Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No.

10

(diez)

SECCIÓN

páginas

de la 102 a la 104 de 112

... el recreo

Guadalajara, México - Octubre de 1998

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C

I N E F I L I A

XII Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara

Una actividad nacional herida de muerte

Francisco Arvizu Hugues*

* Investigador en la Universidad de Guadalajara.

Por la pertinencia de cumplir con nuestros colaboradores y ante la escasa posibilidad de ver en las salas comerciales de nuestra ciudad cine mexicano contemporáneo, decidimos incluir esta entrega que Francisco Arvizu hizo llegar, con toda oportunidad, a nuestra redacción. Por los retrasos involuntarios en la salida de nuestra publicación no pudimos presentarla a tiempo. Valga pues, su aguda crítica, como recomendación para quienes deseen una guía autorizada para su selección en video.

Llegó a su duodécima edición la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara, que desde sus inicios ha sido impulsada por la Universidad de Guadalajara, ahora al frente de un Patronato de la Muestra, que agrupa a más de 25 firmas comerciales, así como el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), encabezando el proyecto, que se sucedió del 14 al 20 de marzo de 1997, en diferentes salas cinematográficas de la ciudad, al igual que el Teatro Degollado, usado de nuevo como recinto fílmico.

Aparte de la vanagloria de dar un "reconocimiento", inaceptable desde la óptica de ser una institución de educación superior el principal promotor de la Muestra –que no "festival", como tanto lo reiteró Raúl Padilla López, presidente del Patronato–, a los "éxitos" de la actriz veracruzana Salma Hayek en Hollywood, esta edición se caracterizó por la pobreza en la calidad de las cintas, y el paso a segundo plano del homenaje a la figura de Ignacio López Tarso, a raíz de la parafernalia destinada a Hayek. También se hizo un recorrido por parte de la cinematografía reciente de América Latina, con un punto especial en Argentina, como país homenajeado; una exhibición, "a beneficio del Hospicio Cabañas", de El paciente inglés, cinta de Anthony Minguella, y la configuración de una promisoria cadena de distribuidores latinos, obcecados en hacer figurar la producción fílmica latinoamericana en los mercados de Estados Unidos y de Europa.

Con la brevedad del caso, en seguida un fugaz recuento por cada una de las películas estrenadas en Guadalajara durante la XII Muestra de Cine Mexicano, correspondientes a la Sección oficial.

Demian Bichir
 

Demián Bichir

Cilantro y perejil (1995-96), dirección de Rafael Montero, guión de Cecilia Pérez Grovas y Carolina Rivera; producción de Imcine, Televicine, Constelación Films, fotografía de Guillermo Granillo, con Demián Bichir, Arcelia Ramírez, Juan Manuel Bernal y Alpha Costa. Cinta en tono light que abunda por sobre amores y desamores, encuentros transidos por la "mano divina" de un fortuito "club de solteros", con intervinientes externos en cortes videográficos, con psicoanalista (Germán Dehesa) torpe y cargado de ínfulas, que acciona por contrapuntos las acciones desanimadas de la pareja protagonista. Un ritmo entrecortado y con caídas constantes, más una narrativa pretendidamente "alleniana", de Woody, junto a las cabriolas visuales de la cámara, dan al traste con un asunto pobre en su origen, regularmente actuado –Bichir se ha creado su propio estereotipo– y peor resuelto.

Ignacio Lopez Tarso

López Tarso

 

El santo Luzbel (1996), de Miguel Sabido; producción Imcine, Productora Nuevo Sol, con Rafael Cortés, Ignacio López Tarso y Víctor Pérez. Trama indigenioide con trazos de autos sacramentales transidos por megalomanías e intolerancias, muestrario de la vigencia del habla y la idiosincrasia del indio, el nativo originario, en estas tierras del señor. Buen sociodrama de Miguel Sabido, con largos parlamentos en náhuatl y una fotografía de primer mundo. Gana por su factura y sobriedad, incluido el buen nivel histriónico de los miembros de la Compañía de Teatro Náhuatl, mas ese tufillo entre documental y representación de Iztapalapa la hace un hueso duro de roer para el espectador común y corriente; sin embargo, no deja de ser una propuesta valiente y sincera, en especial frente a banalizaciones de la vida cotidiana de ese mosaico informe que es México, que se ha hecho tan común entre algunos nuevos realizadores nacionales.

