
Educación: violencia y erótica
Octavi Fullat Genís*
En la actividad educacional pueden distinguirse dos aspectos: la
facticidad misma en su positividad lo hecho y la factividad enjuiciada
en su negatividad lo deseado. Los datos de la educación disparan las
ideologías que los avalen; el desengaño causado por los hechos educacionales
presupone las utopías, a partir de las cuales adquiere sentido el desencanto. Estamos
observando la educación como fenómeno, como pastosidad fáctica, como mera presencia.
En su positividad de positum, el acto educador es enfrentamiento,
oposición, pugna, colisión, contienda, contradicción, discordia, enemistad e, incluso,
violencia hasta física, entre educador y educando. Aquellos que platican de
concordia no se refieren al acto educacional, a "lo que hay", sino al desenlace
apetecido del mismo, a "lo-que-tendría-que-haber". Hablar de la meta utópica
de la educación es haber dejado ya de mencionar la educación para referirse a su sazón
o colmo; es decir, a su inutilidad. El fenómeno educativo sólo se intelige como
mediación y ahora me ciño, precisamente, a este su bulto y substancia. Conviene insistir
sobre tal extremo porque fácilmente confundimos los juicios fácticos y los enunciados
axiológicos.
La conciencia trascendental capta el eidos de lo educativo, y en
él descubre la esfera de lo que es al lado del ámbito de lo que tendría que
ser. En la intuición no se confunden estos dos mundos. La violencia caracteriza
esencialmente el primer espacio, mientras que la delenda est violentia pertenece al
segundo mundo, como lo buscado, perseguido, anhelado, ambicionado, apetecido. Pero el delenda
est violentia aparece siempre a la conciencia como aspiración y nunca como formando
parte del fenómeno educacional, en cuanto es algo dado.
Veremos como el encuentro acaba en des-encuentro, en
contrariedad, en substancial contra. Encontrar a alguien del bajo latín incontra
es toparse con él, chocar o tropezar con dicho alguien. Ya la etimología nos advierte
del cariz pesimista que se alberga en todo encuentro, nos avisa de la dimensión
optimista. Presiento, sin embargo, que el lado fáctico del encuentro presenta un rostro
de contrariedad. Cuando dos se encuentran, particularmente cuando se trata de la primera
vez, se experimentan contrariados, opuestos, discrepantes, contrarios. Uno espía al otro;
por si acaso. Lo primero que nos viene a la mente es que nos hallamos delante de un
probable enemigo o, como mínimo, frente a un desconsiderado. El lado desiderativo del
encuentro, lo que acariciamos en él, es que traiga paz y ventura; pero esto es solamente
envidiado y apetecido.
I. Violencia
En el encuentro educacional, el otro es de forma apabullante realidad, y hay
constancia en mi conciencia de que es real dado que me resiste. Porque topo con el
profesor, o con el padre, porque el alumno o el hijo son mi contravoluntad, me consta
indubitablemente que el otro es real. Cuando la conciencia puede poner o quitar mundo,
este mundo instalado o bien suprimido a mi antojo deja de ser mundo real, pasando a ser
simplemente mundo imaginado. La indocilidad de lo encontrado asegura su bulto y presencia.
No soy pesimista ante estos hechos; considero como Heráclito que es
cuestión de una violencia fértil. Por lo menos, no conocemos otra fertilidad que la
proporcionada por la oposición entre contrarios. No es lo que anhelamos; pero es cuanto
tenemos.
Sartre nos avisa de que:
La libertad del otro constituye el fundamento de mi ser. Preso precisamente, porque existo merced a la libertad del otro, carezco de seguridad, descubriéndome en peligro en la libertad del otro.
La libertad del profesor fundamenta, desde tal
perspectiva existencialista, el ser mismo del alumno en cuanto posible civis. Esto
es colocarse peligrosa e inesquivablemente en manos del de enfrente. Sólo le queda una
defensa al discípulo: construir, a su vez, con su libertad el sostén último del ser del
profesor. Oposición esencial, pues, del acto "docente-discente", del encuentro
enseñante.
Cuando el encuentro educacional se lleva al término desde dos
existencias empíricas ingenuas, no está permitido referirse a otra cosa que a
amaestramiento mutuo. Incluso la violencia que pueda engendrarse en tal circunstancia es
violencia zoológica, que no interesa en mi análisis.
