
De la necesidad de
la evaluación de los posgrados en educación. Más allá del padrón de CONACYT
(Texto preparado para el panel
"Estrategias para la consolidación de programas de posgrado", en el marco del
20 Encuentro Regional de estudiantes y académicos de posgrado en educación.
Guanajuato, Gto. 8 al 10 de marzo de 2000).
Sara G. Martínez Covarrubias*
Un alto porcentaje de estudiantes de posgrado en educación lo constituyen profesores de enseñanza básica, muchos de ellos más interesados por lograr un diploma de grado, que en adquirir efectivamente una alta calidad profesional en un campo específico de formación.
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No se puede negar que las presiones y mecanismos de
compensación salarial diferencial "disimulado", en los programas de Carrera
Magisterial y estímulos diversos, han impulsado a los profesores a la búsqueda de
opciones normativas de mayor nivel académico. Nos basta con revisar los factores del
sistema de evaluación para cada vertiente del programa de Carrera Magisterial (Cuadro l),
para darnos cuenta del valor que están cobrando los "comprobantes" por un lado,
y por otro, sabemos que la formación adquirida vía posgrado puede ayudar al profesorado
a incrementar sus puntajes en los exámenes diseñados para evaluar su preparación
profesional. Juntos, el factor de grado académico y el de preparación profesional
(corroborada por el resultado del examen mencionado) alcanzan un 43% de la puntuación.
Incluso el grado académico por sí sólo tiene una puntuación superior a la antigüedad.
La demanda tiene características muy particulares. Cada vez es menor
proporcionalmente el número de programas de especialización y mayor el número de
programas de maestría. En 1996, el 18.1% de los posgrados en educación eran
especialidades, mientras el 73.66% eran maestrías (Cuadro 2). Este último tipo de
estudios ha pasado a ocupar el lugar del precedente, modificándose en los años recientes
la imagen social y el reconocimiento que implican, así como el enfoque de dichos
estudios. Hasta hace algunos años se consideraba la maestría, en México, como un tipo
de estudios enfocado principalmente a iniciar al estudiante en el ámbito de
investigación en la disciplina de su área formativa, como una etapa precedente al
doctorado y un tipo de formación enfocada principalmente al trabajo académico. Sin
embargo, en los últimos tiempos la maestría ha pasado a ocupar el sitio que tenía antes
la especialidad, como opción que eleva el nivel profesional de quienes la cursan y que
participan en los diversos sectores productivos y de servicios. Es este el espíritu de
muchos programas de maestría en impuestos, en administración, computación, etcétera.
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Si consideramos el volumen de estudiantes de
posgrado de todas las áreas, a nivel nacional en programas de especialidad (excluyendo
los de medicina), encontramos que apenas representan el 12% de la matrícula de posgrado,
en cambio los programas de maestría (incluyendo aquí las especialidades médicas)
alcanzan el 81%, con apenas el 6.9% para los estudios doctorales. En el caso específico
del área de educación y humanidades, donde la gran mayoría de los programas y
matrícula corresponden a educación, encontramos en 1996 el 83.6% de los estudiantes en
maestría y únicamente el 9.58% en especialidad. Para el doctorado la proporción es muy
reducida también, únicamente el 6.81% (Cuadro 3), y dos años después, en 1998, la
matrícula de la maestría dio un gran salto, pasando de 10 mil 138 estudiantes a 20 mil
592, esto es, un incremento del 103% (Gráfica 1).
Incluso en programas como PROMEP, se ha reconocido a las especialidades
médicas como "maestrías" (Cfr. PROMEP, 1997: 6). Esto implica admitir
que existe una jerarquía diferencial entre estos tipos de estudios. Tener
"maestría" es más y mejor que tener "especialidad", aun cuando
durante mucho tiempo se argumentó que la diferencia principal estribaba en el tipo de
formación: más general la primera y mucho más específica y de profundización, en un
ámbito concreto de la disciplina y el ejercicio profesional, la segunda (Cfr.
CONAPOS, 1991: 38-41).
Gráfica 1. Matrícula de posgrado. Area: Educación y Humanidades (1984-1998) |
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Fuente: ANUIES. http://anuies.mx/0ppestadis.html (7/03/2000) |
Estos cambios, que reflejan el credencialismo
vigente, causado por la devaluación de los estudios de licenciatura, a su vez asociada a
la expansión del sistema escolar y al desempleo y subempleo profesionales, obviamente han
tenido su impacto fuerte en el propio sector laboral de la educación, motivando que se
busquen mayores credenciales para acceder a puestos administrativos, para incrementar el
nivel jerárquico y obviamente, los ingresos (Véase Hirsch, 1996: 26-27).
Es ésta pues, una de las razones principales de la proliferación de
programas de posgrado en educación, entre los cuales se pueden distinguir diversas
divisiones:
1a División.
Los programas incluidos en el padrón de posgrados de excelencia del CONACYT en calidad de
"aprobados", cuyas características principales son el estar centrados en la
investigación (no olvidemos que promover esta actividad es la misión principal del
Consejo y que no apoya programas profesionalizantes), el contar con un cuerpo académico
consolidado y de reconocido prestigio, disponer de infraestructura suficiente para su
operación. Acaso lo que al estudiante interesa más de esto, es la posibilidad de contar
con una beca para dedicarse por completo a los estudios.
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2a
División. Los programas que hacen esfuerzos por mantenerse en el padrón de
CONACYT, pero que están "condicionados" porque no cumplen a satisfacción
alguno o algunos de los parámetros de calidad requeridos. Dichos programas sienten
siempre la espada de Damocles y buscan presentar su mejor cara ante las comisiones
evaluadoras, procurando que las deficiencias se minimicen o al menos se relativicen
considerando los logros que generalmente con pocos recursos y mucho esfuerzo y creatividad
han alcanzado.
