
Sobre textos y enseñanzas
Luciano
González Velasco*
* Catedrático la Escuela Normal
Superior de Jalisco (ENSJ).
La discusión
que en estos últimos días se ha generado alrededor de los textos
gratuitos, principalmente los de historia, para la educación primaria,
se ha centrado casi exclusivamente en los contenidos de los mismos.
Si bien el mensaje es importante, lo es también
la manera como se transmite.
¿Qué tiene de particular el contenido de
un libro? Hay varias maneras de responder a esta pregunta. Por supuesto está
lo que se dice, lo que no se dice y el cómo se dice. Todo ello proyecta
una visión de la realidad y de las cosas que no sólo informa sino
que también forma.
Esta perspectiva, desde la que se dicen las cosas,
siempre será cuestionable, pues no solamente no se puede incluir todo
lo que se podría decir sino que, además, por su misma interpretación
de los hechos sociales, no puede representar un conjunto, menos un consenso
de opiniones al respecto, o de maneras de entender y explicar hechos.
Así, aunque participen en la elaboración
de los libros gentes de opiniones diversas, e incluso no muy acordes a las posturas
tradicionales oficiales, el resultado no deja de ser sospechoso de representar
la visión de la clase hegemónica.
La condición de texto nacional que obligatoriamente
trabajarán alumnos y maestros en todo el país, lo convierte en
el vehículo ideal para que uniforme e invariablemente diga y explique,
pero también ideologice, sobre el acontecer y la realidad.
¿Cuál es la relación con el cómo
se trasmite? En el caso de contenidos, el cómo se aprehenden tiene que
ver con el sistema de enseñanza utilizado.
Cuando hay preocupación porque los niños
repitan lo que dice el libro, "que sepan cosas", que opinen la lección,
que sepan repetir nombres, fechas, lugares y todo aquello que representa un
saber aparente, quien enseña no busca la comprensión ni menos
la utilidad del saber adquirido para explicar y entender la realidad de manera
que se logren condiciones para actuar sobre ella.
Este tipo de enseñanza es dogmático y
no solamente se utiliza para enseñar historia sino, por desgracia, para
otras disciplinas científicas.
Quien así enseña, actúa como motor
de la visión que la clase dominante envía a las clases subalternas
e imposibilita a estas últimas en sus posibilidades para expresar y practicar
sus propias alternativas.
El papel del enseñante, de la manera expuesta,
es el de un agente difusor que no comprende que él también pertenece
a las clases dominadas. No existe así el compromiso, la conciencia social
con la propia clase ni la posibilidad de comprometerse con la búsqueda
de otras alternativas y espacios.
De esa manera, la perspectiva de la clase hegemónica
penetra hasta todas las otras subculturas de su ámbito. Se llega al extremo
de que cada subcultura se niega a sí misma o se concibe como errónea
o de escaso valor frente a la subcultura dominante. Es decir, sólo tiene
valor lo que dicen los libros y lo que explica el maestro. Los que estudian
no pueden opinar o hacer explicaciones sobre su realidad "porque no saben"
y porque su decir no está validado por su inclusión en un texto.
Pero, por fortuna hay otras maneras de enseñar,
con la oportunidad de que cada quien aprenda, además de contenidos, a
reflexionar, criticar, opinar, decidir y a reconocer las posibilidades para
actuar y transformar la realidad. Con ellas los contenidos dejan de ser verdades
absolutas o propiedad exclusiva de "los que hacen la ciencia", para
volverse una posibilidad de ser y hacer para todos los sujetos.
Los textos toman, entonces y para la enseñanza,
su dimensión real: auxiliares didácticos. Apoyos para el proceso
enseñanza-aprendizaje que remiten a sus actores a posiciones y posibilidades
de hacer sus propias explicaciones y convertirse en sujetos de la historia y
del hacer ciencia.
Finalmente, nos toca a los maestros hacernos la pregunta:
¿estamos preparados y dispuestos para enseñar de esa manera?