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El docente y la ética

José María Nava*
* Director de la Unidad 141 (Guadalajara) de Universidad Pedagógica Nacional (UPN).

El ‘modo de ser’ ético de cualquier persona se construye de manera cotidiana, cuando se entra en relación con el otro, es la acción reiterada, continua, vital que da identidad. El actuar moral se moldea en los espacios donde convive con los demás. Con esa ‘forma de ser’, que podemos denominar cualidad moral, yo moral, se participa del mundo social todos los días. Este actuar moral también se manifiesta en la ‘preocupación’ que manifestamos por los otros, estableciendo un claro interés por lo que les sucede, y que nos obliga, desde luego, a establecer un compromiso permanente con ellos. En la escuela se establecen relaciones morales entre profesores/as y alumnos/as que se manifiestan de muchas formas, por ejemplo, cuando se organiza el trabajo escolar se asumen posturas que pueden ir desde la indiferencia hasta la hostilidad, tanto por parte de los maestros/as hacia los estudiantes como de éstos hacia sus pares. Sin duda el profesor/a manifiesta en el salón de clases su ser moral, su interioridad queda descubierta en cada acción reiterada y continua que asume frente a sus alumnos/as, me refiero no a una acción aislada sino al continum de actitudes que le dan su sello personal, su identidad y su consistencia profesional, razones por las que es conocido por sus estudiantes.
    Cada día aumenta la preocupación por saber qué sucede en las aulas, ya que es el espacio donde los niños/as y jóvenes pasan gran parte de su tiempo; porque además en la escuela los valores éticos alcanzan una expresión concreta que más tarde se expresarán en otros espacios; en ella se imprime ese ‘modo de ser’ del alumno/a, la persona se construye a sí misma, la moral se hace efectiva. Por otra parte, existe también un interés manifiesto por encontrar respuesta a los problemas morales presentes en la sociedad actual desde la escuela. "La escuela debe ser un espacio de participación democrática sensible a lo que pasa en el mundo, donde se afrontan los conflictos analizándolos críticamente, tratando de comprender sus causas reales desde una perspectiva global e intercultural adoptando compromisos para actuar en su resolución".1
    El actuar moral de los alumnos/as y los profesores/as exige un acercamiento reflexivo; no se trata de brindar soluciones a sus actitudes morales presentes en la escuela en unas breves líneas; es sólo un llamar ‘ético’ constante para tomar conciencia de que, lo que sucede en la escuela necesita ser revisado en el marco de las acciones concretas y cotidianas y no basarnos en una moralidad abstracta sujeta a los imperativos del deber formal para hacerlo.
   ¿Qué problemáticas morales son importantes, que requieren de una meditación por parte de los docentes?, ¿es necesaria la ética en la escuela? Estas interrogantes sirven de guía en las siguientes reflexiones:
    I. Apelar a la ética en la escuela, es apelar a la razón del profesor/a, descubrir que está obligado a introducir una actitud tolerante a la medida de sus alumnos/as. La posibilidad de reconocerlo y aceptarlo obliga al docente a revisar su conciencia, su ley moral, como fuente de su comportamiento en el aula; si apelamos a su razón, en términos kantianos, es porque sabemos que debe reconocer a los otros, sus alumnos/as, como fines en sí mismos, es decir como seres humanos, con los cuales se puede dialogar, porque la razón es diálogo, es fuente de apertura porque "la razón (logos), como sabemos, es también orden y es palabra: fundamento de la comunicación y de la comunidad".2 Es la razón, frente a las conductas caóticas de la violencia, el enojo y la indiferencia, que a veces adopta el profesor/a, o bien cuando toma más en cuenta los intereses de un estudiante sin tomar en cuenta los de otro, la que permite escapar del autoritarismo subjetivo, de valorar lo que sí vale dentro del salón de clases, de aquello que no se puede aceptar por el solo hecho de responder a su criterio de adulto; ayuda a reconocer al otro como fuente de las decisiones escolares.
