
El fenómeno
educativo:
Apuntes para una teoría convergente
Sergio Lorenzo Sandoval
Aragón*
* Maestro en
Investigación en Ciencias de la Educación por el Centro de Investigación
Educativa (CIE), de la UDG. Doctorando en Antropología y Educación por el Centro
de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS),
Occidente.
I
¿Por qué es importante, desde el punto de vista científico y
filosófico, hacer un análisis de la educación? Nosotros, que asistimos al ocaso
del siglo veinte, hemos nacido en un mundo en el cual la institución de lo
educativo ha contribuido en gran medida a la constitución de nuestras
conciencias. Nuestra idea actual de la educación, históricamente hablando, es
una invención reciente. Sin embargo, esta idea se ha generalizado prácticamente
en todo el mundo, de tal forma que en la actualidad lo que el ser humano sea
depende, en gran medida, de lo educativo. Es por esto que el investigador puede
y debe ocuparse, entre otras cosas, del análisis y crítica de la pedagogía, que
es (o pretende ser) la racionalidad misma de lo educativo.
Quiere esto decir que nuestra forma de pensar, de actuar y hasta de percibir, ha
sido moldeada por medio de un esquema pedagógico (Bourdieu, 1967). Con bastante
acierto ha señalado el investigador suizo Perrenoud, que actualmente la sociedad
está escolarizada, al mismo tiempo que la escuela está socializada (Perrenoud,
1990). Así, por ejemplo, en la actualidad existe la tendencia a identificar la
"inteligencia" con el éxito escolar, lo cual únicamente tiene como resultado un
autorreforzamiento de las clasificaciones sociales; esto es lo que Bourdieu
llama de manera cáustica el racismo de la inteligencia ("La
inteligencia es lo que miden los tests, lo que mide el sistema escolar.",
Bourdieu, 1990. p: 279).
Para un gran sector de los
teóricos de la sociología de la educación, lo anterior significa que las
instituciones educativas contribuyen en la reproducción del mundo social,
lo cual implica que quienes han aprendido muy bien los esquemas de
comportamiento que la escuela inculca (aquellos que las estructuras sociales
requieren para perpetuarse) tendrán más probabilidades de éxito social (Jackson,
1975; Bourdieu y Passeron, 1977). Según algunos autores de esta misma línea
teórica, lo anterior es posible gracias a que la escuela funciona como un
espacio de infinitas vigilancias y evaluaciones mutuas (Foucault, 1989;
Querrien, 1979).
II
Y es aquí donde nuestras indagaciones se enfrentan con una
serie de problemas concretos, principalmente, la resistencia que los integrantes
del mismo campo de la educación ofrecen ante argumentos como el anterior
(Eggleston, 1980).
La tesis de que la escuela opera como
una agencia reproductora del orden social, no es nueva (De Leonardo, 1986).
Antes bien, muchos pensadores se han dedicado a intentar apuntalar el discurso
pedagógico, en lugar de intentar comprenderlo en su dimensión histórica y
social. Como consecuencia, han contribuido a sostener los mitos básicos de la
pedagogía, contra la crítica de los investigadores sociales, de algunos teóricos
de la educación y también de algunos filósofos generalmente ignorados en este
campo, como Bertrand Russell, Karl Marx o John Passmore, que tocan este problema
cada uno desde su particular sistema de pensamiento.
La
concepción reproduccionista de lo educativo, tuvo su auge principalmente a fines
de los años sesenta y en la década de los setenta (De Leonardo, 1986). Sin
embargo, mientras que los investigadores sociales han seguido profundizando en
este tema, al grado de que las primeras formulaciones han sido claramente
superadas, muchos teóricos de la educación todavía no comprenden las
implicaciones de dicha tesis y se concretan a descalificarla señalando sus
deficiencias o inventándole otras.