El encuentro educacional, cuando no es divertimiento-conductista, juego
de "estímulo-respuesta", alcanza el nivel grave de la contienda entre dos
conciencias. Y ésta es la perspectiva que aquí nos preocupa. Toda conciencia es, y
probablemente sólo es desde la inquisición fenomenológica tensión negadora
de aquello de lo cual es conciencia. Cada conciencia cada acto de conciencia
solamente existe en la medida en que es diferente de aquello de lo cual se concientiza; de
no ser así, no habría conciencia. Lo percipiens conciencia realiza el
percipere la nóesis y así, y solo así
distinguiéndose, atrapa el percipi el noema, lo
dado a la conciencia. Ésta existe en vistas de lo que debe ser captado. Entre la
conciencia y la meta de ésta, se dan la tensión y tirantez designadas filosóficamente
con el nombre de intencionalidad. Ninguna vez se confundirán la conciencia
educante y la conciencia educanda. Se espiarán mutuamente para convertir a la otra en noema,
en fenómeno, en objeto.
Las conciencias tienen vida intencional. Esta apunta a lo otro con
respecto a la conciencia, que siempre será algo ajeno a ésta. Cuando el educando se
apercibe de su profesor, éste no es, radicalmente, otra cosa que lo negado por lo
percipiens. La conciencia no es negación absoluta; en tal supuesto, el profesor
apercibido desaparecería y con él la conciencia de su alumno. Sólo serían ya posibles
las relaciones zoológicas entre maestro y discípulo; e.g. los reflejos condicionados y
los mecanismos del modelo "estímulo-respuesta". La agresividad pasaría a ser
la de las bestias, aquella a la que se refieren los etólogos. No. La conciencia jamás
establece una relación absolutamente negativa; en tal supuesto, desaparecería la
relación en cuestión y quedarían únicamente las relaciones entre dos cuerpos. Padre e
hija se relacionarían como el chimpancé y su vástago, con la única diferencia que en
el caso humano hay que contar con casi 14 mil millones de neuronas, complejidad que
permite relaciones neurofisiológicas mucho más enredadas. La relación entre las
conciencias de educador y educando se basa en la mutua negación relativa y no absoluta.
Cada conciencia necesita la de delante para negarla y poder, de esta forma, existir. El
destino del encuentro educacional, a nivel de conciencias y no sólo de sensaciones y
percepciones, es un pugilato sempiterno.
No hay acto educante posible sin lenguaje, es decir, sin comunicación.
También aquí apunta la contienda.
El lenguaje familiar, escolar, eclesial, político,
cinematográfico, radiofónico, periodístico, televisivo, militar, judicial...
enfrenta educadores y educandos. La comunicación lingüística es belicosa; caza
conciencia, valora y significa las acciones y los vocablos del interlocutor, pero los
interlocutores no hablan desde el mismo plano. Siempre existe aquel que se halla encima
del podium. En teoría, el lenguaje funda a la persona, la cual queda posibilitada,
en el límite utópico, por la comunicación intersubjetiva, por la comunidad. Pero, en la
práctica, el lenguaje de que se vale el educador es un lenguaje configurador del oyente
o, tal vez, desfigurador del mismo. El habla atropella, pero el habla también se defiende
del sometimiento; el habla es pleito y conflicto cuando se hablan el padre y la hija, la
profesora y el alumno, el líder político y el ciudadano de a pie.
El profesor confiere significado a las palabras del discípulo y éste,
a su vez, proporciona sentido a los vocablos de aquel. Cada cual quiere triunfar sobre el
otro a golpe de voz, de dicción.
Sartre1 comprende que no es
viable la educación sin constreñimiento:
Una educación severa trata al niño como si fuera un instrumento ya que le doblega a fuerza de valores que no ha admitido; ahora bien, una educación liberal, aún valiéndose de otros procedimientos, también acaba imponiendo a priori principios y valores en nombre de los cuales se trata al pequeño. Relacionarse con éste a base de persuasión y de dulzura constituye todavía un apremio. El respeto de la libertad del otro es una palabra vana.
Nos encontramos, pues, delante de una violencia
esencial. Podemos alterar los modos de la misma, pero jamás suprimiremos el
descomedimiento. Aristóteles, oponiendo el movimiento violento, o forzado, al movimiento
natural, perfiló el concepto de violencia. Esta consiste en todo aquello que proviniendo
del exterior contraría el movimiento interior, espontáneo, de una naturaleza. Si un ser
humano se concibe como voluntad libre, será violento todo constreñimiento físico al que
queda sometido su cuerpo, obligándole a realizar una acción contra su dictamen. No
obstante, para que una voluntad la del maestro, por ejemplo comunique su
determinación a otra voluntad, no dispone de otros recursos que la fuerza física o el
embrujo del discurso; no tiene a mano otros medios como no sean el vencer o el con-vencer.
