto y se construye una cultura de participación y corresponsabilidad que considera a todas y todos sujetos de derechos, otorgando a la ciudadanía un sentido verdaderamente democrático.
    En este contexto, la hegemonía y la asimetría pierden sentido: mientras la igualdad, el encuentro, la unidad, el respeto, se convierten en las reglas del juego colectivo, no como reglas ajenas y arbitrarias, sino acordadas por todas y todos.
    Replantear la significación y vivencias cotidianas de la sexualidad significa construirla en y para la libertad, el placer y la equidad. Por ello hablamos de sexualidad como comunicación.
    Entendiendo la comunicación a la manera como la define Manuel Corral como: "...aquellos procesos, relaciones e interacciones humanas de carácter dialógico, simétrico y libre, en tanto expresión de seres autónomos que se mueven en un contexto social que permite a todos el intercambio, la reciprocidad, la coparticipación para pensar, hablar y actuar con libertad",
11 la sexualidad como proceso comunicativo representa una utopía latente, una alternativa posible, en tanto no sólo hay ya la intención sino propuestas críticas, que han surgido de la inconformidad con un estado de cosas que niega la capacidad humana de la creatividad, que ejerce y reproduce la dominación; una inconformidad crítica y propositiva sobre toda desde aquellos grupos o personas que han sido excluidas, quienes con múltiples voces claman no sólo lo que esta realidad puede ser, sino lo que deber ser. Y esto más que una quimera es una posibilidad, aunque lo niegue el poder.
    Si el género, como sostiene Scott es un campo primario dentro del cual se sostiene y articula el poder, es posible a partir de este campo generar nuevas formas de legitimación en la historia que estamos construyendo "...esta nueva historia dejará abiertas posibilidades para pensar en las estrategias políticas feministas actuales y el (utópico) futuro, porque sugiere que el género debe redefinirse y reestructurarse en conjunción con una visión de igualdad política o social que comprende no sólo el sexo, sino también la clase y la raza".
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    La Comunicación Genérica en este sentido, define al género no como una relación de dominación sino como la intención utópico-política de construir una interacción humana de carácter simétrico, dialógico, libre entre seres autónomos en plena libertad y derechos, relaciones de hombres y mujeres que se reconstruyen en ese contexto de igualdad no como esquemas esenciales, sino como pertenecientes a un mismo género: el humano, con sus múltiples formas de significarse en la cotidianidad y reconstruirse en su proceso histórico-biográfico.
    Por otro lado, si consideramos la relación que existe entre la producción de significados culturales y las "economías del placer y la afectividad" como lo plantea Giroux, al señalar que: "la producción y regulación del deseo es tan importante como la construcción del significado" en la medida que el deseo es un aspecto crucial en el modo en que las personas median, relacionan, resisten y crean formas y conocimientos culturales; por lo cual propone "... la idea y experiencia del placer se debe construir políticamente, de modo que podamos analizar cómo el cuerpo se convierte no sólo en el objeto del placer (patriarcal masculino), sino también en el sujeto del placer."
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    Y añade citando a Jameson, "En este caso ‘el placer se convierte en el consentimiento de vida en el cuerpo’ y proporciona una importante condición corpórea de vida que afirma la posibilidad. Esto aboga por un concepto discernidor de placer que no sólo sea deseable en y por sí mismo, sino que también suponga ‘en el mismo y preciso momento... una figura para la utopía en general y para la transformación sistemática revolucionaria de la sociedad como un todo".
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    Esto plantea la posibilidad de la Comunicación Erótica, esto es, resignificar la sacralidad del placer, de manera que se reivindique como un derecho inalienable de todas y todos y se generen las condiciones propicias para que la sexualidad se ejerza en libertad, corresponsabilidad e integridad.
    La apropiación del cuerpo, la recuperación de lo lúdico y la creatividad como condiciones esenciales en la expresión de lo erótico como comunicativo, sea en donde se recupere la pasión de crear, de amar y de jugar como cimientos del proyecto de realización, comunicación y participación de una humanidad inclusiva, solidaria y justa para todos y todas.

Notas
1. El presente artículo retoma planteamientos desarrollados en el trabajo de tesis para obtener el grado de Licenciatura en Psicología, titulado: " Propuesta de formación en sexualidad para adolescentes en el nivel medio básico" (Universidad de Guadalajara, 1995), que presentamos Francisco Pérez, Claudia Sánchez y la autora de este trabajo.
2. Fernández Christlieb, Pablo. El espíritu de la calle. Psicología política de la cultura cotidiana. Ed. UDG, 1991.
3. Fernández, A. M. La mujer de la ilusión. Pactos y contratos entre hombres y mujeres. Paidós. Barcelona, 1993.
4. Keller E. F. Reflexiones sobre género y ciencia. Edicions Alfons el Magnanim. Valencia, 1991.
5. Giroux, Henry. "Más allá de la teoría de la correspondencia. Notas sobre la dinámica de la reproducción y transformación educativa", en: La Nueva Sociología de la Educación. SEP/Ediciones El Caballito.
6. Aunque generalmente las definiciones de diccionario son redundancias, que asemejan serpientes mordiéndose la cola, en este caso, dado que hablamos del poder, y sus estrategias se parecen a las definiciones de diccionario, permitámonos entonces una perogrullada, el término Dominación se define como: "Acción de dominar/Señorío, imperio/Influencia moral/Posición elevada desde la cual se domina una plaza/Primer orden de la jerarquía de los ángeles". (Gran Diccionario Enciclopédico Visual. Colombia, 1994, p. 437). Cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia.
7. Corral, Manuel. Producción alternativa y democracia en América Latina. Miguel Angel Porrúa. México, 1997. p. 24.
8. Fernández Christlieb. Op. cit.
9. Idem. p. 87.
10. Corral, Manuel. Op. cit.
11. Corral, Manuel. Comunicación y ejercicio utópico en América Latina. Ediciones del lugar donde brotaba el agua. México, 1999. p. 44.
12. Scott, Joan. "El género una categoría útil para el análisis histórico", en: El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. M. Lamas (comp.) PUEG/UNAM. México, 1997. p. 302.
13. Giroux, Henry. Cruzando límites. Trabajadores culturales y políticas educativas. Paidós Educador. España, 1997. p. 231.
14. Ídem.