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Una aproximación al concepto de ciudadano desde la idea de la igualdad

Leonardo Mier Bueno*
* Doctorante de la Universidad Carlos III, España.

El hombre natural y el hombre social
Para una comprensión del concepto de ciudadano, es necesario hacer mención al paso del hombre del estado de naturaleza, al hombre social.1 Es en el devenir histórico de su desarrollo en donde Rousseau establece los postulados que le permitirán sostener las cualidades del nuevo hombre, enmarcado en un contexto de relaciones entre sí y en una organización política cuya unidad básica es el ciudadano.
    Rousseau apela a la bondad del hombre natural, un ser desprovisto de codicia y egoísmo que alejado de las sujeciones sociales goza de una libertad inherente: "Esta libertad común es una consecuencia de la naturaleza del hombre".2 Al contrario de Hobbes, el autor señala que es en el momento en que los hombres se relacionan con sus semejantes, cuando su estado de naturaleza se oculta y nacen en ellos "las pasiones que son obra de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes".3
    El hombre se reconoce libre, duerme tranquilo, sin las preocupaciones del futuro, es un animal al que sólo le preocupa el presente. Para él no existe la noción del porvenir, sólo la inquietud por la conservación, por tanto, apenas tiene la necesidad de alimentarse.4
El autor afirma, que "no teniendo entre sí los hombres en ese estado ninguna clase de relación moral, ni de deberes conocidos, no podían ser ni buenos ni malos, y no tenían ni vicios ni virtudes, a menos que, tomando estas palabras en un sentido físico, se llame vicios en el individuo a aquellas cualidades que pueden perjudicar su propia conservación, y virtudes a las que pueden contribuir a ella; en cuyo caso habría que calificar de más virtuoso a quien menos resistencia oponga a los simples impulsos de la naturaleza".5 No obstante, apunta que a diferencia del resto de los animales, el hombre se distingue por su capacidad "de asentir o de resistir", es un agente libre perfeccionable,6 es decir, de sus experiencias y sus errores desarrolla determinadas habilidades y aptitudes que lo alejan del resto de los seres y por lo tanto le es posible dominarlos. Es el arte de corrección del hombre para superar la naturaleza el que a la postre le permitirá adquirir valores tales como la virtud, el amor al prójimo y la prevención; pero también provocará en él, sentimientos como el egoísmo y la competencia.
    Rousseau cree que el hombre es naturalmente bueno y que las instituciones sociales lo hacen malvado. Sin embargo, en el discurso rousseauniano no se explica a profundidad qué fue lo que motivó al hombre a pasar del estado natural al social, aunque esta noción bien puede encontrarse en idea que desarrolla sobre la perfeccionabilidad; así como al hacer un esbozo sobre el desarrollo de las lenguas.7
    En el estado de naturaleza la única ley existente es la que nace de la compasión por el otro individuo. Es en el amor a sí mismo y en la imagen que cada ser humano se proyecta en el otro, en sus cualidades, defectos y sufrimientos, como el hombre es capaz de sentir compasión y repugna el maltrato y la humillación ante su semejante. A diferencia de la mayoría de los autores de la Ilustración, en Rousseau priva la sensibilidad o el amor, por sobre la propia razón, y es en este sentimiento en el que basa las primeras relaciones sociales. Rousseau apunta: "si estoy obligado a no hacer ningún mal a mi semejante, es menos por ser un hombre razonable que por ser un ser sensible".8
    Con todo, la trama rousseauniana se centrará en el hombre social, en el individuo que desprovisto de su estado natural y sin la posibilidad de regresar a éste, debe relacionarse por la necesidad de los compromisos mutuos, ya que sólo mediante ellos el hombre es capaz de crear situaciones que le permitan proyectarse hacia el futuro y realizar actividades que de forma aislada no podría hacer. En este marco, Rousseau establecerá los obstáculos a los que los individuos se enfrentan en su entorno social como fundamento para justificar la asociación entre ellos. Sin embargo, el primer apunte sobre la situación primigenia del hombre le llevará a asumir que éste nunca pierde su posición natural, sino que está escondida, enmascarada por las exigencias ante los demás individuos, pero nunca destruida. "La historia y la sociedad producen el mal sin alterar la esencia del individuo. La culpa de la sociedad no es la culpa del hombre esencial, sino la del hombre en relación".9
    Starobinsky señala al respecto: "Sin que sea necesario invocar la intervención sobrenatural de un demonio tentador o de una Eva tentada, el origen de nuestra decadencia es explicable por razones meramente humanas".10