Pero, la convicción, ¿no es el resultado de haber irrumpido, en mí, un discurso que me
es extranjero?; mi identidad, ¿no queda necesariamente asaltada, como mínimo, por la
violencia.
El terrorismo, que se ha desarrollado los últimos decenios en buena
parte del primer mundo, tiene la pretensión de ser pedagogía. El terrorista que piensa,
el ideólogo, entiende que su actividad es ciertamente violencia, pero "violencia
información", por ejemplo, y desde luego violencia pedagógica educadora de las
masas. La violencia de los animales no es educadora; la terrorista quiere serlo. Los actos
violentos específicamente humanos los hombres cometemos también violencias
banalmente zoológicas hablan, se dicen, se comentan, se legitiman. ¡Cuántos
escritos acompañando las guerras! Hay por ejemplo, declaración de guerra. El
terrorismo con su actividad violenta educadora se coloca en esta línea de la violencia
comunicativa, tan típicamente humana.
El encuentro por excelencia es el de dos conciencias; aquí es donde
nace la luz para comprender la virulencia propia de los hombres y distinta del furor de
las bestias. Toda comunicación implica una violencia constitutiva. Se trata de la lucha
por el reconocimiento de que habló Hegel. Es la pugna para ser escuchado; ¿no conocen
muchos profesores, a modo de anécdota, lo que señaló como categoría? El mismo Husserl
cuando se interroga sobre la manera como nos son dados los otros cuerpos en la percepción
que uno tiene desde el cual, y sólo desde el cual, podemos tener experiencia del resto de
cuerpos, humanos o no. El cuerpo de cada quien constituye, por consiguiente, el
conocimiento empírico originario. Y como cada cual posee su cuerpo, que es el primordial,
resulta fácil adivinar que el encuentro, incluso perceptivo, de dos cuerpos se
convertirá en una agonía, ambos habiendo de ser primordiales.
No podemos vivir sin mundo; para los pequeños, su mundo lo
constituyen los padres; para el amante, la amada; para el que aspira a gobernar, su mundo
es el de los poderosos; para el jugador empedernido, el juego constituye su mundo. Los
sujetos angustiados, en vez de tener mundo, lo son. No podemos existir desprovistos de mundo.
¿Quién determina el mundo de los educadores?, pues ni más ni menos que los educandos.
Vivimos y somos, ec-státicamente. No se da el fenómeno educativo sin referencia
al orden representado por la autoridad del educador y sin relación a
la anarquía encarnada por la libertad del educando. El enseñante o el
juez o el locutor radiofónico o el sacerdote o el líder político o el ministro o el
padre.... todos ellos educadores, se colocan del lado de Egisto y de Júpiter,
en contra de los súbditos y de los mortales. La obra sartriana Las Moscas de
donde tomo la anterior referencia nos habla de los peligros del orden. Un educando
absolutamente ordenado es un educando cadáver; es decir, cuando el orden impera
del todo, ha desaparecido la educación Esta sólo sobrevive en la tiesura.
La tensión entre mando y obediencia o, claro
está, desobediencia vertebra no sólo la política, sino también el hecho
educacional. La diferencia radica en que mientras, en política, el mando se
presenta incondicional, en educación el mando se ofrece condicionado. El poder
inicial del educador, así como el poder subsiguiente del educando, es fuerza, dominio,
capacidad de romper la voluntad resistente: es violencia. La autoridad no es otra cosa que
la violencia pseudolegitimada con ideología y con leyes. Oponerse a la fuerza imperante
es lo más natural del mundo; sólo se requieren, además de la pujanza, razones que se
opongan a la violencia ejercida. Ya resulta más difícil tener el derecho a favor; para
esto resulta indispensable disponer de más robustez social que los contrincantes. Es
dominador quien puede exigir reconocimiento, a veces, es el maestro; pero no faltan
ocasiones y cada día menos en que el dominante es el discípulo. Aquellos que
son superiores a otros física, psíquica, económica o políticamente imponen
de inmediato la obediencia a los demás. Siempre que aparece la resistencia, nos
encontramos delante de la educación; Rousseau nos advirtió que cuando se pretende
institucionalizar el dominio, se debe a que la fuerza no puede imponerse del todo e
inmediatamente. La escuela es una institución social; en consecuencia no es un espacio en
el que el poder de uno, o de unos, triunfa de forma total. La institución escolar será,
por tanto, un lugar de agonía, de lucha y de angustia. Se trata, en ella, de ver quién
sale vencedor. No hay poder poder educativo, sea del educante o del educado
sin mandato y sin obediencia, consecuentemente.
