Encuentro con Freire
Oscar Bitzer
Cuando Juan Flores me invitó
a colaborar con un artículo para la
tarea, confieso que estuve a punto de decirle
la verdad: no puedo, no tengo tiempo, tengo muchas "drogas" intelectuales (y de
las otras)...
Sin embargo, cuando me sugirió algo liviano, espontáneo, vivencial,
tal vez anecdótico, relacionado con situaciones reales y cotidianas, que pudieran
interesar a la generación joven del magisterio, me desarmó. No en vano dice mi esposa
que si yo hubiera sido mujer, tendría 12 hijos, porque no sé decir que no.
Un poco harto de elaborar ponencias, ensayos, planes, discursos,
generalmente para que los firme otro, pensé que en un espacio como éste podría platicar
con mis colegas sin que me quedara la cruda moral de escatimar el tiempo que tengo rentado
a mis varios patronos. Así, sin plan ni proyecto de trabajo, dejaré que corra la pluma,
en tanto no me anime a teclear la computadora, como lo hacen mis compañeros de trabajo.
Quienes me conocen, saben que este año cumplo tantos años de mexicano
como de argentino. Son treinta y tres para ésta que no es mi segunda patria, sino
"mi otra patria", parafraseando a Andres Bello. Por un fenómeno muy frecuente
en la ancianidad que yo lo había estudiado pero que no conocía como ahora, en carne
propia los viejos van perdiendo la memoria cercana y afinan su memoria remota. De ahí
que, muchas veces, el abuelo no recuerda lo que ocurrió en esta semana pero puede evocar
con detalles, a veces insoportables, un acontecimiento o una situación vivida hace
treinta o cuarenta años.
Según el IMSS y el DIF (y otras siglas bienhechoras)ya estoy en la
tercera y última edad. Por ésta, y otras razones que sólo mi psicoanalista podría
inventar, tengo cada día más inclinación a recordar pasajes de mi vida bastante lejanos
en el tiempo y en la distancia.
Así, de improviso, aparece en mis recuerdos la figura de un maestro
que admiro y que Uds. habrán conocido también por sus obras: La pedagogía del oprimido,
Educación para la libertad.
Sí, Paulo Freire, el pedagogo y filósofo brasileño que muchos de
ustedes habrán descubierto en situaciones tan paradójicas, cuando un maestro de la
normal de cualquier normal les exigía verticalmente, a través de un "rollo"
unidireccional, que aprendieran las bondades de los procesos de diálogo y el valor de la
concientización...
Conocí a Paulo Freire, personalmente, en el 68, estando en Pátzcuaro
trabajando para la UNESCO: lo considero un privilegio porque él estuvo sólo un mes en el
Centro Regional de Educación de Adultos y Alfabetización Funcional para América Latina
(CREFAL) y sin embargo, su personalidad dejó en mí más honda huella que sus libros. Lo
acompañamos a Tzintzuntzan, a Santa Clara del Cobre, a Paracho. Lo vimos actuar con esa
sencillez y humildad de los grandes hombres, charlando con los artesanos en su
"portuñol", y nos consideramos sus discípulos, para siempre. De esta vivencia,
no recuerdo sólo un curso sobre el diálogo sino principalmente la congruencia que, en
todo momento se percibía, entre el autor, el maestro, y el hombre, en cuanto a su
ideología.
Nos sé dónde está hoy Paulo
Freire
Creo que su centro de operaciones está en Suiza y que estuvo a punto de venir a la Fil-92
(Feria Internacional del Libro), invitado por los organizadores. Lo que más me preocupa
es que su idea y su método psicosocial, se están diluyendo en las posturas eficientistas
que emergen de la modernización. Tal vez no en el momento de hablar de un pedagogo que
supo concertar el marxismo con su concepción cristiana del mundo. Sin embargo,
"nosotros los profes", le debemos a Paulo Freire una apertura en el campo
educativo, hacia una nueva relación maestro-alumno con mutuos aprendizajes.
Debo aceptar que, con frecuencia, después de haberme echado un rollo
cargado de información aún matizado con bromas y anécdotas me sentía avergonzado, por
estar negando, en la práctica cotidiana, las ideas que Freire nos ha enseñado. ¿Qué
había aprendido de mis alumnos, si entendía el diálogo y la metodología participativa
sólo como una concesión graciosa del maestro hacia el estudiante? Tenía excusas, más
que razones, para justificarme: la carga horaria reducida, los contenidos excesivos, la
expectativa de los propios alumnos que esperaban una exposición interesante y provechosa
más que enfrascarse en una discusión.
La evocación de Paulo Freire, de carne y hueso, sólo pretendió en
esta ocasión, revalorar sus enseñanzas y pedirles a mis compañeros los profes con toda
la modestia que forzadamente pueda manifestar un argentino, que traten de ser congruentes
con lo que enseñan a sus alumnos. Lo contrario sería tan absurdo y deplorable como si yo
escribiera un artículo contra el tabaquismo...