    Esta idea es básica para Rousseau, garantiza que los hombres, ante el riesgo de la asociación y la dominación que otros pueden causar sobre ellos, les es posible optar por regresar a su estado originario. La dominación será entonces un acto de limitación, que como tal, es posible desobedecer a quien ejerce el poder de forma absoluta y sin acatar las bases convenidas, ya que antes de su existencia, el hombre es libre e igual. "Renunciar a su libertad es renunciar a su cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes. No hay compensación posible para quien renuncia a todo. Semejante renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre, y es privar de toda moralidad a sus acciones en privar a su voluntad de toda libertad. En fin, es una convención vana y contradictoria estipular por un lado una autoridad absoluta, y por otra una obediencia sin límites".11
    Enfrentado el hombre ante la naturaleza y con base a las correcciones que hace de ella, la experiencia que obtiene la traduce en un grado de perfeccionabilidad que le permite discernir sobre la necesidad del bienestar y la importancia sobre el futuro. Funda compromisos con otros hombres con los que puede establecer un incipiente bienestar común, pero a su vez, esta necesidad lo obliga a compararse, a desconfiar del prójimo; nace en él un sentimiento de egoísmo, de avaricia y de inestabilidad, por lo que irremediablemente debe asumir determinadas precauciones que le aseguren su protección.12 Es en este momento en que puede decirse que nace el hombre social, y con él comienza a introducirse una moralidad a las acciones humanas, ya no es suficiente las reglas de la bondad del derecho natural para regir a los individuos; no es posible que cada uno de ellos determine bajo sus propias dimensiones el castigo que merece su semejante o el escarmiento que se debe a sí mismo.13 Es preciso, por tanto, establecer convenciones entre los individuos que rijan las conductas de todos y que cada uno de ellos las acepte, a fin de evitar el terror del desenfreno de los actos de venganza. "En una palabra, en lugar de volver nuestras fuerzas contra nosotros mismos, reunámoslas en un poder supremo que nos gobierne según leyes sabias, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en concordia eterna".14

El estado de desigualdad
Rousseau manifiesta claramente que una de las grandes desgracias de la unión social, es la desigualdad entre los hombres. En una de sus ideas, expone: "Todos corrieron al encuentro de sus cadenas creyendo asegurar su libertad; porque con suficiente razón para sentir las ventajas de una organización política, no tenían bastante experiencia para prever sus peligros; los más capaces para presentir los abusos eran precisamente quienes contaban para aprovecharse de ellos..."15
    La desigualdad no es para Rousseau una situación innata, sino un producto de las relaciones sociales. El poder de dominación nace al momento en que algún individuo se sintió capaz de someter a otro a cambio de proporcionar a este una noción de seguridad. Resultaría ilógico que los hombres decidieran obedecer a otros si no es porque en esa convención, ellos mismos sintieran que también ganan algo. En este primer arreglo, la dominación de los hombres se justifica por la seguridad que obtienen, en tanto que quien ejerce el poder lo justifica al proporcionarles seguridad.
    Asimismo, Rousseau reconoce que hay otra desigualdad, que no es provocada por las relaciones sociales. Esta es la desigualdad natural o física que consiste en la diferencia de las edades, fuerzas del cuerpo, salud, etcétera. También, asume que las convenciones sociales pueden provocar una desigualdad, que como tal, es bien asumida en tanto que las ventajas y compensaciones sean proporcionalmente equiparadas a los sacrificios y bienes que los hombres pierden en este acuerdo.16 En consecuencia, no es la convención social que puede provocar una desigualdad retributiva la que le preocupa a Rousseau, sino será el abuso del poder y la diferencia entre el que domina y el dominado, el eje central de su discurso.
    El primer asidero de la desigualdad entre los hombres será el establecimiento de la propiedad privada que dará lugar a la división entre ricos y pobres; el segundo será el establecimiento de la "magistratura", que hará la distinción entre los poderosos y los débiles; por último, el cambio del poder legítimo al poder arbitrario, establecerá la de los señores y los esclavos.17 Los ricos, poderosos y fuertes tratarán por todos los medios que poseen de mantener las ventajas sobre el resto de los individuos. El poder que en principio fue legítimo y necesario, se convierte en tirano. Por eso crearon las leyes sobre la propiedad que les permite controlar los bienes, para que los otros sigan necesitando de su dominio. En tanto, los individuos sometidos, soportarán esta situación hasta el punto en que sea insostenible y sólo sea posible modificarla mediante las revoluciones, pues el pueblo carecerá de otros procedimientos legítimos a los que apelar, hasta que se produzca un estado de anomia completa.
    No es la alineación de las personas a un determinado orden social contra lo que se enfrenta Rousseau, sino la desigualdad y las secuelas que ella provoca, principalmente la acumulación como consecuencia de la propiedad y el despotismo como resultado del poder arbitrario.
    Para Rousseau la pregunta principal sería: ¿de qué forma es posible limitar el poder para que se ejerza legítimamente y se evite la desigualdad que provoca el abuso del mismo?
