Consideraciones para leer debidamente leído
Marco Aurelio Larios*
* Poeta y ensayista.
Es investigador en el Departamento de Estudios Literarios (DEL) de la
Universidad de Guadalajara (UdeG).
Leer cómo como leer
Es indudable que cada día atrofiamos más nuestras facultades intelectivas por falta
de correctos ejercicios que las potencialicen y agudicen. La lectura es una experiencia
cargada de obligatoriedad en nuestros primeros años, y luego de una circunstancialidad
casi azarosa en nuestros años posteriores. La televisión y la radio mayormente, el cine
en menor medida, son nuestras formas más cotidianas de conocimiento de la realidad; el
aprendizaje que hacemos de ésta posee los rasgos intrínsecos de los medios que nos
valimos para aprenderla.
Ya sabemos que los medios masivos de comunicación siempre no fueron la
panacea de la difusión de la cultura. Como medios fríos, la retención que hacemos de
sus informaciones es deficiente, efímera y desconectada. Deficiente porque no hay
posibilidad de volver sobre las informaciones para el análisis, lo que ocasiona una
reproducción parcial de los contenidos; efímera porque las informaciones se diluyen en
nuestra memoria, incapaz de retenerlas por no haber participado activamente en su
de-codificación (recuérdese que los medio masivos de comunicación relevan el ejercicio
de elección que los receptores hacen de la información; nos anclan en sus intereses);
desconectada porque los pocos contenidos logrados captar no están interrelacionados con
otras experiencias de realidad y se atomizan a favor de la fragmentación y de la
dispersión de ideas.
Los medios masivos de comunicación no han sabido encontrar los modos
operacionales para ser eficaces portadores de cultura; ésta aún se limita a ser
transmitida por libros.
Sin embargo, decir fácilmente que la cultura es libresca y que el
único modo asequible de acercarse a ella es a través de lectura, puede conducirnos a
formular conclusiones gratuitas, como por ejemplo: "Los libros son escritos con
letras", luego "yo puedo leer letras", entonces "Los libros pueden ser
leídos". Quiero decir, la lectura es el medio eficaz para adquirir cultura, pero no
todo ejercicio de lectura alcanza esta adquisición. Desgraciadamente, en las escuelas,
las más, pues enseñan únicamente a reconocer grafías y a traducirlas con
velocidad (palabras por minuto, dicen por ahí); conseguida esta meta, se abandona el
ejercicio de lectura y se le confina a la lectura literal. ¿En dónde quedaron las
facultades intelectivas de memoria, análisis, síntesis, comprensión, inferencia, etc.
El educador creerá que el educando las acrecentará por sí solo como se crece
orgánicamente el físico. Estas facultades intelectivas no las adiestran los medios
fríos de comunicación, sino la lectura profunda y consciente; pero no se foguean con la
lectura literal que la mayor parte de los mexicanos escolarizados ejercen, en menoscabo de
su poca cultura y su pensamiento acrítico.
Se ha demostrado que el mexicano escolar medio posee el nivel de
neoanalfabeto (término acuñado con ironía para señalar a los que habiendo aprendido a
leer no ejercen su capacidad lectora, y culturalmente se colocan del lado de los
analfabetos); sus habilidades de lectura no rebasan los objetivos propuestos en cuarto
año de primaria, habilidades para traducir rápidamente palabras. Es decir, permanecen en
el estadio de lectura literal. Esta, más que producto de la apatía del educador
aunque parezca de sí es consecuencia de una actitud equivocada en la
enseñanza de la lectura. Por un lado, se sufre la sacralización que toma como modelos la
erudición de literatos y gramaticalistas, y obstruye de entrada la experiencia grata y
formativa de la literatura; la lectura así promovida se le confina a la
superintelectualización. Por otro lado, mantiene una revisión historicista de los textos
que obliga a leer al pie de la letra, sin confrontar la vigencia de sus contenidos que les
permitiera leer sin prejuicios pero alertas; la lectura así conducida cae en el
normatismo equivocado.
La lectura literal ha malogrado los niveles escolares del mexicano: se
le ha vacunado con textos complejos, irresolutos a análisis anacrónicos (¡válgame
Dios!) ¿Cómo podría leer un niño de 12 años obligatoriamente en segundo año de
secundaria El Quijote, si detrás de ello no existe el hábito de una
lectura debidamente leída?); o bien, se le atiborra de datos históricos para acentuar la
importancia de un texto, para explicarlo y comprenderlo, ya que el texto no es más que
sus historias.
La lectura debidamente leída requiere de técnicas y hábitos
distintos a los diseminados entre la mayor parte de los educadores. La lectura debidamente
concebida no es la traducción de las grafías a fonemas; explota nuestras facultades
intelectivas; nos ayuda a ser críticos, objetivos y creativos. Habrá que partir de la
conciencia de que se lee para obtener información, se lee para entender la realidad, se
lee para organizarla y conservarla. Leer debidamente leído es una fórmula que tiene el
propósito de hacer de la lectura una fuente de consulta, confirmación, aprendizaje,
repaso, disfrute. Dicho mejor con palabras del poeta José Emilio Pacheco cuando se
refiere a la poesía: es revelación, instrumento de conocimiento y registro del mundo.
