
Memoria colectiva; los profesores jaliscienses de principios del siglo XX
Manuel Moreno Castañeda*
* Director de
la División de Educación Abierta y a Distancia de la Universidad de
Guadalajara (UdeG).
La condición magisterial es un asunto que
ha sido debatido desde hace décadas y hoy adquiere una importancia mayor. Más, porque en
los umbrales de una nueva reforma educativa el maestro aparece nuevamente como el garante
desde donde se plasma todo el proceso.
En Jalisco, desde el último tercio del siglo XIX, los preceptores
empezaron a distinguirse como un gremio cada vez más numeroso y con una responsabilidad
profesional cada vez mayor.
Con el triunfo de la República en 1862 y con la consolidación del
Estado en el régimen porfirista, los maestros fueron paulatinamente ubicándose en el
centro de sus decisiones por diversos motivos: por la concepción liberal y luego
positivista de que la educación es el instrumento fundamental para el progreso social;
por la responsabilidad echada a cuestas por parte del propio Estado en torno al
otorgamiento de los servicios de educación básica; por el interés político del propio
régimen para obtener consenso y legitimidad a través de la labor ideológica que la
propia escuela por medio del maestro debía llevar a cabo. En fín, diversas
circunstancias y propósitos que van ampliando la cobertura de la escuela estatal y con el
crecimiento en número y participación del maestro.
Sin embargo, precisamente porque por razones de origen el profesor
quedará sometido institucionalmente a un poder consolidado el porfirismo, es
así, además, porque ha sido concebido como un agente cultural enfrascado en la difusión
de la política educativa estatal y porque desde sus antípodas la función magisterial es
pensada como una responsabilidad no autogestiva sino tutelada. Es así como se ven
envueltos los maestros en una atmósfera social enrarecida que les dificultará el camino
hacia su emancipación en el ámbito de su profesión y en su capacidad democrática para
alcanzar una organización gremial. Los movimientos populares tienen en su historia un
subconciente que aflora en los momentos necesarios, y de repente esa historia que parecía
olvidada se hace presente y anima el desarrollo social, sobre todo a favor de quienes
quieren mejores condiciones de existencia.
En esta línea se ubica la intención de este artículo, de recatar las
experiencias históricas de los trabajadores de la educación como tales, para contribuir
a la puesta en común de un marco referencial que ilustre y documente nuestras reflexiones
y actividades.
De acuerdo con estas consideraciones, en esta ocasión presentamos un
somero programa sobre las condiciones en que trabajan los profesores jaliscienses de
principio de siglo.
Los maestros del porfiriato
En el primer Congreso de Instrucción Pública realizado en el porfiriato entre los años
de 1889-1890, Justo Sierra expresaba a propósito de la situación de los maestros:
"¿Qué aliciente, qué estímulo puede haber para un hombre que dedica la mejor parte de su juventud al estudio y a la preparación de un magisterio (que llamamos una función suprema de la República) y que cuando con tamaña labor lo obtiene, se encuentra en una situación tal que puede decirse que el hambre y las necesidades lo acechan a cada paso y es un pobre que está siempre sujeto a un sueldo de $60 a $ 100 por casi toda la vida?"
Con toda seguridad, Sierra se refería a
maestros bien pagados pues había lugares en la República en que los profesores ganaban
salarios muchos mas bajos. En Jalisco ganaban entre $25 y $ 30 pesos.
Veinte años después las condiciones económicas de los maestros no
habían mejorado nada. Comentando el Congreso Pedagógico realizado en Guadalajara en
septiembre de 1910, el diario La Gaceta de Jalisco recomendaba:
"En el Congreso se han tratado diversas cuestiones de verdadera importancia para la instrucción; y ojalá que entre otros asuntos se tomara en consideración el que se relaciona con la mezquinidad de emolumentos que reciben los profesores por sus servicios y la vida precaria que se ven obligados a llevar por sus grandes fatigas y desvelos que tienen que soportar a cambio de una exigua remuneración".
Otra muestra de la
situación económica de los maestros se manifiesta en la correspondencia oficial de la
época, en la que era obligación utilizar papel timbrado, con sellos de uno a cinco
centavos.
En los oficios que los profesores dirigían al gobernador o a las
autoridades de Instrucción Pública, pedían licencia de no usar timbres "por estar
en la indigencia".
