
Educación y televisión: una contradicción
Ramón Gil Olivo*
El acceso a las nuevas tecnologías del audiovisual, nos ha permitido
utilizarlas como herramientas en los procesos de enseñanza-aprendizaje dentro de las
aulas escolares. Es evidente que su presencia ha permitido fortalecer la adquisición de
conocimientos por parte del educando. Pareciera estar fuera de duda que la imagen
televisiva o de cine proveé de información más sólida que la palabra hablada o
escrita. Es más, que, a diferencia de ésta, provoca efectos más profundos en el
espíritu y la conducta de los individuos. Es claro que las imágenes que vemos en un
monitor nos remiten a representaciones de las cosas del mundo real creándonos un alto
grado de certitud a propósito de su existencia. Es una relación referencial entre
nosotros y la cosa que está más allá, en otro espacio y otro tiempo. Y en esa relación
hay también un vínculo de supuesta verdad; es este vínculo el que aprovecha el
comunicador de imágenes para influir en las ideas y en la conducta de quienes las
reciben. Y el educador para educar, es decir, para proporcionar información que se
insertará en un corpus de conocimientos generado principalmente a partir del intercambio
oral. Se ha puesto de manifiesto que la imagen posee características que la convierten en
un poderoso transmisor de datos; de ahí que en la actualidad su utilización se halla
vuelto imprescindible.
Sin embargo, podemos decir que hemos llegado tarde a esta tecnología
con las intenciones sanas del comunicador o del educador. Es larga la trayectoria que ha
seguido la imagen con estas funciones en otras partes del mundo. Basta hablar del
científico-didáctico que se le dio al cine en sus orígenes con Marey y sus experimentos
sobre la fisiología del movimiento, y los Lumière con su obsesión por documentar la
vida. Con ellos quedó claro que la cámara de cine era un instrumento que poseía la
capacidad de extender nuestra vista más allá del alcance de nuestros ojos. Fueron los
primeros en traer a nuestra presencia imágenes de otras culturas, de otras geografías,
hasta entonces extrañas a nuestro conocimiento. La televisión volvió más evidente la
conexión establecida entre la imagen y el mundo de los objetos, de ahí su mayor
capacidad para comunicar, informar y, por lo mismo, para educar a estamentos completos de
la sociedad. La simultaneidad entre imagen y acontecimiento real proporcionó a la
televisión el poder de convencer, que le había faltado a la palabra misma, e incluso a
la imagen de cine.
Desgraciadamente, estas tecnologías cayeron, en la mayoría de los
casos, en manos equivocadas.
Más para mal que para bien, al lado de una actitud marcada por la
necesidad de descubrir el mundo y los fenómenos de la vida en su gran variedad de
aspectos, a fin de difundirlos como forma de conocimiento, surgió, se desarrolló y
prevaleció otra actitud más poderosa: la que siempre ha utilizado la imagen, ya fuera de
cine o de televisión, con propósitos de lucro económico. De ahí que más que en un
proceso de comunicación se transformó en un proceso de producción de imágenes pero con
un sentido mercantil. Esta actitud afecta todas las fases del proceso y, por el carácter
masivo de su producción, invade todos los aspectos de la vida cotidiana. No son
comunicadores ni educadores quienes controlan esos procesos, sino los mercaderes de
siempre. Quienes producen imágenes lo hacen como empresa económica: para ellos es lo
mismo producir imágenes que producir zapatos, máquinas de afeitar o lociones contra la
calvicie. Lo que importa son las ganancias obtenidas. Esta es la visión dominante.
En contrapartida, como instrumento al interior de las aulas su
presencia es mínima e incierta.
La relativa utilización de los medios dentro de la educación formal
se enfrenta así a una masiva utilización de los mismos en el ámbito informal de la
educación.
En relación a esto, es evidente el enorme desequilibrio que se
presenta. Por un lado, nos encontramos aquellos que nos esforzamos por crear y utilizar la
imagen en la formación de las nuevas generaciones, con recursos no siempre suficientes ni
con la tecnología adecuada. Y por otro, están aquellas corporaciones que cuentan con
enormes recursos para producir y difundir durante el día y la noche un torrente de
imágenes a las cuales el individuo no puede escapar. Es en el aula, donde el educando
obtiene nuestros conocimientos mediante esta tecnología a través de una relación de
autoridad (es decir, no porque el alumno quiera, sino porque el maestro así lo
determina). Pero es fuera del aula en donde el alumno dispone de su arbitrio para acceder
al torrente de imágenes que le ofrece el mercado del audiovisual. A cualquier hora del
día o de la noche le basta con apretar un botón para enfrentarse a una inmensa variedad
de posibilidades, lo cual se incrementa aún más con la presencia en la actualidad de los
sistemas de videocable, los centros de alquiler y venta de videocintas, con los
videojuegos, así como con la revolución informática a través de Internet.
