
Trayectoria
de un sociólogo
(Conferencia magistral
para la "Cátedra Michel Foucault" de la Universidad Autónoma Metropolitana
(Valle de México), sustentada el martes 22 de junio de 1999. Las aclaraciones
y notas contenidas en este texto son de Sergio Lorenzo Sandoval Aragón;
también la nota bibliográfica que se intercala como recuadro de este trabajo)
Pierre
Bourdieu*
*
Ver artículo subsiguiente: Perfil Intelectual de Pierre Bourdieu
(resumen
y anotaciones de Víctor Manuel Camaño Cano), que sirvió
como recuadro de este trabajo, en la versión impresa de la
tarea 15; por cuestiones prácticas se presenta ahora por separado.
Quiero
dar las gracias al Sr. Ramón Alvarado por sus muy amables palabras.
Primero, quiero decir cuan feliz me siento de tener
la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar
hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil,
volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes.
Antes de describir las grandes etapas de mi itinerario,
como me lo pidió uno de ustedes, quisiera señalar las intenciones
mayores que, desde el principio, inspiraron mi trabajo.
En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera
fría, fríamente científica, problemas políticamente
candentes, es decir, a la vez importantes y difíciles: ello, contra la
idea de "neutralidad axiológica" que siempre me pareció una hipocresía
conservadora, y a fin de profesionalizar el pensamiento crítico (contra
la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y su radicalismo
"chic" y contra el "izquierdismo a lo francés" gauchisme à
la française). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante
la guerra de liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores
de la universidad en vísperas del movimiento de mayo del 68, etc.,
etc. Las implicaciones políticas de mis investigaciones no eran visibles,
especialmente cuando uno estaba encerrado en dicha problemática progresista
tradicional (ponía el acento en la dimensión simbólica
de las prácticas, pensando y lo pienso todavía que
éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social,
y, por consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras
intentaba producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva manera de hacer sociología
exigía mucho trabajo, de parte del productor y también del lector...
Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una ruptura
con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias
sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto
implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor
parte de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente
el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores
dominados por el modelo americano de la investigación empírica,
como Lazarsfeld. Y así, hubo investigadores norteamericanos de inspiración
marxista (Erik Olin Wright, Classes, 1985) que combinaron el marxismo
a la manera de Poulantzas con el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld
para producir estudios empíricos de las clases muy abstractos y poco
instructivos. Otra dificultad de la empresa era entrar en una verdadera competencia
con la sociología dominante, representada en ese momento por tres nombres:
Parsons, Merton y Lazarsfeld; había que reconquistar, si se puede decir
así, las armas científicas monopolizadas por la sociología
norteamericana, en aquel entonces dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo,
aún en el más concreto, más estrictamente empírico,
grandes problemas teóricos, sobre los cuales los filósofos, hasta
los marxistas, se contentaban sólo con discutir. Por ejemplo, una de
las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de hacer empíricamente
la distinción, muy importante en aquel entonces, y también ahora,
entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el proletariado,
la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de aspiraciones
milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa
teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología,
en etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba
la filosofía de inspiración fenomenológica, como la de
Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en mi trabajo que merece ser imitado (y
no sólo discutido) es el esfuerzo para superar la oposición entre
teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y la
investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he
producido o perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia
al hecho de que he practicado, como todo científico, un eclecticismo
selectivo y acumulativo y he intentado totalizar las conquistas mayores de la
ciencia social ignorando oposiciones y divisiones más religiosas que
científicas, como entre marxismo y weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo,
o entre estructuralismo y fenomenología (o etnometodología).
|
Nota bibliográfica Sergio Lorenzo Sandoval Aragón Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons dagir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000). Referencias
bibliográficas citadas por el conferenciante |
La
primera fase de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología.
Estudié principalmente la lógica de la economía precapitalista
(especialmente la postura en relación con el tiempo que pide y que favorece);
el rechazo del cálculo, especialmente en los intercambios internos, etc.
