
Un taxi para Bruce Willis
Fortunato Ruiz Verdugo
Pasar la cortina y creer que uno se pierde como un
día detrás de otro. Oscuridad más que nada. Un leve descenso que se eterniza. Un no
saber a dónde se va a llegar, pero con la seguridad de advertirse a salvo y, de repente,
una luz parecida a una pequeña cueva al fondo de la noche crece y es el mundo, el
universo único existente: la pantalla del cine.
Un sueño se levanta en esta noche de artificio donde la niebla irrumpe en el
mínimo hueco de la luz.
Llegar a un asiento y ver desde ahí a una pareja de enamorados
discutiendo, pistola en mano, en el restaurante. Entre los diálogos, una mujer se acerca
y sonríe mientras se sienta al lado. Sentir el calor breve que despide su respiración
honda que le mueve el plexo de una manera bastante violenta. Pulp fiction es una
tímida imagen ante el oleaje de sus senos.
Sin saber cuando, recargar el brazo en el descansillo y ella un poco
tibia, un poco sin moverse, complaciente.
Olvidar el asalto en pleno desayuno y voltear a verla y ella sonriendo
mientras se entrelazan las manos. Ver sin ver que Uma Thurman es una chica que será una
mujer pronto. Voltear a verla y sentir que se acerca. Su boca es una linterna en plena
búsqueda. Lentamente sondea, olfatea y muerde. La metamorfosis empieza de nuevo: dos
bestias en la tiniebla, hurgando cada uno en el otro, arrancando pedazos colmados de
sudor, de sangre, de inmundicia, de pasión. La aventura en lo desconocido. El viaje a
través del otro. La Thurman bailando, pero no poder decirlo. Perderse en un beso y
regresar a la Thurman a quien con un marcador le han dibujado un círculo en el corazón y
alguien apunta con una jeringa que se le hunde brutalmente en el pecho.
Palpar el latir atropellado de su corazón y dejarse llevar nuevamente
por el torbellino. La lucha frente a frente, el entrelazado de la noche bajo un cielo sin
estrellas.
Hablar de nada
entre susurros, del azar, de la química, del silencio. Conjeturar que están solos o
nadie percibe su lenguaje hecho de signos que no dejan huellas en la noche. Interrumpir un
beso y oír sus preguntas acerca de la muerte. A ella le interesa el tema de la muerte.
Hacer planes uno solo (imaginar que ella estará de acuerdo), pensar en
un hotel o algún rincón cubierto de las miradas. La película puede esperar, al fin de
cuentas es fácil acceder a su eterno retorno.
Otra vez ver sin ver: Bruce Willis boxea con encono. Ella se levanta
sin destrabar las manos. Volver a planear, a imaginar el futuro. Salir y, a cada tres
pasos, ahogarse con un beso. Insistir en la caricia que penetra como un puñal, como un
relámpago. Volver a caminar cada vez más aprisa. Ella pierde los zapatos en la urgencia
de los pasos. Demorarse en recogerlos mientras sube a un taxi. Correr hacia el vehículo
que ella maneja. Despedirse con un beso y una promesa.
Zapatos en mano, pensar en buscarla al otro día, sin dirección ni
teléfono. Acelera y deja un velo de humo que al desaparecer se va confundiendo con las
sombras. Ratas y el silencio que se enreda en los pies son la única compañía. Lejos de
ahí ella, descalza, acelera.
Saber que llegará a un gimnasio de donde escapa Bruce Willis (quien
acaba de matar a un hombre) y aborda el taxi. Saldrá volando del lugar y hará unas
cuantas preguntas sobre la muerte. A ella le interesa el tema de la muerte.