    La respuesta que proporciona está enmarcada en el presupuesto antropológico que con anterioridad se señaló y principalmente en los principios de igualdad y libertad como connaturales al ser humano.
    No obstante, Rousseau considera que el hombre social, tal como en ese momento se encuentra, no es capaz por sí mismo de asumir tales atributos, ya que no es, ni puede volver a ser, el hombre natural que los poseía, ni tampoco goza de la posibilidad de recuperarlos, sino es mediante una fuerza igual o mayor a la que se enfrenta, revolucionaria y violenta; lo que convertiría al hombre en devorador de sí mismo.
    Talmon señala al respecto que el hombre social se encuentra "siempre oscilando entre sus inclinaciones y sus deberes, ni enteramente hombre ni enteramente ciudadano, ni bueno para él mismo ni bueno para los demás, porque nunca está de acuerdo consigo mismo. La única salvación posible para esta agonía, si una vuelta al estado de naturaleza fuera imposible, sería o bien un completo abandono de sí mismo a los impulsos elementales, o bien desnaturalizar al hombre (denaturer)".18
    El hombre social, carece de un rasgo esencial para Rousseau: el sentido de pertenencia y solidaridad a una comunidad. Este hombre, aunque capaz de relacionarse, no posee el sentido del amor hacia la comunidad y a los miembros de ésta, no es apto para sentirse unido a los demás, si no es sólo para buscar su interés personal. Sus relaciones las establece por conveniencia y por lo tanto, la suerte y la desgracia del otro le son ajenas; el destino de su propia asociación le es indiferente, ya que no es capaz de percibir que el futuro de espacio social es el mismo que el suyo. La libertad y la igualdad del otro no es la suya, y por lo tanto no reconoce que al momento de que la otra persona la pierde, también la propia decae.
    Es necesario entonces una asociación en que los intereses de la comunidad primen sobre los particulares, en donde los participantes se sientan pertenecientes a ella como miembros de un cuerpo. Ese agente social y unidad mínima de la organización política ya no es el hombre, sino el ciudadano.

El ciudadano de Rousseau
Rousseau distingue entre el mero sometimiento de individuos a un amo y la asociación de éstos a un pacto. El primero, consiste en un acto de sumisión, donde sólo reina la voluntad de quien ejerce el poder, no existen bienes públicos, ni un cuerpo político; la suerte del amo es la de los súbditos. En el acto de asociación existe una manifestación de la voluntad de los individuos para reunirse y que es previo a la elección de la persona que ostentará el poder.19 El hombre reconoce que más allá de los intereses particulares de cada uno, existen intereses comunes como producto del vínculo social que hay entre ellos. Es sobre la base de ese bien común en el que la sociedad debe de ser gobernada. El pacto social no puede plantarse ya como un pacto de interés en el que los contratantes permanecen independientes entre sí en sus fines particulares, sino como una verdadera asociación civil, esto es, un cuerpo moral y colectivo compuesto de tantos miembros como tenga la asociación. Es mediante esta convención de unidad en el que puede existir una compensación satisfactoria para todos los integrantes. Cada hombre cede su libertad natural a ese cuerpo político, a cambio de recibir una libertad civil,20 asegurada y protegido mediante reglas y procedimientos iguales para todos. Al conferir esa libertad el hombre da paso al ciudadano, que como corolario es igual ante todos los demás y correspondientemente compensado en derechos, bienes y deberes. En resumen, el hombre es el productor del pacto y el ciudadano su producto, es decir, el concepto de ciudadano reemplaza el pacto de sumisión de los hombres, por el contrato social que Rousseau propone y lo resume en los siguientes términos: "Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo".21
    El Ciudadano en Rousseau es la unidad básica de organización política, mediante el que se desarrollan los otros elementos de su discurso. Estamos hablando de la voluntad general, la ley y la soberanía.

