
La historia de cómo no aprendí Historia
Luciano González Velasco*
Ya me resigné. En la vida no voy a aprender Historia
Toda enseñanza comienza en el hogar, según dicen. Pero, en mi casa, aunque no
faltábamos a los desfiles y festivales, nunca pudimos distinguir de qué conmemoración
se trataba. Excepto "del grito", que eran en la noche, las demás fiestas eran
más o menos lo mismo: los niños y la gente "marchando", alguien que contaba
algo en el micrófono y algunos bailables. Así que el saber historia en la familia, nunca
fue algo que nos quitara el sueño o el hambre, menos que nos ayudara a aliviarlos.
No pasé por preescolar, así que no trabajaron conmigo las cosas como
el antes y después, lo cerca y lo lejos, lo de la ubicación espacio temporal, etc. Y no
me pesa, pues en muchos jardines de niños todavía no lo trabajan y esto sí que me
duele. Pero el caso es que ahí tampoco tuve las bases para abordar y entender lo
histórico.
Luego vino la primaria. En 1º y 2º la historia consistió en repetir
nombres y fechas, en colorear dibujitos y escribir de quién o de qué se trataba. Como
eso era, yo no me podía imaginar el porqué no se habían juntado Hidalgo, Juárez y
Madero y le habían dado su merecido a los malos.
3º y 4º fueron de anécdotas, dibujar héroes, ver mapas y datos. Uno
podía aspirar a que no se lo llevara el viento igual que a Juárez. Pero el asunto de lo
temporal siguió pendiente y más aún el de la comprensión de lo histórico.
5º y 6º fueron ya más complicados y aburridos, nomás imagínense
cosas como ésta: el profesor de 5º nos ponía a leer a todos en coro la misma lección.
Las familias alrededor de la escuela se sentían felices y satisfechos (yo creo que mi
profesor también) de escucharnos a todos diciendo al unísono la lección, con cosas
como: "Don Francisco y Madero entró a la ciudad de México...". Ahora piensen
en estos comentarios: ¡Qué buen profesor!, ¡Qué bien estudian en esa escuela!
La cosa se complicaba, pues había que hacer localizaciones, dibujos de
mapas y ahí señalar con colores algunas zonas, contestar pruebas que contenían columnas
para relacionar y había que acertar o adivinar cuál letra o número iba en qué
paréntesis, aparte de que venían preguntas, mapas y dibujos, ¡nombre!, era mucha
ciencia.
Luego estaban las dichosas maquetas. De algo han de haber servido, pero
no para aprender historia. ¡Una de trabajos para toda la familia! Por ejemplo, con los
disque pozos petroleros, que en nada se parecían a los que teníamos por ahí cerca. Eso
me hacía pensar en que atrasados estábamos en la región, pero que alguna vez, cuando
vieran torres petroleras de los libros y las maquetas que hacíamos, entonces sí las iban
a hacer como debían.
Luego era llevarlas completas a la escuela para que las revisaran y,
algunas veces, para que se hiciera una exposición. Finalmente, de regreso a casa con el
mamotreto aquel, a ponerlo en un rincón donde no estorbara, hasta que al paso del tiempo
se iba deteriorando, desbaratándose, estorbando más y más, hasta que terminaba en la
basura.
En fin, si tenías buena memoria y decías el nombre del héroe, la
fecha y el acontecimiento, todos juntos, te ponían diez. También podías aprender una
recitación alusiva o salir en un carro alegórico con algodones en la cabeza y una media,
para parecerte a Hidalgo, o hasta salir de borreguito con don Benito. También por eso te
ponían diez, pero, en mi caso, no era suficiente para aprender.
En secundaria ya fue otra cosa. Me tocó un profesor aficionado a lo
audiovisual. A primera hora de la mañana veíamos ruinas. Una de restos de pirámides, de
vasijas y objetos que el profesor distinguía muy bien a qué cultura pertenecía. Yo
intenté aprender algo, pero luego salió con que eran unos del período clásico, otros
del temprano o tardío y se me acabó de hacer bolas el engrudo.
No lo entendí nunca, pero como tenía práctica en aprenderme nombres,
todavía lo puedo decir aunque no me lo puedo explicar.
Y bueno, estaba también el hacer cosas como mapas, ponerle dibujitos y
colores, pero agregando esquemas, resúmenes, cuadros sinópticos y síntesis. ¡Toda la
pedagogía y la técnica de la enseñanza de la época!
Y así podría seguir contando sobre cómo llegué a ser el gran
ignorante en historia (como en otras cosas también) sin que me diera cuenta siquiera de
tal situación.
Cuando me percaté de ello, fue cuando escuché a gentes hablando de
causas y efectos de los hechos sociales, de la repercusión de los acontecimientos
históricos en nuestra vida diaria, de que la historia se escribe todos los días.
Entonces sí que los datos, fechas y nombres ya no me sirvieron ni para presumirlos. Menos
cuando alguien cuestiona a aquellos héroes que aprendí eran algo así como semidioses.
Ahí fue donde llegué a mi conclusión: ya me resigné, en la vida no voy a aprender
historia.