Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

13/14

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 140 a la 141 de 144

... el recreo

Guadalajara, México - Septiembre de 2000

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El agujero del Sol

Luz Adriana Escoto Hernández*

* Licenciada en Pedagogía por la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ). Ex-coordinadora de docencia de la Facultad de Derecho de la Universidad de Guadalajara (UDG). Alumna de posgrado en el Instituto Superior de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM).

Dibujo de Rafael Garduño Montaño

Un buen día el Sol de tantas vueltas que le dio a la tierra se mareó tanto que todo le daba vueltas, ya no sabía quién giraba alrededor de quien. Tambaleaba confundido y mareado hasta que ¡zaz! que azota. Lo bueno fue que no se mató ni aplastó a nadie, pues aunque cayó en la tierra, lo hizo sobre un gran campo de cultivo, acabadito de arar, eso sí, en el suelo se formó un enorme hoyo que los niños, al descubrirlo, le nombraron "El agujero del Sol".

Así pasaron las noches, sin saber que pasaban pues ya no amanecía porque el Sol no podía salir del agujero. ¿Sería que se había quebrado alguna parte del cuerpo? Y cómo saberlo si no se podía ver: todo estaba oscuro. Oscuro era el día y todavía más la noche. Así se tenía que ir por el camino a la escuela. Los niños se preocuparon más por el Sol que por, a oscuras, tropezarse; así que decidieron ayudarlo a salir de su agujero. Entonces empezaron a planear cómo hacerlo. Unos decían que si juntaban todos lo cintos podían amarrarlo y a estirones lograrían hacerlo salir, pero otros respondían que sin los cinturones se les caerían los pantalones. Se opinó hacerlo con reatas, pero luego reflexionaron: los rayos del Sol quemarían las sogas antes de haberlo lazado siquiera; no, de esa forma no lo lograrían. Tendría que ser con un material resistente; alguien pensó: las cadenas, pero quedó descalificada la idea porque al ser de metal se calientan y luego al agarrarlas para jalar, les quemarían las manos, además se corría el riesgo de hundir más al Sol con cualquier resbaloncito.

Fueron tantas las vueltas que le dieron al agujero pensando qué hacer para volver a colgar el Sol en el cielo: tratemos de imaginar todas sus ocurrencias: que si con una grúa, que si escarbando, que a punto estuvieron de marearse también ellos, cuando de repente alguien dijo: "Para sacar al Sol de su agujero primero tenemos que enfriarlo". "¿Pero cómo?" "¡Con la lluvia!"; respondieron casi en coro, "pero, ¡hújule!, tendríamos que esperar hasta las aguas" y todavía falta para que pasen las secas. Por fin los niños resolvieron beber mucha agua y aguantarse sin ir al baño. Así, a primera hora y con mucha urgencia, fueron todos al campo a orinar hasta que el Sol se apagó. Entonces comenzaron con los trabajos de rescate con reatas y algunos cintos. Una vez que lograron que saliera, los niños brincaban de gusto festejándolo hasta que se dieron cuenta que estaba casi frío y sin su habitual brillo. El Sol sin calor no era Sol, no servía. Ahora tenían que buscar la forma de volver a prenderlo. Eso resultó menos difícil. Apilaron alrededor de él rastrojo y cada uno con cerillo en mano lo empezaron a prender, cuando el Sol sintió las llamaradas pegó un grito y brincó tan, pero tan alto, que llegó mas lejos que las nubes.

El agradecimiento por ayudarlo a salir del agujero fue tal que el Sol se sintió comprometido con los niños a iluminarlos siempre.

Así pasaron los días sin saber que pasaban, el Sol ya no se metía, no existían las auroras ni los ocasos, ya no se hacía de noche, sólo luz de día había. Pero llegó el momento en que los niños se cansaron de ella, estaban muy disgustados; algunos ni dormir podían, pues necesitaban la noche para descansar.

 

cancioncita

Así que se dirigieron hacia los cerros para reclamarle al Sol el que no dejara volver la noche. Llegaron a la punta del más grande, todos asoleados; el cansancio, al subir la cuesta, había aumentado su molestia. Sin embargo, ya cerca del Sol y dispuestos a gritarle sus reclamos, notaron el orgullo con que resplandecían sus rayos, como si fueran las doce... a pleno medio día. Vieron como relucía de contento por estar siempre con ellos, aluzando sin descanso de noche, como si fuese de día. Ya para entonces a los niños se les había olvidado el enojo porque comprendieron que el pobre no sabía de oscuridad.

¿Cómo le harían entender, sin herir sus sentimientos, que tan bueno era verlo a él como a la Luna? Ya entrenados en superar dificultades, pronto pensaron en arrullarlo cantando una canción de cuna para que se durmiera, así entonaron una improvisada melodía:

Enseguida comenzaron a cambiar de intensidad sus destellos, poco a poquito el Sol se fue ocultando y parecía que estaba coloreando el firmamento con sus sueños.

Luego el viento trajo la noche y el cielo se hizo (y deshizo), profundo, con estrellas que crecían para acercarse al canto del grillo.

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