
El Rafles
Juan
Enrique Rodríguez Benítez*
*
Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara.
El ocho de marzo
de 1989 El Rafles Mexicano fue encontrado muerto, tal vez fue la
tercera víctima del maniático de la 7.65, el perdedizo mataindigentes.
El
Rafles, Roberto o Vicente Hernández Alexandre, como
se le conoció postmorten, gustaba de hacerse pasar por suplantador.
Llevó una vida elegante, de frecuentes viajes, estudios y trabajo. Observó,
como se observa una regla monástica, dos facetas: la de virtuoso del
oficio y la de hombre decadente que vivió de espaldas a la realidad.
Fue
un audaz ladrón que actuó con prudencia en sus timos, nunca atacó
a mansalva. Si penetró a la intimidad de la sociedad, como parte de su
afición placentera, fue por la sensación que experimentaba en
los elegantes salones y la atracción por las alhajas. Aunque El
Rafles no pudo trascender la sencillez suprema de los personajes modelo,
por eso se vio impedido de disfrutar su grandeza. Ello a pesar de haber traspasado
las ridículas superficialidades del ladrón vulgar.
No
fue tampoco un aleccionado, él perteneció a la aristocracia de
los transgresores, al círculo de los que dejan doctrina, pues su trabajo
permaneció durante mucho tiempo como algo enigmático y a primera
vista insoluble, por lo que su actividad fue muy superior a la pasiva y ciega
del hombre mediocre. Como muchos asaltantes, dejó en la indiferencia
a la ética y se aferró al ardiente propósito de alcanzar
una meta inquebrantable: desdeñar a la justicia.
Su
juego consistía en engañar a sus víctimas y despistar a
la policía. Hacer un trabajo limpio, sin armas, sin violencia, sin forzar
chapas y sin dejar huellas. La limpieza lo hizo emparentarse con las plantas,
con el aire y el sol. Al grado de que la policía jamás descubriera
su naturaleza, esa filosofía lo llevaría a conocer y apreciar
su libertad. Durante muchos años maniató a la justicia, al no
ofrecerle más pista que la de la clorofila de las plantas.
Después
de innumerables robos, sólo se sospechaba de un hombre de complexión
mediana y estatura regular, que vestía impecable traje gris y que invariablemente
cargaba un portafolio.
De
modo que la fuerza cósmica fue importante en el proceso de su existencia,
hasta el último día de su vida dormía a cielo abierto;
por eso le gustaba robar de día, exclusivamente bajo los rayos del sol,
como si estos produjeran en su organismo un calor interior que le permitía
actuar con abyección, inteligencia y frialdad. Para completar su ciclo
orgánico se movía como pez en el agua, con la intención,
seguramente, de que su trabajo fuera como el acero templado con la solidez que
produce el contacto del fuego y el agua.
Las
omisiones de los manuales de detectives lo atrajeron sobremanera, ahí
descubrió caminos intransitados, se introdujo por los que se fueron abriendo
a su curiosidad sin escrúpulos. Y entonces se volvió una celebridad,
un personaje de primera plana en los periódicos, un inspirador de películas
y radionovelas. Una figura que aparecía constantementer en las caricaturas:
la imagen de un dandy, con el sombrero poco caído para no descubrir totalmente
el rostro, y bajo su brazo, su inseparable portafolio en el cual se traslucían
manojos de llaves, dinero, alhajas y una reluciente peluca.
Su omnipotencia se hizo tan polifacética, que
le llegaron a imputar 400 robos a habitaciones de hoteles en sólo dos
meses. Y entonces capturar a El Rafles se convirtió en la
consigna, en el sazón de todos los moles, y en una metáfora, es
decir: un mito breve.
Mis deseos son órdenes; la fealdad es la única
inmoralidad. Fueron sus dos preceptos. Pues el dandy, por razones de oficio
se convierte en un políglota, que con toda naturalidad disimula ser francés
o estadounidense. Además adquirió mucha cultura, por lo que se
necesitara, dominaba siete idiomas y jamás conoció fronteras,
era un hombre moderno.
Pero su abyección, así como su afición
a los rayos del sol y a las plantas comenzó a carecer de abono y de agua.
Entonces su organismo entró en declive: le temblaban las manos. Todos
los cuerpos de seguridad le tenían echado el ojo y le limitaron su entorno.
Luego de una persecución memorable fue apresado, difamado, vejado y se
vio precisado a alejarse del mundillo artificial. Le fue prohibido transitar
en las esferas que más placer le brindaban.
De esa manera se fue degradando hasta convertir su
apariencia en la de un indigente, un anciano en el nadir del descrédito
al que le falta el reconocimiento como persona. Se le impidió ser alguien.
Su
portafolio ya no contenía recortes de periódicos que hablaban
de sus hazañas, ahora sólo contenía periódicos viejos
y una peluca maltrecha y mordida por los roedores.
Pero iba cumpliendo con su vida trabajosamente, en su sobrevivencia
quedó descartado todo aquel complejo de creencias y emociones. Le quedó
el resabio de la vergüenza contrapuesto a su emancipación de los
escrúpulos morales. Su rostro sin el sombrero de dandy se tornó
moreno por el efecto de la vulgar luz del día, ya sólo contaba
con la remota posibilidad de que le creyeran que él había sido
El Rafles mexicano, pues ya nadie creyó en su arcaica filosofía
de buen ladrón.
Por ello sus intentos de volver al seno de la sociedad
le fueron negados una y otra vez, su vida no era más que una anécdota.
Su lucha sin fuerzas, casi simbólica, muy parecida a la de un pez, que
es arrastrado y para sobrevivir ofrece resistencia, por más fuertes que
sean las convulsiones.
La lucha le mermó las fuerzas, la memoria y su desmedida
imaginación, su implacable lógica no encontró la correspondencia
oportuna, su ocaso sólo alcanzó a clarificarse, cuando de vez
en cuando su grandeza era referida por un amigo impersonal al que sólo
le queda un recuerdo borroso de aquel personaje.