
Sexualidad y género en la educación transversal
Víctor
Manuel Caamaño Cano*
*
Sociólogo. Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN),Unidad
141, Guadalajara. Miembro del programa de especialidad de Género en educación
que ofrece la propia universidad.
E-mail del autor:
caamanocvm@hotmail.com
Introducción
Una de las proposiciones centrales de este trabajo es la necesidad de empezar
a abordar el género y la sexualidad, dentro del currículum escolar,
desde un enfoque que integre las muchas miradas y percepciones que concurren
a construirles como objeto de estudio complejo que escapa a rediles unidimensionales.
Y en esa perspectiva, ambos temas están presentes a lo largo del currículum
escolar. No hay que perder de vista que el 13o Congreso Mundial de
Sexología realizado en Valencia, España, en 1997, en la declaración
de los derechos sexuales, establece en su artículo 10 el derecho a la
educación sexual integral, definiéndolo como "un proceso que se
inicia con el nacimiento y dura toda la vida y que debería involucrar
a todas las instituciones sociales".
Uno de
los aspectos que plantea el tema transversal en el currículo es la igualdad
de oportunidades. Los temas transversales y la transversalidad son conceptos
que permiten englobar diversos aspectos sociales que es preciso abordar en la
escuela, ya que por su carácter interdisciplinar requieren estrategias
específicas para lograr permear todos los actos educativos.
Adicionalmente, no hay que perder de vista que la salud no
sólo es ausencia de enfermedad; modernamente se concibe incluso dentro
del campo de los derechos humanos. Y la salud concierne a los procesos reproductivos,
al abuso sexual, a los delitos sexuales, al embarazo adolescente, a la anorgasmia,
a la depresión, a los mitos y creencias sobre el origen de la homosexualidad,
a la anticoncepción y al aborto, a la imaginería popular sobre
la masturbación, a la violencia intrafamiliar, al sida y a las llamadas
enfermedades de transmisión sexual (ETS); para sólo mencionar
unos cuantos rubros que comprenden tanto al género como a la sexualidad.
Por supuesto existen otras situaciones menos claras en las
cuales el daño, o sea la vulnerabilidad, no ha sido objeto de estudio.
Tres ejemplos: El primero se refiere al abandono a su suerte de los infantes
más débiles en aquellas sociedades en las que las madres cargadas
de hijos optan por sacar adelante a los fuertes. A esta forma de supervivencia
se le ha denominado eutanasia social y es encuentro cotidiano en todo país
subdesarrollado... El segundo ejemplo se observa en el campo mexicano en donde
los varones reciben alimentación más nutritiva y abundante que
las niñas. Esta forma de discriminación contra el sexo femenino
radica en una apuesta hacia el futuro: los padres subsistirán gracias
al trabajo de los hombres. El tercer ejemplo son las madres que perecen al abortar.
La falta de educación, los sistemas de salud inadecuados, la pobreza,
la magra orientación sexual, entre otras, son algunas de las palas que
amortajan a estas jóvenes. Los Estados incompetentes son responsables
de sus fallecimientos. (Kraus, 1995a).
Diferencia sexual
y género
La diferencia sexual femenina, normalmente invisibilizada al tomar como
patrón de referencia y medida la hegemonía masculina, no es un
problema sino una potencialidad, una realidad que debe ser reconocida. Es muy
cotidiano que en abordaje de estos temas en lugar de hacer visible y significativa
la diferencia sexual en la vida cotidiana de las aulas, más bien la desfigura
o la encubre. Ya que la concepción dominante de igualdad confunde lo
universal con masculino y esa superposición, oculta la diferencia femenina
y evita sopesar el valor que tiene.
Prestar atención a las relaciones es una cuestión central para significar la diferencia sexual, ya que es a través de las relaciones con otras y con las profesoras como las niñas pueden saberse y decirse niñas con un significado construido por ellas. Esta es una necesidad educativa y existencial urgente para las niñas en una escuela que no considera la diferencia sexual masculina y femenina como algo de lo que partir, a veces ni siquiera como algo a tener en cuenta... (Mañeru/Jaramillo/Cobeta, 1996).
