Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

12

(doce)

SECCIÓN

páginas

de la 98 a la 98 de 112

... el recreo

Guadalajara, México - Febrero de 2000

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De cómo vivían antes las mujeres

Bertha Lilia Gutiérrez Campos*

* Profesora normalista. Estudió la maestría en Ciencias de la Educación en el Instituto de Superación de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM). Coordinadora académica en la Secundaria No. 5 mixta e investigadora adjunta del Programa de Estudios de Género del Departamento de Sociología del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara (UDG).

El Patriarca

Bostezaba en su hamaca, un tibio día cualquiera de mayo, el Patriarca. Quiso dormir su acostumbrada y puntual siesta de la 1:30 y, lentamente, avanzó por el sendero del sueño que lo condujo a un extraño mundo de fantasía.

Todo discurría en un solemne ritual en el que participaban cerca de doscientas mujeres. Era una noche de tormenta y la "Anciana de Sabiduría" entregaba el milenario bastón al Consejo de Mujeres; comedidamente lo recibió la mayor de ellas y sintió en sus manos la fuerza que de él emanaba; ahora compartirían con el hombre, no sólo responsabilidades sino también poder. Se iniciaba así, una nueva era de luz... las tinieblas quedaban atrás.

A velocidad onírica el Patriarca viajó hasta la ciudad que amanecía. Mujeres y hombres iniciaban sus jornadas de trabajo. Todo era extraño, la flexibilidad en los roles permitía la participación conjunta; la mujer no era ya quien asumía, sola, las tareas domésticas. El generoso desayuno energizaba sus cuerpos y, al salir de casa, todos dejaban las cosas en orden. La compartición de labores permitía que siempre fueran puntuales. El tiempo les pertenecía a todos, y hasta podían reflexionar acerca de los placeres de la vida en familia. No siempre había sido así, los relatos de las abuelas describían un mundo desigual.

El ambiente que se respiraba era festivo, las banderas de papel que coloreaban las calles anunciaban el primer centenario de la Abolición de los Cautiverios, época en la que las mujeres habían vivido subordinadas a los hombres; de este oscuro período se decía que dicha subordinación era un estado "natural", pues al casarse y adoptar el apellido del varón, debían, por ello, pedirle permiso para todo; la "educación" familiar las había "preparado", para destinar íntegramente su salario al sostenimiento familiar; no podían indagar ni conocer el ingreso exacto del esposo y, mucho menos, saber cómo lo gastaba.

Grandes cartelones y mantas daban cuenta de las principales actividades en torno a dicha celebración: se presentaría la comedia "¿Qué haces en todo el día?", así como el melodrama "Te dediqué los mejores años de mi vida, y mira con lo que me pagas". Durante toda la semana, en horario vespertino, se pasarían escenas de la antiquísima telenovela: "Detrás de todo gran hombre, siempre hay una gran mujer"; hay que recordar que, en el pasado, las telenovelas gozaron de enorme aceptación, pues gracias a ellas las mujeres toleraban sus cautiverios sin reflexionar –mucho menos cuestionar–, acerca de su condición de género. Las horas frente al televisor eran un recurso para evadir la realidad.

Los niños de las escuelas, por su parte, visitaban el Museo de Historia, todos los días de la semana, un grado distinto cada vez. El recorrido incluía, por supuesto, los destacados murales: "La doble jornada", que muestra cómo las mujeres trabajaban en sus casas después de llegar, cansadas, de su asalariado empleo; entretanto, como telón de fondo, los hombres y los niños varones, descansan plácidamente. Pero no era ese el mural que más impresionaba a la chiquillada, sino el titulado "Violencia en cascada", en el que un hombre golpeaba a su esposa, y ésta, después, golpeaba a los hijos, que a su vez peleaban entre ellos. Caminaban rápidamente al pasar frente a estas escenas de la barbarie; los niños, pero sobre todo las niñas, se preguntaban: ¿cómo había sido posible que soportaran las mujeres tal estado de cosas? Luego, la maestra habría de explicar que todo aquello era visto como algo "natural", en una sociedad culturalmente atrasada.

Ya de regreso, un niño lloró al atrapársele un dedo con la ventanilla del autobús; nadie le dijo que "los hombres no lloran"; todos lo entendieron.

Del mismo modo, fue el llanto de un niño lo que regresó al Patriarca a su realidad. Despertó muy enojado: ¡A quién se le ocurren semejantes cosas!, eso sólo puede darse en un sueno, ¿sueño?... más bien pareció pesadilla. Gritó muy fuerte para que atendieran al hambriento niño que lloraba. La mujer concluyó la tarea de preparar la comida y llamó a su hija que lavaba la ropa, a las otras las apresuró a poner la mesa y servir los platos; al mismo tiempo urgió a los varoncitos, que veían televisión, para que se acercaran a la mesa.

Sonrió satisfecho el Patriarca al constatar que todo marchaba bien, "como debía ser". Sentose a la mesa para que le sirvieran y soltó una carcajada, conjurando así el último vestigio de ese mal agüero, de ese mal sueño... ¡de esa pesadilla!

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