Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

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Guadalajara, México - Octubre de 1998

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La educación en valores y la práctica docente desde la experiencia española

Marisol Pardo*

* Secretaria de Relaciones Internacionales de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras (FECCOO), Madrid, España.

La legislación educativa vigente en España de 1985 a 1990, establece como objetivo prioritario de la Educación, la formación para practicar valores, que posibilite la vida en sociedad, mediante la adquisición de hábitos de convivencia democrática y de participación en las distintas instancias escolares, sociales, culturales...

La Ley Orgánica de la Educación (LODE) y la Ley Orgánica General de los Servicios Educativos (LOGSE), en su artículo 1º, señalan como uno de los fines de la educación "El pleno desarrollo de la personalidad del alumno".

Señala en primer lugar "La formación personalizada, que propicie una Educación Integral de conocimientos, destrezas y valores morales de los alumnos en todos los ámbitos de la vida personal, familiar, social y profesional".

El mismo Artículo señala como principio "La Metodología Activa que asegure la participación del alumnado en los procesos de enseñanza-aprendizaje".

En el marco de la LOGSE, de las reformas educativas y del nuevo Diseño Curricular Básico (DCB) de 1993, se establecen y definen ciertas enseñanzas que deben recogerse en las distintas etapas educativas, a través de las áreas de conocimiento y de contenidos actitudinales y procedimentales, mediante un tratamiento transversal.

La educación para la paz, la convivencia, la salud, la educación medioambiental o la educación para la igualdad de oportunidades entre los sexos, son algunas de las transversales prescriptivas del Ministerio de Educación y Ciencia (MEC).

Uno de los aspectos fundamentales de la educación integral, es la educación en valores. Ahora bien, ¿Qué sucede en la práctica educativa?

¿Es suficiente con que la norma lo prescriba, la ética lo exija o con que la pedagogía lo reclame para concluir que la práctica docente real que se genera en nuestros centros educativos está intecionadamente dirigida a la formación integral de las personas?

¿Es asumido ese objetivo como prioritario por todas las instancias educativas?

 

"La educación en valores no se predica, se practica"

Los valores fundamentales, primarios, que han cristalizado en el orden político-social en la Constitución Española, y Estatutos que rigen la vida colectiva de nuestras comunidades autónomas, han sido concretados y desarrollados en el ámbito educativo. La Reforma Educativa Española plantea entre sus finalidades las siguientes:

  • La educación social y moral del alumnado:

    • La educación para las actitudes y valores.

    • Posibilitar las opciones responsables.

    • Respeto y tolerancia a las demás personas y grupos en un ambiente pluralista.

  • Educación no discriminatoria:

    • Orientada a la igualdad de las personas y de sus posibilidades de realización.

    • Sin distinguir sus condiciones personales y sociales.

    • Sin discriminación por el sexo, capacidad, raza, origen social.

    • Alejada de los estereotipos.

  • Apertura al entorno, a las realidades y a la cultura:

    • Nuevos contenidos: contenidos actitudinales, áreas transversales.

    • Nuevos lenguajes.

    • Nuevas tecnologías.

Vale la pena detenerse a reflexionar en el concepto actitud por la relación que tiene con la práctica docente y en el concepto intencionalidad.

En cuanto al concepto de actitud por la relación que tiene con la práctica docente, podríamos decir que las actitudes se caracterizan por estar fundamentadas sobre tres componentes básicos:

  • Cognitivo. Basado en los conocimientos y el sistema de creencias de cada persona;

  • Afectivo. Determinado por sus sentimientos y sus creencias;

  • Conductual. Es decir, que se manifiesta en las actuaciones concretas así como en las declaraciones de intenciones.

Se transmiten, adquieren y modifican en los procesos de enseñanza-aprendizaje en la medida en que esto supone situaciones experienciales basadas en la libre aceptación e implicación de la persona y relacionadas con los problemas que individual o colectivamente vivimos.

Intencionalidad en educación, hace referencia a la explicación de intenciones que posibilite justificar el porqué hacemos lo que hacemos. Ninguna intervención educativa debe estar desprovista de un sentido específico porque ninguna intervención educativa es neutra. La ausencia de una intencionalidad explícita, consciente, en cualquier intervención educativa no merma el potencial de ésta de ejercer una determinada influencia, deseada o no, en el alumnado que la vivencie.

Esta explicitación de valores deseados implica al conjunto de la comunidad educativa y encuentra su marco de plasmación en el Proyecto Educativo del Centro.

