
Reflexiones sin destino
Silvia Ayala Rubio*
Sin duda, mucho papel y tinta ha corrido en el análisis del sistema
educativo mexicano. En torno a él, prolíferas han sido las opiniones y a granel se
emiten cotidianamente contradictorios comentarios; los discursos de diversos actores
sociales van y vienen, unos avalando y justificando emotivamente los avances logrados a la
fecha, otros en cambio, con afilado bisturí abren las venas del sistema y nos muestran
fehacientemente sus partes malignas y los devastadores impactos que sobre la mayoría de
la población ha tenido la política educativa del Estado.
Pero aquel intrépido académico que intente hacer un análisis serio y
profundo del sistema educativo requiere, sin duda, estudiar la función social y política
que la educación cumple en el conjunto de la sociedad, es decir, abonar a la discusión
de la evolución estructural de la formación social, ahondar en el debate maniqueo
sociedad tradicional vs sociedad industrial, ponderar la viabilidad del modelo
neoliberal para el desarrollo económico, e incursionar en el riesgoso desafío que
plantea el progreso tecnológico por el que inevitablemente se conduce a la humanidad.
Por todo ello, hacer el análisis de la relación educación y sociedad
no es nada sencillo, ya que requiere de explicaciones holistas en el que converjan
factores económicos, políticos, sociales y culturales de carácter nacional e
internacional.
Por lo anteriormente expuesto, me parece pues, imposible, que yo pueda
abordar en unas cuantas líneas, todas y cada una de estas vertientes y dar además
concluyentes juicios evaluatorios del sistema educativo mexicano.
Por tanto, mi intención en este escrito es más modesta, tan sólo
pretendo expresar mi toma de conciencia como actor y sujeto social en torno al escabroso
asunto de algunos de los logros y retos que presenta el nivel de educación básica.
Hilvanando algunas ideas
Cuando se hace una lectura del decir y el hacer del grupo gobernante, o sea, cuando se
contrasta el discurso y las acciones realizadas de los agentes directamente involucrados
en activar y administrar el sistema educativo, nos permite dilucidar el compromiso que el
aparato gubernamental asume con la sociedad en su conjunto.
Día a día, el discurso gubernamental ha venido reiterándonos que su
propósito es transformar la forma de vida de los mexicanos, cambiar los niveles de
pobreza, elevar nuestro nivel de vida y despegar hacia el progreso y el desarrollo
económico: en materia educativa apunta que su intención es impartir una educación de
calidad, preparar a corto plazo el personal necesario para producir conocimientos
científicos y tecnológicos, mejorar la eficacia terminal del nivel básico, atender con
mejores coeficientes de retención el medio rural, eliminar las desigualdades geográficas
en el campo de la educación y trabajar para tener un sistema educativo más eficiente
más participativo y más democrático.
Sin duda, estos propósitos de alguna manera cristalizan las grandes
aspiraciones y necesidades nacionales; sin embargo, son prácticamente irrealizables a
corto y mediano plazo; esto de ante mano lo saben nuestras autoridades, ya que en la
actualidad el país no posee: condiciones macro estructurales, recursos económicos
suficientes y las instancias operativas para hacer efectivos cada uno de estos
propósitos. Por lo tanto, se hace necesario reconocer primero que la evolución y
transformación del sistema educativo, no es tan sólo un mero elemento volitivo del
aparato gubernamental, sino que depende también del estado que guarda la estructura
económico-social de la sociedad y de las fuerzas e inercias culturales que inciden y
determinan una lenta evolución del sistema educativo.
Por lo tanto, a fin de que el país logre la equidad educativa y una
transformación cualitativa del sistema escolar, se considera imperioso conjuntar un
creciente y sostenido desarrollo económico y un ejercicio equilibrado de la política
económica y social por parte del Estado.
Sin embargo, en nuestro devenir histórico de las últimas cinco
décadas, este hecho está prácticamente ausente: es por ello que el grupo gobernante, a
fin de legitimar su propio discurso se ha visto en la necesidad de construir todo un
ritual ideológico-discursivo, a través del cual alimenta la esperanza del pueblo, en lo
que se refiere a la transformación social del país y el bienestar económico para todos
los mexicanos. Por ello discursivamente le apuesta a la educación, como un mecanismo
regulador de las desigualdades sociales e invita a que elevemos nuestra escolaridad
personal y a que trabajamos bajo los cánones de eficiencia, efectividad y competitividad:
en otras palabras estos dispositivos ideológicos de la modernidad económica conforman
tan sólo la retórica necesaria e indispensable a la que el grupo gobernante acude para
ratificar su compromiso con la sociedad y con ello legitimar el ejercicio del poder.
Para confirmar que los propósitos generales del aparato gubernamental
tan sólo caen en el plano de la retórica1 y que
por consiguiente no conllevan acciones definidas a realizar más allá de un cambio en la
currícula, basta que examinemos uno de los objetivos nacionales que el Estado ha
establecido en su programa como es elevar la calidad de la educación y modernización
del sistema escolar.