El conflicto educante es esencial y no un accidente. Sólo hay
violencias concretas en educación porque ésta es constitutivamente conflicto.
No debe maravillar que la angustia haga aparición en los contendientes
educativos, puesto que a cada uno de ellos puede asaltarle el miedo de perder su
mundo en manos del contrincante. Lo más terrible se presenta cuando docente o discente
para fijarnos en esta pareja educacional acaban dudando de su derecho a un
mundo. ¿Por qué, entonces, no suicidarse? El otro se convierte en amenaza y perdición.
Cuando alguien se queda sin mundo, no sólo perece el mundo, también se muere el sujeto.
Algunas veces la educación provoca una angostura tan extremosa que pasa a ser defunción
o estrechamiento absoluto. Ha habido alumnos y también profesores que se han dado la
muerte al llegar a la pérdida total de mundo; ya no tenían donde asirse ni donde
sostenerse.
El encuentro educativo se nos ha ido configurando como contienda
esencial. Las oposiciones anecdóticas entre educandos y educadores no son más que
concreciones psíquicas, sociales e históricas de la columna vertebral de la relación
educante.
II. Erótica
La doliente y penosa meditación que he desarrollado en el apartado anterior, en torno
a la estructura y a la función violentas del hecho educativo no se abre a esperanza
alguna, a menos que abandonemos el plano de los posita, de los datos, y nos dejemos
embriagar por el deseo y el empeño. Sin embargo, podemos ya vislumbrar travesías nuevas
o novicias. La existencia del hombre no acaba en una relación imposible con los demás;
también consiste en apertura al mundo no-humano y ¿por qué no? en
posibilidad de inaugurar una salida hacia lo trascendente. No todo se reduce a la
factividad educacional; se puede, además, saltar a lo últimamente buscado con la faena
educadora. Esto ya consiste en abandonar los actos educacionales para interrogarse acerca
de las finalidades de la educación. Finis, en latín, tanto indicaba el final como
la meta. Se trata de cosas distintas, pero emparentadas. Puede suceder que la educación
de alguien, o de la humanidad entera, cese, deje de existir, sin por ello haber alcanzado
su propósito. En tal supuesto, se habrá llegado a un final pero no al final; se habrá
amarrado el objetivo último del proceso educador. No obstante, incluso en esta hipótesis
no se colocan totalmente de espaldas el "finis-acabamiento" y el "finis-finalidad".
Según muchos, la historia de la educación todavía no ha alcanzado su
madurez. En este todavía no se encierra un concepto progresivo del fenómeno educador que
nos remite a un estado final, el cual acata identificándose con lo últimamente deseado,
o sea, con los valores. Los hechos educacionales nos envían teleología a la
superación de los mismos; a su cumplimiento absoluto. Nos acercamos al interrogante de
Heidegger,2 que puede formularse así: ¿de dónde tiene
el conocedor la orientación hacia el ente? Lo que para nosotros sería: ¿por qué
educandos y educadores ambicionan lo otro, lo tan otro que deja ya de ser educación?,
¿la respuesta de la teología será la más lógica a la par que la más delirante?
Los hechos educacionales no sólo sirven para dar una respuesta
satisfactoria a los mismos hechos educacionales. La educación no consiste en desarrollar
algo que estaba enrollado, como así sucede, en cambio, con el concepto de evolución. La
educación de los humanos se separa de la evolución de las especies en que la educación
es biografía e historia, es decir, actividad ordenada también por conceptos tales como
libertad, decisión, singularidad, imprevisión. Ni la estadística ni la tecnología lo
dicen todo acerca del acto educativo. La educación no se satisface completamente con lo
que se puede esperar y encontrar dentro del mundo; su hambre insaciable despierta la
esperanza en una salvación, que tal vez no llegue jamás. La educación, además de datos
objeto de estudio científico, es deseo de valores, de finalidades
objeto de consideración filosófica, con los que cree poder hartarse y
satisfacerse de manera total y definitiva.
La violencia educacional remite a la resolución del hecho educativo,
envía a los valores de la educación. La conciencia del educador como también la
del educando son conciencias desgraciadas que fuerzan lo irreal, lo axiológico. Son
conciencias lanzadas ad ventura; o esto o el suicidio. La distracción constituye
asimismo un suicidio, el suicidio de la conciencia. En tal supuesto, los valores sobran;
basta entonces la tecnología educante.
