Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

15

(quince)

SECCIÓN

páginas

de la 11 a la 12 de 144

... nosotros los profes

Guadalajara, México - Junio de 2001

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La docencia y la sensibilidad

Manuel Huerta Wilde*

* Médico psiquiatra, labora en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Profesor de la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ).

El maestro en el aula ha sido privilegiado, a través de múltiples técnicas pedagógicas, tiene un arsenal de recursos, estrategias, y formas de enseñar; el maestro expone brillantemente su tema, hace gala de sus habilidades docentes, escribe en el pizarrón, pone en práctica una serie de actividades pedagógicas... pero el alumno está mirando a través de la ventana, dejando escapar su espíritu de ese encierro forzado, otros tienen la mirada fija en el vacío aparente, o quizá hacen figuras con un trozo de papel, en un intento vano de armar su propia vida.

No se puede negar que ha habido muchas formas de ayudar al maestro en la realización de su práctica docente, pero ¿quién ayuda al alumno a desentramar su mundo interior, quién logra acompañar al estudiante en esos viajes interiores en los que la soledad es la eterna compañía...? Un alumno que llega a la escuela con bloqueos emocionales, laceraciones íntimas y heridas de sus vivencias escolares anteriores, en muchas ocasiones, provocadas por "expertos" maestros.

¿Está el alumno dispuesto a asimilar todo lo que escucha? El maestro conocedor de la materia es, en muchos casos, un emisor de la información, él sabe lo que dice, es dueño de la materia, es autoridad en su pequeño espacio, pero poco atiende a la actitud receptiva del alumno, poco sabe de la disponibilidad de su sensación, de la amalgama de emociones que se multiplican en el interior del estudiante hasta llenarlo de todas las angustias, gigantes que devoran la energía del joven sin dejar espacio para lo que el maestro pretende enseñar.

¿Quién sabe lo que siente el alumno? Los grupos de clase en las escuelas se han conformado de forma muy heterogénea, no tanto en su información, la que puede tener comunes denominadores, como parte de la formación previa y del examen de admisión que agrupa por niveles de conocimientos a los estudiantes, no así en el área de su formación, los estudiantes vienen de tipos diferentes de familias, algunas muy disfuncionales que dejan profunda huella en ellos, con poca capacidad de concentración, muy distraídos, con reducida capacidad de captación, otros, con profundos resentimientos por las condiciones familiares, personales o sociales por las que han atravesado, pocos, muy pocos en el estado óptimo que les posibilita el aprendizaje en la escuela. De ahí la importancia, que el maestro conozca la sensibilidad que presenta el alumno, sus necesidades, características, pero sobre todo, de ese su mundo interior que envuelve al estudiante hasta, en ocasiones, asfixiarlo sin más vida que su propia soledad.

La sensibilidad, en el campo de la sensación es la percepción psicológica de un estímulo. Es la capacidad de vibrar de emocionarse, de resonar y reaccionar, y que toca a la persona emocionalmente. La vivencia psicológica que está presente, pone la mente en contacto con el mundo exterior, pero, en muchas ocasiones, se da la vivencia de la información interior, que está formada por la historia personal desde el nacimiento y se logra por la suma de los impactos negativos y positivos que quedan grabados en la sensibilidad, como cintas magnéticas, experiencias que nos hacen reaccionar de una determinada manera frente al vivir cotidiano.

Con frecuencia se forman quistes dolorosos del pasado dentro de nuestro cuerpo, en nuestro espíritu que, al ser estimulados, reaccionan en forma exagerada con agresiones o inhibiendo la respuesta en forma pasiva, y esta es la forma en la que algunos alumnos responden frente a la información escolar, frente a la educación, a esas estrategias que el maestro ha implementado como parte de su programa de trabajo, pero que no darán el resultado deseado, no porque les falte ciencia, no porque les falte sustento pedagógico, sino porque el alumno ha sido lastimado más allá de su capacidad de equilibrio y su actitud de defensa ante las agresiones vividas, bloqueará toda posibilidad de respuesta. Entonces, el maestro debe saber qué pasa dentro de sus alumnos para saber el impacto de la información recibida, para saber que deberá sortear, cómo podrá enfrentar el reto que cada alumno le presenta. Actualmente, las acciones desarrolladas se han quedado mucho más en el nivel cognoscitivo, evaluaciones en donde lo único que se explora es el nivel de la memoria, de la capacidad de retención momentánea, aunque se ha querido ir más allá, poco se explora realmente el fondo de la conducta de los estudiantes.