Matizando un poco, es importante no perder de vista la categoría de género en la que se inscriben estas discusiones:
Es importante analizar la articulación de lo biológico con lo social y no tratar de negar las diferencias biológicas indudables que hay entre hombres y mujeres; pero también hay que reconocer que lo que marca la diferencia fundamental entre los sexos es el género. La estructuración del género llega a constituirse en un hecho social de tanta fuerza que inclusive se piensa como natural; lo mismo pasa con ciertas capacidades o habilidades supuestamente biológicas, que son construidas y promovidas social y culturalmente (subrayado del autor) Hay que tener siempre presente que entre mujeres y hombres hay más semejanzas como especie que diferencias sexuales. (Lamas, 1997a: 115).
Más aún:
En la actualidad, aunque la ideología asimila lo biológico a lo inmutable y lo sociocultural a lo transformable, es mucho más fácil modificar los hechos de la naturaleza que los de la cultura... El problema de asociar a las mujeres con lo "natural" y a los hombres con lo cultural es que cuando una mujer no quiere ser madre ni ocuparse de la casa, o cuando quiere ingresar al mundo público, se la tacha de antinatural porque "se quiere salir de la esfera de lo natural". En cambio, los hombres se definen por rebasar el estado natural: volar por los cielos, sumergirse en los océanos, etcétera. (Lamas, 1996b: 254-255).
Pero, ¿qué se entiende por género? De manera simplificada, una construcción simbólica que estereotipa, reglamenta y condiciona la conducta tanto objetiva como subjetiva de los individuos. Mediante la constitución de género, la sociedad clasifica, nombra, produce las ideas dominantes de lo que deben ser y actuar los hombres y las mujeres. Lo que se supone deben parecer y tener como "propio" o "adecuado" de cada sexo. Y esta construcción cultural o simbólica alude a la relación entre los sexos. Por tanto, referirse a cuestiones de género, no es hablar de cuestiones de mujeres, sino de feminidad y de masculinidad. Es erróneo sustituir sexo por género. El sexo está en referencia a lo biológico, el género a lo construido socialmente, a lo cultural, a lo simbólico, y a las interacciones que éstas referencias determinan.
Los monopolios
del conocimiento sexual
Con el paso del tiempo y el desarrollo de las disciplinas del saber, cada
vez más se acumula un grueso legajo de materiales. Historia de la sexualidad,
historia de las mentalidades. Estudios de género, estudios sobre el poder.
Discusiones sobre feminismo y democracia, discusiones sobre los siempre postergados
derechos humanos. Minorías sexuales. Nuevos desarrollos acerca de la
diferenciación y la identidad sexual. Aportes sobre el erotismo.
Todo ello en una sociedad en la que el posmodernismo cohabita
trabajosamente con ideas muy sedimentadas acerca de la sexualidad, atrapadas,
las más de las veces, en el estrecho ámbito del biologismo, el
fisiologismo, la reproducción, la genitalidad y, si acaso, la coitalidad,
cuando no es que son los fantasmas del temor y el prejuicio los invitados a
presidir la mirada cotidiana, la mediación con la que se vive la sexualidad.
A pesar de lo anterior, digamos que el monopolio médico
desde el cual se habla con autorización de la sexualidad, va cediendo
terreno a otros conocimientos. Nuestro discurso sobre el sexo, institucionalizado
a partir del siglo XVIII por la pedagogía, la medicina y la justicia
se sostiene gracias a instancias de poder para hablar de él. De acuerdo
con Foucault, a partir del siglo XIX estas mediaciones de control se perfeccionan
en una terapéutica. La medicina inventa una patología orgánica
y disciplina las rarezas del sexo desde una scientia sexualis de la salud
y de la enfermedad. Esto conduce a la sociedad normalizadora (Lóizaga,
1996: 138). Refiere Weeks que desde el siglo XIX la medicina ha trabajado arduamente
para desplazar a la religión como la fuerza principal en la reglamentación
de la sexualidad. Su lenguaje habla menos de "moralidad" y más de la
sexualidad "natural" y la "antinatural", la sana y la enferma; su centro institucional
es la clínica, el hospital o el diván del psiquiatra.
Y continúa:
Luego están los lenguajes del derecho, la educación, la antropología, la sociología y la política, todos los cuales hablan en tonos cuidadosamente diferenciados acerca de la sexualidad: ¿es un producto de la criminalidad, la alimentación, la variación cultural, la elección política?... Vivimos en un mundo de descripciones y definiciones opuestas y con frecuencia contradictorias. (Weeks, 1998: 61).
