
De cómo vivían antes las mujeres
Bertha Lilia Gutiérrez Campos
*
Bostezaba en su
hamaca, un tibio día cualquiera de mayo, el Patriarca. Quiso dormir su acostumbrada y
puntual siesta de la 1:30 y, lentamente, avanzó por el sendero del sueño que lo condujo
a un extraño mundo de fantasía.
Todo discurría en un solemne ritual en el que participaban cerca de
doscientas mujeres. Era una noche de tormenta y la "Anciana de Sabiduría"
entregaba el milenario bastón al Consejo de Mujeres; comedidamente lo recibió la mayor
de ellas y sintió en sus manos la fuerza que de él emanaba; ahora compartirían con el
hombre, no sólo responsabilidades sino también poder. Se iniciaba así, una nueva era de
luz... las tinieblas quedaban atrás.
A velocidad onírica el Patriarca viajó hasta la ciudad que amanecía.
Mujeres y hombres iniciaban sus jornadas de trabajo. Todo era extraño, la flexibilidad en
los roles permitía la participación conjunta; la mujer no era ya quien asumía, sola,
las tareas domésticas. El generoso desayuno energizaba sus cuerpos y, al salir de casa,
todos dejaban las cosas en orden. La compartición de labores permitía que siempre fueran
puntuales. El tiempo les pertenecía a todos, y hasta podían reflexionar acerca de los
placeres de la vida en familia. No siempre había sido así, los relatos de las abuelas
describían un mundo desigual.
El ambiente que se respiraba era festivo, las banderas de papel que
coloreaban las calles anunciaban el primer centenario de la Abolición de los Cautiverios,
época en la que las mujeres habían vivido subordinadas a los hombres; de este oscuro
período se decía que dicha subordinación era un estado "natural", pues al
casarse y adoptar el apellido del varón, debían, por ello, pedirle permiso para todo; la
"educación" familiar las había "preparado", para destinar
íntegramente su salario al sostenimiento familiar; no podían indagar ni conocer el
ingreso exacto del esposo y, mucho menos, saber cómo lo gastaba.
Grandes cartelones y mantas daban cuenta de las principales actividades
en torno a dicha celebración: se presentaría la comedia "¿Qué haces en todo el
día?", así como el melodrama "Te dediqué los mejores años de mi vida, y mira
con lo que me pagas". Durante toda la semana, en horario vespertino, se pasarían
escenas de la antiquísima telenovela: "Detrás de todo gran hombre, siempre hay una
gran mujer"; hay que recordar que, en el pasado, las telenovelas gozaron de enorme
aceptación, pues gracias a ellas las mujeres toleraban sus cautiverios sin reflexionar
mucho menos cuestionar, acerca de su condición de género. Las horas frente
al televisor eran un recurso para evadir la realidad.
Los niños de las escuelas, por su parte, visitaban el Museo de
Historia, todos los días de la semana, un grado distinto cada vez. El recorrido incluía,
por supuesto, los destacados murales: "La doble jornada", que muestra cómo las
mujeres trabajaban en sus casas después de llegar, cansadas, de su asalariado empleo;
entretanto, como telón de fondo, los hombres y los niños varones, descansan
plácidamente. Pero no era ese el mural que más impresionaba a la chiquillada, sino el
titulado "Violencia en cascada", en el que un hombre golpeaba a su esposa, y
ésta, después, golpeaba a los hijos, que a su vez peleaban entre ellos. Caminaban
rápidamente al pasar frente a estas escenas de la barbarie; los niños, pero sobre todo
las niñas, se preguntaban: ¿cómo había sido posible que soportaran las mujeres tal
estado de cosas? Luego, la maestra habría de explicar que todo aquello era visto como
algo "natural", en una sociedad culturalmente atrasada.
Ya de regreso, un niño lloró al atrapársele un dedo con la
ventanilla del autobús; nadie le dijo que "los hombres no lloran"; todos lo
entendieron.
Del mismo modo, fue el llanto de un niño lo que regresó al Patriarca
a su realidad. Despertó muy enojado: ¡A quién se le ocurren semejantes cosas!, eso
sólo puede darse en un sueno, ¿sueño?... más bien pareció pesadilla. Gritó muy
fuerte para que atendieran al hambriento niño que lloraba. La mujer concluyó la tarea de
preparar la comida y llamó a su hija que lavaba la ropa, a las otras las apresuró a
poner la mesa y servir los platos; al mismo tiempo urgió a los varoncitos, que veían
televisión, para que se acercaran a la mesa.
Sonrió satisfecho el Patriarca al constatar que todo marchaba bien,
"como debía ser". Sentose a la mesa para que le sirvieran y soltó una
carcajada, conjurando así el último vestigio de ese mal agüero, de ese mal sueño...
¡de esa pesadilla!