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Naturalistas en la escuela

María E. Fors*
* Licenciada en Pedagogía por la Escuela Normal Superior de Guanajuato; cuenta con formación psicoanalítica con el Dr. Raúl Páramo Ortega. Es presidente de la Asociación Civil SIGNOS (secundaria y bachillerato). Correo Electrónico: mariaefors@hotmail.com

"Las construcciones intelectuales de la ciencia son hoy para los jóvenes
un reino ultraterreno de artificiosas abstracciones que tratan de aferrar
en sus pálidas manos la sangre y la savia de la vida real sin conseguirlo jamás".
Weber, 1994.

Introducción
Hace casi doce años, cuando iniciamos la secundaria en SIGNOS,1 algunos alumnos pidieron con cierto fervor que tuviéramos en la escuela un taller de Cría de Animales. Poco después, decidimos responder a este interés, pero la falta de organización de la escuela que iniciaba, amenazaba en convertir a nuestra joven institución en algo así como un ‘zoológico’ silvestre donde en cualquier momento se podía escapar un animal y aparecer en el salón de clases o, en el mejor de los casos en el patio, como sucedió la primera vez que se escapó Florinda, la serpiente de agua.
    Al cabo de cuatro meses hablamos con los alumnos explicándoles porqué cerraríamos el taller en el segundo semestre. Lo que les expusimos fue bastante razonable, por lo que no hubo gran discusión al respecto. De cualquier manera, quedaba abierta la posibilidad de reiniciar uno en cuanto la planeación y organización fueran adecuadas. Pasaron tres años y medio sin que hubiera un taller así en SIGNOS y aunque no dejábamos de recordar anécdotas,2 no hacíamos gran cosa por retomarlo. Sin embargo, no dejábamos de pensar en la importancia de no olvidar la experiencia vivida, y mantener las puertas abiertas para volver a abrir el taller en cuanto fuera posible para rescatar las intuiciones valiosas que teníamos y trabajar sobre ellas.
    ¿Cuáles fueron esas intuiciones gratas y enriquecedoras que surgieron en nosotros a través de las experiencias vividas con los alumnos en el taller? Fácilmente podemos recordar las caras expresivas de los alumnos cuando estaban con los animales, o cuando les preparaban la pecera o el terrario. El interés, la atención, el cuidado, las ‘ganas’ que ponían en estas labores, no las habíamos visto en otras actividades de la escuela. Había interés en traer a los animales y prepararles su nuevo ‘hogar’; también lo había en estar con ellos y si el caso lo permitía, acariciarlos y traerlos consigo. Les llamaba sobremanera la atención sus rituales, sus costumbres y, de manera muy especial, el hecho de que tuvieran descendencia.
    Tres años y medio después iniciamos otro taller en SIGNOS que si bien no era de Cría de Animales, pretendía recuperar en lo posible la experiencia y las intuiciones vividas en ese taller, además de incluir nuevas expectativas y algunos logros surgidos del camino andado. Así inició el Taller de Naturalistas en SIGNOS.3

La Historia Natural
¿Rescatar la Historia Natural? Sí, este fue el punto de partida de nuestra propuesta al iniciar el taller. Habiendo aclarado el objetivo que pretendíamos alcanzar en el Taller de Naturalistas,4 resultó necesario profundizar en esos momentos de la historia de la ciencia en los cuales el conocimiento de la naturaleza era una verdadera pasión para los hombres y, sobre todo, era accesible. Se observaba, se caminaba por la naturaleza, se describía, se dibujaba, se colectaban ejemplares y se clasificaban. Se tenía aún la posibilidad de mantener la vista fija en la totalidad de la naturaleza. Cualquier cosa menos esto es la ciencia en la mayoría de las escuelas hoy en día. Max Weber (1994) lo diagnostica al afirmar: "En los círculos juveniles está muy extendida la idea de que la ciencia se ha convertido en una operación de cálculo que se lleva a efecto en los laboratorios o en los archivos estadísticos con el frío entendimiento, y no con toda el alma".