Leer por otium, no por negotium
La lectura como hábito está asociada con el tiempo libre de las personas. Es,
digamos, una condición necesaria para su ejercicio. Sin embargo, el tiempo libre no es el
mismo a distintas edades de nuestra vida, ni siquiera lo fue para mismas edades en otras
épocas. El tiempo libre se observa desde el prisma de nuestra modernidad: es lo opuesto a
la ocupación productiva de los hombres. Aunque actualmente el tiempo libre espacio
entre dos jornadas de trabajo no remite al otium latino como aquél que predispone
al hombre para la filosofía, no ha sido a causa de que este espacio interjornal sea nulo
para ello sino porque la sociedad de consumo lo ha habituado a ser un solaz adocenado y
materialista.
De algún modo lejano se desprende que los viejos conceptos de otium y
negotium tendrían su equivalente con el tiempo libre y el tiempo ocupado, tiempos ambos
surgidos de las llamadas fuerzas productivas de esta sociedad contemporánea.
La niñez y la adolescencia son etapas de la vida donde se dispone de
un tiempo libre mayor que se dedica a fomentar ciertas predilecciones personales.
Pero también porque este tiempo libre en ambos sujetos el niño
y el adolescente aún no ha sido absorbido por la actividad productiva; es decir, no
se tiene tiempo ocupado porque no son personas económicamente activas (al menos, en la
legislación no son sujetos de trabajo social), si bien se puede argumentar que estos
sujetos poseen un tiempo ocupado en actividades educativas y quehaceres del hogar.
Desgraciadamente, los medios masivos de comunicación cooptan el mayor tiempo posible del
tiempo libre de los niños y adolescentes fabricándoles diversiones pocos cultas y
excesivamente enajenadas.
Promover en estos individuos de edad escolar el hábito de leer en su
tiempo libre es, decir de Juan Carlos Merlo, una forma de retribuirles la fantasía y
creatividad que el tiempo ocupado venir a la escuela les ha suprimido al
volver las clases una carga de trabajo. La niñez y la adolescencia abandonadas a la
saturizada injerencia de los medios masivos de comunicación, no podrán no
sabrán superar la pasividad acrítica, consumista y tendenciosa a la que son
sometidos día a día.
Promover el hábito de la lectura como conducta lúdica es acercarlos a
la gran riqueza de materiales creativos que foguean e intensifican sus facultades
intelectivas. Leer es un ejercicio de libertad: la decisión del ritmo, silencios, pausas,
retrocesos que pueda hacer el lector de su texto depende de sí mismo, es manifestación
de su albedrío. Al contrario de los medios masivos de comunicación donde los emisores
controlan las formas y sustancias de la información sin la participación activa del
receptor.
Para la promoción de la lectura no debe detenernos prejuicios tales
como "hay que esperar a que el niño amplíe su vocabulario", o bien ,"que
primero perfeccione su sintaxis". Enseñar a leer es una meta mínima para alcanzar
objetivos altos.
Leer debidamente leído
La lectura, como hemos apuntado, requiere de técnicas y hábitos, procedimientos y
conductas. Al constituirse en la opción real para acercarse a la cultura en sus
modalidades de transmisión, resulta ser la herramienta indispensable en los procesos de
enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, también lo hemos señalado, la lectura no se puede
ceñir a una mera necesidad escolar; debe considerársela como alternativa de tiempo
libre, tan manipulable en estos días. La lectura es un hábito para toda la vida.
La lectura, como terminal lógica, logrará el dominio de la
redacción, consecuencia natural. Los oficios de escribir correctamente proceden de
lecturas debidamente leídas, es decir, de las atentas y profundas que adiestran las
facultades intelectivas de memoria, síntesis, análisis, comprensión, inferencia, etc.
La lectura promoverá la escritura como un acto reflejo: espejo de una pasión, el lector
escribe para ser leído. Es como formar parte de una élite que tiene su cetro y su corona
en la palabra escrita. De la lectura , evidente ejercicio intelectual, el lector estará
cerca de la producción de escribir:
Expresar las ideas con orden y claridad; dominar la ortografía y la
puntuación ; conservar el estilo de los escritos con propiedad y concisión; todas
habilidades inferidas de la lectura.
Para lograr una lectura debidamente leída es importante gradar las
técnicas de leer para alcanzar los mínimos avances e ir creando el hábito suficiente
que refuerce la experiencia agradable y eficaz de la lectura.
Este atento aviso no debe darse sólo bajo la idea del goce
estético del texto literario. Al convertirse en instrumento de conocimiento, se hace
urgente la lectura del texto científico, técnico, social, etc. No obstante, cualquier
finalidad que persigan los distintos materiales de lectura deberá tener una idéntica
gradación; podrá variar el objetivo de la lectura, pero no así el ejercicio de ésta.
La gradación exacta opera desde la simple traducción de palabras, pasando por el
análisis y síntesis del contenido, hasta la reproducción del texto escrito. Leer,
entender y redactar: los tres actos de la expresión verbal.
Siempre leyendo con sentido, entresacando lo pertinente y juzgando sin
prejuicios. De este modo, y sin importar las edades de los educandos y sus niveles
culturales alcanzados, la gradación irá de una lectura literal (leer) a la lectura
debidamente leída (entender), hasta la reproducción propia (redactar). Siempre
transformador y creativo el acto de leer. Habrá que recordar que no lee quien quiere sino
quien ha pasado por estas conductas previamente ejercitadas.