 

A modo de conclusiones emanadas de la teoría

La formación integral de la persona, cuyo desarrollo y consecución es el objetivo prioritario de la educación, es justificadamente deseable y, además, es alcanzable.

La educación en valores, actitudes y hábitos, se configura como elemento esencial para la consecución de dicho fin.

La comunidad educativa, todos los colectivos que la integran, debe seleccionar el conjunto referencial de valores que se desea para el Centro, así como precisar sus contenidos propios y explicitarlos en el Proyecto Educativo del Centro.

Corresponde al conjunto del profesorado de manera específica estructurar y planificar las situaciones de aprendizaje que posibiliten al alumnado vivenciarlos, desarrollarlos y asumirlos desde actitudes reflexivas, críticas y vitales como medio más adecuado para desarrollar su propia personalidad y su propio proyecto de vida.

 

La educación en valores en la práctica educativa

Una primera aproximación a las experiencias realizadas en los Centros Educativos estos últimos cuatro años.

Existe, una preocupación más o menos extendida, una preocupación real, una dedicación considerable por parte del profesorado, por desarrollar estrategias que favorezcan la educación integral del alumnado, y que entienden que la educación en valores, bien desde la perspectiva referencial de un Proyecto Educativo del Centro, elaborado cooperativamente por todos los colectivos o bien desde el desarrollo de la transversalidad, supone un componente esencial de la formación integral de las personas.

El motivo por el cual el Centro o el grupo de profesores y profesoras se comprometen con el diseño y aplicación de estas actividades respondiendo a alguno de estos tres planteamientos:

  • Elaboración del Proyecto Educativo del Centro.

  • Necesidad de dar respuesta desde el Centro a la transversalidad planteada por la Reforma Educativa.

  • Replanteamiento de las prácticas educativas del Centro, globalmente consideradas a la luz de una reflexión colectiva y profunda sobre la educación en valores.

El desarrollo de los ejes transversales, es el que más experiencias ha suscitado en los Centros. Son mayoritariamente experiencias concretas sobre alguno de los ejes particularmente considerado, destacando por su incidencia:

  • La educación para la igualdad entre los sexos (coeducación).

  • La educación para el respeto del medio ambiente.

  • La educación para el consumo.

  • La educación para la paz y el desarrollo.

También hemos observado que, desde la práctica, poner en marcha un grupo de profesores y profesoras o un Centro Educativo, para el desarrollo de cualquiera de estos tres elementos supone iniciar un proceso imprevisible e incierto.

Sin embargo, estos procesos también están caracterizados por su potencialidad para nuclear grupos de trabajo centrados en un interés común, generar en torno a ellos procesos de reflexión, imprimir dinámicas colectivas de implicación en cambios significativos en las prácticas educativas, [...] se pretende promover la existencia de un clima general favorable al diálogo permanente al contarse con pareceres en el que las diferentes conductas, las propias concepciones que se tienen sobre los propios valores, interactúan potenciando el enriquecimiento individual y colectivo, personal y profesional básico para posibilitar el desarrollo integral de la persona.

Sin embargo, todo esto no se produce por generación espontánea, ni en un contexto neutro. Se produce en un marco estructural concreto, como es el de la escuela con todas sus contradicciones y limitaciones, reflejo de un contexto social inmerso en un proceso de vertiginosa transformación que plantea a la sociedad y a la escuela nuevos retos, nuevos desafíos ante los cuales ni la una ni la otra pueden evadir su responsabilidad y su compromiso.

 

Recursos

Es responsabilidad de la sociedad y de las instituciones que la gobiernan no sólo definir un marco teórico-normativo en el que se definan los objetivos de la educación y un modelo de escuela coherente con la consecución de los mismos. Incumbe también a la sociedad y directamente a las instancias de gobierno, proveer los medios y los recursos precisos, tanto materiales como humanos, para hacer viable dicho cometido.

La sociedad debe ser consciente de lo que le está pidiendo al sistema educativo. La igualdad entre todas las personas, la justicia, la cooperación, la solidaridad, la tolerancia, la paz, [...] son valores que, si bien pertenecen al acervo cultural de nuestras comunidades, dignos de ser transmitidos a las nuevas generaciones, son puestos en entredicho en más ocasiones que las deseables por los comportamientos sociales, considerados individual y colectivamente.

Los intereses que privan en nuestra sociedad actual se recrean en el individualismo, la colectividad, denotando lo público, lo social, lo participativo. La sociedad debe ser consciente en la encrucijada en que se sitúa a la escuela. Si ésta debe dar respuesta a las carencias sociales, vividas como tales y, en consecuencia, anheladas y demandadas, o se le capacita para tal fin o, simplemente no la hará.