La violencia resulta tan intolerable en su positividad pastosa, tan
excomulgable, que no queda otro remedio que postular un mundo absolutamente pacífico. De
la misma forma que la parte IV del Discours de Descartes arranca de la duda
absoluta para desembocar en el saber absoluto, jugando la duda un papel activo, así
también las conciencias desgraciadas de la educación, al pretender agotar las
posibilidades de la violencia, se sienten empujadas forzosamente a suprimir el arrebato
reclamando una situación en que las conciencias sigan siendo distintas pero vivan ya en
abrazo perpetuo. No se trata, como en Hegel, de que el singular se comprenda en su
inserción dentro de la comunidad, porque esto fácilmente conduce a absorber lo
individual en lo universal, sino que queden valoradas simultáneamente la autonomía de
cada quien y la comunidad de todos. Estas cosas, sin embargo, sólo puede decirse a modo
de "debe-ser", pero jamás como ser.
La revolución francesa lanzó a los cuatro vientos del mundo los tres
ideales valores o utopías denominados liberté, fraternité y egalité.
Estas excelencias se reducen a dos: por un lado la libertad y, por otro lado, la justicia
que engloba a la fraternité y a la égalité. Si abandonamos el
idealismo, resulta que libertad y justicia se espían mutuamente, del mismo
modo como se atisban y acechan individuo y colectividad; la libertad es el
ideal del primero, mientras la justicia constituye el valor supremo de la segunda. El
educando es, para empezar, individuo; el educador, en cambio, representa a la
colectividad.
La educación pretende resolver el conflicto del
"individuo-socializado" a base de fraternidad, de respeto mutuo, fantaseando una
sociedad utópica en la que tal antinomia quede perfectamente resuelta. Esta sociedad
ucrónica, valiosa y deseable, vive en la fantasía colectiva de los protagonistas del
proceso educador. Pero, la libertad o carece de límites o deja de ser libertad.
"Dios es necesariamente libre del todo" constituye un enunciado
escandaloso para la razón. Tanto la fraternidad como la igualdad exigen fronteras frente
a la libertad, la cual es intrínsecamente desmesurada. La utopía última de la
educación resulta, como mínimo, irritante e incluso pasa a ser depravada desde la
perspectiva racional. Pero, las utopías son así.
La vida individualista única a la cual le cuadra con propiedad ser
libre comporta una deliberación ética individual y hasta egoísta a fin de
obtener la propia dicha, es decir, con ánimo de conseguir el placer. Cada educando
se estrena con este talante. La vida intersubjetiva, en cambio, pide una deliberación
moral colectiva con el presupuesto de valores humanos universales y
necesarios, que desembocaría en una felicidad comunitaria que puede denominarse
gozo. El proceso educacional sueña en esta desembocadura con ánimo de eclipsar la lucha
de las dos libertades de la educación. Sin embargo, el plano de los hechos no augura tan
feliz final; todo lo contrario, nos asegura que no parece nada probable que dentro de la
historia resulte posible unir individuo y colectividad, salvando también al primero.
A pesar de esto, la educación no puede menos que esperar como
mínimo a manera de compensación ideal en una sociedad fraterna en la que cada
hermano sea libre. Marx la llamó sociedad comunista y la colocó en la historia
aunque fuera en la escatología. El cristianismo la ha denominado cielo, y la ha
situado en la metahistoria. Una y otra sociedades constituyen conjuntos axiológicos que
quieren resolver, entre otras calamidades, la agonía educacional. Los valores educativos
invitan a educantes y a educandos a trabajar hacia ellos. Sin esperanza en los fines
excelsos de la educación, ésta acaba siendo cinismo e hipocresía.
El imaginario colectivo de los hombres, no solamente ha fabricado
ideologías; también ha producido utopías. La fantasía humana posee una función
conservadora de cuanto ha producido utopías. La fantasía humana posee una función
conservadora de cuanto hay ideología y una función productora de lo
posible utopía ¿Cómo le nace la utopía al proceso educador?,
podemos sospechar que se debe a la insatisfacción, causada por la violencia estructurante
de dicho proceso. Únicamente los educadores y educandos sinvergüenzas y pícaros están
a sus anchas en la violencia. Los restantes se sienten incómodos. Algunos se instalan en
la insatisfacción, y los tales o bien se desesperan no faltan, e.g. el profesor y
el alumno que incluso se suicidan, o bien se vuelven cínicos e insolentes. Otros,
por el contrario, empiezan a vivir de la esperanza, abriéndose a la utopía de la
comunidad fraternal. Resulta necesario el mythos para esta faena agobiadoramente
trashumante; el logos no sirve para los valores.