Se estará quizá de acuerdo en que a pesar de que se llevan ya varias
décadas discutiendo en torno a la calidad de la educación, es hora que ni los técnicos
y especialistas en el campo ni entre éstos y los políticos han tomado aún un acuerdo
más o menos generalizado respecto al sentido con que debe emplearse este concepto;2 por consiguiente, las estrategias para elevar la
calidad de la educación hasta la fecha no poseen una estructura orgánica ni se cuenta
con una planeación racional que de respuesta a las múltiples y heterogéneas necesidades
regionales.
De igual forma, el avance cualitativo se ve frenado por las dinámicas
sociales de carácter estructural, entre las que cabe destacar la carencia de excedentes
económicos que impiden la inversión del sector público en educación lo que da por
resultado un sistema educativo cualitativamente desigual y con lamentables iniquidades en
las zonas económicamente más desfavorecidas.
Al mismo tiempo, no debe olvidarse la fuerte influencia que ejerce el
estrato de clase de los alumnos, lo cual incide en la calidad de la educación recibida y
la permanencia o expulsión del sistema escolar.
Además, no hay que olvidar que prevalece una homogeneidad en el
currículum de educación básica, el cual no respeta las diferencias del capital cultural
de los educandos de las diferentes y diversas zonas del país; es decir, si la herencia
cultural varía en los distintos estratos sociales, estas diferencias provocan por ende
desigualdad en el éxito escolar.
En este problema de la modernización educativa y la calidad de la
educación subyacen además de las variables, de índole socioeconómico, estructuras de
poder administrativas y sindicales que imposibilitan los cambios cualitativos a
profundidad; de ahí que mientras éstas operen bajo las mismas condiciones, difícilmente
se podrá hablar seriamente de calidad y modernización del sector educativo.
En la administración de los servicios escolares, fundamentalmente en
lo que se refiere a la supervisión de zona y las direcciones de escuela, se manifiestan
mecanismos de control rígidamente piramidales y de corte caciquil, cuya estructura, más
que apoyar las labores académicas, las burocratiza, las obstaculiza y las entorpece.
De igual forma se considera retórica discursiva hablar de calidad de
la educación y/o modernización del sistema escolar cuando permanece inalterable el
clientelismo y la camarilla en el sindicato de maestros, o cuando al magisterio se le ha
inserto en un proceso constante de pauperización para reproducirse como fuerza de
trabajo.
Otro nivel que debe tomarse en cuenta en este asunto de calidad y
modernización es el que se refiere a la enseñanza, la cual está pautada sin duda por lo
que Braudel denomino "fenómeno histórico de tiempo largo". En otras palabras,
esto se refiere a que el proceso de enseñanza, temporalmente, responde muy lentamente al
cambio y a las transformaciones y para que éstas se generen no depende de una
directividad o de mera voluntad política. Es pues, en este "muro de
contención" de la práctica docente donde fracasan y se bloquean las grandes y
ostentosas reformas curriculares; por consiguiente, es en la naturaleza misma de este
hecho donde se conforma uno de los retos más grandes y difíciles a los que se enfrenta
el factor de calidad y de modernización educativa.
Así mismo, hay un acuerdo generalizado de que el sistema educativo
manifiesta: prácticas pedagógicas tradicionales y autoritarias, una pérdida del nivel
académico del proceso de enseñanza-aprendizaje y una crisis profunda en la formación de
profesores para el nivel básico.
Sin cerrar aun la discusión
Conviene, aclarar que no es una actitud nihilista la que obliga a aceptar los buenos
propósitos y excelentes intenciones del Estado, sino más bien la postura que aquí se
asume es la de incursionar en el proceso histórico y tomar como evidencia las condiciones
materiales que inciden y obstaculizan la operatividad de gran parte del sistema escolar.
Por consiguiente, la modernización educativa y la calidad de la
educación depende no tan sólo de un mero programa político, sino de una multiplicidad
de variables de carácter estructural y de desarrollo integral de la sociedad mexicana: y
"mientras que se aplique el modelo económico neoliberal seguirán agudizándose las
diferencias sociales, y el acceso a la educación se tornará más selectivo y se
reforzará a la escuela como instrumento de diferenciación económica y social"
(Ruiz, 1995: 28).
Notas
1. Un análisis del discurso educativo
en el último medio siglo permite detectar cómo se van generando en diversos momentos
históricos los conceptos, tal es el caso de "la escuela del amor", "la
escuela de la unidad nacional", "la educación para el desarrollo
económico", "la revolución educativa", "la modernización de la
educación", etc.
2. Para algunos especialistas esta categoría implica
precisar en qué medida los resultados se aproximan al logro de los objetivos propuestos
en la política educativa; para otros, en cambio, se refiere al proceso total e integral
en que el individuo reconoce el grado de desarrollo de sus propias finalidades internas.
En tanto que los políticos tan sólo han logrado precisar algunas estrategias; más de
alguno considera que se alcanza a través de una mayor infraestructura escolar; para otros
tan sólo implica revisar el plan de estudios, programas y libros de texto e implementar
nuevos sistemas de evaluación en el proceso de enseñanza aprendizaje. Para los
tecnócratas de la SEP es incidir en el proceso de formación de profesores.
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