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XII Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara
Una actividad nacional herida de muerte
Francisco Arvizu Hugues
Por la pertinencia de cumplir con nuestros colaboradores y ante la escasa posibilidad de ver en las salas comerciales de nuestra ciudad cine mexicano contemporáneo, decidimos incluir esta entrega que Francisco Arvizu hizo llegar, con toda oportunidad, a nuestra redacción. Por los retrasos involuntarios en la salida de nuestra publicación no pudimos presentarla a tiempo. Valga pues, su aguda crítica, como recomendación para quienes deseen una guía autorizada para su selección en video. |
Llegó a su duodécima edición la Muestra de Cine Mexicano en
Guadalajara, que desde sus inicios ha sido impulsada por la Universidad de Guadalajara,
ahora al frente de un Patronato de la Muestra, que agrupa a más de 25 firmas comerciales,
así como el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), encabezando el proyecto, que
se sucedió del 14 al 20 de marzo de 1997, en diferentes salas cinematográficas de la
ciudad, al igual que el Teatro Degollado, usado de nuevo como recinto fílmico.
Aparte de la vanagloria de dar un "reconocimiento",
inaceptable desde la óptica de ser una institución de educación superior el principal
promotor de la Muestra que no "festival", como tanto lo reiteró Raúl
Padilla López, presidente del Patronato, a los "éxitos" de la actriz
veracruzana Salma Hayek en Hollywood, esta edición se caracterizó por la pobreza en la
calidad de las cintas, y el paso a segundo plano del homenaje a la figura de Ignacio
López Tarso, a raíz de la parafernalia destinada a Hayek. También se hizo un recorrido
por parte de la cinematografía reciente de América Latina, con un punto especial en
Argentina, como país homenajeado; una exhibición, "a beneficio del Hospicio
Cabañas", de El paciente inglés, cinta de Anthony Minguella, y la
configuración de una promisoria cadena de distribuidores latinos, obcecados en hacer
figurar la producción fílmica latinoamericana en los mercados de Estados Unidos y de
Europa.
Con la brevedad del caso, en seguida un fugaz recuento por
cada una de las películas estrenadas en Guadalajara durante la XII Muestra de
Cine Mexicano, correspondientes a la Sección oficial.
Cilantro y perejil (1995-96), dirección de Rafael Montero,
guión de Cecilia Pérez Grovas y Carolina Rivera; producción de Imcine, Televicine,
Constelación Films, fotografía de Guillermo Granillo, con Demián Bichir, Arcelia
Ramírez, Juan Manuel Bernal y Alpha Costa. Cinta en tono light que abunda
por sobre amores y desamores, encuentros transidos por la "mano divina"
de un fortuito "club de solteros", con intervinientes externos en
cortes videográficos, con psicoanalista (Germán Dehesa) torpe y cargado de ínfulas,
que acciona por contrapuntos las acciones desanimadas de la pareja protagonista.
Un ritmo entrecortado y con caídas constantes, más una narrativa pretendidamente
"alleniana", de Woody, junto a las cabriolas visuales de la cámara,
dan al traste con un asunto pobre en su origen, regularmente actuado Bichir
se ha creado su propio estereotipo y peor resuelto.
El santo Luzbel (1996), de Miguel Sabido; producción Imcine,
Productora Nuevo Sol, con Rafael Cortés, Ignacio López Tarso y Víctor Pérez.
Trama indigenoide con trazos de autos sacramentales transidos por megalomanías
e intolerancias, muestrario de la vigencia del habla y la idiosincracia del
indio, el nativo originario, en estas tierras del señor. Buen sociodrama de
Miguel Sabido, con largos parlamentos en náhuatl y una fotografía de primer
mundo. Gana por su factura y sobriedad, incluido el buen nivel histriónico de
los miembros de la Compañía de Teatro Náhuatl, mas ese tufillo entre documental
y representación de Iztapalapa la hace un hueso duro de roer para el espectador
común y corriente; sin embargo, no deja de ser una propuesta valiente y sincera,
en especial frente a banalizaciones de la vida cotidiana de ese mosaico informe
que es México, que se ha hecho tan común entre algunos nuevos realizadores nacionales.
Reencuentros (1995-96), dirección de Reyes Bercini, producción de
Imcine, Centro de capacitación Cinematográfica, Imsang Films, con María Rojo, Luis
Mario Briones, Manuel Ojeda, Margarita Isabel y Sergio Ramos. A raíz de la muerte de un
hermano, en un oscuro poblado del Estado de México, un niño se lanza a la búsqueda de
su padre, ahora enriquecido dueño de flotillas de taxis en la capital, Toluca.