Como se observa, la secular pobreza de los maestros no tuvo una
excepción en el porfiriato; esta profesión seguía reclutando a sus trabajadores entre
la clase popular y en ella los mantenía. Pocos eran los maestros que por tener puestos
directivos recibían salarios decorosos, pues la gran mayoría eran maestros sin título,
que apenas habían cursado la educación primaria. (De 1833 maestros que laboraban en las
escuelas primarias públicas en 1910, sólo 369 eran titulados de los cuales 140 eran
directores).
Por lo tanto,su preparación profesional se limitaba a algunos meses de
práctica en la escuela primaria, los consejos de los directivos, cursos aislados que
eventualmente organizaba la Dirección General de Instrucción Pública y ante todo la
imitación de los modelos de enseñanza que observaban en su trabajo. De ahí que la
tradición escolar tuviera más fuerza que las pretendidas innovaciones pedagógicas, que
rara vez rebasaban los limites de las escuelas normales y las pláticas entre la élite de
profesores.
Con respecto a su organización como trabajadores de la educación, no
se había llegado a un sindicalismo maduro y sólo se intentaban formas mutualistas, como
la Sociedad Cooperativa de Profesores y Empleados de Instrucción, que desde 1905 habían
fundado algunos maestros encabezados por Ernesto Alatorre, cuyos principales propósitos
consistían en crear fondos comunes de ahorro para ayudar a los compañeros en casos de
urgencia económica, y la realización de eventos culturales para mejorar la labor
educativa.
Pero nunca fueron movimientos en los que se agrupara la mayoría de los
maestros jaliscienses.
En contraste con las condiciones de vida de los profesores, las
exigencias oficiales no eran nada modestas, pues según la Ley Orgánica de Instrucción
Pública en su artículo 59 dice:
"Son requisitos para ser director o profesor de escuela oficial:
1. Ser profesor titulado en escuela oficial o incorporada.
II. Haber cumplido 20 años de edad los varones y 18 las señoritas .
III. Ser de conducta intachable y de maneras cultas".
Evidentemente, no se iban a encontrar en todo Jalisco los suficientes maestros con tales características, por lo que el artículo 61 señalaba:
A falta de profesores normalistas y otros titulados podrán emplearse personas que tengan la suficiente aptitud Reglamento.
Reglamento que para su cumplimiento requería de maestros con una suficiente preparación científica, adecuada metodología para la enseñanza, capacidad administrativa y, lo que parecía una preocupación constante, "ser de conducta intachable y de maneras cultas" maneras en las que se incluía la propiedad en el vestido, muy dificil con los exiguos salarios que devengaban.
Los maestros de la Revolución
Partiendo de la situación de que los maestros siempre mantuvieron su carácter de
trabajadores asalariados, generalmente mal pagados.
Como ya se apuntaba al tratar el porfiriato, la formación y desarrollo
de sus organizaciones gremiales fueron más lentas y tibias que las de otros tipos de
trabajadores, por lo menos hasta 1920, cuando los profesores jaliscienses empezaron a
tener contactos más firmes con trabajadores de otras ramas y con profesores de otros
estados.
De 1910 a 1920, los maestros tuvieron unas ligeras mejoras salariales,
pero su situación como trabajadores no cambió, sus organizaciones sólo fueron de tipo
mutualista y cultural; lo primero para recibir alguna ayuda económica en casos urgentes o
que la recibieran sus deudos cuando él muriera, y lo segundo para asistir a reuniones
académicas o recibir publicaciones que le aconsejaban cómo mejorar su trabajo, pero no
se forman auténticos sindicatos de profesores debido a la prohibición expresa del
gobernador Manuel M. Diéguez. Y a que los mismos maestros se consideraban con un status
social diferente y no se unían con obreros y campesinos, por lo menos no compañeros de
clase.
A partir de la década de los años veinte las circunstancias empezaron
a cambiar. Los maestros de otros estados y de la capital de la República estaban
avanzando mucho en su organización y realizaban constantes actividades para lograr la
unión de todos los maestros del país. Entre estas actividades hubo una serie de
congresos nacionales de maestros de los cuales el tercero se realizó en Guadalajara, en
enero de 1922, congreso que trajo a esta ciudad nuevos aires políticos y magisteriales,
discutiéndose aquí las ideas del anarquismo.