Cada acto educador deja siempre mal gusto en el paladar del alma, y
entonces se disparan el afán y la avidez por algún agathon, por alguna irrealidad
cautivadora. Los protagonistas de la educación, cuando no son ni sinvergüenzas ni
desesperados ni cínicos, viven el status viatoris; son caminantes que todavía no
han llegado a la plenitud de la fraternidad. Educador y educando esperanzados persiguen
constantemente el ponum arduun futurum de los fines exquisitos de la
educación. La razón no sirve para estos menesteres; la razón nos abandona en el
pesimismo. El camino de la educación conduce siempre a la violencia, pero ésta no es el sentido
de la educación para aquellos que esperan.
Jaspers, aunque con otra intención, escribe:
Tengo que querer porque no sé. Sólo a mi querer se le puede patentizar el ser inaccesible al saber. El no-saber es el origen del tener que querer.
3 Los valores se hallan al final del "no sé"
porque la voluntad los ha puesto y sólo podría, por cierto, situarlos en el extremo,
allí, precisamente, donde no alcanza la empeiría.
Cuando advertimos que el fenómeno educacional queda abierto a los
valores, no prestamos atención a lo anecdótico, por ejemplo si tales o cuales valores
sociales han caído en desprestigio y es conveniente suplirlos por otros que se hallan
más á la page. Estos extremos interesan al sociólogo, pero en modo alguno al
filósofo, quien se interroga preferentemente sobre el significado de la axiología en el
seno de la educación.
Las conciencias empíricas de la educación son conciencias
desgraciadas a causa de la mutua violencia. Como no pueden soportar fácilmente su
infortunio real resuelven imaginativamente su pugilato aceptando, si es preciso, la
dialéctica hegeliana, la cual hace ascender las conciencias sociales hasta alcanzar una
conciencia universal absoluta, perfectamente en paz. La dialéctica entre la pluralidad de
individuos se resuelve finalmente en la unidad comunitaria del espíritu. Uno de los
valores, o fines, de la educación, aceptados por casi todos los pedagogos, la
"igualdad-fraternidad" coincide con la ilusión hegeliana. Marx no hizo más que
soñar, aunque en otra dirección, en la escatológica, pero también huyó de la
realidad. Marx fantaseó un lugar, la sociedad comunista, en la cual desaparecería la
violencia real. Pero, los hechos tampoco le han dado la razón. Lo que queda es el
atropello, la transgresión, el quebranto, el ardimiento, el furor entre educandos y
educadores, se trate de una escuela norteamericana o de un antiguo centro docente
soviético. El desenlace marxiano al conflicto ha sido también, a la postre, hegeliano.
Según Hegel, el individuo accede al saber absoluto y fraternizador a través del
diálogo, incluso violento, con otros individuos el maoísmo, incluso escolar, tuvo
esto muy en cuenta. El saber absoluto se logra en comunidad. Platón, con su éros
había ya advertido algo parecido.
Los valores de las conciencias educacionales constituyen el desenlace
ideal de la empeiria educativa inaceptada. La historia no ha realizado jamás las
finalidades educativas; tal hecho nos inclina a pensar que se trata de utopías, cuya
función no es tanto consolar del presente que en tal supuesto se trataría de
ideologías, como despertar la protesta contra lo que tenemos, aunque nunca podamos
abrazar, en la historia, los valores de la educación. En esta dirección hallo muy
pertinente esta reflexión de Jaspers:
Puesto que la comunicación se da en la existencia empírica como proceso, no como conclusión, existe en la realidad como conciencia de su propia deficiencia. La deficiencia toma formas de las cuales sólo es impulso; otras, en las que es, a su vez, miembro indispensable de la patentización; otras, en que como límite inconcebible sacude la conciencia de ser.
4Notas
1.
Sartre. LEtre et le Nèant. Editorial Gallimard. Paris, 1943. p. 480.
2.
Heidegger. Von Wessen der Wahrheit. Francfort, 1943. pp. 13 y 21.
3.
Jaspers. "Filosofía II". Revista de occidente. Madrid, 1958. p. 51.
4.
Jaspers, "Filosofía I". Revista de occidente. Madrid, 1958. p. 475.