    Resulta paradójico afirmar que los jóvenes han perdido contacto con el espíritu científico en una época tantas veces nombrada la época científica de la humanidad. Expondremos a continuación algunas razones que nos llevan a hacerlo. Entre otras cosas, esto se debe a una confusión. No podemos negar que muchas de las consecuencias prácticas de los descubrimientos científicos revolucionan y rigen nuestra vida. Entran en los hogares, en la calle, en las escuelas, en la vida cultural en general. Pero aquí estamos hablando de técnica y no de ciencia, estamos hablando de una cultura trastocada, entre otras cosas, por la aplicación de la ciencia, y no de la posibilidad de una cultura transformada por un espíritu científico. Rescatar a la Historia Natural de las bibliotecas y llevarla al salón de clases, es poner a disposición de los alumnos una ciencia que no ha sido confundida aún con la técnica, una ciencia que logra, como dice Humboldt, "ser la conservación y documentación del detalle en la multiplicidad" (citado por Biermann, 1990).5
    Para empezar es necesario rescatar la posibilidad de nombrar la naturaleza. Foucault (1989) hace referencia a esta posibilidad que trajo consigo la Historia Natural. Ésta surge en la historia del hombre como "espacio abierto en la representación por un análisis que se anticipa a la posibilidad de nombrar; es la posibilidad de ver lo que se podrá decir". La Historia ya puede ser también Natural.6 Sin embargo, hoy en día en las escuelas, el lugar ‘oficial’ del aprendizaje, los alumnos poco pueden comprender del mundo natural, poco pueden verdaderamente nombrar. No hay espacio para lo que ellos quieren nombrar; los nombres se reciben desde ‘arriba’, desde el lugar en donde la ciencia permanece. Lejos, "como un asunto misterioso, cultivada por un tipo especial de ‘sacerdocio’ y custodiada por una jerga incomprensible" (Bates, 1990). Qué diferente aquello que decía Humboldt acerca del lenguaje científico que utilizó al escribir su gran obra Kosmos: "Me complazco en pensar que los temas científicos puedan tratarse en un lenguaje digno, grave y animado a la vez, y que aquellos que se ven encerrados dentro de los estrechos límites de la vida ordinaria y han permanecido mucho tiempo ajenos a una comunión íntima con la naturaleza pueden de esta manera desplegar ante sus ojos las fuentes más ricas de goce mediante las cuales se vigoriza la mente, adquiriendo nuevas ideas". Los maestros y alumnos de muchas escuelas estamos ‘encerrados dentro de los estrechos límites de la vida ordinaria’ y hemos permanecido ‘mucho tiempo ajenos a una comunión íntima con la naturaleza’. En lugar de ofrecer a nuestros alumnos libros, relatos y dibujos de los grandes naturalistas de ayer y de hoy, ponemos en sus manos el lenguaje de los libros de texto de Ciencias Naturales, en el mejor de los casos acompañados por una o varias sesiones en el laboratorio de la escuela, según los recursos lo permitan o no.
    Abrir las puertas de las escuelas a la Historia Natural es abrirlas al área de la ciencia que nos incumbe a todos, dado que el conocimiento es incumbencia, derecho y necesidad de todo hombre y de toda mujer. Es el área de la ciencia que no ha progresado aún al nivel que solamente puede ser alcanzado por especialistas entrenados en el pensamiento simbólico que le es propio. Es el área de la observación, de la curiosidad, del nombrar, del decir, del caminar, del colectar. La ciencia se ha definido como conocimiento sistematizado y organizado. Pero, ¿qué se sistematiza y se organiza desde los libros de texto de Ciencias Naturales? ¿En dónde están los ejemplares colectados, las excursiones, la observación directa de la naturaleza? ¿Por qué se llega a convertir en inaccesible esta posibilidad en la escuela?