3a División.
Los programas que no forman parte del padrón por alguna de las siguientes razones:
a). No tienen las condiciones académicas mínimas de operación para
garantizar una formación adecuada en investigación, aun cuando sea ésta su intención;
b). No son programas que demanden tiempo completo de dedicación a los
estudios;
c). No pretenden formar para la investigación, sino para la docencia o
el ejercicio profesional en un ámbito muy concreto de la educación.
Los programas de la 1a y 2a división apenas representan alrededor del 10% de
las opciones de maestría y doctorado en educación (cuadro 4), y están además
distribuidos de manera poco uniforme: 15 en el Centro del País (DF, Tlaxcala y Puebla),
seguida de la región Centro-occidente con 5 programas, luego 2 para la zona Noroeste, 1
para la Centro-sur y en la región Noreste no hay ninguno disponible.
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Creo, que dadas las condiciones actuales, los esfuerzos
deben encaminarse a apoyar a los programas de la 2a
división para que pasen a la 1a, y a lograr
que los que están en la 3a, porque su
objetivo es brindar una formación enfocada al desempeño profesional en la docencia u
otra forma de trabajo pedagógico, de carácter más bien práctico, logren avanzar hacia
la 2a y 1a divisiones en cuanto al reconocimiento de que cumplen adecuadamente su
función de formación o están ya en vías de consolidarse, es decir a que sean
reconocidos como "buenos programas" para alcanzar sus objetivos declarados.
Estos estudios no cumplirán los criterios del CONACYT y sería improbable que sus
estudiantes dispusieran de becas del Consejo. Sin embargo, sí podrían integrarse en un
padrón de programas de posgrado para la formación del profesorado y las becas-comisión
que discrecionalmente a veces se otorgan, se podrían ofrecer en función de la
participación del profesorado en estos programas de calidad.
Obviamente habría que precisar cuáles son los criterios para
considerar un programa de esta naturaleza como un "buen programa". Estos
criterios deben ser académicos, y no derivados de negociaciones sindicales. Ello
permitiría una asignación de becas y apoyos con mayores garantías de formación que las
que a la fecha ofrecen programas que surgen por doquier al vapor, sin disponer de recursos
humanos y materiales mínimos para su operación, con currículos deficientemente
estructurados y que se prestan a la simulación: se habla mucho de la calidad de la
formación que se brinda, pero con resultados muy pobres.
Desde luego que es importante y más en un país tan grande como el
nuestro, diversificar la oferta de programas de posgrado, pero esta diversificación debe
ir más allá del nombre de los programas, en lo cual por cierto tenemos gran variedad,1 debe enfocarse a la diferenciación de sus
objetivos y han de implementarse los mecanismos adecuados para que quienes los cursen
hagan realmente el mayor y mejor uso posible de los conocimientos adquiridos.
Tenemos muchos casos de docentes con maestrías en Investigación
educativa que se dedican principalmente a la gestión o a la enseñanza frente a grupo.
Estas personas no hacen generalmente investigación educativa: porque sus condiciones de
trabajo no son las adecuadas y/o porque sus funciones son otras. Incluso, volviendo al
tema de la "Carrera Magisterial", la realización de estas actividades
"cuenta" básicamente para quienes se ubican en la tercer vertiente del
programa, es decir, para el personal que hace funciones de apoyo técnico-pedagógico,
pero no para los docentes frente a grupo ni para directores y supervisores (Cuadro 1).
Los programas enfocados a la formación para la investigación son muy
importantes y deben ser apoyados aquellos que tengan posibilidades de llegar a ser buenos,
pero los demás deberían reconvertirse a programas de formación para la docencia o para
la administración educativa o la gestión; después de un serio y desapasionado análisis
de sus plantas académicas, de sus aspirantes (en cuanto a formación, expectativas,
disponibilidad de tiempo y hasta edades), así como de los requerimientos de personal de
su área geográfica de influencia.
Este planteamiento no significa descartar la investigación en los
programas de posgrado en educación, simplemente aboga por distinguir las formas de
acercarse a ella: desde la generación de conocimientos, a la realización de proyectos de
intervención y desarrollo en los que se aplican resultados de investigación y, en un
nivel más modesto, el uso de los productos de investigación recientes dando a la
formación la mayor actualidad y pertinencia.
Para lograr lo mencionado antes, creo que el trabajo regional bien
organizado es una vía interesante y puede ser muy productiva, especialmente si hay muchos
"partidos amistosos" entre los equipos de las tres divisiones que actualmente
existen y ya mencioné, por ejemplo: en encuentros y foros, en el trabajo curricular
conjunto, mediante estrategias alternativas de formación, cursos y seminarios coordinados
por académicos de las distintas instituciones, compartir recursos bibliográficos,
etcétera.
Nota
1. Como
ejemplo tenemos: docencia superior, educación superior, educación universitaria,
enseñanza superior, etcétera, para similar ámbito disciplinario. (ANUIES, 1997).
Referencias
ANUIES. Catálogo
de posgrado 1997. ANUIES. México, 1997.
CONAPOS.
Programa Nacional del Posgrado. SEP. México, 1991.
URL: http://info.main.conacyt.mx/daic/padron-excel/index.html
(7/03/2000).
URL: http://volcan.ucol.mx/colaboracion/rpe/
(7/03/2000).
PROMEP.
"Lineamientos para el otorgamiento de becas". SEP/SESIC/PROMEP. México, 1997.
[Mecanograma]. 14 pp.
SEP. Perfil
de la educación en México. SEP. México, 1999.
HISCH
Adler, Ana. Investigación superior. Universidad y formación de profesores. Ed.
Trillas. México, 1996.