Y la patologización de la sexualidad se realiza, elaborando un amplio catálogo de "anormalidades" y "perversiones" que persiguen el deseo no contenido. Que acotan la libido no domesticada, al erotismo cancelado por la normalización. Resonancia de aquellos ecos resulta la sentenciosa y paralizante frase repetida generacionalmente por padres, maestros y ministros de la fe: "no es normal que...". ¿Desde dónde se mira la normalidad? ¿Con respecto a qué? ¿Qué es la normalidad? ¿Quién la define y establece? A lo largo de la historia, ¿se ha tenido la misma idea de normalidad? ¿Quiénes son los beneficiarios y quienes los damnificados de lo que por normalidad se postula?
Un poco de retrovisión
A partir del Nuevo Testamento, santo Tomás de Aquino, hizo
en el siglo XIII una síntesis teológica adoptada en la Nueva España
como el discurso oficial sobre el amor. Desde esa percepción tomista
se describen cuatro etapas del amor: concupiscencia (la complacencia
llega a interesar más que la persona amada, por lo tanto, es un amor
egoísta); benevolencia (querer bien, conduce a la madurez del
amor humano); amistad (es la conjunción de dos amores desinteresados,
una vez establecida tiende a ser permanente, dos personas que se aman perseveran
en el continuo y mutuo enriquecimiento); comunión (toda la fuerza
del amor conduce a la comunión y en ella culmina. Si no se alcanza la
comunión, el amor queda trunco e imperfecto) (SHM, 1999: 14-15).
Ahora bien, lo que de ahí se deriva es que dos formas de amor fueron
institucionalizadas en la sociedad colonial: el amor de pareja y el amor consagrado
por el voto de castidad. Y la manera aceptada de vivir el amor de pareja, quedó
reglamentada, ritualizada y sujeta a control eclesiástico. Celebrado
el matrimonio, la Iglesia imponía las leyes de la fidelidad y de la cohabitación.
La fidelidad impedía a los esposos cualquier otra opción de vivir
el amor de pareja, y la cohabitación obligaba a los cónyuges a
vivir en común... (SHM, 1999: 18-20).
A la Iglesia también correspondía vigilar el cumplimiento de las leyes del matrimonio y de la vida consagrada. Se le reconocían facultades para perseguir a los infractores, y en esta tarea era auxiliada por las autoridades civiles, quienes ejercían coacción física en contra de los remisos en acatar las normas institucionales del amor. (SHM, 1999: 23).
Desde esa concepción,
los pecados son los comportamientos humanos que impiden el amor o lo destruyen.
El pecado implica un mal para el prójimo y para sí mismo, lo que
se opone a la obligación primordial del cristianismo que es amar. Por
eso tanto interés en normar y en perseguir lo que está
fuera de norma, o sea los pecados. De ahí uno de los orígenes
de la sostenida idea de que la finalidad exclusiva de la sexualidad es la procreación.
Nada más. Y que el deseo o el erotismo nos conducen a los sótanos
del maleficio, al pecado.
Asimismo, el interés económico, los prejuicios sociales o el deseo
de lograr relaciones ventajosas, llegaron a pesar más que la libre elección
de los jóvenes amantes. Para los grupos de posición acomodada,
era el interés de las familias el que dominaba sobre la opción
amorosa de los hijos. Para las personas de los estratos empobrecidos era la
miseria el origen y el estímulo de muchos desamores, como la prostitución
y las desavenencias conyugales. (SHM, 1999: 24-27).
En conclusión, en la sociedad de la Nueva España se enseñaba
que la más alta aspiración de los hombres y las mujeres era construir
el amor, sin embargo, al mismo tiempo esa sociedad creó, para la mayoría
de la población, los más graves obstáculos al desarrollo
del amor. (SHM, 1999: 28).
Con este pequeño retrato de la situación novohispana, comprenderemos
que es necesario repasar con cierto detenimiento algunas de las raíces
de la culpa, de la ambigüedad, del sexismo y del silencio en torno a la
sexualidad en nuestro país. (Döring, 1994; Kreimerman, 1997).
Y siglos después...
