
El agujero del Sol
Luz Adriana Escoto Hernández*
Un buen
día el Sol de tantas vueltas que le dio a la tierra se mareó tanto que todo le daba
vueltas, ya no sabía quién giraba alrededor de quien. Tambaleaba confundido y mareado
hasta que ¡zaz! que azota. Lo bueno fue que no se mató ni aplastó a nadie, pues aunque
cayó en la tierra, lo hizo sobre un gran campo de cultivo, acabadito de arar, eso sí, en
el suelo se formó un enorme hoyo que los niños, al descubrirlo, le nombraron "El
agujero del Sol".
Así pasaron las noches, sin saber que pasaban pues ya no amanecía porque el
Sol no podía salir del agujero. ¿Sería que se había quebrado alguna parte del cuerpo?
Y cómo saberlo si no se podía ver: todo estaba oscuro. Oscuro era el día y todavía
más la noche. Así se tenía que ir por el camino a la escuela. Los niños se preocuparon
más por el Sol que por, a oscuras, tropezarse; así que decidieron ayudarlo a salir de su
agujero. Entonces empezaron a planear cómo hacerlo. Unos decían que si juntaban todos lo
cintos podían amarrarlo y a estirones lograrían hacerlo salir, pero otros respondían
que sin los cinturones se les caerían los pantalones. Se opinó hacerlo con reatas, pero
luego reflexionaron: los rayos del Sol quemarían las sogas antes de haberlo lazado
siquiera; no, de esa forma no lo lograrían. Tendría que ser con un material resistente;
alguien pensó: las cadenas, pero quedó descalificada la idea porque al ser de metal se
calientan y luego al agarrarlas para jalar, les quemarían las manos, además se corría
el riesgo de hundir más al Sol con cualquier resbaloncito.
Fueron tantas las vueltas que le dieron al agujero pensando qué hacer
para volver a colgar el Sol en el cielo: tratemos de imaginar todas sus ocurrencias: que
si con una grua, que si escarbando, que a punto estuvieron de marearse también ellos,
cuando de repente alguien dijo: "Para sacar al Sol de su agujero primero tenemos que
enfriarlo". "¿Pero cómo?" "¡Con la lluvia!"; respondieron casi
en coro, "pero, ¡hújule!, tendríamos que esperar hasta las aguas" y todavía
falta para que pasen las secas. Por fin los niños resolvieron beber mucha agua y
aguantarse sin ir al baño. Así, a primera hora y con mucha urgencia, fueron todos al
campo a orinar hasta que el Sol se apagó. Entonces comenzaron con los trabajos de rescate
con reatas y algunos cintos. Una vez que lograron que saliera, los niños brincaban de
gusto festejándolo hasta que se dieron cuenta que estaba casi frío y sin su habitual
brillo. El Sol sin calor no era Sol, no servía. Ahora tenían que buscar la forma de
volver a prenderlo. Eso resultó menos dificil. Apilaron alrededor de él rastrojo y cada
uno con cerillo en mano lo empezaron a prender, cuando el Sol sintió las llamaradas pegó
un grito y brincó tan, pero tan alto, que llegó mas lejos que las nubes.
El agradecimiento por ayudarlo a salir del agujero fue tal que el Sol
se sintió comprometido con los niños a iluminarlos siempre.
Así pasaron los días sin saber que pasaban, el Sol ya no se metía,
no existían las auroras ni los ocasos, ya no se hacía de noche, sólo luz de día
había. Pero llegó el momento en que los niños se cansaron de ella, estaban muy
disgustados; algunos ni dormir podían, pues necesitaban la noche para descansar.
Así que se dirigieron hacia los cerros para reclamarle al Sol el que
no dejara volver la noche. Llegaron a la punta del más grande, todos asoleados; el
cansancio, al subir la cuesta, había aumentado su molestia. Sin embargo, ya cerca del Sol
y dispuestos a gritarle sus reclamos, notaron el orgullo con que resplandecían sus rayos,
como si fueran las doce... a pleno medio día. Vieron como relucía de contento por estar
siempre con ellos, aluzando sin descanso de noche, como si fuese de día. Ya para entonces
a los niños se les había olvidado el enojo porque comprendieron que el pobre no sabía
de oscuridad.
¿Cómo le harían entender, sin herir sus sentimientos, que tan bueno
era verlo a él como a la Luna? Ya entrenados en superar dificultades, pronto pensaron en
arrullarlo cantando una canción de cuna para que se durmiera, así entonaron una
improvisada melodía:
Enseguida comenzaron a cambiar de intensidad sus destellos, poco a
poquito el Sol se fue ocultando y parecía que estaba coloreando el firmamento con sus
sueños.
Luego el viento trajo la noche y el cielo se hizo (y deshizo),
profundo, con estrellas que crecían para acercarse al canto del grillo.