Ante esta situación cabe preguntarse ¿interesa realmente a los poderes dominantes esta transformación de la escuela que pueda coadyuvar a la transformación social o prevalecen los intereses por mantener el estado actual, en el que una de las funciones fundamentales del sistema educativo sigue siendo la función selectiva, no en base a una verdadera igualdad de oportunidades, sino, más bien, determinada por la pertenencia o no a determinadas posiciones ventajosas de partida?

Estas contradicciones se viven a diario en las escuelas. Así son frecuentes opiniones como:

—No es competencia nuestra hacer justicia y corregir la desigualdad de oportunidades.

—Nosotros no podemos corregir las injusticias sociales.

—¿Qué podemos hacer nosotros para evitar que los más desfavorecidos sigan siendo las primeras y más numerosas víctimas del fracaso escolar?

—¡Yo soy el profesor de matemáticas y punto!

—¿Cómo nos piden que eduquemos en la solidaridad en un contexto social insolidario?

Estas y otras valoraciones de parecido tenor son realizadas por buena parte del profesorado, en no pocas ocasiones, en nuestros centros educativos.

Efectivamente también ésta es parte de nuestra realidad educativa, contradictoria y compleja, que exige una nueva actitud de los educadores, un nuevo concepto de profesionalidad que les lleva a asumir individual y colectivamente la cuota de responsabilidad asignada por la sociedad que reclama su participación activa en la construcción de un entorno más humanizado.

En este contexto los sindicatos y el colectivo de educadores reclama tanto a la sociedad en su conjunto como específicamente a los responsables educativos, medidas concretas que posibiliten un desarrollo profesional que capacite al sistema educativo para dar respuesta a las demandas que se le formulan. Esta nueva profesionalidad debe estar dirigida a dar respuesta a los problemas que se plantean desde la propia práctica.

 

Problemas a resolver

El hacer real este carácter de escuela participativa, que la participación se constituya en algo vivo, sentido por todos los componentes, exige superar las interpretaciones contradictorias que se vienen realizando del carácter de la misma desde cada uno de los colectivos que componen la escuela.

Se debe partir de la premisa básica de que a participar se aprende participando, lo que supone entre otras cosas, y que, en consecuencia, todos debemos estar dispuestos a intercambiar información y opiniones con actitud flexible y tolerante.

Es imprescindible para clarificar las funciones de cada colectivo en el marco de la comunidad educativa, así como para configurar un conjunto de intereses comunes que orienten de forma coherente la actividad y la vida del Centro.

La aceptación del valor de los contenidos procedimentales y actitudinales por parte del profesorado y de las familias, sin olvidar la importancia de los contenidos conceptuales, la práctica educativa diaria no puede perder de vista el fin principal de la educación. Es decir, proporcionará una educación plena que le permita conformar su propia identidad en relación a nosotros y al mundo que le rodea, tanto de la perspectiva del conocimiento como desde la propia valoración ética y moral. Este planteamiento exige un rearme ideológico de la sociedad en su conjunto y del profesorado en particular. Rearme ideológico en línea con el compromiso que algunos denominan "ética de mínimos" y en lo que la escuela debe aportar a la consolidación de la misma.

La ética es un saber práctico que se enseña de diversas maneras y constantemente. Es la forma de ser y de comportarse, de trabajar y de divertirse, de hablar y pensar, de estar con los demás y con uno mismo por lo que se ponen de relieve los valores básicos del ser humano. Educar debería consistir en algo tan simple como mostrar a los neófitos en la vida la propia forma de vivir. (Victoria Camps).

Por ello, para que la actividad sea verdaderamente formativa, humanizadora, debe ser activa y consciente, libre e interiorizada, crítica y constructiva, que permita a los alumnos y alumnas ir definiendo su propio proyecto de vida personal.

Ante estos planteamientos no cabe la neutralidad de la acción educativa, o se busca intecionadamente la promoción de contextos educativos que posibiliten el aprendizaje en el fomento de estos valores o se estará fortaleciendo los contrarios. Se trata, en consecuencia, de generar situaciones en las que el alumnado tenga que optar, manifestar aptitudes, contrastar opiniones, construir conclusiones...

Todo esto tiene estrecha relación con el ambiente democrático de la escuela, con el ambiente coeducativo, con el ambiente, no sólo de una profesora o profesor de un aula sino de la escuela en su conjunto, en su organización, en su funcionamiento, en la toma de decisiones, en los procedimientos para la resolución de conflictos, en la organización de las actividades complementarias y extraescolares...