    Rescatar a la Historia Natural, no es traernos el pasado a las escuelas y quedarnos ahí. Es abrirnos a él, tomarlo como punto de partida y desde ahí caminar en la construcción de un espíritu científico para que éste pueda llegar a ser posesión personal de maestros y alumnos. Bachelard (1988) nos exhorta a ello: "Es preciso que prestemos atención a la transmisión de la ciencia de una generación a otra, a la formación del espíritu científico en la psique humana (...) al poder humanizante del pensamiento científico".
    Nuestra propuesta es, pues, abrir las puertas de nuestras escuelas a la Historia Natural y con ello preparar el espacio necesario para que puedan haber naturalistas en la escuela. Invitar a los jóvenes a participar en un taller de naturalistas es, entre otras cosas, invitarlos a contagiarse de ese gran interés que se dio por el estudio de los fenómenos naturales en los siglos XVIII y XIX, los siglos de los grandes naturalistas. Presentarles la posibilidad de sumergirse en las actividades propias de esa etapa de la historia de la ciencia, es ofrecerles la oportunidad de identificarse con una realidad que no les es ajena, con un conocimiento que puede ser apasionante, que pueden entender y disfrutar. H. Aramata (1989) hace referencia al espíritu de esta época (Zeitgeist) cuando dice: "Me fascina la chispeante curiosidad juvenil de ese período así como la inquietud que se manifiesta por todo lo referente a la naturaleza, en todos los aspectos; desde la sincera admiración por la belleza de las mariposas hasta el auténtico temor por los reptiles exóticos y las serpientes venenosas". Este espíritu también, queremos rescatar.

El quehacer del naturalista
Pudiera resultar obvio para algunos, aquello que hace un naturalista: camina por el campo, observa, describe, dibuja, toma notas, lee, hace algunos experimentos, etc. Sin embargo, cuando uno se detiene en ‘lo obvio’ puede descubrir un sinnúmero de cosas que antes no sabía, o que sabía sin saber que sabía. Nuestra experiencia en el Taller de Naturalistas, entre otras, nos llevó a darnos cuenta de que la imposibilidad de detenernos en lo obvio, oculta muchas veces otras incapacidades y otras tantas resistencias. Además, este ‘desmenuzar’ las actividades nos puede servir también para re-significar términos a menudo gastados –por no decir devaluados– sobre todo en el ámbito escolar. Esta resignificación hace que el interés se dirija a nuevos horizontes, abriendo muchas posibilidades, tanto para alumnos como para maestros.
    Ya veremos cómo el detenernos en el quehacer de un naturalista, nos volverá a llevar a la experiencia vivida por los grandes naturalistas. Como bien dice Biermann (1990) al referirse a ellos: "Entre penalidades inenarrables, amenazados por animales y enfermedades, expuestos con frecuencia a peligros de muerte, a pie, montando, en la piragua y el velero, a través de estepas, desiertos y selvas, por ríos y en las altas montañas, observaron, registraron, dibujaron, describieron, midieron y compararon todas las formas y manifestaciones de la naturaleza, tanto del presente como del pasado".
    Las actividades que se describen a continuación son las que descubrimos al leer las experiencias vividas por los grandes naturalistas, sobre todo las de Alexander von Humboldt y Charles Darwin. Por supuesto, no han de ser todas, ni pretenden serlo. Son aquellas que nos aclararon lo suficiente el camino y de las cuales partimos para conformar la estructura del Taller de Naturalistas. De más está el decir que estas actividades no pueden separarse del todo, cada una tiene que ver con todas las demás. Si las hemos separado aquí es tomando en cuenta el valor del análisis y sabiendo que éste pierde su sentido y riqueza si no nos lleva a una relación dialéctica de las ‘partes’ del todo.