El Ciudadano como miembro de la voluntad general
El contrato social representa el acuerdo mediante el cual cada uno de los miembros de la comunidad, sin intermediación o representaciones expresan su voluntad para someterse a determinadas reglas y ceder su libertad natural para obtener determinadas compensaciones a cambio, entre ellas la seguridad, la libertad y la igualdad formal y material ante los demás miembros, en un ámbito sociojurídico. No obstante para Rousseau, este primer acuerdo sólo es el punto de partida para el resto de las convenciones sociales de la actividad política de la asociación. El consentimiento que se expresa en el pacto, se perpetua mediante la voluntad general y la arena pública es la asamblea. Cada uno de los ciudadanos tiene derecho de participar y decidir de la voluntad general, ya que entregó, al igual que los demás, su libertad natural y se encuentra desde el primer momento en las mismas condiciones de igualdad que cualquier otro miembro. La voluntad general es expresión continua del deseo de cada ciudadano de mantener las condiciones del primer pacto; es ésta el indicador de que en la conciencia social se mantiene la idea de prosperidad y de los intereses comunes, por lo que las manifestaciones de disenso entre los miembros son para Rousseau un mal presagio para la conservación de la comunidad, por lo que deben evitarse en lo posible.22
    La unanimidad ha sido uno de los puntos más criticables de su obra, ya que se ha calificado como argumento de justificación para los regímenes totalitarios. Talmon al respecto advierte: "Rousseau coloca al pueblo en lugar del déspota fisiócrata ilustrado. Considera también los intereses parciales como los mayores enemigos de la armonía social. Semejante al caso de los utilitarios racionalistas, el individuo es aquí el vehículo de la uniformidad", y más adelante señala: "...en la esperanza de la unanimidad está implícita la dictadura, como la historia lo ha demostrado muchas veces".23
    No obstante, la lectura que se haga de Rousseau puede ser matizada de acuerdo a los elementos que giran en torno a la voluntad general y a la unanimidad. Como se verá más adelante, el ciudadano no es un hombre uniforme, sino un producto histórico y cultural de una comunidad determinada, que como tal adquiere determinados hábitos, costumbres y reglas que comparten los demás miembros y que idealmente deben expresarse también en las leyes que los rigen, por lo que las decisiones que se tomen irán encaminadas a la unanimidad. Asimismo, Rousseau argumenta que "cuanto más se acercan las opiniones a la unanimidad, más dominante es también la voluntad general...", por lo que la unanimidad no es un requisito sine qua non, sino un modelo teórico de la asociación política. En esta lectura coincide Rodríguez Uribes al señalar que una cierta homogeneidad o vertebración social, no significa uniformidad, sino simplemente la existencia de proyectos comunes que faciliten la integración.24 Asimismo, Carracedo Rubio señala: "la unanimidad de la propuesta no es un criterio seguro si no se trata de unanimidad consciente y crítica; es más, puede ser señal de que los ciudadanos, caídos en la servidumbre, carecen de libertad y de voluntad. Entonces el temor y la adulación truecan los sufragios en aclamaciones; no se delibera, se adora o se maldice. Por tanto, la asamblea pública ha de ser transparente y ha de tomar disposiciones cautelares para evitar la constitución de grupos de interés o de presión (y todo partido o asociación lo es en potencia), de modo que la deliberación sea una discusión auténtica de opiniones, y no una negociación de intereses camuflados".25
    La voluntad general, estará presente en el discurso de Rousseau, como expresión de la participación política de los ciudadanos, como elemento de legitimación del poder y principalmente como manifestación del principio de igualdad.

El Ciudadano como elemento legitimador de la ley
La concreción de la voluntad general se expresa en la ley. Es en el espacio que proporciona ésta en donde es posible la libertad de los ciudadanos, ya que ella fija las reglas a las que han de someterse todos bajo igual consideración e igual libertad. El ciudadano es en un primer momento el creador de la ley; y en un segundo término el receptor de la misma. Este doble carácter es fundamental para el arreglo democrático y limitador del poder que proporciona la voluntad general, ya que garantiza que los ciudadanos sean los responsables de establecer las bases de su convivencia y se evite las leyes injustas y desproporcionadas, al ser ellos los receptores de las mismas. Para Rousseau la ley es un acto de la voluntad general, en la que ni el príncipe puede estar por encima de ella, ya que también se considera miembro de la comunidad, ni puede ser injusta, ya que nadie podría ser injusto consigo mismo.26 Al ser la voluntad general quien consuma las leyes, es ésta la que también puede modificarlas, incluso las más adecuadas, ya que no reina para Rousseau más principios que los que derivan de la voluntad general, en tanto que la igualdad y la libertad son consecuencia de ella. Las leyes son entonces las condiciones necesarias de la asociación civil, sin las cuales sería imposible las relaciones entre los ciudadanos y la existencia del principio de igualdad y de libertad civil. Philip Pettit señala que "La solución de Rousseau es exigir de la ley su versión de la restricción democrática: que, en condiciones de plena participación, sea vista como dimanante de la voluntad general".27
    Sin embargo, Rousseau infringe el principio de la voluntad general al introducir la figura del legislador como artífice de la ley y sabio interprete de la voluntad general. Si para él no cabía en un primer momento la representación de los intereses ciudadanos en la actividad pública, sino sólo la democracia directa como forma de manifestación pública;28 en el caso de la creación de la ley el legislador es patente y representa el ideal profético de una persona que de forma omnisciente conoce las necesidades, intereses y planes de los miembros de la comunidad para legislar de acuerdo a ello,29 situación que resulta a todas luces contradictoria con la representación directa que ofrecía en la idea de la voluntad general y con los principios de igualdad y libertad.