En este congreso la mayoría se decidió por luchar a favor de tres
principios fundamentales: considerar al maestro como parte del proletariado, luchar
por su sindicalización e impulsar la escuela racionalista.
Nada fácil había sido llegar a esas conclusiones en una ciudad que se
distinguía por su conservadurismo y con representantes de las corrientes e intereses
educativos más disímbolos, pues lo mismo estaban profesores provenientes de los estados
más revolucionarios de la época, como Yucatán, Tabasco y Veracruz, que profesores de
escuelas particulares de Guadalajara que defendían los intereses clericales y
conservadores, de manera que el enfrentamiento ideológico pasó de la violencia retórica
a la agresión física y al disparo de armas de fuego.
Pero al final de cuentas se aprobó un conjunto de ponencias que
pretendían darle un nuevo rumbo a la educación escolar en México, destacando la primera
que decía."El magisterio es parte integrante del proletariado, entendiéndose por
esto a todos los que necesitan trabajar manual e intelectualmente para vivir, y deberá
adoptar los medios de lucha que necesita para conseguir la realización de sus ideales y
mejoramiento social y económico".
Estas declaraciones no dejaron de inquietar a los funcionarios
públicos y a los propios profesores jaliscienses que no habían vivido un proceso de
concientización y le llegaban de repente las nuevas orientaciones. Con todo y su origen
popular y su carácter de asalariado mal pagado, temía comprometerse en la lucha obrera,
pues era un gremio muy condicionado a su papel de "modelo de comportamiento
social" y respetuoso de las normas de conducta, conforme a las cuales "se veía
muy mal" que anduviera en mítines o manifestaciones gritando y portando pancartas
junto con los obreros.
Pero poco a poco fueron cambiando sus organizaciones de meramente
mutualistas y culturales a grupos sociales con más carácter laboral y sindical,
siguiendo la línea marcada por la Crom en ese tiempo de luchar simultáneamente por
mejorar la situación económica de los trabajadores y escalar posiciones políticas en el
aparato gubernamental, y así nace en Jalisco la Unión de Maestros Jaliscienses en 1922
en la que ya se bosquejaban estas tendencias.
Pero fue hasta 1926, con la fundación de la Unión de Educadores
Jaliscienses, cuando se logra una organización ya con carácter sindical con claros
propósitos laborales y políticos, aunque no dirigida por maestros de base, sino por
profesores que ocupaban puestos medios, como directores e inspectores. Esta organización
sería hasta los años de la educación socialista la más consolidada y la que más
posibilidades de gestión tuvo para los profesores, por las relaciones de sus dirigentes
con las autoridades educativas. Situación que al mismo tiempo les impedía abandonar los
movimientos radicales de las masas.
La situación salarial de los maestros en estos 30 años, generalmente
se mantuvo bajo, en los niveles de cualquier trabajador de otras ramas, sin cambiar
notablemente con repecto a los años anteriores a la Revolución. Dentro de esta
normalidad, habría que mencionar los difíciles años de la crisis que se dio a fines del
gobierno de Calles, en el que los maestros de Jalisco, igual que otros empleados
oficiales, vieron reducidos sus sueldos a la mitad, recuperándose después paulatinamente
a insistencia de los profesores.
Y siendo el mayor sueldo de: $66.00 que corresponde a los maestros de
primera clase de los cuales el maestro se ve obligado a hacer la siguiente distribución
mínima: renta de casa $20.00;alimentación $30.00; vestuario $10.00 y de los $6.00
restantes se descuentan el día de haber para el Pnr y gastos de tranvía, material
escolar, etc., esto considerando al maestro solo, pero casi en su totalidad, cada uno
sostiene a dos o tres miembros de su familia creándole una situación por todos conceptos
dificil, viéndose obligado a recurrir a los prestamistas, los cuales acaban por aniquilar
económicamente al maestro.
En el arranque de la educación socialista apenas habían recuperado
las bajas salariales de la crisis y en adelante con los gobiernos de Allende y Topete,
contemporáneos del presidente Cárdenas siguieron mejorando sus ingresos, aunque siempre
inferiores a los de los maestros federales.