En una segunda fase, estudié las estructuras del parentesco, problema
exaltado por las investigaciones de Lévi-Strauss; y en un tercer momento,
los sistemas mítico-rituales. Sobre los problemas de parentesco, las
sociedades árabobereberes constituyen un desafío para la teoría
levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima paralela, hija del
hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol de instrumento de
circulación de las mujeres y de los bienes que le es impartido1
en el modelo levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo:
1). Utilizando la estadística que no se utiliza casi entre los
etnólogos, descubro que la tasa de casamientos conforme a la "regla",
es inferior al 5%; 2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular
de Wittgenstein, sobre lo que significa "seguir una regla" me ayudan a alejarme
de la teoría estructuralista de la acción (de la cual Althusser
ha dado la formulación más extrema y más absurda, reduciendo
al agente al rol de Träger,2
portador de la estructura); 3). Las investigaciones que llevo sobre el matrimonio
en Béarn, provincia del Sur de Francia de la que provengo, lo que me
permite dirigir sobre las prácticas una mirada menos alejada que la del
etnólogo estructuralista; ello me indujo a descubrir que los agentes
pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales, por intereses en el sentido
amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar de una explicación
del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción del casamiento
como una estrategia de reproducción, orientada por intereses materiales
y simbólicos, y explicable en cuanto tal, por un conjunto
de factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que
realicé en la misma época, me conducen a cuestionar la visión
estructuralista: los sistemas míticos y las prácticas rituales,
obedecen a lógicas prácticas que es necesario analizar lógicamente
sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente, y esto ha sido sin duda la oportunidad
de mi vida, emprendo investigaciones sociológicas más clásicas
sobre la estructura social de la sociedad argelina. Descubro en esta ocasión
lo absurdo de la división entre etnología y sociología.
¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de
los trabajadores lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por
el rechazo del cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por
la colonización? Empresa tanto más difícil cuanto que la
mayor parte de los trabajadores (y, a fortiori, los desempleados o los
trabajadores precarios) no disponen de las condiciones económicas y sociales
que son necesarias para adaptarse a un cosmos económico dominado por
la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios no tienen bastante
asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero sobre el futuro
por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un proyecto revolucionario
colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de un mínimo
de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al proyecto revolucionario
de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad, se está condenando
a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa fácil a las
políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado súbitamente
toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más
avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios
remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores
a una situación cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos
en la imposibilidad de hacer un plan de vida práctico y de comprometerse
en una acción colectiva orientada por fines racionales).3
Todavía tendría mucho que
decir, pero paso a las investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes,
sobre la educación y la cultura. Contrariamente a la ilusión según
la cual la escuela cumple una función liberadora, ilusión vehiculizada
y antaño defendida por los partidos progresistas, las encuestas empíricas
muestran que la institución escolar contribuye a la reproducción
de las desigualdades sociales. Digo bien contribuye: la escuela es uno de los
lugares donde actúan ciertos mecanismos de reproducción (entre
otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré describir el
sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales
los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e inconscientemente
para reproducir su posición en la estructura social y por ello esta estructura
misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan por el
hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol determinante
en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no implica
de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión,
sino permanencia de una estructura de diferencia y de distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema
escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las
condiciones de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia
cultural sobre las prácticas. Luego de un estudio sobre el público
de los museos europeos, realizado en colaboración con Alain Darbel y
Dominique Schnapper, y un estudio sobre la práctica fotográfica
al cual estaban asociados Luc Boltanski, Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel,
publiqué en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto4
un modelo global de las prácticas sociales del cual quisiera expresar
el principio, porque ha sido frecuentemente mal comprendido. En primer lugar,
por los que tendrían dificultades con la particularidad nacional de las
prácticas analizadas, en materia de consumos culturales (los nombres
de los cantantes o de los actores o de los actores favoritos son frecuentemente
franceses) o de consumos a secas (la petanca5
o el whisky) o aún de prácticas deportivas (el rugby o la equitación)
y de opiniones políticas, los remito a Razones prácticas, sobre
la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una conferencia
destinada a un público japonés, como se puede desprender de este
libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no
sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis,
aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar
el menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro:
el espacio social es un espacio de diferencias, de distinciones entre
posiciones sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías
profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se proyecta,
en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen que
la "sociedad" en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que la
topología social, que describe la estructura del espacio, es inseparablemente
una semiología social, que describe el mundo social como un sistema
de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo prácticamente,
sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el análisis
sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como
sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite
relacionar inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria,
con una posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto
valor, positivo o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas
y sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos
sociales de distinción (que no son signos distinguidos sino para una
pequeña parte de la sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación
del habitus: el habitus como sistema de disposiciones es el producto
de la incorporación de la estructura social a través de la posición
ocupada en esta estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada),
y al mismo tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando
como estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico
que estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera
más simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura,
en literatura o en música, pero también en cocina o en materia
de pareja sexual o aún de opiniones políticas que corresponden
a su posición en el espacio social, por consiguiente al sistema de disposiciones,
al habitus, que está asociado, por la intermediación de
los acondicionamientos sociales, a esta posición. La ilustración
más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el fenómeno
de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran antaño
familias cuidadosas de evitar las mésalliances,6
no puede explicarse sino por la afinidad espontánea de los habitus,
de los gustos.