Y esta necesidad de comprender se ve reforzada por las resonancias que siguen
teniendo ópticas muy arraigadas. Veamos algunas de las estrategias retóricas
de algunos grupos conservadores: 1). La más básica es la idealización
del pudor y de la abstinencia sexual como un valor que debe regir para toda
la sociedad. El control natal ha de llevarse únicamente con métodos
de abstinencia periódica. Se condena también la masturbación
como un acto reprobable en sí mismo; 2). Desde el momento de la concepción
hay una vida humana que debe ser protegida por las leyes, sin ninguna excepción.
Sin embargo, en términos lógicos, la tesis 2), que es independiente
de la tesis 1), fundamenta los proyectos conservadores de penalización
del aborto, pero en términos prácticos es muy difícil sostener
a la vez las tesis 1 y 2, pues el rechazo a los métodos anticonceptivos,
a la anticoncepción de emergencia, al sexo seguro, etcétera, implica
oponerse a un "mal" al mismo tiempo que a su solución. (González,
2001: 31-33).
Por lo demás, estaríamos llamados a establecer comparaciones que
nos permitan tomar distancia del absolutismo de un modelo que aparece como único
en el ejercicio del amor y la sexualidad: el modelo monogámico y heterosexual
que no ha sido dominante ni todo el tiempo, ni en todas las culturas conocidas
(Feurstein, 1994), para flexibilizar un poco nuestra mirada sobre dicho modelo
dominante. Y no viene mal recuperar el valor del artículo tercero constitucional
en el parágrafo I incisos a, b y c.
¿Por qué
la enseñanza de la sexualidad debería atravesar el currículum
escolar?
Si nos atenemos a la posibilidad de que la educación sirva para vivir
mejor, para orientar nuestras acciones responsablemente, para ejercitar nuestra
libertad; debemos dotar de instrumentos para esas finalidades a seres sexuados
que día con día, año con año, de su permanencia
en las aulas estarán en contacto con referencias y experiencias sexuales
de diversa índole a pesar de que no lo consideremos así. La sexualidad
la portan los sujetos como parte de su corporeidad y de su experiencia subjetiva
crucial, y de ninguna manera queda fuera de la escuela al ingresar a los circuitos
de la enseñanza y el aprendizaje.
Quién no recuerda, en los años de la infancia y la adolescencia
principalmente, los recados insinuantes entre alumnos, la corteza de los árboles
herida por corazones sangrantes, la carga sexual de los albures, los chistes
y las alusiones que toman como blanco la sexualidad o el género, las
citas, los primeros novios/as, el primer beso, o profesores y profesoras que
son objeto del enamoramiento idealizado de los/as alumnos/as. Todo ello está
en la experiencia de los años escolares. Por eso:
Dada la omnipresencia de este tipo de recuerdos de la vida escolar, quizá resulte extraño que hablar al mismo tiempo de sexualidad y de escuela pueda parecer tan molesto (en especial a periodistas y políticos). Tal vez se deba en parte a que la escuela se sitúa más en el lado "público" de la división entre público y privado, mientras que la sexualidad está claramente en el lado privado. Sin embargo, las escuelas no sólo son instituciones públicas o privadas; también están asociadas estrechamente con la infancia y con las relaciones entre el niño y el adulto. Por consiguiente, están relacionadas con todos los discursos sobre la infancia, que construyen al niño como un ser presexual o asexual, como "inocente", o al menos como un ideal. (Epstein/Johnson, 2000: 13-14).
Sin embargo, cada vez resulta más claro que muchos niños poseen
más conocimiento del que la que los padres y maestros imaginan o desearían,
porque están sobreexpuestos a la información y, de pasada, sobreestimulados
con un bombardeo visual y auditivo agudizado por los medios masivos de comunicación
y las nuevas tecnologías como Internet y videocasete. El problema es
que afrontar estos hechos sigue constituyendo una experiencia amenazante y movilizadora
de temores y culpas para profesoras/es y, por lo tanto, se prefiere eludir el
tema, darlo por sobreentendido, trivializarlo haciendo chistes, responder con
generalidades inocuas cuando hay preguntas concretas o, peor aún, rodeándolo
de un silencio acusatorio que solicita del alumno "prudencia" y que, en consecuencia,
abandone el tema.