Los temas transversales impugnan la acción educativa en su conjunto, no son asignaturas nuevas; la educación en valores no es una nueva asignatura más; la Reforma Educativa plantea tres dimensiones de intervención en el ámbito de los valores:

  1. El Proyecto Educativo del Centro (PEC) como resultado del proceso de toma de decisiones compartido por la comunidad educativa sobre lo que entiende que debe ser el sistema de valores en el que se va a enmarcar la actividad educativa del Centro.

  2. El Reglamento de Organización y Funcionamiento del Centro (ROC).

  3. El tratamiento didáctico de los valores, igualmente coherente con el PEC y con el ROC que encontrará su concreción tanto en el desarrollo de los contenidos procedimentales y actitudinales como en el tratamiento de los temas transversales.

¿Cómo se pueden concretar estos planteamientos? ¿Quién y cuándo enseña estos contenidos? En coherencia con lo que venimos exponiendo, es evidente que no se puede limitar a un horario específico: "de diez a once de la mañana los miércoles". Tampoco se debe confiar a un profesorado específico: "el profesorado de ética se encargará de la educación en los valores de todos los grupos". No.

La intencionalidad en el trabajo sobre valores y actitudes debe estar presente en todos los actos educativos, en todas las realidades, con el profesor o profesora de ética y con el o la de matemáticas o de educación física. Con todos y en todas las interacciones que las personas realizamos con los otros, así como en el contexto escolar y en todas las situaciones de nuestra vida.

Por ello, al plantearnos la educación en valores y en actitudes, es necesario tomar como referencia las experiencias que viven nuestros alumnos. Estas experiencias no son ajenas al mundo que les rodea, mas bien al contrario, están en conexión, están impregnadas de los problemas e intereses de nuestro contexto social y su solución está estrechamente vinculada a la resolución de los grandes retos que podemos englobar en la consecución de una sociedad más humanizada.

Así, aspectos relacionados con la atención a la diversidad, con la paz, con el desarrollo, con la injusticia, con la desigualdad, con el consumismo, con la degradación del medio ambiente... son manifestación directa o indirecta de sus preocupaciones, de sus intereses, de sus problemas; en definitiva, de sus experiencias. Desde sus experiencias, pueden adoptar actitudes y comportamientos específicos relacionados y basados en valores, generar implicaciones personales en relación con la comprensión de los fenómenos sociales y culturales.

 

A modo de conclusiones de nuestra experiencia práctica
No existe ni ha existido práctica docente que no ponga en juego unos valores u otros. Si puede considerarse novedoso el planteamiento de dar respuesta a esta educación en valores en un modelo de escuela participativo, en un marco de autonomía pedagógica y organizativa, que se concreta en un Proyecto Educativo de Centro y en un Reglamento de Organización y Funcionamiento sostenido por el equipo docente y definido por la comunidad educativa.

Así formulado, sí constituye una demanda novedosa, implicando dinámicas de trabajo y de toma de decisiones participativo-colaborativas que evidencian la necesidad de una definición consensuada sobre los valores que quiere potenciar cada Centro.

También puede considerarse novedosa la explicitación formulada por la reforma educativa respecto a los ámbitos de educación en valores.

La relación de la escuela con la vida, con su entorno más próximo a las realidades sociales, deben ser tomadas en cuenta al definir las estrategias didácticas si se quiere posibilitar verdaderamente que los alumnos y alumnas puedan comprender críticamente la sociedad en la que viven y puedan estar capacitadas para intervenir en ella activamente para transformarla y mejorarla.

El factor tiempo y las condiciones de trabajo. En cualquier reflexión sobre el tema, en cualquier conversación entre profesionales de la educación, aparecen de forma permanente estas variables que se consideran determinantes para el éxito de este empeño. Todos tenemos responsabilidades en la modificación de los contextos, pero de modo particular la administración, los titulares de los centros privados, las organizaciones sindicales y profesionales, los movimientos de renovación pedagógica, las familias...

 

Consideraciones finales

Para concluir, destacamos algunas consideraciones, relacionadas con las dificultades y resistencias que se manifiestan con mayor insistencia al abordar, desde la práctica, la educación en valores.

Señalamos algunas condiciones que consideramos convenientes y/o necesarias para que la realidad de la mayoría de nuestros centros, que diariamente se enfrentan a esta situación, puedan avanzar satisfactoriamente.

  • Facilitar desde los planes de formación institucional, no sólo el conocimiento sino también la experimentación, estrategias para la adquisición y el desarrollo de actitudes y valores. Desarrollar el trabajo en equipo como pauta de trabajo habitual en los centros educativos, es una de las estrategias formativas más adecuadas para el desarrollo profesional.