Observar
Se puede decir que la observación es la materia prima de toda ciencia. Los grandes descubrimientos y las grandes teorías están sostenidas por un profundo sentido de observación de parte del descubridor y científico. Es difícil descubrir algo sin esta habilidad. ¿Qué sucede cuando una persona está observando? ¿Cuál es su actitud interna? Cuando una persona observa, su mente está despejada en cuanto esto es posible. Sabemos que, por lo general, es difícil abrir nuestra mente a otras ideas, a otras interpretaciones de la realidad que no sean las nuestras, pero el espíritu científico al cual aspira todo naturalista, exige esta postura. Bien lo reconoció Charles Darwin cuando escribió: "Continuamente me he esforzado por mantener libre mi mente a fin de renunciar a cualquier hipótesis, por querida que esta fuera, en cuanto que se demostrara que los hechos se oponían a ella" (Darwin 1984). Los hechos, entre otras cosas, se observan y, partiendo de esta acción, surgen las preguntas, las hipótesis, el confrontación y la renuncia a nuestro concepto anterior, si esto fuera necesario.
    Otro razón que impulsa al hombre de ciencia a seguir observando y a esforzarse por no encerrarse en sus ideas es la conciencia de lo mucho que desconoce. Es por esto que tiene que seguir observando y volver a observar lo que ya observó. Porque la realidad está en movimiento y lo que observamos ayer, hoy es ya diferente, por lo menos en algún aspecto. La persona que ayer observó, hoy ya no es la misma, porque la vida implica movimiento, desarrollo. Darwin tenía esto muy presente cuando, a principios del año 1834, durante su viaje en el Beagle, escribe en su diario: "Olvidamos demasiado lo poco que conocemos las condiciones de existencia de cada animal, no pensamos que algún freno trabajó constantemente para impedir la multiplicación demasiado rápida de todos los seres organizados que viven en estado natural. (...) Pero rara vez podemos, aun admitiendo que podamos alguna, indicar la causa precisa y el modo de acción del freno. Estamos, pues, obligados a confesar que causas que de ordinario escapan nuestros medios de apreciación determinan la abundancia o rareza de una especie cualquiera" (1989). Darwin, que había conquistado un verdadero espíritu científico, perseveró, trabajó incansablemente, cuestionando a la naturaleza y observando las condiciones de existencia de las especies, y eso que llamó ‘freno’ en 1834, se fue transformando poco a poco. De la observación sostenida había surgido la intuición, la cual fue alimentada por la razón, la reflexión, etc. Él seguía haciéndose preguntas y observando, después vinieron las hipótesis, las cuales no sucumbieron al confrontarse con los hechos. La idea se enriqueció resistiendo las pruebas de la realidad. Su teoría de la evolución de las especies por selección natural fue publicada en 1859, 25 años después de que él escribiera estas reflexiones, 25 años en los cuales Charles Darwin no dejaría de observar.
    La especial sensibilidad que se conquista con el ejercicio de la observación afecta a toda la persona, le otorga una base sólida para el conocimiento a todos los niveles. Esta sensibilidad que, por cierto, se encuentra tan devaluada en nuestro mundo contemporáneo del espectáculo que busca incesantemente las emociones intensas y fugaces, en detrimento de las duraderas, las sólidas, las que impulsan al desarrollo, al trabajo y al incremento de nuestra capacidad amatoria.

Excursionar y colectar
Por supuesto que todo lugar es un lugar propio para observar cuando una persona ha desarrollado lo suficiente esta habilidad, pero no podemos negar que hay lugares privilegiados para observar el mundo natural. Casi es imposible pensar en un naturalista sin asociarlo con el caminar por el campo, las montañas, las playas, los bosques, etc. Por otro lado, sabemos lo que la vida en la ciudad puede impedir, atrofiar u obstaculizar el desarrollo de la habilidad de observación. Geor Simmel (citado por Páramo, 1995), al hablar de la vida en la ciudad, nos invita a reflexionar en "la aguda discordancia en el alcance de una sola mirada (...) como ocurre en cada cruce de calles". Esta discordancia imposibilita en gran medida el poder observar, pues perturba "los fundamentos sensoriales de la vida psíquica [además de] ocasionar defensivamente el empobrecimiento de las reacciones de orden emocional. (...) El mayor peligro tal vez sea la atrofia de los sentimientos" (Páramo, 1995).
