
¿Cómo evaluar a
los desiguales?
El caso de las maestrías en Educación en Jalisco
Luciano Oropeza Sandoval*
Los años transcurridos de la década de los noventa muestran que el
rasgo más evidente del sistema de educación superior en México, ha sido el cambio de su
dinámica de crecimiento. De una tasa de crecimiento anual de 5% en los años ochenta se
pasa a una tasa de aproximadamente 2% en el lapso de 1990 a 1996. Dentro de este sistema
cabe especificar que, mientras la matrícula de licenciatura creció cerca de 10% entre
1990 y 1996, la del posgrado aumentó en alrededor del 20%. Esta información revela como
ha habido un crecimiento vertical de lo que hoy se denomina el cuarto nivel: los
posgrados.
Ya desde mediados de los años ochenta aparecen visos de preocupación
por la forma como se estaba expandiendo ese nivel.1
Autoridades educativas y académicos promueven reuniones de información y análisis donde
van fijando criterios para evaluar y examinar los diversos programas de posgrado
(Villegas: 1986). Así, se señalan variables como productividad de la planta académica y
de los estudiantes, grados académicos de los docentes, tamaño de la biblioteca, tiempo
de dedicación de los estudiantes, porcentaje de graduados y tiempos de graduación. Con
estos criterios no sólo se induce a que los programas funcionen conforme a sus
indicaciones, sino también se fundamentan propuestas de "acreditación
educativa", como sería el caso de los Padrones de Posgrados de Excelencia del
CONACYT.2
Con la institucionalización de formas de evaluación y acreditación
de los posgrados, el gobierno federal contribuye a profundizar las diferencias entre los
diversos programas que se imparten en el País. En el caso de Jalisco, la aplicación de
reglas de acreditación educativa, como sería la pertenencia al padrón del CONACYT,
introduce una mayor cauda valorativa en los estudios de ese nivel. Así, al inicio de los
noventa los programas de maestrías en educación se clasifican entre los que están en el
"cuadro de honor" del CONACYT, los que desean ingresar y los que están lejos de
cumplir con las exigencias de ese organismo.
Se trata de un abanico de programas que tiene objetivos diversos: unos
buscan mejorar la práctica docente de sus alumnos, otros formar administradores
educativos y los menos, desarrollar habilidades, conocimientos y saberes relacionados con
la investigación social. A esta diversidad de perfiles, se agregan condiciones materiales
y formas de funcionamiento relativamente heterogéneas: hay algunos que desde su creación
adoptan criterios socialmente aceptados por ciertas comunidades académicas; otros que
emergen sin considerar tanto lo anterior, y otros más que se distinguen del resto por no
contar con espacios físicos propios ni con personal académico de base y, en algunos
casos, por no contar con reconocimiento oficial de instituciones educativas de la entidad.
Esta diversidad nos lleva a preguntarnos, ¿cómo podríamos abordar la
evaluación de su funcionamiento? Una acción inmediata sería recurrir a la serie de
indicadores utilizados por el CONACYT; medida que consideramos relativamente insuficiente
porque si basamos el estudio exclusivamente en su patrón de evaluación, obtendríamos un
diagnóstico que sólo nos llevaría a ubicar las limitaciones; es decir, únicamente
sabríamos qué le hace falta a un programa para estar en un supuesto primer nivel, pero
no a comprender cómo y por qué funciona de tal o cual manera.
No se trata tampoco de establecer criterios de evaluación
jerarquizados, de tal manera que haya criterios de evaluación de primer nivel para
programas ubicados en ese rango, criterios de segundo nivel para programas de menor
estatura y así sucesivamente. Más bien, se trata de poner en claro que hay diferencias
en estos programas que se oponen a ciertos fundamentos que dan sentido a los criterios de
evaluación dominantes. Esto es, algunos de los programas, como puede ser el caso de la
Maestría en Intervención Educativa, no tienen como objetivo formar investigadores en
educación, sino profesionales capaces de intervenir en su práctica educativa. En ese
sentido, su proceso de formación no opera conforme a la lógica de formación de
investigadores, por lo que resulta insuficiente, y en cierto sentido arbitrario, querer
evaluar sólo con indicadores acordes a ese tipo de formación, procesos que son
relativamente distintos.
Pero no podemos hacer caso omiso al hecho de que muchas de las
competencias que se pretenden desarrollar, las maneras como se logra que los alumnos las
asimilen y las incorporen a su práctica profesional, y las condiciones que hacen posible
su aprendizaje, son muy similares. En todos ellos se requieren profesores, asesores, o
como se les quiera llamar, que guíen y conduzcan la formación de los alumnos, se
necesitan espacios donde desarrollar el trabajo, se necesita una forma de organización
que haga posible su operación diaria, se necesitan materiales que ayuden y orienten el
trabajo en el aula, en fin, hay muchos aspectos en común que revelan la pertinencia de
algunos indicadores elaborados exprofeso para evaluar la formación, pero hay otros que
son necesarios crear para efecto de una descripción más profunda del funcionamiento de
los posgrados.
En ese sentido, creemos que los indicadores más convencionales deben
combinarse con otros que ayuden a entender cómo se gesta y desarrolla un proceso social
determinado. Así, el conocimiento empírico que aportan los indicadores, se verá
complementado con otros conceptos orientados a proporcionar una visión procesal del
fenómeno.
Evaluación de lo común y lo diferente
El paso de una evaluación configurada, con indicadores que miden relaciones, a una
evaluación que recupere el proceso de funcionamiento de los programas de posgrado,
implica numerosos aspectos. En primer lugar, que uno y otro procedimiento no sean
excluyentes, ya que ambos brindan apoyos valiosos en torno al conocimiento de los sistemas
educativos. Sin embargo, es conveniente resaltar que las formas de evaluación erigidas
sobre la base de relaciones medibles tiene un fuerte arraigo dentro del mundo académico.