De manera apabullante nuestros ojos han sido conectados a un tipo de
presencia ausente hasta hace algunas décadas: el monitor. Es decir, a partir de la
aparición de la televisión se dio un viraje radical en el tipo de códigos que tenemos
que descifrar: de los alfabéticos se pasó de pronto a los de la imagen, cuyas
características y formas de influencia aún no han logrado los teóricos describir ni
tampoco interpretar de manera convincente. Con ello, la comunicación tradicional se ha
transformado desde sus cimientos, viéndose subordinada en gran medida por otro tipo de
comunicación, que aún permanece en la nebulosa de lo incierto.
Si tomamos en cuenta que la educación no puede darse sin comunicación
y que hasta ahora esa comunicación se sustentaba en la palabra, sucede que ahora el
educador se enfrenta a tecnologías desde una posición desventajosa: por un lado, estas
tecnologías llegaron a él con décadas de atraso y, por el otro, están fuera de su
control. Quienes las controlan son aquéllos que desde su origen los años
50 tuvieron el poder político y económico para hacerse de ellas. El uso que
les dieron desde entonces fue de carácter comercial y no de carácter educativo. Sin
embargo, existen estudios que demuestran que su influencia es tal que contrarresta o,
incluso, pulveriza a la educación proporcionada por la escuela.
De ahí que sea preocupante la presencia cada vez más constante de
estas tecnologías.
Existen estudios acerca de cómo ha aumentado la exposición del
individuo en sus distintas edades a la imagen televisiva. En general, en todos los países
en donde la televisión funciona bastantes horas al día y en los cuales se ha podido
medir con precisión el tiempo que le consagran los niños, se ha constatado que entre los
6 y 16 años de edad, éstos pasan anualmente un promedio de 500 a 1000 horas frente al
televisor, lo que representa un total de 6 000 a 12 000 horas por los doce años de
escolaridad. Este último total, corresponde casi al número de horas pasadas en la
escuela durante el mismo periodo, tomando en cuenta las vacaciones y los días de
descanso.1 En nuestro país, según encuestas
realizadas por el Instituto Nacional del Consumidor, de 400 niños entrevistados, 98,75%
ve televisión, mientras que el restante 1.25% no la ve simplemente porque no posee
aparato receptor.
Algo nuevo es que los niños en edad preescolar constituyen el
auditorio de televisión más numeroso, el que se pasa el mayor número de sus horas de
vigilia viendo televisión a diferencia de cualquier otro grupo de edad. Cuando arriben a
su edad escolar lo harán marcados por una educación obtenida a través de esta
"madre sustituta" que es la televisión. Un hecho significativo es que con el
paso del tiempo la exposición a la TV ha aumentado en vez de reducirse. Si apenas hace
unas décadas el individuo iniciaba su educación con una memoria sustentada en la
tradición verbal, ahora lo hace con una memoria que ha sido alimentada por la imagen
televisiva. Los niños y los jóvenes de ahora son la primera generación que ha vivido
desde su nacimiento, y lo hará hasta su muerte, en presencia de las nuevas tecnologías
audiovisuales. Y es de ellas que obtendrá gran parte de su educación.
Este hecho nos remite a una gran variedad de cuestiones que es preciso
tomar en cuenta si queremos comprender de mejor manera las influencias del audiovisual en
el individuo.
Primero: lo que salta de inmediato a la vista es que hemos
colocado frente a frente (o lado a lado) dos formas de comunicarnos con los otros: una,
que es la comunicación tradicional o verbal; y la otra que es la comunicación visual.
Segundo: que estas tecnologías audiovisuales son un fenómeno
reciente, que en la televisión no va más allá de 50 años y en el cine recién ha
cumplido el siglo.
Tercero: que nos ha llegado la tecnología pero no el
conocimiento para reproducirla, por lo cual siempre estaremos dependiendo de la misma.
Cuarto: los esfuerzos por educar mediante estas tecnologías se
ven contrarrestados por la apropiación de las mismas por grupos minoritarios, cuya única
finalidad es el beneficio económico.