Es necesario detenerse un momento sobre la noción
de espacio social. En cuanto sistema de diferencias, de puntos o de posiciones
separadas, no confundidas, retiene una de las propiedades esenciales del mundo
social que querían afirmar aquellos que hablan de clases sociales o de
sociedades divididas en clases, diferenciadas. Pero deja de lado las clases
en el sentido de grupos separados y opuestos que existirían en la realidad,
incluso independientemente de la intervención del investigador. Si existe
algo como clases sociales, en el sentido tradicional (marxista) del término,
es en la medida, y solamente en esa medida, de que ellas han sido hechas,
construidas por un trabajo histórico del tipo del que describe E. P.
Thompson en The making of English Working Class. Ese trabajo a un tiempo
teórico y práctico militante, que es necesario para
transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas a la
proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de defender
o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por
el trabajo de "group making" que se realiza principalmente en los campos de
producción cultural y especialmente en el campo político. Esta
noción de campo, he sido inducido a construirla con motivo de
un conjunto de estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción
cultural: la religión, la política, el arte, la literatura, la
filosofía, el derecho, la ciencia, etc. Un campo es un subespacio
social relativamente autónomo, un microcosmos al interior del macrocosmos
social, que puede ser definido como un campo de fuerzas (en el sentido
estricto de la física einsteniana) y un campo de luchas para conservar
o transformar la relación de fuerzas. Esta definición abstracta
trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición práctica
pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los diferentes
objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc., impide
la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta
de la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión
científica está condenada a permanecer encerrada en la alternativa
del análisis interno de las obras y del análisis externo. El análisis
interno considera los textos en sí mismos y para sí mismos,
sin referencia alguna al contexto, como la tradición semiológica
o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente asociado a
la tradición marxista o a la sociología (de la religión,
del arte, de la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto
social, a la situación económica global, o a una clase social
particular (por ejemplo, en la historia del arte, la de los comanditarios de
las obras), sin tomar en cuenta el campo, es decir el microcosmos social en
el interior del cual ellas son producidas, y la lógica específica
del funcionamiento de ese campo. Esto quiere decir que para comprender, por
ejemplo, las obras sociológicas que se escriben hoy en Argentina, en
Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en cuenta: primeramente,
la posición de cada autor en el interior del campo de producción
sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo
universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en
Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha mostrado,
a propósito de la literatura, en La République mondiale des
lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial
(por ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos
de doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento7,
pueden hacer posible estrategias consistentes en jugar de alguna manera una
dominación contra otra).
La noción de campo es particularmente
potente y fecunda, especialmente en tanto que permite escapar a toda una serie
de falsos debates y acumular, como lo he hecho por ejemplo en mi lectura de
Heidegger, todo lo que el texto revela sobre el contexto histórico (había
mostrado, a partir de los textos que Heidegger había permanecido nazi
hasta el fin, lo que ha sido probado después por los historiadores) y
todo lo que el contexto revela sobre el texto (por ejemplo el rol de "pensadores"
que los historiadores de la filosofía excluyen espontáneamente,
como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de Heidegger).
Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras entre
los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la
investigación en cada sector con el producto de la investigación
en los otros.
Los campos de producción cultural están
asociados a un poder de un tipo particular que llamo el poder simbólico,
poder que ejercen los detentores de un capital simbólico. La forma
por excelencia de este poder es la que se ejerce, en las relaciones entre los
sexos, es decir la dominación masculina. Este poder se ejerce sobre los
(o las) que sufren, es decir las mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos,
a través de la complicidad arrancada que ellos le acuerdan del hecho
de que le aplican a la relación entre los sexos categorías de
percepción y de apreciación que son producto de la incorporación
de la estructura de esta relación. Sería necesario dar ejemplos
como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de lo pequeño
es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y mal,
cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí
los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico
que, como lo he mostrado en un artículo aparecido bajo este título
en los Annales, en 1977, integra tradiciones teóricas consideradas
como incompatibles, kantianas (con la teoría de las formas simbólicas),
estructuralistas o, mejor, durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino
remitirlos a este artículo, aparecido en inglés en Language
and Symbolic Power (en castellano no sé dónde).8
Esta noción es muy necesaria científicamente (y políticamente)
porque permite asir y comprender la dimensión de la más invisible
de las relaciones de dominación, de las relaciones entre dominantes y
dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero
también según la étnia (entre blancos y negros especialmente,
o entre ladinos y mestizos), o según la posición en el espacio
social. Es así que el sistema escolar, a través de las clasificaciones
que opera y que se imponen a aquellos mismos que allí son víctimas
(se sabe que la ideología del don es cada vez más aceptada
a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una función
de sociodicea, de justificación del orden establecido, incomparablemente
más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de paso,
que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital
de la sociología política, casi siempre olvidada por la "ciencia
política".