En el mejor de los casos, hay alumnos que vierten en un examen lo enseñado, hay otros que hacen gala de memorización o del aprendizaje de las formas de respuesta que el maestro espera, pero esto no se transfiere como una experiencia de aprendizaje. El ser humano es mucho más que mente, pero con frecuencia a la escuela sólo le importa la información, las formas de aprendizaje de las condiciones impuestas, y poco va en el camino de la construcción de la formación integral de la persona.

Debemos tener presente que, un muchacho primero se presenta al salón de clases sintiendo y después pensando. Es, por tanto, primero un sujeto emocional que puede dar paso al cognoscente. Entonces, lo importante es cómo el alumno toma conciencia de sus aprendizajes, cómo participa en la construcción de su proceso de conocimiento, cómo maneja y aplica la información; no debemos olvidar que el pensamiento del hombre no tiene una dimensión definida, ni tiempo, ni espacio. Podemos pensar en cualquier pasado o futuro, en la dimensión que se quiera, porque el querer tampoco tiene dimensión. Se puede querer todo. Y bajo esta perspectiva el pasado del estudiante, al ser recordado es parte de su presente y, por consiguiente, de su futuro. Las acciones que lo marcaron de dolor en el pasado son revividas cada día hasta que pueda, en su propio tiempo y espacio, dejar esas experiencias en su pasado.

La sensación, lo que siente, está pegado al cuerpo y al sistema nervioso del "ahora" , por tanto, nunca sentimos otra vez lo que sentimos ahora, podemos sentir diferente, similar, casi igual, pero nunca igual; el ahora está ligado al tiempo presente y en él sólo hacemos lo que podemos, y el qué puedo hacer, es tomar conciencia de nuestra capacidad. Nunca podemos repetir una experiencia sentida de la misma manera, pero si quedar atrapados en el recuerdo de esa sensación. Así que mientras el maestro no tome conciencia de que está actuando en un tiempo presente y no haga sentir al alumno que, donde está ubicado oyendo, lo que oye en el hoy, y en el ahora, no podrá converger en el tiempo, ni en el espacio del estudiante.

El alumno puede estar en el presente de la clase, porque en cada instante lo aprende o lo pierde; y, generalmente, se ha hecho un técnico en perder el tiempo.

Por eso el maestro debe ubicarse en el aquí y el ahora, y hacer sentir al grupo una presencia real. Establecer, de alguna manera, las reglas de comunicación entre él y el grupo, que los estudiantes sientan que están aquí, y entonces, es cuando se puede iniciar la clase compartiendo en el grupo lo que sintieron: ¿Qué pasó en mí durante este tiempo de clases?, ¿se me abrieron luces nuevas?, ¿qué me quedó de nuevo?, ¿qué cosas ya sabía, pero que con el nuevo aprendizaje tomaron relieve?, entonces es cuando los estudiante y el maestro podrán compartir las reflexiones acerca de ¿qué me llevo hoy? Es la invitación al alumno a que, sin desprenderse del presente, tenga todo el pensamiento atento para describir la sensación, con el objeto de integrar la información para sí mismo.

El maestro, por tanto, debe ser el propiciador del proceso que se da en el alumno, en la sensación que está viviendo.

Cuánto se ha perdido, con mucha frecuencia, cuando se pretende utilizar para la clase, el pensamiento sin considerar la relevancia de las emociones, y esto ha provocado que el alumno divague en la fantasía y se salga mentalmente del salón; tiempos perdidos, esfuerzos vanos, un trabajo docente que ha sido desperdiciado y que deja dos perdedores: maestro y alumno. Así, hay que enseñar, qué es en lo que siente el alumno, lo que lo hace individual, lo que lo hace humano, lo que lo hace pensante, porque, cuando se piensa lo que se siente se inventa, en cambio, cuando se siente lo que se piensa, se está en la realidad y en ella, se podrán construir todos los aprendizajes que a la educación integral le son indispensables.

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