Bosquejo telenovelero que se hace intersante durante la primera mitad;
bien reproducida la trivia en el pueblo, el retrato de la madre (tal vez un poco
aligerado), la agonía del hermano muerto y el deseo del sobreviviente por el
reconocimiento del padre verdadero. La segunda parte, el "reencuentro" que se
avizora en el título, cae por su propio peso. Sin ataduras dramáticas, la historia no
sobrevive; además, pésima fotografía, con desniveles en iluminación de una escena a
otra, mal sonido y actuaciones acartonadas de Manuel Ojeda y del niño-adolescente
debutante, Luis Mario Briones. Aun así, podría tener cierto eco en exhibiciones
comerciales normales.
Por si no te vuelvo a ver (1996), de Juan Pablo Villaseñor, sobre
guión suyo; producción de Imcine, Estudios Churubusco Azteca y del Centro de
Capacitación Cinematográfica (CCC), fotografía de Janusz Polom, con Jorge Galván,
Justo Martínez, Max Kerlow, Ignacio Retes y Rodolfo Vélez. Cinco ancianos se escapan de
un asilo con el deseo de presentarse en público con su grupo musical, bajo las
consiguientes anomalías: encuentros con autoridades, familia y demás obstáculos.
Visión ñoña de la tercera edad en asilos permisibles y
burocratizadas, con directoras recias (una excelente Ana Bertha Espín) y rutinas
levemente trivializadas de un Milos Forman (Atrapados sin salida), con vecinas
cachondonas siempre fieles (la maestra Angelina Peláez, una vez más dictando cátedra),
y nuevos motivos erótico-sentimentales a la mejor cartera barrial (Leticia Huijara,
incitante pero en mal momento actoral), por complicidades de enfermeras que equivocaron la
vocación (Saide Silvia Gutiérrez), todo ello para estructurar un cuadro simplista de la
realidad real la chamacona se lleva el kilo de cocaína y los narcos desaparecen
literalmente de la trama; los viejillos entran y salen del asilo con una impunidad
olímpica, lleno de clichés sentimentaloides y con el acuse de recibo en directo al
reservorio lacrimógeno del espectador.
Libre de culpas, de Marcel Sisniega (1995-96); producción del
Instituto de Cultura del Estado de Morelos, Producciones México, Ayuntamiento de
Cuernavaca, Cooperativa Conexión, FONCA, Servicios Fílmicos Arturo Hernández, IMCINE,
Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Estudios Churubusco Azteca, con Martín
Altomaro, Francisco Ribera, Masha Kostiurina, Martha Navarro e Inés Somellera. Un
adolescente, Juan, se encuentra con su hermano mayor, un escritor que vivió en Europa.
Juan se impregna de las ansias de escribir y lleva con ello el plan tomado de su hermano,
no sin antes pasar por una serie de pruebas existenciales (riñas con la madre,
dependencia económica, rechazo por los padres de su heroína y otros fracasos).
Enredado tratamiento de un aprendizaje emotivo-intelectual de un joven
sin metas evidenciables, aunque con una carga de anemia y de indolencia que, en verdad
incomoda, no ya al espectador, sino a los personajes y a la trama misma. Subactuada
Francisco Ribera, como el hermano, es detestable, mal iluminada, narrativa
esquizoide, pésimo sonido y una autocomplacencia solamente comprensible en el peor
Ripstein (desde La reina de la noche hasta Principio y fin).
En el paraíso no existe el dolor, de Víctor Saca (1993-94),
producción de Imcine y Producciones Estambul, fotografía de Jorge Medina y guión del
director, con Fernando Leal, Miguel Angel Ferriz, Claudia Frías y Evangelina Elizondo.
Tras la muerte de Juan, por el sida, su primo Marcos (Ferriz) y su amigo Manuel (Leal)
encaran el duelo durante una noche; mientras Marcos se desespera, Manuel se mantiene
inmutable dentro de varios escenarios y personajes nocturnos.
Clara muestra de la carencia fundamental del cine mexicano
reciente: la ausencia de historias, léase un guión maduro y mejor trazado. Más
bien, un amontonamiento de cuadros, tintes de anécdotas que no conducen a nada.
