Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 0

(cero)

SECCIÓN

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de la 07 a la 08 de 48

... nosotros los profes

Guadalajara, México. Septiembre de 1992

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Distinciones Merecidas

Alberto Santoscoy*

* Pedro José María Alberto Santoscoy Hernández (1857-1906), historiador tapatío que se distinguió por su interés en el estudio y enseñanza de la historia de Jalisco.

Como docente que fue manifestó su preocupación por revalorizar sociológicamente al magisterio; son varios los escritos en los que el objeto central fueron la enseñanza, las escuelas y los maestros.

A manera de doble reconocimiento insertamos el presente artículo para reconocer la valía del historiador en asuntos de su tiempo y resaltar la figura del maestro, de su trabajo "que ninguna labor es dado caso igualarse en calidad como en cantidad"; y si para 1896, 31 de enero, fecha en que se escribió el citado artículo, Santoscoy establecía que "el maestro de escuela es visto como un pobre hombre, como un cero a la izquierda", para 1992 pretendemos que eso sea superado, pero sólo nosotros mismos lo podemos hacer.

Oscar García Carmona (coordinador de Extensión de El Colegio de Jalisco)

Nadie puede haber más digno de las consideraciones de un pueblo culto que aquellas personas que consagran su vida a educar a la niñez, mediante una retribución las más veces escasísimas; porque el trabajo de tales ciudadanos produce a la patria los rendimientos de virtudes, de saber y de bien de tal especie a que ninguna otra labor es dado caso igualarse en calidad como en cantidad.

Cierto es que éstas expresiones u otras parecidas son las que estamos acostumbrados a oír pronunciarse en las fiestas escolares cuando los discípulos hacen el elogio de sus mentores, no siempre penetrando el orador de lo que está diciendo; y de esa continuada repetición de las propias palabras, se ha seguido tal vez que todos hagan de ellas el mismo caso que se hace del murmurio de la fuente que sirve para regar el jardín en que acostumbramos pasearnos: su ruido nos es de todo indiferente.

No poco puede contribuir asimismo a ese resultado, la extraña manera que tenemos de ratificar ese elevado concepto que nos merece el pedagogo; éste, según nuestras expresiones, es acreedor a la gratitud de la sociedad entera, es un sujeto respetabilísimo en razón de sus incomparables funciones, es el sublime obrero que deliberadamente desbasta y pule las inteligencias, es casi un ser divino o al menos un mensajero de los cielos; pero ¡hay! si atendemos a la justificación que con los hechos sean esas palabras ponderativas, tendremos que el maestro de escuela es visto como un pobre hombre, como un cero a la izquierda.

¿Cuáles son en efecto las consideraciones especiales que le guardamos? ¿Cuál es la manera con que procuramos hacerle soportable, por medio de una retribución que le permita llevar desahogadamente la pesada carga que echamos sobre sus hombros? ¿Cuál es el porvenir que le espera en su ancianidad cuando haya agotado su savia de su vida en formar hombres útiles a su patria; cuál la herencia que lega a su viuda y a sus hijos, cuando la tumba lo llame a su seno? ¿cuál la perpetuidad que consagraremos a su memoria, ya que él todo lo sacrificó en bien de los demás, con un heroísmo cotidiano que debiera inmortalizarle?

La contestación que a las partes de este breve interrogatorio podemos dar se reduce a ese silencio bochornoso que acusa las faltas que se tiene precisión de callar, por motivo de no poder aducir las respuestas satisfactorias con que nos deberíamos honrar en ese caso si procediésemos en nuestras obras de acuerdo con nuestras palabras, tan enfáticas, tan halagadoras siempre que a los educadores se refieren.

Es necesario volver sobre nuestros pasos en puntos tan esenciales; es innoble mentir ese aprecio si no lo sentimos realmente; es una verdadera hipocresía, de la que nada nos puede disculpar.

Y para que esto no se nos eche en cara es fuerza que no exista ya la contradicción que condenamos. Si decimos que el maestro debe ser honrado, honrémosle por cuantos medios estén a nuestro alcance; no le paguemos con ingratitud sus preciosos servicios; démosle motivos para que no pueda quejarse de nuestro egoísmo y para que con gusto siga dedicándose a desempeñar su fructuosa cuanto difícil tarea.

Mil medios tenemos a nuestro alcance para conseguir ese fin, aun sin necesidad inmediata de que se llore por el dinero del exhausto erario que pudiera dedicarse a mejorar la condición pecuniaria del pedagogo; tal pudiera ser, entre otras de esos medios, la de dar perpetuidad al recuerdo de los más dignos educadores que fueron, dar sus nombres a las principales escuelas primarias oficiales en cada localidad, idea feliz que vemos apuntada en un periódico moreliano –El Centinela– y que declaremos que nos complace por la justicia que entraña.

Aquí, por ejemplo, se podría dar el nombre del ilustre Cotilla a la Escuela Normal –establecimiento que él había iniciado–; el de Don Ricardo Maddox Jones a la Escuela Anexa; el de Don Felipe Peñaloza a la Superior; y así a las demás los de Don Faustino Cevallos, Don Ramón A. Romero, Don José Velázquez, Don José María Rendón. Don Ignacio Bóveda y de Olazavalegui, de Santos Ortega, de Hernández, etc. Y de igual manera, con los nombres de los más notables educadores ya muertos, se daría denominación a las escuelas del sexo femenino.

De ese modo pagaríamos en parte la deuda que tenemos contraída para con los pedagogos que excelentes servicios prestaron a nuestro estado; los méritos que ellos contrajeron serán glorificados por los alumnos que concurran a las escuelas que lleven sus nombres; y los maestros actuales sentirán, en vista de estos ejemplos, nacer en sí el sentimiento de una noble fructuosa para la sociedad.

"¡Oh, los maestros merecen eso y mucho más!" Todo es poco para los preceptores sabios que saben cumplir con sus deberes; por eso a nadie le parecen exageradas, considerándolas bien, las palabras que dirigía Filipo el Macedonio al filósofo Estagirita, cuando, llamándolo para que se encargara de educar a Alejandro le decía: que se felicitaba menos de haber tenido un hijo, que de éste hijo hubiera nacido en tiempo de Aristóteles.

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