Notas para despedirse de un taller
Ricardo
Yánez*
* Poeta, coordinador de talleres literarios.
Toda una
obra genera su silencio. Curioso, pero todo silencio no es sino silencio para
oír.
Necesito del silencio del taller del ayer, para ponerme
a oírlo.
Si tallerear la obra, la probable obra, de los asistentes
fue siempre un tallerear a los asistentes, a los talleristas, incluido por su
puesto de coordinador, tallerear el taller nos inducía nos indujo,
un tanto como in vitro, a tallerear la vida.
Frases sencillas, tanto, que pudieran dejar un sabor
de excesiva simpleza. O de cursilería. A pesar de entender que nuestro
taller no trabajaba en pro de la simpleza ni de la cursilería. A pesar
de entender que nuestro taller no trabajaba en pro de la simpleza ni de la cursilería,
procuremos en él no combatir desde la neurosis fenómenos tan esperables.
Supusimos, como suponemos aún, que detrás de la cursilería
podría esconderse una límpida sensibilidad carente, de momento,
de otros recursos expresivos.
Hacer como que uno ignora que en todo taller se involucran
procesos terapéuticos significa desatender uno de los aspectos principales
que hay que afrontar en todo asunto relacionado con la creatividad, significa
dejar de lado el hecho de que toda obra creativa se propone a sí misma
como organizadora de experiencias y, al menos en el caso del arte, como organizadora
de experiencias que no son susceptibles de ser satisfactoriamente asimiladas
de otro modo. El creador no sólo busca crear, sino en maneras que van
de lo suavísimo a lo rasgadamente angustioso, asimilar lo, en cierto
modo, inasimilable.
El lenguaje de creación es un lenguaje cuya
totalidad es, siempre, la totalidad de lo esencial, de lo inagotable. En otros
lenguajes los temas se pueden agotar; en el del arte no. Desnudo de mujer para
un pintor, rosa para un poeta, iglesia para un arquitecto, papel determinado
para un actor, etc. Son siempre novedades dignas de abordarse. El todo que nos
dice la obra de arte, el todo atendido por los lenguajes de creación,
no es el todo en el que todo queda dicho sino sugerido.
La sugerencia, que no la vaguedad, es asunto del arte
pero la precisa sugerencia.
Una distancia hay entre la exactitud y la precisión.
El músico es preciso; el metrónomo, exacto.
La precisión es un asunto humano, pero también
un asunto de imágenes.
El que imagina hace, siempre, metáforas del
mundo.
Todo el asunto del arte estriba en imaginar una sola
cosa, con muchas cosas. Todo el asunto del arte estriba en concebir un mundo,
con sus sillas, sus perros, sus escobas, sus lagartijas, sus ladrones, sus amantes,
sus políticos, sus ebrios, sus soles y sus lunas; y hacer de él
un universo.
Lo universal del arte no es lo universal de la ciencia.
En otro lado lo hemos dicho ya, a partir de una frase de Maurice Merleau-Ponty:
la ciencia es siempre la ciencia de lo general; el arte es siempre el arte de
lo particular.
El que investiga desde la ciencia se propone, siempre,
comprometer su subjetividad de una manera curiosa: ausentándola. El que
investiga desde el arte no puede sino poner todo su yo en el juego del arte.
En el taller, que del taller hablábamos, intentamos
poner en juego todo nuestro yo, aun cuando con una precaución: todo nuestro
yo en el espacio del taller, todo nuestro yo en el taller. Momentos hubo, cabe
aceptar en que el taller se volvía un universo, un terrible o gustoso
universo, pero universo. Tal, sin embargo, nunca fue nuestro propósito.
La idea era más bien que en el taller veláramos las armas que
usaríamos en la vida.
Después de todo, lo que el taller nos dio no
es otra cosa que la certeza de que estamos desnudos, desprotegidos, de nuestra
fragilidad. Después de todo la única enseñanza del taller
es que aceptar nuestra fragilidad es una fuerza.
Uno de los principios del taller fue la escritura. Comenzó
como un taller para la escritura de creación. Al entender por poesía
"lenguaje el más altamente cargado de significado sensible"
alcanzamos, en teoría, zonas que al comienzo no pretendíamos trabajar,
la prosa, por ejemplo. Pero eso en teoría, en la práctica la poesía
ocupaba casi todo nuestro tiempo. Más también ocurrió que
esa definición, descubrimos aunque es tan fácil verlo nos
tardamos en hacerlo, es aplicable al arte todo. Comenzamos entonces a
trabajar con todo el arte.
Para ello nos fue indispensable pensar. Pensar la creación
desde la creación. Nuestro pensar, entonces, fue de tipo fenomenológico.
Era un goce sentirnos pensando, vernos pensando, vernos hablar nuestro pensamiento,
vernos poner nuestro pensamiento en palabras, escritas o no, que siempre de
algún modo, se volvería gracias en parte a nuestro modo
de pensar en palabras de creación. Formábamos desde el pensamiento
y al hacerlo veíamos y experimentábamos, cómo se transformaba
nuestra visión.
Es imposible pensar un taller de creatividad del cual
estén excluidos los afectos. Las emociones, los sentimientos, la sensibilidad,
son materia prima en el trabajo de todo creador. Lo que se debe hacer es precisamente
tomar en cuenta que esa materia prima debe ser trabajada en el taller y que
para ser trabajada necesita dejarse trabajar, necesita, esa materia prima, ser
tratada como lo que es para que venga a ser como lo que fue esencialmente. Y
para ser tratada como lo que es necesita, la materia prima, dejarse estar. Ese
dejarse estar la afectividad es lo que efectivamente habrá de ponerle
en juego.
En el taller no supimos hacer eso. O lo supimos, pero
con una conciencia a trasmano, con una especie de turbia claridad, con una especie
de sansin-faise avante la lettre.
En
el taller supimos poner en juego la afectividad desde el dejarse estar de la
afectividad. En el taller, al menos al principio, solíamos poner en juego
la afectividad desde la desazón de la afectividad, algo que, por supuesto,
trajo muchos problemas. Ayudó en mucho, sin embargo, la voluntad de juego,
la certeza de que se estaba jugando y la seguridad, por otra parte del coordinador,
de lo limpio y reconfortante del juego. Si no la afectividad al menos el juego,
si se dejó estar.