Maria Rojo
 

María Rojo

Reencuentros (1995-96), dirección de Reyes Bercini, producción de Imcine, Centro de capacitación Cinematográfica, Imsang Films, con María Rojo, Luis Mario Briones, Manuel Ojeda, Margarita Isabel y Sergio Ramos. A raíz de la muerte de un hermano, en un oscuro poblado del Estado de México, un niño se lanza a la búsqueda de su padre, ahora enriquecido dueño de flotillas de taxis en la capital, Toluca.

Bosquejo telenovelero que se hace interesante durante la primera mitad; bien reproducida la trivia en el pueblo, el retrato de la madre (tal vez un poco aligerado), la agonía del hermano muerto y el deseo del sobreviviente por el reconocimiento del padre verdadero. La segunda parte, el "reencuentro" que se avizora en el título, cae por su propio peso. Sin ataduras dramáticas, la historia no sobrevive; además, pésima fotografía, con desniveles en iluminación de una escena a otra, mal sonido y actuaciones acartonadas de Manuel Ojeda y del niño-adolescente debutante, Luis Mario Briones. Aun así, podría tener cierto eco en exhibiciones comerciales normales.

Por si no te vuelvo a ver (1996), de Juan Pablo Villaseñor, sobre guión suyo; producción de Imcine, Estudios Churubusco Azteca y del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), fotografía de Janusz Polom, con Jorge Galván, Justo Martínez, Max Kerlow, Ignacio Retes y Rodolfo Vélez. Cinco ancianos se escapan de un asilo con el deseo de presentarse en público con su grupo musical, bajo las consiguientes anomalías: encuentros con autoridades, familia y demás obstáculos.

Visión ñoña de la tercera edad en asilos permisibles y burocratizadas, con directoras recias (una excelente Ana Bertha Espín) y rutinas levemente trivializadas de un Milos Forman (Atrapados sin salida), con vecinas cachondonas siempre fieles (la maestra Angelina Peláez, una vez más dictando cátedra), y nuevos motivos erótico-sentimentales a la mejor cartera barrial (Leticia Huijara, incitante pero en mal momento actoral), por complicidades de enfermeras que equivocaron la vocación (Saide Silvia Gutiérrez), todo ello para estructurar un cuadro simplista de la realidad real –la chamacona se lleva el kilo de cocaína y los narcos desaparecen literalmente de la trama; los viejillos entran y salen del asilo con una impunidad olímpica–, lleno de clichés sentimentaloides y con el acuse de recibo en directo al reservorio lacrimógeno del espectador.

Libre de culpas, de Marcel Sisniega (1995-96); producción del Instituto de Cultura del Estado de Morelos, Producciones México, Ayuntamiento de Cuernavaca, Cooperativa Conexión, FONCA, Servicios Fílmicos Arturo Hernández, IMCINE, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Estudios Churubusco Azteca, con Martín Altomaro, Francisco Ribera, Masha Kostiurina, Martha Navarro e Inés Somellera. Un adolescente, Juan, se encuentra con su hermano mayor, un escritor que vivió en Europa. Juan se impregna de las ansias de escribir y lleva con ello el plan tomado de su hermano, no sin antes pasar por una serie de pruebas existenciales (riñas con la madre, dependencia económica, rechazo por los padres de su heroína y otros fracasos).

Enredado tratamiento de un aprendizaje emotivo-intelectual de un joven sin metas evidenciables, aunque con una carga de anemia y de indolencia que, en verdad incomoda, no ya al espectador, sino a los personajes y a la trama misma. Subactuada –Francisco Ribera, como el hermano, es detestable–, mal iluminada, narrativa esquizoide, pésimo sonido y una autocomplacencia solamente comprensible en el peor Ripstein (desde La reina de la noche hasta Principio y fin).

En el paraíso no existe el dolor, de Víctor Saca (1993-94), producción de Imcine y Producciones Estambul, fotografía de Jorge Medina y guión del director, con Fernando Leal, Miguel Ángel Ferriz, Claudia Frías y Evangelina Elizondo. Tras la muerte de Juan, por el sida, su primo Marcos (Ferriz) y su amigo Manuel (Leal) encaran el duelo durante una noche; mientras Marcos se desespera, Manuel se mantiene inmutable dentro de varios escenarios y personajes nocturnos.

Clara muestra de la carencia fundamental del cine mexicano reciente: la ausencia de historias, léase un guión maduro y mejor trazado. Más bien, un amontonamiento de cuadros, tintes de anécdotas que no conducen a nada. En contraparte, una aceptable vista por los cabarets de mala nota del lumpenaje defeño; con un personaje alucinador, la prostituta Bruma King (una recatada actuación de Claudia Frías), libre del estereotipo de las películas de ficheras y homosexuales del sexenio de López Portillo: es un ser terrenal, creíble, y por ello, más ostensible la vacuidad narrativa y guionística de este filme.