No se desarrollará aquí
una apología de la tesis reproduccionista. No es este el objetivo del presente
ensayo. Más bien, se propone que se la considere como un reactivo para medir
el grado de alienación en relación con la concepción de lo pedagógico. En
términos hipotéticos, esto simplemente quiere decir que mientras más fuerte sea
la negación de la tesis reproduccionista, más profunda será la alienación de una
postura educativa. En efecto, en el campo científico, las teorías deben ser
rigurosamente analizadas y criticadas, sus conceptos deben ser puestos a prueba,
sus procedimientos deben ser revisados sistemáticamente y sus explicaciones o
predicciones deben ser evaluadas objetivamente. Nunca es conveniente desdeñar
una teoría simplemente porque no coincide con las creencias, las convicciones o
los conocimientos actuales. Esto último sería negarla. Para rechazar una teoría,
es preciso agotarla, esto es, demostrar racionalmente sus limitaciones o,
si es el caso, su falsedad o hasta su inutilidad.
En este
sentido, los trabajos de Henry Giroux (1985), que necesariamente se fundamentan
en un reconocimiento de la realidad descrita por "los reproduccionistas",
constituyen un ejemplo de lo que se debe hacer, como primer paso, si se busca en
verdad incidir en la práctica educativa como tal, ya que parece ser (a juzgar
por las propuestas de Freire) que mientras más reconozca la pedagogía sus
determinaciones sociales, más libremente actuará, e incluso podría, por medio de
este reconocimiento, transformar profundamente la práctica educativa
concreta.
Esto quiere decir que la tesis reproduccionista,
si bien puede (y debe) ser criticada (Bartolucci, 1987), por otro lado, sus
aportaciones a la comprensión de lo educativo deben ser evaluados a la luz de su
poder explicativo, todavía no agotado. Especialmente, el que nos haya permitido,
por primera vez en la historia de la modernidad, entender el modelo de Hombre, o
de "Humano", que la pedagogía trata de realizar "en todos y cada uno de los
sujetos" (Sarramona y Marqués, 1985, p: 31), como un modelo arbitrario o
relativo, elaborado por los grupos sociales a lo largo de su historia, en
contraposición con la vieja pedagogía, que creía que su modelo era absoluto y
universal.
A diferencia de lo que puede pensarse, los
modelos "absolutistas" no son exclusivamente religiosos. Cuando Emilio Durkheim
(1976) sostenía que la educación laica habría de sustituir a la educación
religiosa, el significado exacto que para él tenía el laicismo, era que los
modelos últimos que dirigen la vida social debían surgir de la misma sociedad y
no de la visión religiosa del mundo. Sin embargo, no hace una crítica de la
disciplina escolar ni de la relatividad de la norma social, sino que se limita a
describir su realidad. Es aquí precisamente donde radica la
actualidad y la objetividad de Durkheim, en relación con el papel que la
educación juega en el sostenimiento de la sociedad.
La
diferencia del discurso durkheimiano con el de las binas Bourdieu y Passeron,
Bowles y Gintis, Baudelot y Establet y otros autores, es que no hay una crítica
del poder o de la dominación implicada en las prácticas educativas, sino una
aceptación, un reconocimiento de las determinaciones que pesan sobre los
individuos: "La moral nos manda que nos entreguemos, que nos subordinemos a
otra cosa distinta de nosotros mismos" (Durkheim, 1976, p: 273). En este
sentido, muchos de los reproches que se le han lanzado a los "reproduccionistas"
son más adecuadas para Durkheim que, por ejemplo, para Bourdieu y Passeron.
III
La potencialidad de las teorías de la práctica se han puesto de
manifiesto en estudios en los que, solamente tomándolas como referente
principal, se ha encontrado una explicación de los datos empíricos así como una
rica fuente conceptual (De Certeau, 1996). Así, por ejemplo, Jean Lave, en su
estudio sobre las relaciones entre la educación y las prácticas cotidianas de
sujetos adultos, demuestra cómo la teoría cognitiva sola, resulta incapaz de
explicar la constitución de la racionalidad, postulando la utilidad de enfoques
como los de Sahlins y Bourdieu (Lave, 1991).