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia
del mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre,
como lo decía al comienzo, el mito conservador de la "neutralidad ética"
(los que denuncian la ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad
esencial no tener nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del
mundo social). Una parte muy importante de la producción sociológica
es conservadora, sin tener necesidad de inspirarse en una intención de
conservar, porque es mala y porque, por omisión, omitiendo plantear
la cuestión o describir el fenómeno pertinente, contribuye
a la perpetuación del orden social tal como es. Es el caso hoy en día
de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre el mundo
social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo
titulado "Las astucias de la razón imperialista" ("Les ruses de la raison
impérialiste"), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un
caso típico de la dominación simbólica), principios
de visión y de división, problemáticas, conceptos,
etc... Estos principios, aunque sean el producto de una visión (académica)
particular de una sociedad particular, los Estados Unidos, se presentan como
universales mientras reproducen y vehiculizan categorías particulares,
nacionales, de percepción y de apreciación. El reconocimiento
mundial de palabras como mundialización, o globalización, flexibilidad
(flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad, etc., se
acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites
sociales e históricos, como consecuencia de la circulación sin
control, ligada a los efectos de dominación. La difusión de aquella
doxa planetaria, falsamente internacional, es hoy uno de los mayores
obstáculos a una verdadera internacionalización del pensamiento
sociológico que es, hoy más que nunca, necesaria para pensar los
cambios actuales.
La lucha política es, en lo esencial, una lucha
para imponer, en el seno de una nación o a escala internacional, el principio
de visión y de división dominante, y desconocido (méconnu)
como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el caso de hoy de la visión
neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo interviene
en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así
la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de
los mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación
debilita automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte
sobre su ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta,
no puede por sí sola contrarrestarlos completamente, menos todavía
neutralizarlos o aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la
dominación masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento
cómplices del orden establecido están inscritos muy profundamente,
y desde hace mucho tiempo, en los cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes.
Ellos son constantemente reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente
sobre el mundo social, en el primer rango, entre los cuales están los
periodistas, pero también muchos intelectuales y hombres políticos:
esos no tienen sino que dejarse llevar por sus automatismos de pensamiento para
contribuir al reforzamiento de las rutinas de pensamiento que fundan el orden
simbólico.
Se llega así, inevitablemente, a la cuestión
del rol de los intelectuales o, más precisamente, de los sociólogos,
y más generalmente, de los especialistas del análisis del mundo
social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios
de los cuales disponen, para su diseminación?, si están convencidos
de haber descubierto verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento
del mundo social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al
mundo erudito (savant) sería, en más de un caso, una forma
de no brindar asistencia a la persona en peligro. Por esta razón, deben
superar las prudencias y también las perezas ligadas a la pertenencia
al campo científico, dominado por la creencia de que la "neutralidad"
es por sí una garantía de objetividad, para trabajar colectivamente
(como la asociación internacional Raisons dagir)9
a difundir los conocimientos y los útiles de conocimiento que la ciencia
social produce, y que son necesarios para resistir a los nuevos oscurantismos,
que hoy se presentan frecuentemente bajo las apariencias más racionales
y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una razón
científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y
sobre todo sobre ella misma.
Notas
1.
Parece ser que quiso decir "asignado" o "atribuido".
2.
Träger: vocablo alemán que significa "cargar".
3.
Sobre este asunto, se puede leer del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4.
Ver bibliografía.
5.
Juego también conocido como bolos franceses.
6.
Es decir, que no favorece una alianza entre familias.
7.
En otras partes se refiere a estos términos como doble constricción.
8.
Ver nota bibliográfica (recuadro).
9.
Ver la Página web: www.zeg.org/raison-dagir/start.htm