    Pese a ello, el carácter legitimador de la ley ante los ciudadanos se sostiene en su vertiente de la aceptación popular, es decir, en el reconocimiento que los miembros del pacto social hacen de la ley para que sea acorde a la voluntad popular. "Quien redacta las leyes no tiene, pues, ni debe tener, ningún derecho legislativo, y el pueblo mismo no puede, aunque quiera, despojarse de este derecho intransferible; porque según el pacto fundamental sólo la voluntad general obliga a los particulares, y nunca se puede asegurar que una voluntad particular es conforme a la voluntad general hasta después de haberla sometido a los sufragios libres del pueblo..."30

El Ciudadano como soberano y súbdito
El significado de la soberanía a la que alude Rousseau, se encuentra implícito en el concepto de ciudadano, ya que asume el papel de súbdito y soberano como una correlación indispensable, de tal modo que se garantiza que los actos de poder que se ejecutan desde el soberano sean los que los súbditos desean recibir. Esta dualidad del ciudadano representa un equilibrio entre el sometimiento del poder y la libertad de cada individuo. La unión de los ciudadanos forma un cuerpo moral que como tal trabaja como una maquinaria, en que todas las partes de ella son indispensables y cualquier acto que lesione injustificadamente a uno de ellos es inaceptable, en tanto que iría en contra del principio de igualdad al distinguir agresiones a determinados individuos.31 Carracedo indica: "el acto de asociación convierte a todos los asociados en soberanos desde una doble relación: como miembros del Soberano respecto a los demás asociados, y como miembros del Estado, respecto del Soberano".32
    Si en principio Rousseau había establecido que el soberano forma parte del cuerpo social y en particular personifica el deseo de la voluntad general, vista como una democracia directa, en la construcción discursiva del Proyecto de Constitución para Córcega y en las Consideraciones sobre el gobierno de Polonia y su proyecto de reforma, establecerá implícitamente un sistema aristocrático de gobierno; no obstante, lo que interesa resaltar es que mediante el principio de unidad e igualdad de los ciudadanos, manifestado en la voluntad general, el autor establece el límite del poder y su legitimación, ya que los ciudadanos no están obligados a obedecer un gobierno arbitrario, si no sólo a aquel que se conduzca bajo los contenidos de esa voluntad general. En resumen, el objetivo del proyecto político de Rousseau es formular una teoría del gobierno legítimo en las coordenadas de la voluntad general.

La igualdad como valor primordial del concepto de Ciudadano
En las anteriores distinciones sobre la voluntad general, la ley y la soberanía, se encuentra implícito, más que el ejercicio de la libertad, el sentido de que sólo bajo el principio de igualdad es posible sostener una asociación que beneficie a toda la comunidad. El presupuesto antropológico que desarrolla Rousseau sobre el hombre natural, servirá de plataforma para desarrollar la idea de igualdad. Sin esta referencia teórica no es posible comprender la finalidad de sustituir al hombre por el ciudadano y la tarea esencial que tiene éste dentro de la organización política. Rousseau fecunda la idea de que si ya no es posible regresar a la igualdad natural que poseía el hombre, sí lo es crear una nueva figura que asuma la igualdad como parte esencial de su identidad. Este contenido de igualdad es subsumido por el ciudadano como una de sus cualidades más próximas y necesarias, que se irradia por elementos internos y externos a su persona. En la perspectiva interna, el ciudadano es un agente que refleja en el otro sus cualidades y desgracias propias; los compromisos mutuos que existen entre ellos sirven de punto de partida para considerarse iguales en derechos y obligaciones; en tanto que la creación del pacto social es la punta de lanza para que cada uno de los participantes se encuentre en una posición de iguales ventajas y cesiones, es decir, cada ciudadano se considera igual al haber cedido en el acto de asociación, la misma libertad natural que poseían y al recibir en compensación una idéntica libertad civil.
    Con todo, es en la consecución de la voluntad general en el que los ciudadanos expresan de forma contundente la intención de vivir en una organización igualitaria, al considerarse que cada una de las opiniones valen por igual y no pueden ser sustituidas. Asimismo, es mediante esta en la que los elementos externos se producen para propiciar mayor igualdad. Estos elementos son: la educación pública y los componentes simbólicos que facilitan el amor a la patria para convertir al ciudadano en un ser virtuoso. Es decir, los productos del acervo interno de la igualdad en los ciudadanos y que se dimensiona en la voluntad general, se reflejan en las acciones de la educación y políticas públicas para acrecentar el amor a la patria, que a su vez garantiza que en los ciudadanos seguirán manteniéndose la idea de igualdad y libertad como criterios rectores de su convivencia.