Según Lave,
las investigaciones psicológicas, antropológicas y sociológicas contemporáneas
se verán cada vez más enriquecidas y comunicadas entre sí, gracias a la
principal contribución de las teorías culturales y de las teorías de la
práctica: la postulación de un orden constitutivo que otorga a las
prácticas cotidianas concretas su racionalidad específica. Concluye Lave: "la
racionalidad parece mejor descrita como un recurso cultural invocado en la
formación de la acción que como el fundamento esencial del procesamiento
cognitivo" (Lave, 1991. p: 191).
Resulta muy
estimulante (intelectualmente) el hecho de que Lave señale una convergencia
entre Sahlins y Bourdieu, ya que ambos investigadores pertenecen a escuelas
sociológicas diferentes, la de Chicago y la Francesa respectivamente (ambas
contemporáneas). Parece ser que Jean Lave encuentra una convergencia allí donde
muchos ven una coexistencia de teorías y la ausencia (e incluso la imposibilidad
o inutilidad) de una teoría sociológica unificada. Ciertamente, pensar en la
posibilidad de una especie de "súper-teoría", implica una postura un tanto
ingenua, pero es cosa muy distinta considerar la posibilidad de una
convergencia de las escuelas sociológicas antes mencionadas (y de hecho
Lave da evidencias de que es así), ya que ello significaría un avance sin
precedente en la constitución de las ciencias sociales.
Al
respecto, Giddens y Turner (Giddens, Turner y otros, 1991, pp: 12-13), mencionan
tres aspectos de esta actual convergencia: a). La factibilidad de un
"solapamiento" entre métodos tradicionalmente considerados incompatibles;
b). El interés por ciertas líneas de desarrollo, comúnmente compartido
por diversos enfoques teóricos (por ejemplo, la naturaleza de la acción); y
c). El progreso en la resolución de cuestiones que parecían inabordables
o de difícil análisis directo (por ejemplo, la superación de la oposición entre
los conceptos de Verstehen (comprensión) y de Erklären
(explicación); oposición considerada hoy en día como un falso problema, pero que
aún prevalece en nuestro medio bajo la forma de la oposición entre métodos
cualitativos y cuantitativos.
Existen varios casos de esta
búsqueda de convergencias entre tradiciones teóricas; probablemente, uno de los
más conocidos es el de Garfinkel, fundador de la famosa escuela
etnometodológica, que defendió siempre el carácter interdisciplinario de la
investigación. Al respecto, señala Heritage (1990, p: 293): "Se trataba de
unir las disciplinas de la psicología, la sociología y la antropología dentro de
un único paradigma teórico integrador"; paradigma que había sido esbozado
por Parsons en su obra de 1937 The Structure of Social Action. Otro caso
digno de mención, es el de Bryan S. Turner (Oxford), quien recurre a la
tradición filosófica y sociológica francesa y alemana para fundamentar su obra
The Body and Society (Turner, 1989), la cual tiene profundas
implicaciones para la teoría educativa contemporánea.
Por
su parte, Coulon (1988, 1995) otro investigador francés, también ha intentado
esta convergencia o (se puede decir) síntesis teórica. Alain Coulon es un
extraño caso de intelectual, semejante a un Kant contemporáneo de la
investigación educativa. De manera semejante a Kant (quien llevó a cabo una
síntesis de las dos principales corrientes filosóficas antagónicas de su época,
el empirismo y el racionalismo), Coulon, en Francia, hace votos por la corriente
etnometodologista, de origen americano (fundada por Harold Garfinkel cuya tesis
de doctorado fue dirigida por Talcott Parsons en los años cincuenta), a la vez
que se da a la búsqueda de las convergencias y la traducción de conceptos de
diversas tradiciones teóricas.