Sobre el particular no hay que dejar de reconocer que interpelar
al maestro sobre la sexualidad despierta, en no pocas ocasiones, los fantasmas
que habitan dentro del docente y que él desearía exorcizar de
una vez por todas, sin saber cómo. Por ello las actitudes evasivas, defensivas
y hasta agresivas. Con dificultad se establece una relación empática
y asertiva (ver las sugerencias de Ciaramicoli, 2000) sobre estas temáticas,
ya que, por otra parte, el docente no sólo llega a dudar de su competencia
en el tema, sino que si lo aborda, teme quedar expuesto a la censura por parte
de los otros profesores, del director, o de los padres de familia, sin saber
que en ocasiones los propios padres de familia están en la encrucijada
de darse cuenta que ellos y sus hijos requieren mayor información, pero
se apenan o mortifican al tener que reconocerlo.
Y entonces aparece un particular ping-pong, ya que
los maestros suponen que son los padres quienes debieran abordar la información
y, los padres, a su vez, suelen pensar que es responsabilidad exclusiva de la
escuela manejar esos temas.
Por lo tanto, "...la idea de la inocencia sexual de la infancia
inhibe los esfuerzos por modificar, de forma más progresista y esperanzadora,
las confusiones terribles y opresoras que forman parte de las relaciones que
en nuestra cultura se establecen entre los niños y los adultos". (Epstein/Johnson,
2000: 14).
Si la escuela aspira a ofrecer herramientas para una vida
mejor, no puede soslayar lo que hoy sucede en la vida social en el ámbito
de la sexualidad. Hay problemas en los que se oscila entre el piadoso silencio
y la ruidosa nota roja y que nos indican que como escuela y como sociedad algo
debemos hacer en relación con las necesidades y realidades de los niños
y los adolescentes en su desarrollo sexual y psicoafectivo. Sobre este punto
vale la pena echar un vistazo a las pautas privilegiadas de lo que podríamos
llamar educación sentimental. (Vázquez, 2000) Revisar con un tono
realista los atributos de una pareja sana y apta para el amor marital. (Orlandini,
1998: 111) Y a la vez comparar con las posibilidades que abren otras formas
de mirar el amor y la sexualidad. (Moore, 1999).
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Rito de Luz Andrea
Miranda* Una mano Sobre un minuto oscuro Entonces dibuja el movimiento El calor nace de los
pies de la mujer De la tinta se escurre
un deseo |
La escuela, entonces, puede y debe contribuir con nuevas actitudes en el manejo
de los sentimientos amorosos y de la sexualidad, así como en la construcción
de identidades sexuales y de género y las relaciones que de ahí
resultan, abordándolos progresivamente a lo largo del currículum
escolar, por lo menos en educación básica, con la misma naturalidad
con la que se habla en otras disciplinas: el sistema solar, los ecosistemas,
la evolución histórica, el funcionamiento cerebral o cardiovascular,
las actividades cívicas; en el entendido de que las dudas a resolver
en el terreno de la sexualidad crecerán en relación inversamente
proporcional, si la forma como es abordada es restringida y subterránea.
Además, las dudas crecerán con su corona de
culpa y de pena en todo momento y, a falta de información objetiva y
veraz, se verá favorecida la especulación, la duda, la desinformación
y, por supuesto, los errores que llegan a ser muy graves, especialmente en la
era del sida.
Por lo demás, es muy contradictorio el esfuerzo por
preservar a los niños en una especie de castillo de la pureza, cuando
ellos tienen de aliados a la televisión y otros medios que se muestran
generosos en entregar abultadas cuotas de referencias explícitas al sexo,
al erotismo y a la violencia sexista y además contribuyen con poderosos
estereotipos de género, a través del amarillismo de los talk
shows que explotan cotidianamente los dramas familiares y de pareja.
Si bien bastante se ha avanzado en los libros de primaria
en la información sobre el género y la sexualidad, siguen
existiendo nudos muy problemáticos que tienen que ver con realidades
que no se pueden seguir soslayando y que debieran alentar otro perfil educativo
y formativo que empieza por los propios docentes y que, necesariamente, debe
superar el prejuicio, la desinformación y el temor en que se siguen sosteniendo
con frecuencia. Se requieren referencias actualizadas y contextualizadas que
abarquen el género y la sexualidad con un enfoque más integral
y que, a la vez, orienten para vivir la sexualidad de manera plena y responsable
(Pick/Givaudan, 1998; Hiriart, 2001). Esto es así porque el comportamiento
sexual en México ha cambiado al parejo de la sociedad, pero no las leyes,
servicios de salud o planes de estudio en las escuelas de medicina, como afirman
algunos miembros de la Federación Mexicana de Educación Sexual
y Sexología. (Periódico La Jornada, 21 de marzo de 2001,
p. 46).