  • Favorecer el intercambio de experiencias. Vencer la resistencia del profesorado.

  • Garantizar una amplia red de servicios externos cualificados con funciones de orientación, apoyo y colaboración con los centros.

  • Es necesario un compromiso claro de la administración para impulsar este cambio de cultura en el trabajo del profesorado.

  • Las organizaciones sindicales, representantes del profesorado, deben vincularse a este debate sobre las condiciones y tiempos de permanencia del profesorado en el Centro.

 

Lastres

Realizar este proyecto supone hacer frente a algunos lastres que hoy lo obstaculizan:

Primer lastre: entender los valores solamente como objetivos cognitivos, cuando también son modos de actuación. Desarrollar formas de tratamiento de los problemas, diferentes a los que habitualmente se producen en la sociedad, diálogo, toma de decisiones por consenso, trabajo en equipo, tolerancia, respeto, sometimiento a la crítica, etc.

Segundo lastre: el desencuentro entre familia, escuela y sociedad sin olvidar los medios de comunicación.

 

Conclusión final

El cambio necesario ahora es aquel que preserve los servicios públicos universales y de calidad, para alcanzar la cohesión social, la igualdad de oportunidades, la compensación de las desigualdades y la liberalización de las fuerzas creadoras de la sociedad. Pero al mismo tiempo, y creo que nuestras experiencias nacionales son reveladoras de lo que voy a decir, el cambio necesario ahora también radica en conseguir sociedades plenamente democráticas donde la participación de la sociedad organizada sea una realidad y una garantía de profundización democrática y de gobierno ético de lo público.

Desde esta perspectiva, sólo así se podrá avanzar en una educación que realmente desarrolle sus potencialidades.

¿Cómo podemos dar forma a esa perspectiva? Desde mi punto de vista, las fuerzas políticas, las organizaciones sociales y muy particularmente las organizaciones sindicales, que deben de estar ensambladas, vinculadas por un proyecto común que se caracterice por la promoción de políticas alternativas de redistribución al servicio de la sociedad. Desde la autonomía de cada uno de los agentes sociales.

Me gustaría añadir algo más respecto a los agentes de cambio. El carácter de los agentes del cambio debería consistir en primer y fundamental lugar, en ser verdaderos organismos que se rijan y se reproduzcan por los parámetros que aspiramos que sean la base de la sociedad que queremos construir.

No se puede aspirar a una sociedad democrática y no funcionar democráticamente en el interior de las organizaciones. No se puede aspirar a una sociedad plural, critica y que reconozca la diversidad, y ahogar esa diversidad en el seno de nuestras organizaciones. No se puede pretender una sociedad austera, no consumista, respetuosa con el medio ambiente y practicar el despilfarro y la ostentación. No se puede pretender una sociedad igualitaria y practicar la discriminación.

Un caso que creo que es común en nuestras organizaciones, de las mujeres, que son mayoría en el sector magisterial. No podemos estar promoviendo políticas, hacia afuera, de igualdad de la mujer, y practicar elementos de discriminación en su promoción para asumir cargos directivos en la organización en la que cada uno de nosotros estamos.

También deben ser organizaciones autónomas del gobierno, de la patronal y de los partidos políticos. No está tan asumida la independencia, la autonomía respecto a los partidos políticos, habida cuenta de la tradición histórica en la que se gesta el movimiento sindical y los compromisos políticos y sociales que estos movimientos comparten con diversos partidos.

Es necesario plantearse una revisión en profundidad, una revisión autocrítica, de cada una de nuestras organizaciones para promover, también en el seno de nuestras organizaciones, un cambio de concepción y de cultura.

 

Referencias bibliográficas

CAMPS, Victoria. Los Valores de la Educación. Ed. Anaya. Madrid, 1994.

_____________ Virtudes públicas. Ed. Espasa Calpe. Madrid, 1990.

CORTINA, Adela. La ética en la sociedad civil. Ed. Anaya. Madrid, 1994.

LODE: Ley Orgánica de Educación, 8/1985, de 3 de julio.

LOGSE: Ley Orgánica de Educación, 1/1990, de 3 de octubre.

RAJADEL, Nuria. "Estrategias para la adquisición y/o desarrollo de actitudes y valores (SER)", en: Didáctica general: modelos y estrategias para la intervención social. [A. P. González, A. Medina, S. de la Torre, Coords.]. Ed. Universitas, S. A. Madrid, 1995.

SAVATER, Fernando. El valor de educar. Ed. Ariel. Marzo, 1997.

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