Esto último se aprecia con
toda claridad en una obra recientemente publicada en español, Etnometodología
y educación, que, curiosamente, tiene el mismo nombre que un texto
(disponible en francés) más viejo (Coulon, 1988). En ambas publicaciones, Coulon
se dedica a demostrar las bondades de la posición teórico-metodológica de
Bourdieu y, de hecho, en la más reciente retoma el análisis del concepto de
habitus (traducido como "hábito") en el contexto educativo, "ampliándolo"
(p. 173) con la noción etnometodológico de afiliación. Sin embargo, el
concepto de afiliación implica la capacidad de los actores para seguir las
reglas (tácitas o explícitas) del campo educativo en cuestión y, por lo tanto,
se reintroduce la problemática relativa a la explicación antropológica y
sociológica de la regla social.
Al respecto, debe
señalarse que precisamente uno de los principales problemas que el concepto de
habitus resuelve (sino es que el principal), es el de la
naturaleza de la regla o norma social y su actualización (en el sentido
opuesto de potencialidad o virtualidad) en la práctica. Así pues, resulta que la
noción de afiliación no "amplía" al concepto de habitus, sino que se convierte
en uno de sus casos particulares, sin que esto demerite su valor
explicativo.
IV
Como podrá apreciarse, la respuesta a la pregunta con la que se
inició (¿Por qué es importante, desde el punto de vista científico y filosófico,
hacer un análisis de la educación?) presenta dos aspectos
complementarios:
a). En primer lugar, responder esa
pregunta implica cuestionar los fundamentos de la voluntad pedagógica (que es
como una especie de "marca de los tiempos" actuales), así como tener en
consideración que, en última instancia, eso representa un auténtico problema
ontológico, ya que se refiere, mediata o inmediatamente, a la comprensión
del ser del hombre en el momento histórico actual.
Esta
última observación introduce, es cierto, una problemática y un término
tradicionalmente reservados al campo filosófico, lo cual puede provocar cierta
extrañeza, por demás muy comprensible, ya que hasta ahora los principales
referentes del investigador educativo han sido sociológicos, antropológicos y
psicológicos. Aquí, se propone seguir una postura semejante a la sostenida por
Bourdieu que ve a la investigación social como un trabajo filosófico de
campo.
Esta noción es atribuida al filósofo del
lenguaje y lógico J. L. Austin por Bourdieu, en una entrevista publicada en el
libro Cosas dichas (1993; versión original francesa: Choses dites, París,
1987). En esa entrevista, casi al final, Bourdieu declara abiertamente que él
concibe "la búsqueda sociológica [como] un buen terreno para hacer lo
que Austin llamaba el fieldwork in philosophy" (Bourdieu, 1993; p: 38),
siempre y cuando se renuncie al puro eclecticismo. Los conceptos filosóficos
(como el habitus o el de sistema), aparecen en este campo de investigación desde
la perspectiva de una teoría de la praxis. Es decir: los conceptos son
puestos a trabajar, sacándolos del mero análisis fosilizante de la lógica
pura.
Esta perspectiva implica una concepción integral del
trabajo científico (no academicista) y enriquece la reflexión filosófica.
Además, ya Giddens y Münch han propuesto, según Ira J. Cohen, la posibilidad de
una teoría basada en una ontología (Giddens, Turner y otros, 1991, pp:
12-13).
b). En segundo lugar, para responder aquella
pregunta, es preciso valorar la potencialidad de las teorías de la práctica
(Luckmann, 1996) (punto de vista al que Bourdieu denominó, no sin cierta ironía,
como estructuralismo genético) para comenzar a responder la pregunta
antes enunciada que, ineludiblemente, pasa por una auténtica crítica (no
solamente interna) de la pedagogía, considerada como parte integral de
nuestra cultura contemporánea.
La pregunta antes
planteada, por lo tanto, no es nueva, y puede ser formulada de una manera
distinta, pero equivalente: ¿En la actualidad, cómo contribuye la educación en
nuestra constitución como individuos? (Foucault, 1991). Esta pregunta, por su
evidente tinte filosófico, exige no una, sino muchas respuestas posibles, por lo
que la colaboración interdisciplinaria y la necesidad de una teoría convergente
en las ciencias sociales aplicada a lo educativo, resultan
ineludibles.
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