Los problemas ahí están. Los patrones de socialización
familiar, en muchos casos siguen favoreciendo los errores que los propios padres
cometieron. Los patrones sexistas, la violencia intrafamiliar, las representaciones
familiares y culturales que tienen que ver con valoraciones inflexibles, con
visiones binarias, de dos elementos, sin matices, permanecen. Los embarazos
precoces, las madres-niñas. La permanente propuesta del ejercicio predominantemente
reproductivista de la sexualidad. Los problemas consecuentes de disfunción
eréctil y de anorgasmia. Todo lo anterior pertenece, de alguna forma,
a ramas del mismo árbol. El amor a la mexicana es apasionado y, como
expone una autora, resulta desgarrador, posesivo, celoso, reprimido, patético.
Las parejas se forman sumando patologías y, aún así, con
la ilusión de lograr familias sanas. (Kreimerman, 1997).
A pesar de lo anterior, las mujeres se preocupan cada vez
más por disfrutar su sexualidad, de acuerdo a los resultados de la "IV
Encuesta Mundial de Sexo Durex", aplicada en catorce países a 4 mil 200
jóvenes de entre 16 y 21 años, de los cuales mil 600 eran vírgenes.
(Periódico Público, 24 de septiembre de 1999, Arte &
Gente, p. 6).
Hay temas demasiado abrumadores que siguen siendo silenciados:
el abuso sexual infantil, el incesto, la violación, el aborto (Lammoglia,
1999). Sin dar una respuesta en el terreno de la prevención, la legislación
y el combate apropiado. Una sociedad moderna debiera dar cuenta de ellos, discutiéndolos
objetiva y democráticamente en toda su complejidad, no ocultándolos
o tratándolos con el rasero de la doble moralidad.
Por otra parte, la diversidad sexual sigue incomprendida
en diversos sectores de la sociedad. En cuestiones de homosexualidad, bisexualidad,
trasgenerismo (Riesenfeld, 2000; Castañeda, 1999), las respuestas más
comunes son una mezcla de escándalo, agresividad, y persecución.
Y para los actores de tal diversidad: la vergüenza, la impotencia, la negación
y la culpa.
El currículum escolar no está acompañando
de manera eficaz el crecimiento de los niños y los adolescentes en sus
necesidades formativas de acuerdo a una óptica menos restrictiva y más
acorde con las realidades del mundo contradictorio, complejo y violento que
llega a construirse en torno a la sexualidad.
Y es que aquí la escuela, desde una idea amplia de
laicismo, debiera contribuir a discernir entre lo que imponen las creencias
religiosas y el prejuicio social por un lado, y lo que puede ofrecer el conocimiento
científico, así como una respuesta responsable hacia la sexualidad
basada principalmente en decisiones de carácter ético. Sobre este
punto habría que repasar el ya clásico libro de Fernando Savater:
Ética para amador.
Y en el punto de las creencias, no está por demás
diferenciar entre moral y ley, dado el carácter privado de las prescripciones
morales y la connotación de obligatoriedad pública que últimamente
se les desea atribuir. Y es que la coercitividad en el terreno público,
pertenece al ámbito de la ley. Incluso se puede plantear la dimensión
de la desobediencia como imperativo ético frente al abuso y la sinrazón
(Kraus, 2000b). Pero además, invocar los valores en abstracto nos conduce
a un callejón sin salida porque, de entrada, se supone que todo mundo
entiende exactamente a que se invoca y, además, está de acuerdo.
Habría que considerar que hay valores que se antojan en desuso o de observancia
limitada y que hoy el cambio democrático reclama fortalecer: congruencia,
verdad, tolerancia hacia la diversidad, transparencia en los asuntos públicos,
educación para la paz, resolución pacífica de conflictos,
cultura de los derechos humanos, entre otros.
Espero haber mostrado la necesidad de incluir la sexualidad
y el género como un tema transversal en el currículum escolar.
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