En las revistas especializadas en posgrados, como Omnia, se describen variados
modelos construidos sobre la base de relaciones medibles y cuantificables. En el fondo de
estos problemas de investigación, como diría Lakatos, subyace una concepción sobre la
forma de operar y hacer inteligible el funcionamiento de los procesos educativos. Es una
concepción que si bien se funda inicialmente en una racionalidad instrumental, donde se
supone la equivalencia entre los medios y los fines, entre lo que establecen formalmente
las escuelas como curriculum normativo y lo que aprenden los alumnos, lo cierto es que su
desarrollo se ha visto enriquecido por las experiencias de investigación realizadas a lo
largo de esta década. Así, nos encontramos con propuestas teórico-metodológicas que
han introducido formas de evaluación más complejas, que incorporan nuevas relaciones y
formas de medición más detalladas y minuciosas, que permiten obtener información más
precisa de los diversos productos internos y externos que las instituciones educativas
generan en su acontecer diario.
En estas propuestas, ya se reconoce que las organizaciones educativas
funcionan con una racionalidad limitada, donde la acción individual, grupal y
organizacional no se da sólo a partir de una racionalidad instrumental, sino también a
partir de otras formas de racionalidad relacionadas con los valores e intereses que
profesan los individuos y grupos participantes.
Esta propuesta de evaluación, a pesar del continuo enriquecimiento de
sus presupuestos teóricos y metodológicos, sigue considerando que la complejización de
los sistemas educativos puede proseguir evaluándose sobre la base de una concepción,
donde lo prioritario son los resultados y no la forma como se llega a ellos. Así, su
énfasis continúa centrándose en la aprehensión de lo estático y de los productos
terminados, sin considerar que entre lo supuestamente estático y los productos hay una
situación procesal que confiere sentidos diversos a dichos productos. Sin embargo,
conviene señalar que la mayoría de los estudios de evaluación institucional se han
desarrollado sobre la base de esos presupuestos teórico-metodológicos. Por lo tanto, no
se trata de aminorar su trascendencia, sino de ubicar los límites que conlleva su
enfoque.
Discutir los límites que encierran las propuestas de evaluación
institucional, que erigen sus instrumentos de medición sobre una concepción que hace
más énfasis en los resultados que en los procesos, nos lleva a la polémica de la
vinculación entre lo micro y lo macro, a la discusión sobre cómo podemos recuperar lo
específico sin descuidar lo general. Esta discusión necesariamente implica un cambio de
miras en torno al funcionamiento de la organización escolar, donde los sucesos que se dan
en su interior no sean vistos de manera estática sino como fenómenos constitutivos y
constituyentes, donde la institución y sus sujetos interactúan construyendo la vida
cotidiana de la escuela.
Abrir el horizonte de lo cotidiano para mirar la escuela permite
advertir situaciones que pueden ayudarnos a formular nuevas formas de evaluación de los
procesos educativos, que si bien no sustituyen el alcance que tienen los estudios
derivados del paradigma de evaluación dominante, si permiten profundizar en torno a las
formas como se procesan los frutos educativos.
Notas
1. El
origen de los estudios de posgrado se remonta a los años cuarenta en México. La UNAM
otorga la primera maestría en 1940 y el primer doctorado en 1947 en la Facultad de
Ciencias. "De 1940 a 1970 el crecimiento de los estudios de posgrado fue
relativamente lento, existiendo una gran dependencia de las universidades extranjeras para
la formación de científicos y profesionales de alto nivel." (Arredondo: 1986) Sin
embargo, a partir de 1970 se inicia un elevado crecimiento: en ese año "sólo trece
instituciones tenían programas de posgrado sumando un total de 226 programas y 4088
estudiantes; en maestría había 124 programas y 3342 estudiantes, mientras que en el
doctorado había 52 programas y 746 estudiantes. Para 1985 se registra un total de 1129
programas, de los cuales 365 son de nivel de especialización agrupando a 12,417 alumnos,
655 de maestría con 24,990 estudiantes y 109 programas de doctorado con 1641 alumnos. En
el lapso de 15 años la maestría creció 7.4 veces mientras que el doctorado creció 2.2
veces." (Ibídem).
2.
Díaz Barriga dice que "los criterios para evaluar los diversos programas con miras a
su incorporación en estos padrones son retomados de la tradición estadounidense que se
inicia desde principios de siglo, en las que se ponderan determinadas variables:
productividad de la planta académica y de los estudiantes, grados académicos de los
docentes, tamaño de la biblioteca, dedicación de los estudiantes, porcentaje de
graduados del programa y tiempos de graduación. Estos elementos, finalmente son los que
determinan la inclusión de un programa de posgrado en los padrones de excelencia."
(Díaz Barriga: 1995).
Bibliografía
ARREDONDO, Martiniano.
"Programa integral de desarrollo de la educación superior: los estudios de
posgrado", en Revista Foro Universitario, núm. 66, mayo de 1986. pp. 31-38.
DÍAZ Barriga, Angel. "El problema de la
formación intelectual en los posgrados en educación: notas para una discusión".
México, 1995. pp. 1-9. [Mimeograma].
KENT Serna, Rollin. Tendencias y problemas
de la educación superior en México: los años noventa. Documento núm. 41.
DIE/CINVESTAV/IPN. México, 1995.
VILLEGAS, Abelardo. "Primer Congreso
Nacional de Estudios de Posgrado", en Revista Foro Universitario, núm. 66,
mayo de 1986. pp. 29-30.