
Perfil intelectual de Pierre Bourdieu
Resumen
y anotaciones: Víctor Manuel Caamaño Cano.
(Tomado del Diccionario de pensadores contemporáneos, dirigido
por Patricio Loizaga. Emecé editores. Barcelona, 1996. [Primera edición]).
Nacido
en 1930 en Denguin (Basses-Pyrénées) estudio en distintos liceos
y en la École Normale Supérieure. Ha sido profesor ayudante de
distintas facultades de Filosofía y Letras (Argel, París, Lille),
dirige desde 1975 la revista Actes de la recherche en sciences sociales
y desde 1981 es catedrático de Sociología en el Collége
de France. A lo largo de tres décadas, Pierre Bourdieu ha reflexionado
y producido trabajos en el ámbito de la sociología y la antropología
que abarcan un amplio espectro temático: estudios sobre el arte, la ciencia,
la política, la filosofía, el campesinado, las clases sociales,
la religión, la literatura, el deporte o el parentesco. Influido esencialmente
por el estructuralismo y el marxismo, pero también por el psicoanálisis
y por diversos trabajos sobre el simbolismo, forjó en el terreno de la
sociología una línea de pensamiento original y en permanente desarrollo,
de gravitación creciente en los últimos veinte años en
disciplinas tan variadas como la estética filosófica y la crítica
literaria.
Mediante la aplicación rigurosa de un relacionismo
metodológico cuya fuente puede rastrearse hasta Marx y Durkheim, y verificarse
también más tarde en Levi-Strauss o Jakobson, Bourdieu se orientó
siempre en una búsqueda destinada a superar las viejas antinomias (contradicciones,
N. de la R.) que ponían freno al desarrollo de la sociología,
incapaz de trascender el antagonismo entre modos de conocer objetivistas y subjetivistas,
entre el análisis de lo simbólico y lo material, y el problema
más grave aún del divorcio entre teoría y metodología
científica. Su búsqueda se orientó hacia la construcción
de una "ciencia social total" como superación del metodologismo,
siempre dispuesto a separar el método científico de las reflexiones
que le incumben, tanto como de la "teoría teoricista", con
su aberración por la investigación empírica.
Es esa decisión de buscar un modo de pensar relacional
la que puede conducir al sociólogo a la reflexión epistémica,
al autoanálisis que promueve la indagación deliberada y sistemática
de los "pensamientos no pensados" que determinan su práctica.
No se trata, sin embargo, de una simple meditación del sujeto sobre sí;
la reflexión debe orientarse, más bien, hacia ese espacio complejo
de conflictos y competencia en el que se desarrolla la tarea específica
del científico social.
Paradigmáticos de esa apuesta epistemológica
son dos conceptos acuñados por Bourdieu, en los que se apoya en cierto
modo su teoría: campo y hábitus.
La teoría del campo constituye el presupuesto
teórico y punto de partida de todas sus investigaciones sociológicas,
y es a la vez instancia mediadora entre lo individual y lo social, entre estructura
y superestructura. En toda sociedad moderna diferenciada, la vida social, para
Bourdieu, se reproduce en campos que funcionan con verdadera independencia y
que operan como un sistema estructurado de fuerzas objetivas. Según la
esfera en la que esta configuración relacional de individuos e instituciones
se desenvuelve, podemos hablar de campo político, intelectual, económico,
etcétera. El análisis sociológico, consiste, precisamente,
en el estudio de la dinámica interna de cada campo, así como de
las relaciones que entre esos campos se establecen. Es, por otra parte, en la
teoría de los campos donde se hace más transparente la influencia
del estructuralismo y el marxismo en este autor, si pensamos que un campo es
por un lado un sistema estructurado, y por otro que está constituido
por dos elementos: un capital común y la lucha por su apropiación.
Respecto del marxismo tradicional, hay un giro desde la visión puramente
economicista a otra más bien simbolista; en cuanto al estructuralismo
clásico, hay en la teoría de los campos un plus de dinamismo y
maleabilidad histórica que marcan la diferencia.
El otro de los conceptos centrales mediante los cuales
puede hacerse inteligible la dinámica de la vida social, el de habitus,
puede dar, en cierta forma, respuesta a una interrogante que atraviesa la reflexión
sociológica desde sus orígenes: ¿por qué la vida social
es tan regular? Podemos contestar que es el habitus, en tanto que mecanismo
estructurador, lo que permite responder a las demandas del campo de manera coherente.
