
De la invención literaria como maledicencia
Dante Medina*
Modestia, aparte, como dice Bryce Echenique, yo he sido durante muchos
años amigo de Alfredo y déjenme ahorita les platico. Amigo porque colegas en la
Universidad Paul Valéry de Montpellier, donde ambos éramos profes, y amigo porque las
desgracias de Alfredo, los amores de Alfredo, las visitas de Alfredo, y las cantinas de
Alfredo, siempre nos encontraban juntos. Incluso, los coches que toreaba Alfredo en el
Boulevard Sarrail, prés de l Esplanade, me pasaban también a mi rozando; lo mismo
que sus admiradoras y sus príncipes y princesas que llegaban de visita (y a menudo sin
dinero) de los países de Europa donde todavía se usan los príncipes y las princesas.
Con Alfredo, fuimos también amigos en todos sus inventos, sus
invenciones, sus fantasías lúdicas, provocativas, y valemadristas
maneras de Bryce
Echenique de hacer literatura con la vida. Por ejemplo, amigos tan cercanísimos, que
cualquier cosa que se "salía de su lugar" en el departamento de Alfredo
(el agua, el gas, la electricidad), rápido Bryce al teléfono y "Dante, sálvame, me
estoy inundando, me voy ahogar de agua", o "Dante, el gas me persigue, quiere
matarme, no me dejes morir así", o "Dante, la luz se ha vuelto loca, me voy a
achicharrar, Dante
".
"Voy para allá, Alfredo", decía yo, muy cruz roja
internacional, y él, prudentemente serio, aconsejaba: "no olvides tu caja de
herramientas".
Y Dulce, o sea mi mujer, aunque yo, si ahorita voy y vengo nomás
cierro la llave, cambio los fusibles, pongo unos empaques, Dulce de todos modos:
"Hasta mañana", y a veces agregaba algún cabrón para mí o algún pinche para
Alfredo.
Y ese día a las cantinas de Montpellier, "La taberna de
Velázquez" (nombre inventado por Alfredo), "Les Trois Diables", y el Bar
de Bernard, y el Bar de la Mer, vendían bastante, aunque no fuera viernes.
Ya muy noche Alfredo se acordaba de cosas: de sus abuelos virreyes y
presidentes, del Perú, de su bastón con empuñadura de oro y de su bastón con
empuñadura de plata; se acordaba de su discoteca repletita de boleros (Felipe Carrillo),
de la novela, que estaba escribiendo, de una mujer que quería pero ella se trae un hijo
edípico que no hay quien aguante, "la pareja más sólida de Madrid", y se
acordaba de un amigo mexicano al que yo estaba con creces reemplazando en la amistad y el
cariño "porque el otro no era como tú sino un hijo de la chingada", un
escritor que se creía político y un político que se creía escritor: un huachafo.
(véase La última mudanza de Felipe Carrillo, capítulo III).
Porque a esas horas de la mañanita alcohólica, Alfredo ensayaba las
anécdotas que querían escribir; las repetía hasta que el manejo de la historia le
gustaba, y algún día las escribirías, mientras se conformaba con contarlas, porque eso
sí, y no es porque sea mi cuate, Alfredo cuenta como le da la gana: o sea, no hay
auditorio (y yo con él he visto muchos, en dos lenguas, y repletos) que a Bryce
Echenique, haya él bebido o no, se le salga de la bolsa de su saber contar. Y ya que en
chismes estamos: si en México Eraclio Zepeda es el cuentero mayor, en el Perú el mayor
cuentero es Alfredo Bryce Echenique.
Y entonces pues, digo, me ponía boleros, repetía que Jalisco es una
tierra chingona de chingones, y declaraba que era una desgracia nacional, que en México
hubiera un escritor tan hijo de puta como Andrés Zamudio (miento: entonces no decía
Andrés Zamudio sino el nombre real del escritor mexicano que le sirvió de modelo para el
magistral capítulo III de La última mudanza de Felipe Carrillo, y de quien no
reveló la identidad para la maledicencia (Onetti nos enseño
la compartamos entre
todos, estimadísimos lectores).