    Recurrir a la ética en la escuela es importante porque se requiere que el profesor/a construya un espacio dotado de ‘sentido’ en función de los valores culturales y espirituales que ayuden a construir la responsabilidad moral que la sociedad demanda del joven que se educa; salir de la inmediatez, de lo superfluo y el egoísmo para entrar a un mundo intersubjetivo, de compromiso con los otros. "El hombre es un ser social, la persona sólo puede constituirse en tanto que tal en la relación interpersonal y en la relación social, y la estructura personal está tejida, por decirlo así, de interpersonalidad o intersubjetividad y de socialidad, del mismo modo que la conciencia moral es fuero interno, en tanto que fuero externo social, sí, pero interiorizado".3 Lo decisivo es que la vida ética remite a cualquier alumno/a al yo mismo, a la autenticidad, y a la capacidad de ésta de ser para el otro o los otros.
    En un espacio escolar donde la dominación y la violencia del profesor/a prevalecen se excluye toda educación ética; ésta surge al momento que damos paso a la comunicación genuina, a la reciprocidad, al vínculo amistoso que invalida todo poder, al diálogo vivo. "La educación, entendida como diálogo, como interacción dialógica, ya no toma al alumno como algo pasivo, sino activo, como un interlocutor. Hay una interacción, algo en lo que ambos participan".4
    El llamado a la ética es para fundar nuevas relaciones entre el maestro/a y el alumno/a, acabar con el círculo de la fuerza que se manifiesta de varias formas, como pueden ser el regaño injustificado, la represión, la preferencia de un estudiante sobre otro, el abuso. Estas formas de violencia es rechazada por los padres de familia a veces de manera abierta, otras veces de manera más callada porque no logran conocer cabalmente qué pasa en el aula; pero existe en ellos el reclamo de suprimir toda forma de intolerancia presente en el salón de clases. Apelar por la ética en la escuela equivale a pensar en un cambio interno en el profesor/a, a considerar que su yo moral se debe transformar; a dejar de lado su individualidad egoísta y narcisista para entrar a una dimensión donde se da el reconocimiento de sus alumnos/as; a practicar una convergencia plena entre la aspiración propia y la ajena, a dejar de lado la exclusión del otro en el ejercicio profesional. La vida moral de la escuela se estructura en esa relación constante entre el estudiante y el docente, en esa armonía de aceptación, prudencia o frónesis; de moderación en la actuación concreta, en el equilibrio interno, en la responsabilidad reflexiva cotidiana, donde el arte de ser mejores profesores/as cada día queda plasmado en cada contacto con los alumnos/as.
    Es importante señalar que la ética encierra en sí misma la noción de deber, en nuestro caso el respeto a los códigos morales que tienen como propósito orientar las actitudes docentes en favor del estudiante. Desde esta perspectiva tiene el deber5 de asegurar el derecho que tienen los estudiantes: el desarrollo pleno de sus potencialidades a partir de sus personas. En la medida en que el profesor/a cumple con ese deber asegura el derecho de sus alumnos/as. Podemos esquematizarlo de la siguiente forma:

• A todo deber del docente corresponde algún derecho del alumno/a y a todo derecho del alumno/a corresponde algún deber del docente •

   ¿Cómo se entiende esto? Quiere decir que el profesor/a se vuelve agente moral cuando se da cuenta que tiene un yo que responde a sus actos en el aula, por eso mismo se hace responsable de lo que ahí sucede: "La genuina moralidad se da, en efecto, en la medida en que se realiza el reino de la intencionalidad, de la voluntad, de las motivaciones profundas de la acción".6 Es cuando descubre lo conveniente, moralmente hablando, para sus alumnos/as; cuando tiene conciencia de deliberar sobre sus competencias profesionales que se fundamentan en un conjunto de valores y concepciones de lo que es el bien.