    La igualdad se forma en el ciudadano como el instrumento más eficaz para vencer los obstáculos que el desarrollo del hombre ha propiciado. Principalmente se enfrenta a la desigualdad entre los hombres, para reivindicar en el ser humano las cualidades más semejantes a las que poseía como hombre natural y que las diferencias sociales sepultaban. Por eso, la igualdad para Rousseau no sólo es formal en cuanto a igualdad, considerada ante la ley, el poder y los demás ciudadanos; sino, además, es una igualdad real o material tendiente a abreviar las diferencias, principalmente económicas, que existen entre ellos.
    Como igualdad material debe de entenderse las acciones positivas para que "ningún ciudadano sea lo bastante opulento para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre para ser constreñido a venderse".33 En el caso de la ley, ésta no puede desarrollarse si no es en un ámbito de relativa igualdad social de los receptores, pues de lo contrario "son igualmente impotentes ante los tesoros del rico y ante la miseria del pobre".34 Esta idea se concretará específicamente en el Proyecto de Constitución para Córcega y en las Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia y su proyecto de reforma.35
    La apuesta de Rousseau al contrato social es el de ser un instrumento que asegura la libertad de los integrantes en un marco de igualdad, donde el ciudadano es la unidad política que la garantiza, en un sinfín entre los elementos internos de su comportamiento igualitario y los elementos externos que reactivan a los primeros.
    Estos elementos externos tienen una función preponderante en la organización política, ya que pueden interpretarse en el individuo y se encuentra patente el riesgo de volver a un estado de desigualdad, por lo que es necesario inculcar en él valores que por sí sólo no podría conseguir. El ciudadano, no es tanto un agente histórico, sino cultural y como tal, es necesario promover en él la virtud que carece como hombre social y que puede definirse como "la conformidad de la voluntad general con la voluntad particular",36 es decir, la virtud media para que los actos del ciudadano que como agente particular puede realizar, no vayan en contra o se no opongan a los intereses de la comunidad.
    La patria es la madre de los ciudadanos a quien le deben amor y lealtad, en tanto que la educación pública es la que se encargará de enseñar a los ciudadanos los deberes que como tales tienen ante la patria; al igual que inspirar en ellos un sentimiento de austeridad en su vida pública como ingrediente fundamental para aminorar las desigualdades sociales. Mediante estos dos medios Rousseau propone crear ciudadanos virtuosos. El fin principal es sustituir el amor propio de los individuos como agentes aislados, al amor hacia la comunidad, que puede traducirse en nuestros términos al concepto de solidaridad.37
    Sin embargo, no basta que los ciudadanos se sientan comprometidos ante los demás por el pacto originario que los unió, ni siquiera por las leyes que tienen en común, ya que es preciso también que dentro de esa comunidad exista un bagaje cultural común, una serie de costumbres y tradiciones que forme un lenguaje compartido para facilitar su convivencia. La existencia de ese background (trasfondo) social es fundamental para que las leyes y los actos que dicte la voluntad general tengan verdadera eficacia. Rousseau advierte: "cuanto menos relación tengan las voluntades con la voluntad general, es decir, las costumbres con las leyes, más debe aumentar la fuerza represiva".38
    De tal modo, el espíritu de un pueblo está esencialmente en las costumbres que lo unen, en aquellas leyes no escritas y que se encuentran en los corazones de los ciudadanos, por lo que la educación pública que promueve el amor a la patria, también realiza este cometido.