    El contraste que nos presenta ‘la aguda discordancia en el alcance de una sola mirada’ propia de la ciudad, y la experiencia vivida por Humboldt en sus viajes y excursiones es asombrosa: "Podré coleccionar plantas y fósiles, llevar a cabo observaciones astronómicas con instrumentos excelentes y analizar la composición química del aire. Sin embargo, todo ello no constituye el objetivo principal de mi viaje. ¡Mis ojos se enfocarán siempre en la colaboración de las fuerzas, en la influencia de la creación inanimada sobre el mundo animado de los animales y las plantas, en toda esta armonía!" (citado por Biermann, 1990). Qué gran beneficio es ofrecer a los niños y jóvenes de la ciudad el espacio necesario para salir de la misma y caminar. Caminar por la naturaleza y absorberla a través de nuestros sentidos, enriquece el sentido de la vida, quedan estas experiencias como carne de nuestra carne, como recurso al cual acudir ante lo invadidos que estamos, por esta vida moderna y sobre todo por la mayoría de sus medios de comunicación. El etólogo Tinbergen (1969) lo confirma: "Un bagaje en extremo valioso de conocimientos concretos puede ser obtenido por el joven naturalista en sus excursiones sin metas precisas".
    Parte de este bagaje puede ser, como bien sabemos, los objetos colectados. El naturalista recoge ejemplares en su andar por el campo, es parte de su quehacer, pero lo hace con cuidado, responsablemente. Sabe que lo colectado es conocimiento para él, conocimiento concreto a través del cual se puede producir conocimiento nuevo. Darwin (1984) le daba una enorme importancia a esta labor del naturalista. "La única cosa en la que no puedo fracasar es en la de coleccionar". Recordemos que hace un siglo la posibilidad e fotografiar era reservada a unos cuantos y con dificultades. Los naturalistas sólo contaban con su memoria, sus dibujos y los objetos colectados como prueba de realidad. Sin embargo, para Darwin el coleccionista difería del naturalista; imposible establecer una semejanza entre los dos. "Está claro que los coleccionistas sobrepasan tanto el número a los verdaderos naturalistas que estos últimos no tienen tiempo que perder". Y los sobrepasan también en lo cualitativo, en el nivel de trabajo que realizan.
    Puesto que estamos hablando del colectar y coleccionar, consideramos necesario no perder de vista aquello que señala Brown (1987) acerca de las colecciones en la actualidad. No puede ser lo mismo coleccionar hoy en día que lo que fue coleccionar hace 50 años. Toda colección que hagamos, la haremos con un propósito y con mucho cuidado, puesto que el equilibrio ecológico se ha "alterado en los últimos años debido a los predadores y explotadores seres humanos". De acuerdo que sin caer en sentimentalismos ni falsas creencias, las colecciones se restringirán, se dialogará al respecto, se pedirá consejo a los especialistas. Colectemos conocimientos, imágenes, sonidos, olores, experiencias profundas, reservas emocionales... y tal vez, uno que otro espécimen.
    Queremos mencionar, antes de pasar a otro punto, lo que puede resultar de la combinación observación/excursión/silencio/unión. Es necesario seguir hablando del valor del silencio, sobre todo en esta época dominada por el sistema neoliberal y todos sus ruidos que, entre otras cosas, sólo sirven para bloquear las relaciones con uno mismo y con los demás, en fin, cualquier tipo de relación significativa, tan temidas por dicho sistema. En el caso que nos incumbe queremos hacer referencia a los paseos silenciosos por la naturaleza. Joseph Cornell (1982), maestro y naturalista, nos lo recuerda al final de su libro en el que describe juegos y paseos en la naturaleza: "De todas las experiencias descritas en este libro, el paseo en unión silenciosa es, potencialmente al menos, la más poderosa". El que ha vivido esta experiencia no puede dejar de recomendarla.