Quinto: que por primera ocasión está siendo afectado nuestro
órgano sensorial más importante, la vista, como no lo había sido a lo largo de la
evolución de la especie, no sólo en cuanto a información y concentración sino en
cuanto a que la energía con que se le afecta no es energía luminosa natural, sino
artificialmente creada.
Dos tipos de comunicación
La cultura es en gran medida un producto de la comunicación tanto verbal como no
verbal, o, como lo expresa A. Hoebel, la cultura existe a través de la comunicación, a
la vez que la falta de una comunicación desarrollada impide para siempre el acceso a una
cultura verdadera.2 Si inicialmente la
comunicación se efectuaba por lo general de individuo a individuo, es decir, cara a cara,
la evolución social, el desarrollo de la técnica, propiciaron que la comunicación se
realizara entre estamentos sociales y no exclusivamente entre miembros aislados de la
sociedad.
Son pues dos formas de comunicación que han alterado la cultura
individual y comunal de manera irreversible. La comunicación tradicional, realizada a
través del lenguaje verbal, se halla unida al hombre desde sus orígenes como ser
pensante y hacedor de cultura; y la otra, la televisión, de reciente arribo, ha
demostrado con creces su capacidad tecnológica para trasmitir información, pero también
para influir en la forma de pensar y en la conducta de los individuos. Para comprender la
segunda hay que partir de la primera. Es decir, para comprender a la televisión como
forma de comunicación hay que comprender primero las bases en las que se sustenta el
lenguaje verbal también como forma de comunicación. Ello es así, debido a que la
historia del lenguaje es la historia de todo lo que el hombre es. Cualquier forma de
comunicación nueva tiene que confrontarse con esa primigenia y fundamental. Como proceso
de comunicación, el lenguaje verbal ha sido factor más importante de unificación hacia
el interior de los grupos humanos, el medio más antiguo ha servido no únicamente de
puente entre los hombres, sino también como el motor principal de toda sociedad y de toda
cultura. Solamente comprendiendo los mecanismos de este lenguaje podremos analizar con
mayor certeza un proceso tan complejo como lo es la comunicación audiovisual, sus
diversas formas de incidir en el individuo, la sociedad y la cultura.
Las diferencias entre ambas formas de comunicación son numerosas. La
más importante de ellas es histórica: el vasto espacio temporal que las separa en cuanto
a origen y desarrollo. Si sobre la aparición del alfabeto se puede señalar con
aproximación una fecha, no se puede hacer lo mismo con el lenguaje anticuado. Este se
pierde en la abismal oscuridad de los tiempos y sólo se pueden esgrimir apreciaciones
hipotéticas acerca de su origen y evolución. Pero fue lo que permitió que los
homínidos se transformaran en hombres. Si al alfabeto se le adjudican aproximadamente 3
700 años de existencia, al lenguaje hablado se le suponen aproximadamente 4 millones.
Estas dimensiones nos dan una idea de la inmensidad del espacio temporal que separa ambas
fases en la evolución comunicativa. Nos hablan, a su vez, del desconocimiento que tenemos
del aspecto más importante de la prehistoria del hombre: la capacidad que fue adquiriendo
para forjarse conceptos mentales y transmitirlos de alguna manera a sus congéneres. Porque
también se supondría que antes de la formación del lenguaje articulado, el hombre
debió desarrollar otras formas básicas de comunicación que tenían como propósito ser
captados por la vista. Los movimientos enfáticos con brazos, manos, dedos, rasgos
pictóricos en la roca, etc., seguramente le permitieron representar objetos, seres y
acciones a fin de provocar alguna respuesta en los demás miembros del grupo. Con esto
pareciera reafirmarse la preeminencia subordinadora de la percepción visual respecto de
los demás sentidos. Seguramente no pudo ser de otra manera debido a la capacidad de
reconocimiento del mundo real por parte del ojo. Ello debió de impulsar la fijación de
conceptos, es decir, de estructuras mentales básicas que representaran la realidad. El
tiempo transcurrido entre la elaboración de conceptos mediante formas de expresión no
verbales y la aparición del lenguaje, debe valorarse no en milenios sino en millones de
años. Reducir esa evolución paulatina a segmentos de tiempo que nos permitan las
acciones cotidianas de esos antepasados es simplemente imposible por la ausencia de datos
al respecto; el desconocimiento de la escritura en aquel entonces es la causa fundamental.
Sin embargo, es de suponer que una vez fijada una estructura conceptual con base
principalmente en la percepción visual, la evolución y perfeccionamiento del aparato del
habla debió darse paralela al de toda la estructura física y mental del hombre
primitivo. El habla se dio no en oposición a la vista sino como su instrumento. El uno es
indisoluble del otro, como lo son también de los demás sentidos.
