Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

10

(diez)

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Guadalajara, México - Octubre de 1998

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El tianguis de la escuela

Juan Fernando Espinoza Chávez*

* Asesor de la Maestría en Educación con Intervención de la Práctica Educativa (MEIPE), módulo de la Benemérita y Centenaria Escuela Normal de Jalisco (B. y C. ENSJ).

¡Riiinnng! De pronto suena el timbre (casi afónico) de la escuela, y llega para todos uno de los momentos más interesantes del horario escolar. El recreo. Los alumnos salen en tropel de las aulas, listos para adueñarse de los puntos estratégicos del plantel. Los que ya no aguantan el hambre, a consumir la chatarra que como clientes cautivos se les ofrece: tacos, lonches, dulces, refrescos, bolises, jugos sintéticos, y otras cochinadas, que aunque los propios alumnos se quejan con frecuencia de que los productos no están preparados con higiene, los siguen consumiendo. Más de una ocasión se han encontrado sorpresas al interior de los tacos y lonches, pero como en los chistes malos de los restaurantes, que alguien encuentra una mosca en la sopa y le piden que se calle porque después todos van a querer, los alumnos se la aguantan y lo tiran, o sólo le quitan lo que viene de más.

Sin embargo en las escuelas se toman medidas al respecto. Cuando una señora despistada incursiona en el comercio escolar o por la puerta, entre los alambrados, las partes bajas de la barda o por donde se pueda, y ante el evidente consumo del alumnado, se instrumenta la "protección de la salud" y se le pide que se retire, o en su defecto, que pase y "colabore" con la institución. Si ninguna de las alternativas anteriores da resultado, las medidas se tornan más drásticas, se convoca a los padres de familia para explicarles los riesgos que corren sus hijos al consumir los productos del exterior y de la propia seguridad de la escuela, y terminan por convencerse que es necesario hacer una aportación extra para elevar las bardas que circulan la institución. Una vez que esto ocurrió, los alumnos se "libran" de consumir cochinadas de la calle, y sólo les queda la alternativa de consumir las del interior de la escuela.

En la sala de maestros las cosas no pintan muy diferente, mientras alguien se prepara un café, otro quita el nudo a la bolsita de plástico que guarda una torta dentro, uno más saca su loncherita de plástico, la compañera que siempre está a dieta consume lo que se le indicó (a ver si ahora sí), y alguien de plano le encarga a un alumno, de lo que en la escuela se vende. En fin, de lo que se trata es de resolver el problema del hambre –la del recreo, no la crónica ni mucho menos la histórica–.

Entra a la carrera una maestra: —¿qué creen?, me llegaron unas fabulosas blusas—, y de pronto atrae la atención de las compañeras para mostrar el último grito de la moda, y en un momento se convierte en un tendido. Otra aprovecha la oportunidad, y de su bolsa grandotota, de piel sintética (como que sí las hicieran especiales para maestras), extrae unas envolturas de papel celofán transparente, conteniendo juegos de aretes, y propone combinaciones de su producto con las blusas. Llega justo a tiempo la maestra de los perfumes: —¡ay!, ¡qué bonitas blusas!, ¡y los aretes!, mira nada más. –y hablando y sacando–. Pronto quedan a la vista sobre el escritorio que se encuentra en el recinto, una variedad de frasquitos, y varios de los asistentes se acercan a percatarse de los aromas. Con lonche en mano entra un maestro, y alguien se dirige a él para preguntarle por su encargo. —Es que no he ido a la frontera, pero está por llegar una mercancía que detuvieron en la aduana, –contesta–. A otro le preguntan sobre el aparato eléctrico que le encargaron reparar. Alguien aparece con frascos de crema y bolsas con quesos que trajo el domingo de su tierra. Entra una secretaria y se dirige a un profesor para solicitarle servicio en su taxi a la hora de la salida, y aprovecha para preguntarle a otro maestro, por parte del director, sobre las "fotos del recuerdo" que les tomó a los alumnos. Otro maestro ve oportuno echar tratada y contratarlo para la fiesta de su hija el fin de semana. El maestro que va seguido a León, informa que ya están las chamarras y botas que le encargaron. Una de las administrativas informa que, en general, a los presentes que tiene bolsas para dama, agendas y carteras.

¡Riiinnng! Suena el timbre nuevamente. El tendido se levanta en forma rápida. Algunos alcanzan a tomar algo fiado para la quincena o en mensualidades. Poco a poco se dispersan a los salones. Los alumnos que andaban jugando corren a comprar a la carrera, otros a los baños. El patio, poco a poco, vuelve a la tranquilidad. En la sala de maestros sólo quedan los que ya salieron o tienen hora sin clases. Mañana se pondrá de nueva cuenta el tianguis.

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