En contraparte, una aceptable vista por los cabarets de mala nota del lumpenaje
defeño; con un personaje alucinador, la prostituta Bruma King (una recatada
actuación de Claudia Frías), libre del estereotipo de las películas de ficheras
y homosexuales del sexenio de López Portillo: es un ser terrenal, creíble, y
por ello, más ostensible la vacuidad narrativa y guionística de este filme.
Ultima llamada, de Carlos García Agraz (1996-97), producción de
Roberto Gómez Bolaños para Televicine, guión del actor Mario Cid sobre la pieza teatral
Bandera negra, fotografía de Santiago Navarrete y edición de Sigfrido Barjau y
del director, con Alberto Estrella, Arcelia Ramírez, Imanol y Abraham Ramos. Juego de
espejos entre la realidad del actor Gilberto Cortez (Estrella) y la de la trama de la obra
de teatro que interpreta.
Un buen intento de García Agraz por hacer un cine solvente,
dirigido a la atención del espectador, aunque con los infaltables tintes de
melodrama, pero bien resuelto como historia y bien actuado por Alberto Estrella,
Arcelia Ramírez y el joven Ramos. Podría ser tratado como una réplica a la mexicana
de películas como Dead man walking, de Tim Robbins, pero no es el caso:
se trata de un cine intimista, bien narrado posiblemente la mejor contada
de todas las cintas de esta Muestra y con el extra de motivar al cuestionamiento.
Al final, surge la pregunta de peso: ¿yo lo mataría?, ¿o no?, ¿la pena de muerte
debe abolirse?
Algunas nubes, de Carlos García Agraz (1994-95), guión de Paco
Ignacio Taibo II, sobre su propia novela; producción de Ignacio Sada Madero para
Televicine, fotografía de Xavier Pérez Grobet y edición de Agraz, Ramón Aupart y
Fernando Barrera Aupart, con Sergio Goyri, Claudia Hernández, Héctor Ortega y Damián
Alcázar. El detective Héctor Belascoarán Shayne se halla retirado, en una playa, por
ciertos complejos de culpa a causa de la muerte accidental de un niño; su hermana Elisa
lo regresa a las andadas, por medio de un caso cercano, donde el móvil de todo es el
lavado de dinero y el tráfico de influencias.
A diferencia del título anterior, en éste, Carlos García Agraz se
mueve con una torpeza apocalíptica: narrativa desarticulada, mala fotografía,
actuaciones por debajo del nivel conocido en los intérpretes (a excepción del eficaz
Damián Alcázar), un protagonista mal dirigido (Goyri, una vez más desaprovechado como
figura, pues como actor es menos que regular), una historia llena de baches y diálogos
insulsos y arrastrados por un ritmo lento y desacompasado. Incluso, siempre se exhibió
una copia que prescindió de unos quince minutos antes de la resolución, por lo que la
trama quedó todavía más trunca de lo que era. En sí, un desastre. Como alivio, fue la
tercera y última del proyecto de nueve que Televicine planeó, junto con Paco Ignacio
Taibo II, y creemos que fue la mejor decisión.
Elisa... antes del fin del mundo, de Juan Antonio de la Riva
(1996-97), guión de Paula Markóvitch; producción de Roberto Gómez Bolaños para
Televicine, fotografía de Arturo de la Rosa y edición de Oscar Figueroa, música de
Oscar Reynoso, con Sherlyn Montserrat, Imanol, Susana Zabaleta y Rubén Rojo Aura. Una
niña de diez años, Elisa, cree que el fin del mundo se acerca, por los problemas
económicos de su padre y, por ende, de la familia. Conoce a un niño proveniente de otro
estrato social; al final planea asaltar un banco, con una conclusión inesperada.
Descolorido pese a la excelente fotografía retrato de una
vida cotidiana del DF, muy clasemediera con pretensiones, de la Colonia Roma, con
diálogos al parecer sacados de El chavo del ocho o algún otro engendro del
productor Gómez Bolaños, con baches caracterológicos, nunca sabemos cuál es el perfil
de la mamá, (Susana Zabaleta) dentro de la trama, excesivo protagonismo en su
protagonista (una sobreactuada y sobrevalorada Sherlyn Montserrat), pero con un final
rescatable, sobre todo si se relaciona con la metáfora que abre la cinta: los humanos
llegaremos a comer cucarachas, y variantes al calce. Fue el éxito para el público, y ha
tenido su buena recepción en las corridas normales y ya proliferó en videos piratas. Con
todo, un producto con un extra en calidad respecto a los churros que Gómez Bolaños, el
inefable Chespirito, recetó hace más de diez años.