Registrar: describir o dibujar
No podemos imaginarnos un naturalista en el campo sin su libreta. En ella registra aquello que le resulta de interés mediante claves, notas, descripciones y dibujos. El naturalista sabe que una simple nota hecha un día cualquiera, en un paseo sin rumbo fijo, puede ayudarle a resolver un problema en el futuro o puede convertirse en conocimiento nuevo en un momento determinado. Durante su viaje en el Beagle, Darwin no imaginaba el alcance y la trascendencia que tendrían un futuro próximo aquellas anotaciones y, sin embargo, las hacía pues estaba convencido que esa práctica era elemento indispensable de su quehacer. Así lo comenta, al recordar su labor como naturalista en el Beagle: "Consagraba parte del día a escribir mi diario, y ponía especial cuidado en describir minuciosa y vivamente todo lo que había visto; esto fue una buena práctica" (1984). Fue al regresar, cuando empieza a preparar el diario para su publicación que vislumbra la futura teoría: "A mi vuelta a casa en el otoño de 1936, empecé inmediatamente a preparar mi diario para su publicación, y entonces vi cuántos hechos indicaban la ascendencia común de las especies".
    La sensibilidad desarrollada por el hábito de observar, guía al naturalistas en aquello que debe registrar y le proporciona elementos para poder describir y dibujar lo que ha elegido anotar. La habilidad de describir se alimenta, pues, de la de observar. El que describe o dibuja lo que observa se apropia en mayor medida de lo que ha observado. Para describir es necesario encontrar los caracteres del objeto, buscando más allá de las generalidades del mismo. Describir es diferente que definir aunque la descripción se apoya en la definición. La descripción no se detiene en las generalidades del objeto, lo escudriña y se detiene en lo típico, lo singular. Dicho de una manera sencilla, al describir hacemos un intento de responder a la pregunta: ¿cómo es?
    Dibujar, en cierto sentido, es una manera de describir. En el caso del naturalista, no significa ser un artista, sino saber la técnica del dibujo. Darwin se lamentó muchas veces de no poder dibujar bien. Decía con frecuencia que ser buen dibujante es requisito indispensable para ser naturalista. Con todo, Darwin dibujaba, acompañaba con frecuencia las anotaciones y descripciones de sus libretas con dibujos. No vayamos a pensar que dado el desarrollo técnico de la fotografía, el dibujo ya no tiene el mismo valor. Con toda la admiración que podamos tener por el oficio o arte de la fotografía, es importante señalar que ésta no sustituye al dibujo o a la ilustración científica. Cada una tiene su función. Más les valiera a los biólogos –entre otros– tener cursos de dibujo antes de entrar de lleno a los de fotografía. Al dibujar se descubren características del objeto y se afina la observación, es por esto que podemos decir que mientras dibujamos podemos producir conocimiento, podemos descubrir aspectos de la realidad antes desconocidos para nosotros.

Leer y estudiar
Hay ciertas cosas que no encontramos concretamente en la mochila de un naturalista. Entre ellas, una de las más importantes son las múltiples lecturas que sustentan en gran medida su quehacer. La lectura y el estudio se entrelazan en las tareas y experiencias de un naturalista. La teoría da luz y abre posibilidades a la práctica; la práctica aumenta la comprensión de la teoría y hace que ésta de más frutos.
    Mucho han discutido los filósofos y epistemólogos –entre otros– acerca de la relación entre la teoría y la práctica. Curiosamente esta discusión también se da, a otro nivel y con otros matices, en las escuelas donde los jóvenes poco entienden del estar sentados frente a un libro cuando un poquito más allá está todo un mundo por descubrir. El naturalista, como todo hombre que ama el conocimiento, necesita de fundamentos teóricos, la mayoría de los cuales los obtendrá en los libros, el estudio, las discusiones y el trabajo en común. Entendemos aquí el estudio como el trabajar sobre una lectura, actuar sobre ella, discutirla, confrontarla, llevarla a la práctica. Toda observación, como bien lo resaltó Darwin, exige un marco teórico. La observación se afina con la reflexión y la lectura de lo que se ha observado. "Lejos de ser un lujo superfluo, lejos de constituir una especie de pecado contra la objetividad, esta preparación teórica es una necesidad. Para poder interrogar a la naturaleza, hay que definir preguntas, recurrir a diversas nociones que permitan el análisis, la creación de modelos, las formulaciones".