Imanol

Imanol

 

Ultima llamada, de Carlos García Agraz (1996-97), producción de Roberto Gómez Bolaños para Televicine, guión del actor Mario Cid sobre la pieza teatral Bandera negra, fotografía de Santiago Navarrete y edición de Sigfrido Barjau y del director, con Alberto Estrella, Arcelia Ramírez, Imanol y Abraham Ramos. Juego de espejos entre la realidad del actor Gilberto Cortez (Estrella) y la de la trama de la obra de teatro que interpreta.

Un buen intento de García Agraz por hacer un cine solvente, dirigido a la atención del espectador, aunque con los infaltables tintes de melodrama, pero bien resuelto como historia y bien actuado por Alberto Estrella, Arcelia Ramírez y el joven Ramos. Podría ser tratado como una réplica a la mexicana de películas como Dead man walking, de Tim Robbins, pero no es el caso: se trata de un cine intimista, bien narrado –posiblemente la mejor contada de todas las cintas de esta Muestra– y con el extra de motivar al cuestionamiento. Al final, surge la pregunta de peso: ¿yo lo mataría?, ¿o no?, ¿la pena de muerte debe abolirse?

Algunas nubes, de Carlos García Agraz (1994-95), guión de Paco Ignacio Taibo II, sobre su propia novela; producción de Ignacio Sada Madero para Televicine, fotografía de Xavier Pérez Grobet y edición de Agraz, Ramón Aupart y Fernando Barrera Aupart, con Sergio Goyri, Claudia Hernández, Héctor Ortega y Damián Alcázar. El detective Héctor Belascoarán Shayne se halla retirado, en una playa, por ciertos complejos de culpa a causa de la muerte accidental de un niño; su hermana Elisa lo regresa a las andadas, por medio de un caso cercano, donde el móvil de todo es el lavado de dinero y el tráfico de influencias.

Damian Alcazar
 

Damián Alcázar

A diferencia del título anterior, en éste, Carlos García Agraz se mueve con una torpeza apocalíptica: narrativa desarticulada, mala fotografía, actuaciones por debajo del nivel conocido en los intérpretes (a excepción del eficaz Damián Alcázar), un protagonista mal dirigido (Goyri, una vez más desaprovechado como figura, pues como actor es menos que regular), una historia llena de baches y diálogos insulsos y arrastrados por un ritmo lento y desacompasado. Incluso, siempre se exhibió una copia que prescindió de unos quince minutos antes de la resolución, por lo que la trama quedó todavía más trunca de lo que era. En sí, un desastre. Como alivio, fue la tercera y última del proyecto de nueve que Televicine planeó, junto con Paco Ignacio Taibo II, y creemos que fue la mejor decisión.

Elisa... antes del fin del mundo, de Juan Antonio de la Riva (1996-97), guión de Paula Markóvitch; producción de Roberto Gómez Bolaños para Televicine, fotografía de Arturo de la Rosa y edición de Oscar Figueroa, música de Oscar Reynoso, con Sherlyn Montserrat, Imanol, Susana Zabaleta y Rubén Rojo Aura. Una niña de diez años, Elisa, cree que el fin del mundo se acerca, por los problemas económicos de su padre y, por ende, de la familia. Conoce a un niño proveniente de otro estrato social; al final planea asaltar un banco, con una conclusión inesperada.

Descolorido –pese a la excelente fotografía– retrato de una vida cotidiana del DF, muy clasemediera con pretensiones, de la Colonia Roma, con diálogos al parecer sacados de El chavo del ocho o algún otro engendro del productor Gómez Bolaños, con baches caracterológicos, nunca sabemos cuál es el perfil de la mamá, (Susana Zabaleta) dentro de la trama, excesivo protagonismo en su protagonista (una sobreactuada y sobrevalorada Sherlyn Montserrat), pero con un final rescatable, sobre todo si se relaciona con la metáfora que abre la cinta: los humanos llegaremos a comer cucarachas, y variantes al calce. Fue el éxito para el público, y ha tenido su buena recepción en las corridas normales y ya proliferó en videos piratas. Con todo, un producto con un extra en calidad respecto a los churros que Gómez Bolaños, el inefable Chespirito, recetó hace más de diez años.

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