Sea como sea, una vez aparecido el lenguaje, este se convirtió en el
motor de toda nuestra evolución intelectual, social y cultural. No solamente permitió la
evolución de una realidad externa creada por el hombre la sociedad y su cultura
material y espiritual, sino alimentó a la vez su mundo interior a profundidades
aún desconocidas. El mundo onírico seguramente adquirió una relevancia no conocida por
ninguna otra especie. Al lado del lenguaje exterior surgió también el lenguaje interior
esa voz que nunca abandona nuestra mente realimentador incansable de nuestro
mundo conceptual. Después de varios millones de años de evolución del lenguaje
articulado, el alfabeto primero y varios milenios después la imprenta, garantizaron su
continuidad, su expansión y consolidación. Siglos más tarde, el teléfono y la radio
rectificaron la comunicación oral realimentándola, fortaleciéndola y amplificándola.
Sin embargo, con la fotografía y el cine, se retomó la percepción visual como forma
relevante de comunicación y de conocimiento. La codificación visual del mundo real a
través de medios físico-químicos representaba una nueva forma de dominar el mundo de
las cosas. Parecía ser un retorno tecnológico a los orígenes visuales de aprehensión
del mundo. La percepción que originalmente había representado nuestra superioridad sobre
otras especies animales volvía a reencausarse hacia esa hegemonía original.
En un giro más en esta dirección, la televisión irrumpió en
momentos de caos mundial y cerró el círculo, haciendo vivir al hombre en un mundo
visualmente codificado. Lo que quizás fueron en sus orígenes gestos y movimientos
armando un código para comunicar algo, ahora eran imágenes creadas artificialmente para
representarnos visualmente todo lo irrepresentable con otros medios. Sería así como se
pondrían frente a frente dos formas de comunicación emparentadas histórica, biológica,
psicológica y socialmente entre sí, pero que durante milenios habían generado formas
aparentemente distintas en su codificación. Aparentemente distintas, porque en esencia lo
que se ha modificado y evolucionado son nuestras capacidades mentales para sentir y
transformar el mundo de los objetos.
Los rasgos fundamentales de esta nueva forma de codificar el mundo, es
que se daba en condiciones de desarrollo tecnológico como nunca antes había
experimentado el hombre y en circunstancias económicas y sociales que habían generado
antagonismos al parecer irreconciliables entre grupos sociales y regionales. El planeta en
general se convirtió en un campo de batalla y toda esta tecnología fue y continúa
siendo un arma más, tanto a nivel interclasista hacia el interior de las sociedades como
a nivel internacional entre sociedades en pugna. Las clases dominantes la utilizan para
someter a las otras clases y el Estado no es sino un administrador de este dominio. Y como
parte de la misma dinámica, en la disputa permanente de los países industrializados por
perpetuar su hegemonía mundial, las tecnologías audiovisuales no son sino una pieza más
de su arsenal bélico.
Es debido a estas razones que analizar, por un lado, la comunicación
tradicional de carácter oral y, por el otro, la comunicación audiovisual de carácter
colectivo es en realidad analizar, en primer término, los procedimientos para socializar
nuestros conceptos, es decir nuestros conocimientos del mundo, y en segundo, los
procedimientos para unir o desunir grupos sociales enteros a partir del mundo de los
conceptos. Si en la comunicación oral o directa se buscaba utilizar la lengua para
socializar esos conceptos, en la comunicación indirecta o colectiva se busca utilizar la
técnica como instrumento de producción, manipulación y difusión de los mismos. La
producción de conceptos, y por lo tanto de signos, se da así a un nivel industrial, no
como bienes de uso social, es decir, para servir al hombre, sino con los mismos fines con
los que se producen jabones, sodas, bienes de uso, pero también cañones, bombarderos,
napalm y otras formas de aniquilamiento. En este contexto, la televisión se presenta como
un instrumento más de esa dinámica. Puede ser utilizada para comunicar, informar,
educar, unir. Pero también puede ser utilizada para incomunicar, desinformar, deseducar y
desunir.
Esta última ha sido la tendencia que ha predominado.
Notas
1. Cfr. Chalvón, M. Lenfant
devant la television. UNESCO. París, 1979.
2. E. Adamson Hoebel, "La naturaleza de la
cultura", en Hombre, cultura y sociedad. FCE. México, 1975. p. 234.