    Talmon señala que para Rousseau "La aspiración es entrenar a los hombres para que lleven con docilidad el ‘yugo de la felicidad pública’; de hecho, crear un nuevo tipo de hombre, una criatura puramente política, sin lealtades particulares ni sociales, sin intereses parciales".39 En la lectura que hace Talmon en su obra Los orígenes de la democracia totalitaria, concluye que los argumentos utilizados por Rousseau, llevan implícitamente la razón de la tiranía, principalmente al desposeer al ciudadano de su autonomía individual para elegir libremente su proyecto de vida, ya que los intereses generales priman sobre los individuales, lo que significa una restricción al concepto de libertad. No obstante, para Carracedo el concepto rousseauniano sobre el ciudadano rompe precisamente el enfoque atomista, de modo que supone, en la arena donde se manifiesta la voluntad general, "un consenso democrático en la deliberación pública" para determinar los fines que se han de perseguir colectivamente y que precisamente da sentido al pacto social.40
    Sin embargo, es cierto que el concepto de ciudadanía de Rousseau excluye otras posibilidades en una organización política. Una de las más fuertes exclusiones es respecto de los extranjeros, que como tales no tienen lugar en el contrato social. En reiteradas ocasiones Rousseau señala que si bien para los integrantes de una comunidad es segura la organización política basada en el contrato social, para los extranjeros lo es al contrario. Esta aseveración es completamente congruente con la forma de creación del ciudadano, debido a que éste nace de un contrato en el que sólo y exclusivamente sus participantes les afecta las cláusulas del mismo, de tal modo que no puede extenderse a aquellos que no lo hayan aceptado.41
    Asimismo, en caso de existir oponentes al contrato social al momento de su fundación, no significa que con ello se invalide el pacto, sino que aquellos que lo hayan rechazado no estarán comprendidos en él y serán tratados como extranjeros.42 Esta objeción inicial, se conjunta con un segundo obstáculo que es la incompatibilidad cultural para aquellos que si bien han aceptado el pacto, no han desarrollado un sentido de pertenencia a la comunidad. Estas personas son para Rousseau un peligro para la continuidad del Estado, ya que carecen de virtud para que su voluntad particular se armonice con la voluntad general, lo que provoca enfrentamientos que agravan la unidad entre los ciudadanos. En el capítulo VIII de El contrato social, referente a la religión civil, Rousseau advierte: "Hay por tanto una profesión de fe puramente civil cuyos artículos corresponden al soberano fijar, no precisamente como dogmas e religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano ni súbdito fiel. Sin poder obligar a nadie a creer en ellos, puede desterrar del Estado a todo el que no los crea; puede desterrarlo no como impío, sino como a insociable, como incapaz de amar sinceramente las leyes, la justicia, y de inmolar en la necesidad su vida a su deber".43

Consideraciones finales
El concepto de Ciudadano entraña una unidad indivisible entre las características culturales de la comunidad con la organización política, por lo que resulta impensable que un individuo que no comparte determinados rasgos de identidad sea miembro de ese cuerpo moral.44 La idea de un pueblo queda, naturalmente, restringida a los que se adhieren con la voluntad general y con el interés general, por lo que los que están fuera no son realmente de la nación, sino extranjeros.
    Al preferir el sentido de pertenencia de los ciudadanos a una comunidad como fundamento principal para el desarrollo del principio de igualdad formal y material, de libertad civil y de limitación del poder, Rousseau abdica a una teoría del derecho internacional que pudiera abarcar derechos y obligaciones fuera del ámbito estatal; sin embargo, puede justificarse que éste era el mal menor ante la situación sociopolítica de su tiempo y principalmente ante la imposibilidad de encontrar una solución mejor para aminorar la desigualdad imperante. Al respecto Rodríguez Uribes señala que Rousseau "No conoce la respuesta universalmente válida, pero sí aquella que él considera más aceptable. De esta manera el mejor gobierno será aquel, para el ginebrino, que mejor promueva y satisfaga el bienestar de la nación en su conjunto y, sobre todo, de la mayoría, el llamado bienestar general, así como el que otorgue o conceda más libertad".45
    El sistema de organización política basado en el ciudadano austero y fiel a la comunidad no puede considerarse de manera literal como una excusa para los regímenes totalitarios; los valores que adhiere al individuo como un agente protagonizador de la actividad pública prevalecen sobre aquellos factores que restringen su libertad ante el interés común. La unidad y la igualdad entre los ciudadanos como elemento básico del contrato social, llenan de contenido al sistema democrático de nuestro tiempo y principalmente al concepto de solidaridad que las sociedades occidentales proponen. Esta postura, puede considerarse como fundamento para la reinterpretación de los alcances que debe tener cada individuo como parte integrante de un estado de derecho, que garantiza la participación democrática y da pauta para el debate ante el progresivo desaliento de la ciudadanía de nuestras democracias.
    Del mismo modo, el vinculo de la ciudadanía con las decisiones políticas, garantiza que el poder se ejerza de forma legítima. El consenso de ciudadanos, dentro de la esfera de la voluntad pública, representa un proceso de legitimación del acto de gobierno desde su creación hasta su puesta en marcha. En el caso de la ley es claro que para que ésta goce de validez es necesario que recurra a la aceptación de los ciudadanos, lo que no sería posible si los ciudadanos primeramente no tuvieran determinadas cualidades que los hiciera interesarse por la vida pública.
    A modo de conclusión, Rousseau expone una teoría de la justicia, con base en el hombre presocial, caracterizado por su igualdad y libertad natural que es despojada al establecerse las relaciones sociales. Ante ello, el contrato social fungirá como el instrumento de reivindicación de la igualdad y libertad en una ámbito político, donde ahora el ciudadano como unidad básica de la organización será un agente participativo y substancial en la actividad política; así como un promotor de mayor igualdad y libertad en razón de la formación de la virtud en él. Mediante este círculo discursivo, Rousseau crea una teoría normativa centrada en los valores de libertad e igualdad, extendida ésta última hasta su dimensión socioeconómica, que funge como criterio de legitimación del poder y como principio orientador de la actividad estatal. Teoría que es paradójica ante el pensamiento liberal e individual ilustrado y que abre un espacio de discusión en nuestro tiempo para replantearse el papel del ciudadano en la actividad estatal; la situación sociopolítica que tendrá el individuo ante el creciente flujo migratorio y los principios de exclusión del extranjero; y la relación que existirá entre los intereses de una comunidad en contraposición con los del individuo.

