
Doctorado en
Educación Programa Interinstitucional:
Historia de una intuición instituyente
Cristina Cárdenas Castillo*
Los Planes Generales de Instrucción Pública, concebidos por los
gobiernos liberales, marcan el término de la educación colonial, caracterizada por ser
eminentemente religiosa. Así, a partir de 1821 los vaivenes políticos implicaron la
alternancia de instituciones liberales (públicas) e instituciones conservadoras
(religiosas). La guerra de reforma, intentando suprimir completamente éstas últimas,
profundizó el antagonismo y la hostilidad mutuas. La revolución confirmó esta frontera
y las guerras cristeras afirmaron la radical diferencia entre estos dos tipos de
educación. La educación socialista existió más como tormento de los temores populares
que como práctica y, al terminar este episodio, se constata que cada bando se quedó en
su trinchera.
Cincuenta años después las circunstancias y las representaciones
sociales han cambiado. Los centros neurálgicos de la política educativa oficial,
reaccionando ante la presencia cada vez más fuerte de la educación privada, abrieron
gradualmente la posibilidad de diálogo y de colaboración entre instituciones públicas y
privadas.
El creciente interés teórico por la educación hizo que los
coloquios, encuentros y simposios se instituyeran como el espacio por excelencia de este
incipiente diálogo. Empezó a ser posible el ser egresado de una universidad privada y el
ejercer en una pública o viceversa. Un escalón más fue superado cuando ya a nadie
asombraba que se trabajara simultáneamente en una pública y una privada. A nivel de las
mentalidades desaparecieron muchos tabúes.
Sin embargo, el compartir docentes y/o preocupaciones en los coloquios
no dejaba presagiar que se fuera a dar el paso a un proyecto compartido. De hecho, a nivel
nacional aún predomina la estrategia de fronteras abiertas, previa a la osadía de
planear acciones comunes concretas.
En Guadalajara se dieron las circunstancias propicias para que una
intuición fundamentada desembocara en un proyecto educativo interinstitucional.
La Universidad La Salle Guadalajara, con una larga experiencia en la
formación de docentes a nivel licenciatura y maestría y con un equipo dinámico
empeñado en la comprensión profunda de la educación, maduró la idea de crear un
doctorado en educación, tomando en cuenta la gran demanda de formación en este sector.
La idea, surgida en el Consejo Académico de Posgrado, fue sometida a la consideración de
la Junta de Gobierno de la propia Universidad La Salle Guadalajara y posteriormente a la
de la Universidad La Salle México.
Contando con el apoyo institucional y con el entusiasmo del rector,
Antonio Rodríguez Orozco, los miembros del Consejo Académico de Posgrado (Ma. Cristina
Castillo Elorriaga, Ma. Guadalupe Moreno Bayardo, Lya Esther Sañudo Guerra, Ma. Del Pilar
Pérez Chavira y Ofelia Morales Ortiz) iniciaron los trabajos del diseño curricular del
nuevo programa. Cuando éste estuvo avanzado, se iniciaron los trámites para obtener el
reconocimiento oficial y se contrató a doctores en educación para que diseñaran cada
uno de los programas.
Dos personas del Consejo de Posgrado, Ma. Guadalupe Moreno y Lya
Sañudo ejercían cargos directivos en la Secretaría de Educación Jalisco a la vez que
colaboraban en La Salle. Ellas plantearon la posibilidad de que el doctorado se extendiera
a otras instituciones del sistema estatal, con experiencia previa a nivel de maestría e
igualmente interesadas en la apertura de un doctorado en educación. Esta propuesta
implicaba ya una apertura de espíritu inconcebible años atrás, por una parte, y por la
otra, la posibilidad de tejer una red de colaboración más estrecha entre la educación
pública y la privada.