    Por último, reconozcamos que el docente tiene como persona una característica: la conciencia de sí mismo, un yo que permite dirigir la mirada al interior, pero luego ésta voltea hacia el exterior, hacia lo otro. Esto significa que el docente debe darle una significación moral a sus acciones dentro del aula, como proyecto necesario, y a partir de él tomar una posición moral respecto de sí mismo y de sus estudiantes. Pienso que reflexionar al profesor/a como persona, desde la dimensión ética, es porque tiene una tarea: la de reconocerse. En este sentido considero que debe tener en cuenta tres cuestiones morales: que debo hacer en el aula, que puedo hacer por mis alumnos/as y que me está permitido hacer.
    II. Un punto que preocupa está relacionado con la violencia escolar. Sabemos que ésta se da en diferentes formas, ya sea física o simbólica, dirigida a un alumno/a o a todo el grupo. En sí mismo el concepto encierra una negatividad, ya que implica, en términos generales, el uso de fuerza para someter al otro, se relaciona con actitudes un tanto cotidianas del docente que van, por ejemplo, desde la insensibilidad y la preferencia hasta la prepotencia, la coacción y el autoritarismo entre muchas otras. Se opone a la razón, y podemos considerar que cuando el profesor/a hace uso de ella es porque reconoce, de manera inconsciente, que ha fracasado en su ejercicio docente; es la incapacidad de escuchar, de emprender una tarea conjunta. Es una forma de aceptar el fracaso, el cierre de toda posibilidad de encontrarse con los otros. La violencia escolar tiene otra connotación: al momento de ejercerla se da una relación profundamente desigual entre le alumno/a y el profesor/a, las posiciones son diferentes moralmente hablando, porque las posibilidades de tomar decisiones por uno y otro tienen consecuencias morales diferentes. Ejercer la violencia reconociendo esta desigualdad implica negar un compromiso ético en el aula, ya que la ética es por esencia contraria a todo tipo de violencia. De tal forma que podemos decir que cualesquiera que sean las razones que el profesor/a argumente para justificarla son moralmente inaceptables, ya que por ejemplo, no se puede enseñar destruyendo al otro. En el orden ético el fin no justifica los medios, no se puede sostener que en el intento de ayudar al joven lo hemos de ver como medio y que por ello nos valgamos de cualquier cosa para hacerlo. Por otra parte, se puede afirmar que cuando el profesor/a utiliza la violencia también se daña a sí mismo aunque este no se dé cuenta. "El fenómeno de la violencia trasciende la mera conducta individual y se convierte en un proceso interpersonal, porque afecta al menos a dos protagonistas: quien la ejerce y quien la padece".7 Desde luego, después de un acto violento en la escuela el niño/a y el profesor/a ya no podrán verse de la misma forma; existe un daño emocional y moral muy claro en ambos una vez que se comete este tipo de acciones.
    Nuestra preocupación por la violencia en la escuela es porque ésta potencializa las antivirtudes y se manifiesta en actitudes cotidianas que asumen nuestros alumnos/as; lo vemos cuando se da la rivalidad, el desafecto, el desinterés y la frustración entre otras conductas observables en el salón de clases.
    Las virtudes morales no se enseñan, se muestran de adentro hacia fuera, de mí hacia el otro, del docente hacia el alumno/a. La inquietud es clara: el profesor/a debe buscar la forma de recuperar su papel en la escuela como agente moral, potenciador de un espacio digno donde los estudiantes resuelvan sus conflictos como sujetos de derecho, se promuevan como personas capaces de dar una opinión, y que sea el aula un espacio para la acción responsable, las creencias y los puntos de vistas, donde se cuenta con el apoyo del maestro/a para ser corregidos de manera oportuna y respetuosa. Desde luego, reconozco que el docente necesita de espacios donde él también pueda discutir sobre los derechos de los niños/as y jóvenes, de espacios que posibilitan su participación activa en la relación moral que guarda con ellos, donde medite sobre los problemas cotidianos de los alumnos/as, y problematice los situaciones diarias de conflicto a la luz de los derechos humanos, donde establezca nuevas alternativas disciplinarias en el aula, esto es pensamos en espacios de tiempo y lugar. De esta forma se puede pensar en un profesor/a con acciones intencionadas y comprometidas, que convierta en un estilo de vida moral el trabajo docente. Así sus actos morales tendrán la doble acepción de intencionalidad y de intención. Como nos damos cuenta el trabajo docente se mueve, desde el punto de vista ético en dos dimensiones: I). Su relación consigo mismo, II). Su relación con los estudiantes.