Notas
1. Es preciso aclarar que el vocablo "hombre" se utiliza en los términos en los que lo hacía Rousseau y no de forma discriminatoria.
2. Rousseau, J-J. Del Contrato social. Discurso sobre las ciencias y las artes. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. (Traducción de Mauro Armiño). Alianza Editorial. Madrid, 2000. p. 27.
3. Idem. p. 261.
4. Idem. p. 242.
5. Idem. p. 260.
6. Idem. p. 247.
7. Idem. pp. 249-260.
8. Idem. p. 225.
9. Starobinski, J. Jean-Jacques Rousseau. La transparencia y el olvido. (Traducción de Santiago González Noriega). Ed. Taurus. Madrid, 1983. p. 32.
10. Idem. p. 22.
11. Rousseau, J-J. Idem. p. 33.
12. Idem. p. 278.
13. Idem. p. 285.
14. Ibídem.
15. Idem. p. 294.
16. Idem. p. 232.
17. Idem. p. 307.
18. Talmon, J. L. Los orígenes de la democracia totalitaria. (Traducción de Manuel Cárdenas Iracheta). Ed. Aguilar. México, DF, 1956. p. 42.
19. Rousseau, J-J. Idem. p. 37.
20. Idem. p. 44.
21. Idem. p. 39.
22. Ver Idem. p. 42: "...quien rehuse obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo: lo cual no significa sino que se le forzará a ser libre; porque ésa es la condición que, dando cada ciudadano a la patria, le garantiza de toda dependencia personal; condición que constituye el artificio y el juego de la máquina política, y la única que hace legítimo los compromisos civiles, que eso serían absurdos y tiránicos y estarían sometidos a los abusos más enormes".
23. Talmon, J. L. Idem. p. 50.
24. Rodríguez Uribes, J. M. Sobre la democracia de Jean-Jacques Rousseau. Ed. Dykinson. Madrid, 1999. p. 53. [Cuadernos "Bartolomé de las Casas"].
25. Rubio Carracedo, J. ¿Democracia o representación? Poder y legitimidad en Rousseau. Centro de Estudios Constitucionales. Madrid, 1990. p. 72.
26. Rousseau, J-J. Idem. p. 62.
27. Pettit, P. Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno, (Traducción de Toni Doménech). Ed. Paidós. Barcelona, 1999. p. 327.
28. Cabe aclarar que Rousseau matizará su idea sobre la democracia directa, principalmente en las "Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia y su proyecto de reforma", ver por ejemplo: Rodríguez, J. M.: Sobre la democracia de Jean-Jacques Rousseau. Ed. Dykinson. Madrid, 1999. p. 41. [Cuadernos "Bartolomé de las Casas"].
29. Rousseau, J-J. Idem. p. 64.
30. Idem. p. 65.
31. Idem. p. 56.
32. Rubio Carracedo, J. Idem. 63.
33. Rousseau, J-J. Idem. 76.
34. ___________. Discurso sobre la Economía política. (Traducción de José E. Candela). Ed. Tecnos. Madrid, 1985. p. 28.
35. ___________. Proyecto de Constitución para Córcega. Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia y su proyecto de reforma. Ed. Tecnos. Madrid, 1998. pp. 14 y 67.
36. ___________. Discurso sobre la Economía... Idem. p. 19.
37. ___________. Proyecto de Constitución para Córcega. Consideraciones... Ibid. pp. 17, 68 y 69.
38. ___________. Del Contrato social. Discurso... Ibid. p. 84.
39. Talmon, J. L. Los orígenes... Idem. p. 46.
40. Rubio Carracedo, J. ¿Democracia o representación?... Ibid. p. 191.
41. Rousseau, J-J. Discurso sobre... Ibid. p. 10.
42. ___________. Del Contrato social... Idem. p. 132.
43. ___________. Idem. p. 164.
44. Es relevante que Rousseau, el paseante solitario, desestime la posición de los extranjeros en la organización política cuando él mismo tuvo esta calidad durante muchos años de su vida.
45. Rodríguez Uribes, J. M. Sobre la democracia... Idem. p. 45.

Bibliografía
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___________. Discurso sobre la Economía política. (Traducción de José E. Candela). Ed. Tecnos. Madrid, 1985.
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