Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 0

(cero)

SECCIÓN

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de la 28 a la 30 de 48

el recreo

Guadalajara, México - Septiembre de 1992

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Consideraciones para leer debidamente leído

Marco Aurelio Larios*

* Poeta y ensayista. Es investigador en el Departamento de Estudios Literarios (DEL) de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

Leer cómo como leer

Es indudable que cada día atrofiamos más nuestras facultades intelectivas por falta de correctos ejercicios que las potencialicen y agudicen. La lectura es una experiencia cargada de obligatoriedad en nuestros primeros años, y luego de una circunstancialidad casi azarosa en nuestros años posteriores. La televisión y la radio mayormente, el cine en menor medida, son nuestras formas más cotidianas de conocimiento de la realidad; el aprendizaje que hacemos de ésta posee los rasgos intrínsecos de los medios que nos valimos para aprenderla.

Ya sabemos que los medios masivos de comunicación siempre no fueron la panacea de la difusión de la cultura. Como medios fríos, la retención que hacemos de sus informaciones es deficiente, efímera y desconectada. Deficiente porque no hay posibilidad de volver sobre las informaciones para el análisis, lo que ocasiona una reproducción parcial de los contenidos; efímera porque las informaciones se diluyen en nuestra memoria, incapaz de retenerlas por no haber participado activamente en su de-codificación (recuérdese que los medio masivos de comunicación relevan el ejercicio de elección que los receptores hacen de la información; nos anclan en sus intereses); desconectada porque los pocos contenidos logrados captar no están interrelacionados con otras experiencias de realidad y se atomizan a favor de la fragmentación y de la dispersión de ideas.

Los medios masivos de comunicación no han sabido encontrar los modos operacionales para ser eficaces portadores de cultura; ésta aún se limita a ser transmitida por libros.

Sin embargo, decir fácilmente que la cultura es libresca y que el único modo asequible de acercarse a ella es a través de lectura, puede conducirnos a formular conclusiones gratuitas, como por ejemplo: "Los libros son escritos con letras", luego "yo puedo leer letras", entonces "Los libros pueden ser leídos". Quiero decir, la lectura es el medio eficaz para adquirir cultura, pero no todo ejercicio de lectura alcanza esta adquisición. Desgraciadamente, en las escuelas, –las más–, pues enseñan únicamente a reconocer grafías y a traducirlas con velocidad (palabras por minuto, dicen por ahí); conseguida esta meta, se abandona el ejercicio de lectura y se le confina a la lectura literal. ¿En dónde quedaron las facultades intelectivas de memoria, análisis, síntesis, comprensión, inferencia, etc. El educador creerá que el educando las acrecentará por sí solo como se crece orgánicamente el físico. Estas facultades intelectivas no las adiestran los medios fríos de comunicación, sino la lectura profunda y consciente; pero no se foguean con la lectura literal que la mayor parte de los mexicanos escolarizados ejercen, en menoscabo de su poca cultura y su pensamiento acrítico.

Se ha demostrado que el mexicano escolar medio posee el nivel de neoanalfabeta (término acuñado con ironía para señalar a los que habiendo aprendido a leer no ejercen su capacidad lectora, y culturalmente se colocan del lado de los analfabetas); sus habilidades de lectura no rebasan los objetivos propuestos en cuarto año de primaria, habilidades para traducir rápidamente palabras. Es decir, permanecen en el estadio de lectura literal. Esta, más que producto de la apatía del educador –aunque parezca de sí– es consecuencia de una actitud equivocada en la enseñanza de la lectura. Por un lado, se sufre la sacralización que toma como modelos la erudición de literatos y gramaticalistas, y obstruye de entrada la experiencia grata y formativa de la literatura; la lectura así promovida se le confina a la superintelectualización. Por otro lado, mantiene una revisión historicista de los textos que obliga a leer al pie de la letra, sin confrontar la vigencia de sus contenidos que les permitiera leer sin prejuicios pero alertas; la lectura así conducida cae en el normatismo equivocado.

La lectura literal ha malogrado los niveles escolares del mexicano: se le ha vacunado con textos complejos, irresolutos a análisis anacrónicos (¡válgame Dios!) ¿Cómo podría leer un niño de 12 años –obligatoriamente en segundo año de secundaria– El Quijote, si detrás de ello no existe el hábito de una lectura debidamente leída?); o bien, se le atiborra de datos históricos para acentuar la importancia de un texto, para explicarlo y comprenderlo, ya que el texto no es más que sus historias.

La lectura debidamente leída requiere de técnicas y hábitos distintos a los diseminados entre la mayor parte de los educadores. La lectura debidamente concebida no es la traducción de las grafías a fonemas; explota nuestras facultades intelectivas; nos ayuda a ser críticos, objetivos y creativos. Habrá que partir de la conciencia de que se lee para obtener información, se lee para entender la realidad, se lee para organizarla y conservarla. Leer debidamente leído es una fórmula que tiene el propósito de hacer de la lectura una fuente de consulta, confirmación, aprendizaje, repaso, disfrute. Dicho mejor con palabras del poeta José Emilio Pacheco cuando se refiere a la poesía: es revelación, instrumento de conocimiento y registro del mundo.