Mediante la internalización, desde la infancia, de la multiplicidad de
estructuras externas inherentes a un sistema concreto de relaciones sociales,
se genera una "lógica práctica" que permite "preconocer"
e interpretar las respuestas que se esperan del sujeto en cada caso. No hay
que sobrestimar, sin embargo, el papel de las estructuras externas en la conformación
de ese habitus; no determinan por sí solas las actitudes de los receptores,
aunque proveen, sí, de un esquema básico de percepción
y pensamiento para la acción. El hábitus, si bien es generado
por estructuras objetivas, opera desde el interior estableciendo relaciones
de sentido no conscientes. Necesidades y gustos son, en definitiva, el reflejo
de la coherencia de elecciones que genera un hábitus, formas de elegir
paradójicamente determinadas.
Hay, por otra parte, otra instancia que promueve la
integración social tanto como la lucha que tiene lugar entre las clases,
y es la esfera de lo simbólico. Esa integración adopta la forma
de consenso sobre el sentido del mundo en la medida en que los símbolos
crean un orden gnoseológico y son instrumentos de conocimiento y comunicación;
la lucha de clases, en la medida en que las relaciones de conocimiento son relaciones
de poder, adquiere el sentido de violencia simbólica. Las diferencias
mismas que pueden establecerse entre grupos o clases se desplazan en la teoría
de Bourdieu desde una posición marxista clásica que acentúa
las relaciones de producción y propiedad, hacia otra nueva y original
que destaca el matiz simbólico del consumo. Las relaciones económicas
se hallan fuertemente ligadas a otras formas de poder que se desarrollan en
la esfera de lo simbólico: la reproducción y la diferenciación.
La noción de violencia simbólica, desempeña un papel fundamental
en la teoría a la hora de explicar el fenómeno de la dominación
en general, y específicamente los casos de la dominación de clase
en las sociedades avanzadas o de una nación sobre otra en el contexto
de la política internacional. Es, además, una noción inquietante
y polémica por definición, ya que esta clase especial de violencia
se ejerce sobre un agente con el consentimiento de éste. No se alude
sin embargo con esto a la vieja y trillada polémica entre libertad y
determinismo, entre elección o coerción, porque consentimiento
significa aquí desconocimiento; se acepta una violencia que se desconoce
como tal. Así vive el sujeto en la aceptación dóxica (de
creencia, opinión, N. de la R.) del mundo "tal como es",
un mundo social en el que ha nacido y que por ello le resulta autoevidente,
y del que acepta ciertos postulados y axiomas que no cuestiona. De todas las
formas de "persuasión clandestina" afirma Bourdieu,
la más implacable es "el orden de las cosas".
Un buen ejemplo de la aplicación de la teoría
sociológica de Bourdieu y de la profunda lucidez de su autor lo encontramos
en su trabajo sobre "La ontología política de Martín
Heidegger". Ahí se ocupa de analizar la relación de los intelectuales
y su campo propio con el campo del poder, y de mostrar cómo es posible,
mediante una lectura que exceda lo interno de una obra, develar algunas de las
leyes que rigen la producción en el campo filosófico. Existen
pocos ejemplos propone Bourdieu de pensamiento tan clara y precisamente
fechados y situados como la filosofía de Heidegger, en su obra pueden
rastrearse todas las cuestiones ideológicas que marcan la época,
si bien de forma sublimada y poco reconocible. Como ejemplo de esto baste señalar
el caso del antisemitismo convertido en condena del peregrinaje. El "caso
Heidegger" revela, además, la dinámica interna del campo
de la producción y circulación de las obras filosóficas.
En él, los guardianes de la ortodoxia de la lectura filosófica,
esos "aristócratas venidos a menos", dueños del capital
simbólico, rechazaban el subversivo avance de las ciencias sociales que
venían a recortar el ámbito de incumbencia de la filosofía.
Ese avance del dominio del mundo intelectual por los
especialistas en las ciencias humanas, fenómeno que encuentra su momento
de auge en los años sesenta y que se organiza en torno de la lingüística,
ha producido lo que Bourdieu llamó en su Homo academicus el efecto
"logia", consistente en el esfuerzo de los filósofos por adoptar
los métodos y la apariencia de cientificidad de las ciencias sociales,
manteniendo su condición de "librepensadores", y que ha dado
lugar a creaciones como la arqueología de Foucault, la gramatología
de Derrida o el intento de los althusserianos de hacer una lectura "científica"
de Marx.