    La relación ética debe asumirse como una ‘preocupación’ del docente, una preocupación que debe ser asumida por el directivo como un compromiso por tratar de cambiar las cosas en la escuela, ya que ésta es la beneficiaria del tipo de actitudes que manifiesta el maestro/a.
    III. La tolerancia es un imperativo ético porque trasciende la individualidad, vale en sí y por sí y vale en efecto, por razones éticas, independientemente de las creencias o prácticas culturales, políticas, sociales y religiosas que profese cualquier persona. Se reconoce al otro, en cuanto semejanza, base de todo principio ético. Alude a la diferencia, a la distancia "Y el saber de la diferencia y de la otredad, al mismo tiempo que de la semejanza y la igualdad radicales, funda la tolerancia como virtud ética…".8 Como podemos ver la tolerancia es una concepción de la vida, un estilo que guía prácticas, ideas y actitudes, que tiene que ver con el respeto que le guardamos a los demás cuando manifiestan formas de vida diferentes a las propias. Si partimos de este significado y lo trasladamos al salón de clases, el concepto adquiere una dimensión novedosa porque las personas con las que se tiene que ser tolerante son sujetos con "menos competencia moral".9 Esto trae un doble compromiso moral: primero nos obliga a ser tolerantes con los estudiantes que identificamos como personas, principio de toda comunidad, y segundo reconocemos en ellos menos competencia para tomar decisiones lo que implica un compromiso mayor. El ejercicio docente se puede mover en la tolerancia o en su contrario, en ambos casos es una reacción activa. En una se comprenden, y se aceptan, los momentos diferentes de aprendizaje, necesidades, sentimientos y conductas que manifiestan los niños/as, como producto de sus diferencias individuales e históricas: frente a sus desigualdades la tolerancia viene a constituir una actitud positiva. En otro caso, se asumen posturas, como por ejemplo de rechazo, intransigencia y hostilidad frente a sus diferentes formas de actuar, vestir y pensar; frente a la desigualdad se responde con actitudes intolerantes como la discriminación, los estereotipos y los prejuicios. "El rasgo común de las actitudes intolerantes es que los sentimientos que las caracterizan son la desconfianza, la inseguridad y el temor ante la amenaza imaginaria que representan los grupos humanos hacia los que se experimentan esas actitudes; para sobreponerse a esos sentimientos negativos, la persona la persona que los experimenta suele reaccionar de manera defensiva con otros sentimientos autoafirmativos, que van desde el menosprecio hacia esas personas por la situación de su debilidad, inferioridad, discriminación o explotación que sufren, hasta la hostilidad agresiva".10
    Nuevamente este punto nos lleva a declarar que la intolerancia es un problema moral, que requiere comprensión antes que explicación, como una forma de atacarla. Para ello hay que aludir a nuestra condición profesional, a lo que nos hace ser docentes, en cuanto que nos afirma como personas morales, reconociendo que con actitudes intolerantes negamos al otro, y al hacerlo en el fondo negamos nuestro propio yo. El compromiso moral apela nuestra conciencia, exige un compromiso basado en la aceptación y en la responsabilidad de nuestros actos.