 

Leer por otium, no por negotium

La lectura como hábito está asociada con el tiempo libre de las personas. Es, digamos, una condición necesaria para su ejercicio. Sin embargo, el tiempo libre no es el mismo a distintas edades de nuestra vida, ni siquiera lo fue para mismas edades en otras épocas. El tiempo libre se observa desde el prisma de nuestra modernidad: es lo opuesto a la ocupación productiva de los hombres. Aunque actualmente el tiempo libre –espacio entre dos jornadas de trabajo– no remite al otium latino como aquél que predispone al hombre para la filosofía, no ha sido a causa de que este espacio interjornal sea nulo para ello sino porque la sociedad de consumo lo ha habituado a ser un solaz adocenado y materialista.

De algún modo lejano se desprende que los viejos conceptos de otium y negotium tendrían su equivalente con el tiempo libre y el tiempo ocupado, tiempos ambos surgidos de las llamadas fuerzas productivas de esta sociedad contemporánea.

La niñez y la adolescencia son etapas de la vida donde se dispone de un tiempo libre mayor que se dedica a fomentar ciertas predilecciones personales.

Pero también porque este tiempo libre en ambos sujetos –el niño y el adolescente– aún no ha sido absorbido por la actividad productiva; es decir, no se tiene tiempo ocupado porque no son personas económicamente activas (al menos, en la legislación no son sujetos de trabajo social), si bien se puede argumentar que estos sujetos poseen un tiempo ocupado en actividades educativas y quehaceres del hogar. Desgraciadamente, los medios masivos de comunicación cooptan el mayor tiempo posible del tiempo libre de los niños y adolescentes fabricándoles diversiones pocos cultas y excesivamente enajenadas.

Promover en estos individuos de edad escolar el hábito de leer en su tiempo libre es, decir de Juan Carlos Merlo, una forma de retribuirles la fantasía y creatividad que el tiempo ocupado –venir a la escuela– les ha suprimido al volver las clases una carga de trabajo. La niñez y la adolescencia abandonadas a la saturada injerencia de los medios masivos de comunicación, no podrán –no sabrán– superar la pasividad acrítica, consumista y tendenciosa a la que son sometidos día a día.

Promover el hábito de la lectura como conducta lúdica es acercarlos a la gran riqueza de materiales creativos que foguean e intensifican sus facultades intelectivas. Leer es un ejercicio de libertad: la decisión del ritmo, silencios, pausas, retrocesos que pueda hacer el lector de su texto depende de sí mismo, es manifestación de su albedrío. Al contrario de los medios masivos de comunicación donde los emisores controlan las formas y sustancias de la información sin la participación activa del receptor.

Para la promoción de la lectura no debe detenernos prejuicios tales como "hay que esperar a que el niño amplíe su vocabulario", o bien ,"que primero perfeccione su sintaxis". Enseñar a leer es una meta mínima para alcanzar objetivos altos.

 

Leer debidamente leído

La lectura, como hemos apuntado, requiere de técnicas y hábitos, procedimientos y conductas. Al constituirse en la opción real para acercarse a la cultura en sus modalidades de transmisión, resulta ser la herramienta indispensable en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, también lo hemos señalado, la lectura no se puede ceñir a una mera necesidad escolar; debe considerársela como alternativa de tiempo libre, tan manipulable en estos días. La lectura es un hábito para toda la vida.

La lectura, como terminal lógica, logrará el dominio de la redacción, consecuencia natural. Los oficios de escribir correctamente proceden de lecturas debidamente leídas, es decir, de las atentas y profundas que adiestran las facultades intelectivas de memoria, síntesis, análisis, comprensión, inferencia, etc. La lectura promoverá la escritura como un acto reflejo: espejo de una pasión, el lector escribe para ser leído. Es como formar parte de una élite que tiene su cetro y su corona en la palabra escrita. De la lectura , evidente ejercicio intelectual, el lector estará cerca de la producción de escribir:

Expresar las ideas con orden y claridad; dominar la ortografía y la puntuación ; conservar el estilo de los escritos con propiedad y concisión; todas habilidades inferidas de la lectura.

Para lograr una lectura debidamente leída es importante gradar las técnicas de leer para alcanzar los mínimos avances e ir creando el hábito suficiente que refuerce la experiencia agradable y eficaz de la lectura.

Este –atento aviso– no debe darse sólo bajo la idea del goce estético del texto literario. Al convertirse en instrumento de conocimiento, se hace urgente la lectura del texto científico, técnico, social, etc. No obstante, cualquier finalidad que persigan los distintos materiales de lectura deberá tener una idéntica gradación; podrá variar el objetivo de la lectura, pero no así el ejercicio de ésta. La gradación exacta opera desde la simple traducción de palabras, pasando por el análisis y síntesis del contenido, hasta la reproducción del texto escrito. Leer, entender y redactar: los tres actos de la expresión verbal.

Siempre leyendo con sentido, entresacando lo pertinente y juzgando sin prejuicios. De este modo, y sin importar las edades de los educandos y sus niveles culturales alcanzados, la gradación irá de una lectura literal (leer) a la lectura debidamente leída (entender), hasta la reproducción propia (redactar). Siempre transformador y creativo el acto de leer. Habrá que recordar que no lee quien quiere sino quien ha pasado por estas conductas previamente ejercitadas.

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