Experimentar
Experimentar, salirse del perímetro de lo desconocido, aventurarse más allá de los límites trazados, es quehacer cotidiano de un naturalista. El espíritu científico al cual aspiramos nos exhorta a abandonar los límites estrechos de lo ya conocido y de lo ya aplicado. Dediquemos, pues, un pequeño espacio a lo que puede ser la experimentación dentro del oficio de naturalista. Llegado el momento, el experimento resulta necesario. Su función, una manera muy particular de poner a prueba alguna hipótesis, es bien conocida. El experimentador necesita, por supuesto, una idea previa de lo que debe esperar, pues si no los resultados del experimento serían incomprensibles. Lo que no podemos perder de vista es que el experimento no puede ser un paso aislado. No se hacen experimentos por hacerlos, como tantas veces observamos en las escuelas. El experimento es uno de los pasos en la secuencia de un proceso de adquisición de conocimientos, mediante el cual se puede explorar un campo vagamente delimitado.
    ¿Por qué realizar experimentos? ¿Por qué incluir este ejercicio en el quehacer de un naturalista? Para preguntarle a la naturaleza. Ahora bien, el experimento se realizará cuando uno sabe cuáles son las preguntas que quiere hacer, barruntando de alguna manera las posibles respuestas. Al respecto comenta Harré (1986): "Careciendo de toda idea previa acerca de lo que en ellos pueda haber por descubrir, no sabríamos qué buscar en los resultados de nuestros experimentos, ni lograríamos reconocerlo si nos tropezáramos con ello".
    Siguiendo por el camino del experimentador, del que se sale de los límites establecidos, no olvidemos la recomendación de Tinbergen (1969), ese gran experimentador que supo descubrir el valor del experimento fuera del laboratorio, el valor del experimento como actitud, la forma de experimentar que más interesa al naturalista: "Creo fuertemente en la importancia de los experimentos naturales, es decir, los no planeados. Por ejemplo, el hecho de observar una y otra vez cómo una gaviota de cabeza negra se retira inmediatamente después de que otra gaviota ha adoptado una de sus posturas de amenaza, tiene el valor de un buen experimento. (...) En el experimento planeado lo único que uno hace es mantener unas pocas posibles variables constantes, sin embargo, es asombroso lo lejos que uno puede llegar seleccionando críticamente las circunstancias de un experimento natural.

Trabajar en equipo
Empecemos hablando de lo indispensable que resulta el saber trabajar en equipo en los paseos y excursiones. Caminar por un bosque de encinos y señalar un águila que está comiendo a su presa, quieta sobre uno de los tantos árboles que conforman el bosque, implica gran cooperación de parte de todos. El que la señala, invita a los otros. Todos saben que en ese momento cada uno es responsable de que los demás puedan observar un cuadro irrepetible. Guardar silencio, compartir los binoculares, cuidar hasta el más mínimo detalle para no ser intrusos, requiere de mucha cooperación. Sacar después la guía de campo de la mochila, señalar las características el águila e identificar su especie resulta en un gozo especial, que busca ser comunicado.
    El trabajo en equipo compromete, nos hace conscientes que lo que hagamos o dejemos de hacer influye y afecta a los demás, y también nos sitúa en nuestra propia dimensión histórica. Una sola persona no puede hacerlo todo, ni puede descubrirlo todo. Somos eslabón en una cadena. El trabajo en equipo se extiende, pues, más allá de los límites espacio-temporales. Los hombres con conciencia histórica pueden así reconocerse como uno de tantos de los que quieren pertenecer al gran espiral de la construcción y desarrollo del conocimiento humano. Unos como simple esbozo o pequeño trazo, otros –los menos– iniciando uno de los saltos cualitativos del espiral. Todos conscientes de que el conocimiento es una de las necesidades más profundas del ser humano.