Y que qué país, a ver dime, me decía mientras oíamos los boleros y
otro tipo de canciones que llenarían el capítulo inicial, el capítulo "Música de
fondo", de su novela La última mudanza
, dime pues, carajo, "como
diablos se puede ser mexicano y llamarse Dulce y Dante", y ya estaba ensayando una
frase que luego utilizaría en su cuento "En ausencia de los dioses" de Magdalena
Peruana y otros cuentos. Lo mismo que, mientras le explicaba a aquel ignaro que era yo
(todo esto es puro chisme, eh), que existía un maravillamiento de vieja y de voz mexicana
llamada Chavela Vargas, y que su país, joder, que da gente tan dispar, y entonces me
contaba dos, tres, cinco veces hasta despuntar el día, la historia del escritor mexicano
que había sido su amigo, su "hermano del alma", y con el que había viajado a
Roma y con el que, para humillación de aquel macho, durmiera en la misma cama, la
historia del ingenuo escritor mexicano que supuso que una estancia breve en Francia
bastaría para que lo tradujeran y lo publicaran en Gallimard
Pero todo este chisme lo cuento para, modestia conjunta, decir un par
de cosas. Una, que soy testigo de cómo Bryce Echenique prueba sus historias
haciéndoselas oír a sus amigos, de cómo las excava de su propia biografía, de cómo
las novela a partir de las anécdotas que la vida hace que pasen por su vida. Cuca a la
vida azuzándole fantasías. Irónico, astuto, inteligente, hábil: y sin embargo, torpe,
ingenuo, distraído, víctima, generoso.
Que se llame Julius (Un mundo para Julios), que se llame Martín
Romaña (La vida exagerada de Martín Romaña y El Hombre que hablaba de Octavia
de Cádiz), que se llame Pedro (Tantas veces Pedro), o que se llame Felipe
Carrillo (La última mudanza de Felipe Carrillo), este mismo personaje, suerte con
Alfredo Bryce Echenique personificado, vuelto proto-tipo de la literatura latinoamericana
contemporánea, sorprende, alegra, agrada, irrita, divierte.
Y la otra cosa del par de cosas que quiero decir, es que la
arquitectura de Alfredo Bryce Echenique no admite medias tintas; cuando se trata de
ternura, nos ofrece la ternura total de Julius; cuando de amor, Octavia de Cádiz, cuando
de exageración Marín Romaña; cuando crueldad Felipe Carrillo, que, claro, también es
una víctima, cuya venganza es permitirnos disfrutar de las más horribles, de las más
total crueldad literaria contra la amada, de las más absoluta crueldad contra el amigo.
La última mudanza de Felipe Carrillo, poniendo aparte lo que no digo,
ofrece a la literatura de Latinoamérica, un capítulo tercero de alta y bien lograda
maldad de virtuosismo estilístico (contra un escritor mexicano cuyo nombre no digo...), y
todo un resto de páginas de sutiles "relaciones peligrosas" que resumen, vuelto
novela y revancha, un pasado doloroso y aún con llagas, "porque el olvido, bien lo
sabes, es lo más inolvidable que hay en el mundo". (p. 125).
Alfredo Bryce Echenique, es un escritor de sabrosa exageración:
escribe con el platillo del apasionamiento inclinando en la balanza; nunca las medias
tintas, siempre las tintas todas.
Probablemente olvidé decir que la novela La última mudanza de
Felipe Carrillo trata de un arquitecto peruano que se enamora de una mujer que tiene
un hijo adolescente que disputa y controla la relación de pareja entre el arquitecto y la
divorciada, pero lo "olvidé" porque aquí de lo que se trataba lo que yo
trataba, lo que yo he tratado era de apuntar lo mucho que vale la pena leer los
libros leer este libro, intenso de Alfredo Bryce Echenique, el peruano
exageradamente buena compañía. Créamelo.
Y, finalmente, aclaro. Repito: el escritor mexicano de la novela no soy
yo.