    En la tolerancia se acepta al estudiante como es; la aceptación es más fuerte que el rechazo, no implica que tengamos que soportar o aguantar algo que no nos gusta de él. Por el contrario haciendo uso de nuestra razón permitimos que manifieste su modo de ser, para que se dé la convivencia plural en el grupo. De acuerdo con Juliana González la intolerancia es ajena al respeto, la tolerancia por el contrario es respeto al otro. "La esencia de la tolerancia está en el reconocimiento simultáneo de la alteridad y la igualdad semejanza del otro, que permite verlo como literal otro-yo: alter-ego".11
    Lo anterior significa que en el salón de clases el yo del maestro/a se relativiza en la medida en que reconoce al alumno/a como parte del grupo. Descubrir al otro implica reconocer que hay límites en el aula, dejar en sus manos decisiones; así se construye el espacio escolar de iguales. Desde luego el docente necesita tener tolerancia consigo mismo para aceptar a sus estudiantes sin odios ni temores. Finalmente tolerancia para el maestro/a tolerante y ¿para el intolerante?: "...la tolerancia debe ser extendida a todos, excepto a aquellos que niegan el principio de tolerancia, o más brevemente, todos deben ser tolerantes excepto con los intolerantes".12
    IV. Como se ha venido reflexionando, la ética involucra múltiples requerimientos en el aula, necesarios para refundar nuevas formas de trabajo escolar. Estos requerimientos morales nos llevan a revisar nuestras actitudes cotidianas; esto es las consecuencias que ocurren por nuestras acciones que nos dan identidad moral frente a los alumnos/as día con día. El razonamiento moral nos conduce a establecer distinciones entre un ejercicio profesional moral del que no lo es. Actuar moralmente nos lleva a despertar en los niños/as y jóvenes respeto y aceptación. Una tarea puede consistir en no perder ese ejercicio de reflexión de volver la mirada atrás para proyectar nuevas formas de tratar al alumno/a, para eso hay que echar mano de nuestros monólogos interiores y la autobiografía, para reconocernos y poder construir una nueva moral dentro del aula. Conviene actuar y reflexionar, hacer y rehacer el trato diario con los estudiantes con actitudes de moderación, aceptación y respeto. Poner en marcha, como dice Adela Cortina, la posibilidad de una ‘ética mínima’ como fuente de nuestras obligaciones nos lleva al reconocimiento de nuestros estudiantes, de saberse unido a sus capacidades y logros.

Notas
1. Alfonso Luque (et al). Educar la tolerancia. Ed. Díada. Sevilla, España, 2000. p. 19.
2. Juliana González. El poder de Eros. Fundamentos y valores de ética y bioética. Ed. UNAM. México, DF, 2000. p. 20.
3. José Luis Aranguren. Moral de la vida cotidiana, personal y religiosa. Ed. Tecnos. Madrid, España, 1991. p. 77.
4. Mauricio Beuchot (et al). Virtudes, valores y educación moral. Ed. UPN. México, DF. p. 14.
5. La palabra deber se refiere a cualquier acción que se entienda como requerida, ya sea por los derechos de los otros, ya sea por la conciencia.
6. Juliana González. Op. cit. p. 126.
7. Isabel Fernández. Prevención de la violencia y resolución de conflictos. Ed. Narcea. Madrid, España, 1999. p. 22.
8. Juliana González. Op. cit. p. 25.
9. Utilizo este término sobre todo para referirme a los niños/as, puesto que por su edad no tienen muy claro el conjunto de valores y concepciones de lo que es lo bueno, que se supone tienen los adultos, por tanto la capacidad de tomar decisiones se ve limitada. Véase "Convención sobre los derechos del niño", en: Félix García. Derechos Humanos y Educación. Ed. De la Torre. Madrid, España, 1998.
10. Alfonso Luque. Op. cit. p. 13.
11. Juliana González. Op. cit. p. 153.
12. Norberto Bobbio, en: Juliana González. Op. cit. p. 150.