El diálogo con el entonces secretario de la SEJ, Lic. Efraín
González Luna y con la Mtra. Alicia Velasco Aldana, coordinadora del Instituto Superior
de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM), el Mtro. Felipe Plascencia
Vázquez, coordinador del Centro de Investigaciones Pedagógicas y Sociales (CIPS) y la
Mtra, Ofelia Morales, simultáneamente directora de la Universidad Pedagógica Nacional,
Unidad Guadalajara (UPN), hizo evidente que Lya Sañudo y Ma. Guadalupe Moreno habían
tenido una intuición certera. El proyecto de un doctorado en educación respondía a las
necesidades y a las inquietudes de un cuerpo considerable de egresados de maestría y
correspondía a las metas de superación del magisterio a nivel nacional y regional. Muy
especialmente, abría posibilidades concretas para que cada una de estas instituciones
formara sus propios cuadros de doctores.
Quedó establecido que las cuatro instituciones participarían
proporcionalmente, haciendo así posible el abatimiento de los costos del programa de
doctorado.
La Salle sería la sede ofreciendo la infraestructura necesaria. El
ISIDM, el CIPS y la UPN proporcionarían al personal calificado necesario, con el respaldo
de la SEJ ante quien se tramitarían los nombramientos y las plazas correspondientes.
La firma del convenio Interinstitucional tuvo lugar en el Instituto
Cabañas en octubre de 1997 y los invitados de honor fueron don Efraín González Luna,
secretario de educación y el Dr. Lucio Tazzer de Schrijver, rector de la Universidad La
Salle México.
Una vez firmado el convenio, La Salle Guadalajara procedió a ultimar
los trámites del Registro de Validez Oficial ante la SEP.
Mientras tanto, los directivos de las instituciones estatales se
dedicaron a la búsqueda del personal académico, es decir de los doctores y adjuntos que
deberían constituir el equipo de trabajo. Se crearon también comisiones mixtas para
afinar los aspectos organizativos y administrativos de la puesta en marcha del programa.
Un punto clave era la elección del coordinador del doctorado, la cual fue responsabilidad
de los directivos de las cuatro instituciones. Por unanimidad se eligió a Ma. Cristina
Castillo Elorriaga, coordinadora de la Escuela de Educación en la institución sede.
El equipo académico se integró a las labores el 1º de marzo de 1998.
Cinco doctores y cinco maestros, con Cristina Castillo a la cabeza, enfrentaron el reto de
construir lo inexistente. Era necesario concretar lo plasmado en el diseño curricular y
en los programas, establecer una dinámica de grupo sana y rigurosa a la vez, redactar el
reglamento y todos los documentos internos que fundamentarían la vida del programa,
planear el propedéutico y diseñar los programas respectivos y, muy especialmente,
constituir los equipos de investigación sin los cuales un programa de posgrado queda en
letra muerta. Esta primera etapa se prolongó hasta diciembre de 1998, mes en el que se
recibieron los expedientes de los candidatos a cursar el doctorado.
Durante enero de 1999 se llevó a cabo el propedéutico con la
asistencia de 21 candidatos. Actualmente, 19 alumnos cursan el cuarto semestre del
programa.
El programa del doctorado comprende en total seis semestres, de los
cuales los primeros cuatro son escolarizados. Cada semestre la formación se distribuye
entre el seminario general (eje de formación teórica), el seminario de línea que haya
elegido el alumno Cotidianidad o Transformación (eje de especialización),
las tutorías personalizadas (eje de investigación) y las actividades de difusión (que
varían de acuerdo a las metas formativas del semestre : coloquios, ponencias,
publicaciones).
Tanto los docentes como los alumnos articulan su trabajo en torno a
proyectos de investigación. El colegio académico decidió que la elección del trabajo
de investigación fuera flexible y respondiera a los intereses profundos de los
responsables (docentes y alumnos), aún en detrimento de un plan preestablecido de
sectores de investigación. Así, en esta primera generación, los intereses de los
alumnos se centraron en las siguientes cuatro temáticas:
1. Didáctica y aprendizaje de las matemáticas (cinco proyectos),
2. Docentes y escuela (cuatro proyectos),
3. Filosofía y cultura (seis proyectos).
4. Planeación y gestión (cuatro proyectos).