En la escuela
¿Y la escuela? Hemos hablado sobre todo de la naturaleza. Nuestra propuesta es que abramos las puertas de nuestra escuela a la naturaleza, invitar a los alumnos que así lo deseen a ser naturalistas. Una excursión (que poco cuesta por cierto) puede traer una enorme cantidad de material a la escuela. Ahí consultaremos las guías, identificaremos lo observado. Encontraremos también los espacios para prepararnos para estas salidas. En la escuela aprenderemos las bases teóricas que nos servirán de guía, montaremos los ejemplares, discutiremos el lugar de la próxima excursión, etc. Pero no dejemos todo a las excursiones. Una maceta, un gusano, una araña, una pequeña lagartija, un ratón, no dejan de aparecer de vez en cuando en la escuela o cerca de la misma. En ella o a poca distancia hay árboles, plantas, frutos, semillas, cuántas cosas que nos pueden servir de material en el salón de clases.
    Tomando como base lo expuesto es que hemos podido estructurar en SIGNOS el Taller de Naturalistas. No dejamos de experimentar con el programa y las actividades concretas. Hemos observado con satisfacción que el taller se ha logrado convertir en parte especial de la vida de los maestros y de algunos alumnos; de otros –por lo menos– uno de los momentos más agradables de la jornada de trabajo.

Notas
1. La escuela SIGNOS Secundaria y Bachillerato surgió como proyecto educativo para adolescentes. Su objetivo principal es construir –maestros y alumnos– espacios de pertenencia, cooperación, trabajo, conocimiento y transformación social en la escuela.
2. Como aquella de Boris, la pequeña sarigüeya que un día llegó a la escuela. Era asombroso ver el cariño y cuidado que algunos alumnos mostraban por ella.
3. El Taller de Naturalistas se encuentra ubicado dentro del horario de Taller de Investigación en nuestra Jornada de Trabajo. No es aquí el lugar para explayarnos en la propuesta de estos talleres y su significado en el proyecto pedagógico de SIGNOS, pero no queremos dejar de mencionar sus objetivos principales: 1). Que los alumnos inicien la jornada de trabajo abordando un tema de su elección e interés. 2). Que a través de las actividades propuestas en los talleres de investigación, el alumno vaya conquistando las habilidades propias de un investigador. Actualmente contamos con tres talleres de investigación en SIGNOS. Además del Taller de Naturalistas están: el Taller de Cultura Mexicana y el Taller de Historiadores.
4. A través de las actividades propias de un naturalista, se busca fomentar en los alumnos el desarrollo de la ‘materia prima’ de la ciencia, la observación. Desarrollada en cierta medida esta habilidad, el camino queda abierto para la adquisición de una actitud general hacia el conocimiento que hemos llamado actitud científica. La posibilidad de adquirir y consolidar esta actitud va íntimamente vinculada con una visión del mundo cada vez menos unilateral, en la cual la ciencia (en el sentido más amplio del término) y no la técnica, sea el cristal por el cual se contemple, descubra, admire y cuide el universo que nos circunda y del cual somos parte. Bien podemos imaginarnos el nivel de conciencia y de compromiso que dicha actitud trae consigo.
5. Queremos mencionar aquí la consideración que hace Singer (1959) al prever la posibilidad de que, dado el interés creciente en la aplicación de la ciencia y no en el conocimiento en sí, podemos repetir, como suele suceder, el caer en una época oscura de la humanidad con respecto al pensamiento científico, como sucedió en la Edad Media: "Desgraciadamente, la dirección general de la investigación científica está en gran parte determinada por personas interesadas en su aplicación. Si llegara el tiempo en el cual la importancia del conocimiento y de la investigación en sí fueran descuidadas, nuestra ciencia se iría por el camino por el cual se fue la de Grecia y Roma y caeríamos otra vez en una época de oscuridad". Singer nos previno hace más de 40 años.
6. Recordemos que para los griegos el historiador es aquel que ve y cuenta lo que ha visto.

Bibliografía
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PÁRAMO, Raúl. "Vitales problemas de la ciudad", en: Obras en Castellano (Escritos de los años 1963-1982), volumen 1. Grupo de Estudios Sigmund Freud. Guadalajara, 1995.
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WEBER, Max. La ciencia como vocación. Alianza Editorial. México, 1994.